Eduardo Coca Vita
Última actualización 21/07/2011@09:41:26 GMT+1
El número 490 de esta revista, marzo último, incluía un artículo de Pablo Ortega cuyo título copio con solo quitarle los signos de interrogación. Pablo conoce mi maniobra y el oportunismo de servirme de las reflexiones que me suscitó su trabajo cuando, dejándomelo leer en prepublicación, cruzamos correos tan fructíferos como cada vez que dialogo con este luminoso pensador y escritor, a quien el jurado del Jaime de Foxá no debería hacerle esperar más si su DNI, su mente y su pluma se hallan en momento meridiano.
Es el de Pablo uno de esos artículos que al cazador inquieto por la naturaleza le hacen catalizar las ideas que permanentemente bullen en el cerebro sin encontrar el momento de darlas a conocer ordenadamente, lo que Pablo consigue con prosa maestra y persuasiva de lo que piensa o siente, complementada por el reportaje de imágenes en que fructifican sus conocimientos fotográficos y el manejo de la cámara. Quien no lo leyera en su día, aún puede enmendar el yerro embebiéndoselo ahora.
Coincido plenamente con la tesis de Pablo. Incluso tenía anotada la cita de la novela de Berenguer que él utiliza de entradilla. No conocía, sin embargo, las del doctor Valverde, más de valorar por no pertenecer a los nuestros. Algo de esto apuntaba mi página “Linces de cristal” (TROFEO, diciembre 2010). Pero hasta que gentes como el presidente honorífico de la ACE no gestionen su conservación, la naturaleza lleva las peores marchas: una buena parte se destruirá sin remisión, mientras a otra, cada vez mayor, la salvarán los legisladores y gestores gubernamentales con transfiguración tan lamentable que dudaremos de si no habría sido mejor dejarla en paz. Únase la imparable metamorfosis, interesada y pagada, de las fincas de caza mercantilmente explotadas, y me dirá el lector dónde situar el “triunfo” de la política de conservación, no precisamente por falta de normas autonómicas, nacionales y comunitarias.
Espero un cambio de rumbo cuando, pasados los años, quienes mandan se enteren bien de lo que hacen prohibiendo los zoológicos municipales y el circo de mascotas, para instalarlos, agigantados, en alejadas áreas y territorios deshabitados. Deshabitados, sí, pero infectados de lo más antinatural imaginable: reatas de ignorantes y rutinarios excursionistas diciendo simplezas y haciendo insulseces en aburrida escena ecológico-ecologista o hasta filosófico-moral. Y convirtiendo a la naturaleza en un escenario inconveniente. Una verdadera desgracia del campo. Toda una tragedia para plantas y animales, carentes de cualquier espontaneidad por imposición del menos racional de los seres vivos creados cuando actúa como especie, obstinado en volver domésticos a todos los demás y empecinado en manipular hasta las aves migratorias para aniquilar conceptualmente la acción de cazarlas.
Lo que hay que prohibir es el moderno afán invasor del suelo rústico y la intrepidez por acaparar cuanto en él existe, de él sale o sobre él nace. Dejarse de intentar extender universalmente las aficiones de la gente de pueblo, antes espontáneas y hoy elevadas a disciplina escolar, instrumento de ocio o recurso económico de la colectividad industrial, comercial y urbana, tan pez en eso como en todo lo que no sea informática, automatización, transporte y telecomunicación en sus más despampanantes versiones, pero con mando a distancia, eso sí, y desde blando acomodo para no dañar los huesos.
Está al caer el hombre robot. Y la vida sociofamiliar “inteligente”, ella sola y por sí misma. Lo que pasa es que sus incentivadores y promotores no terminan de renunciar a los placeres del pasado. Vano empeño el de hacer convivir lo intrínsecamente incompatible. Difícil salida para una contradicción limitada a ser a la vez afirmación y negación de lo mismo, tan opuestas una a otra que recíprocamente se destruyen (tomado del Diccionario de la Lengua).
Lo que hay que hacer es ir más despacio y no perder los papeles. A ver si la crisis se prolonga y nos da un buen tirón de orejas con su capón de propina. Algo positivo le sacaríamos a la desgracia económica. Porque estoy entre los que siguen a Unamuno interpretando alegóricamente el pecado de Adán y Eva ante el árbol de la ciencia del bien y del mal en su ambición por ser dioses y conocer la razón de las cosas: “… cayeron en miseria y de allí arrancaron nuestros males todos, entre ellos el primero y más grave, eso que llamamos progreso” (Amor y pedagogía, Colección Austral).
Muchas gracias, Pablo, por inspirarme esta página. Sin buscarlo, es cierto, pues fue al azar e indirectamente como descubrí en mi carta, antes de enviártela, el fondo y la forma para un artículo que, de paso, me permitiera insistir en el fondo y la forma de tus bellas letras. También a ti te inspiró para el tuyo, al margen de su intención, ese macho gandul que lo ilustra, más de casa que montés, maganto y sin ganas de andar. ¿Cuánto pujarían por él en Zapardiel de la Ribera el 26 de febrero? Quisiera que esa clase de animales no existieran. Antes extintos que estultos. Como lo oyes, Pablo. Como lo oyen, queridos lectores. Me imagino el salón donde cuelgue la tablilla que recuerde la facilidad, confort y prontitud con que “cazó” al irracional alelado su lelo ajusticiador racional.