Ramon J. Soria Breña
Última actualización 19/08/2011@13:49:16 GMT+1
La ciencia y la tecnología, a pesar de algunos errores que nos pesan, a pesar de sus muchos accidentes, equívocos, fracasos, manipulaciones o desastres, nos ha hecho llegar a ser lo que ahora somos y pensar que podemos hacer aún un mundo mejor y tal vez colonizar otros planetas y tal vez, mucho antes, borrar de la faz de esta tierra, nuestra pequeña Tierra, gran parte del dolor que produce la enfermedad y el hambre. El pensamiento científico ya no nos condena a la hoguera o a la incomprensión o al fanatismo. Seguimos equivocándonos y fracasando y destruyendo pero también intentando arreglar desastres, evitar nuevas catástrofes, orientando la ciencia hacia el bienestar de todos y luchando porque este mundo sea aún habitable a pesar de tantos y tantos errores.
Sin embargo, aún necesitamos el misterio, todavía nos fascina lo desconocido, lo inexplicable, lo secreto. Durante miles de años hemos intentando comprender el comportamiento de los animales e inventar formas de engaño, estrategias para vencer sus instintos, armas cada vez más sofisticadas, mucho más eficaces y productivas. Y también, a pesar de la ciencia, a pesar de lo aprendido, antes y también ahora, mantiene la caza su misterio, su parte de magia, su saber secreto. El cazador sigue necesitando y disfrutando de la superstición, la magia, la sorpresa, ese no saber nunca lo que va a pasar.
Los cazadores, hasta los que en su vida profesional se dedican a la ciencia y son empíricos, pragmáticos y lógicos, se sienten en el campo igual que hace miles de años, desnudos de certezas, envueltos en la magia animista del monte, hechizados por la vida misteriosa que nos rodea y nos transforma y nos embriaga. Los árboles, los animales, los sonidos del campo, las montañas, el ritmo de las estaciones, el sol, nuestro propio cuerpo, los sentidos, los instintos… se convierten para el cazador en un misterio y se llenan de magia igual que se llenaban de magia para otros cazadores de hace miles de años que no tenían ordenadores, ni aviones, ni las teorías de Newton o de Einstein para entender el mundo, el universo o la fragilidad de nuestra vida aquí.
Por fin ese misterio, el de cazar, no está lleno de la incertidumbre y la angustia de no saber si habrá abundancia o hambre para la tribu por los resultados de ese día de caza, pero seguimos viviendo esa incógnita y proponemos deseos, intuiciones, sueños, experiencias con las que leemos el campo y sus acertijos. Somos hombres de ciencia, somos cazadores del siglo veintiuno pero también somos cazadores de otro tiempo y nos dejamos llevar por todo lo mucho que no conocemos, un tiempo por delante del que apenas sabemos casi nada.
Es importante el misterio, en la caza, en la vida. Deseamos saberlo todo, anticiparnos a todo, prever el futuro. Pero también amamos no saber, entender el porvenir como un misterio, dejar que los días nos perfumen de sorpresa, mala o buena, de escasez o de abundancia, de dolor o de dicha. Cazamos y amamos cazar también por eso, porque nunca sabemos lo que cazaremos, ni cómo serán los lances, ni qué pasará con el tiempo, el monte, nuestros pasos. La seguridad, la previsión o anticipación de la ciencia no existe en la caza ni tantas veces en la vida. Atar todos los cabos, contar con todas las variables de la ecuación sólo se da en un laboratorio, nunca en nuestros días cotidianos, nunca en el amanecer de un cazador a punto de comenzar a caminar rastrojo adelante.
Tal vez un día no tan lejano unifiquemos la teoría de la relatividad con la mecánica cuántica, dejemos de destruir la tierra, colonicemos otras galaxias, vivamos más de cien años, hayamos vencido al cáncer o descubierto la química de la felicidad pero, durante unas horas al menos, seguiremos necesitando rodearnos del misterio de la vida salvaje y sintiéndonos parte de esa vida y de ese extraño misterio. No quiero saberlo todo de la personas que amo, quiero que en su vida haya secretos y misterios, sí, quiero desear descubrirlos pero también no destaparlos nunca por completo. Cuando salgo al monte a cazar, desearía saber si tendré éxito, si cobraré esa pieza tan deseada, ese trofeo, tal vez una abundante percha de perdices, ese gran jabalí, un hermoso corzo, pero también quiero no saber, que todos los instantes de ese día sean un misterio, una incógnita, una sorpresa. Porque al final, hoy, el éxito ya no está en el resultado final del amor o de ese día de caza, el éxito es saber saborear aún ese misterio inmenso que es vivir y que es cazar.