ESPLENDOR Y OCASO DEL BISONTE O BÚFALO AMERICANO
Jesús Nuño
Última actualización 26/09/2011@10:47:41 GMT+1
Su gran tamaño, su largo y lacio pelaje de color marrón y su gran velocidad en los desplazamientos caracterizan al bisonte o búfalo americano, un bóvido que representó un papel importantísimo durante siglos para indios y que en el siglo XIX fue masacrado y prácticamente exterminado por el hombre blanco.
El bisonte o búfalo americano es uno de los bóvidos más grandes y el mayor animal terrestre del Norte de América, llegando medir dos metros de alto y cuatro de largo y a pesar más de una tonelada. Aunque por sus parsimoniosos movimientos puedan parecer lentos, son capaces de correr hasta 56 km/h y de recorrer grandes distancias galopando pesadamente. Cubiertos de un pelaje largo y lacio, de color marrón oscuro en invierno y más claro y de menor espesor en verano, sus cabezas y pechos son enormes y ambos sexos se hallan dotados de cuernos de hasta 61 centímetros que utilizan para luchar con otros congéneres, o como medio de defensa. Las grandes manadas de antaño se alimentaban de las hierbas de las grandes praderas norteamericanas y acababan con toda la de un lugar en poco tiempo, por lo que debían mantenerse en constante movimiento y emigrando de acuerdo al ciclo vegetativo de las estaciones.
La mayoría se desplazaba formando dos manadas, una compuesta de los machos y la otra de las hembras y sus crías, que caminaban paralelamente. En la época del apareamiento, de junio a septiembre, las dos manadas se unían, formando los machos dominantes un pequeño harem, que defendían de los otros machos, cuidando a las hembras hasta que les permitían aparearse. Durante ese tiempo, los bisontes se hacen agresivos, impredecibles, altamente peligrosos y las luchas entre ellos son frecuentes. La gestación dura 285 días y los machos no toman parte en el cuidado de las crías. Los machos abandonan la manada maternal alrededor de los dos años, uniéndose a la manada de los machos, o manteniéndose solitarios o en pequeños grupos en el caso de ser machos no dominantes. El promedio de vida de los bisontes es de 15 años en libertad y de hasta 25 en cautividad.
Debido a su gran tamaño, pocos predadores se atreven a atacarlo, salvo, en algunos casos, las manadas de lobos o, muy raramente, un solo lobo. Estos cánidos atacan, preferiblemente, a las manadas con hembras y crías. En esos momentos, los búfalos machos cubren la retaguardia de la manada para permitir huir a las hembras y sus crías. Por otra parte, si los lobos no se muestran agresivos, los bisontes los ignoran aunque se encuentren a corta distancia. Los osos pardos o grises también constituyen, en ciertos casos, una amenaza para los pequeños bisontes, pudiendo los osos grises atacar, a veces, a un búfalo adulto.
Aunque los bisontes se comportan generalmente de una forma pacífica, despreocupada, e incluso perezosa, sus reacciones son impredecibles, pudiendo atacar súbitamente, sin aviso o razón aparente. Sus armas ofensivas más obvias son los cuernos, pero sus enormes cabezas utilizadas como arietes, impulsados por una masa de una tonelada moviéndose a más de 50 km/h, pueden producir un efecto devastador. Los golpes de sus patas traseras son también temibles y su velocidad les permite alcanzar a muchos animales con facilidad y a un ser humano a la carrera.
En la época del apogeo de las manadas, los búfalos siempre fueron considerados unos animales peligrosos y salvajes que no temían atacar a ningún ser vivo y podían matar a cualquiera de ellos. Incluso, actualmente, en EE. UU, se consideran en general los segundos animales más peligrosos para el hombre, por detrás del oso pardo y por delante del oso gris. De hecho, son los más peligrosos para los visitantes de los parques nacionales de Estados Unidos y Canadá. En un lapso de 14 años, por ejemplo, 12 personas fueron atacadas y heridas o muertas por osos en el Parque Nacional de Yellowstone y 56 por bisontes.
El bisonte americano actual es originario de Eurasia y emigró, hace unos 10.000 años a través de la franja de tierra que ocupaba el lugar del actual estrecho de Bering a Norteamérica, donde reemplazó al bisonte de la estepa, un anterior emigrante de mayor tamaño y largos cuernos.
Las teorías difieren acerca de las causas y fechas de su espectacular multiplicación, pero el hecho es que, a mediados del siglo XIX, el bisonte americano era uno de los mamíferos más numerosos de la Tierra, moviéndose por las grandes praderas del Oeste americano en inmensas manadas que se perdían en el horizonte, estimándose su número entre 60 y 100 millones en total.
Los primeros caminos de Norteamérica fueron abiertos por las manadas de búfalos cuando, en sus emigraciones anuales, caminaban por las vertientes y crestas de los montes, evitando los parajes pedregosos en verano y los peligrosos de deslizamientos de nieve en invierno. Esos senderos fueron utilizadas por los indios en sus expediciones de guerra y caza y resultaron una ayuda inapreciable para los exploradores y pioneros, sirviendo de base para el tendido de muchas líneas de ferrocarril hacia el Pacífico.
A finales del siglo XIX y principios del XX, debido a las matanzas masivas, el bisonte americano se hallaba al borde de la extinción, habiendo quedado reducida su población a unos pocos cientos de ejemplares.
Vital para los INDI0. La caza del búfalo era el fundamento vital de los indios de las grandes praderas. Los proveía de carne, pieles para vestirse y albergarse, tendones para los arcos, grasa, estiércol seco para el fuego e incluso de un pegamento obtenido al hervir las pezuñas. También fue, en su momento, la base de su comercio, principalmente de pieles y carne seca y fresca con los blancos.
Las técnicas de caza tradicionales de los indios eran básicamente de tres tipos. La primera era llevada a cabo por pequeños grupos que se aproximaban a los animales recubiertos de una piel de lobo, dado que los búfalos dejan acercarse a estos cánidos sin desconfianza, o, en invierno con nieve, cubriéndose con un tejido blanco y atacándolos cuando se desplazaban con dificultad sobre ella. Este tipo de caza estaba prohibido, por miedo a espantar a las manadas, en las épocas de caza colectiva.
En la primera modalidad de caza colectiva se utilizaba un corral circular formado por troncos apilados, con una entrada de la que partía una avenida flanqueada por hileras de rocas, conocidas como “hombres muertos”, que, en forma de embudo, se abría a la pradera. Jóvenes ágiles localizaban la manada y, por medio del humo desprendido de bolas de estiércol de búfalo en combustión, la iban encaminando lentamente, durante dos o tres días, hacia la entrada de la avenida, donde un experimentado cazador la atraía imitando los mugidos de un búfalo joven en peligro. Una vez dentro de las hileras de piedras, los indios acosaban a la manada desde atrás y, saltando sobre las piedras y agitando ropas, provocaban su estampida hacia el corral. Una vez cerrado, comenzaba la matanza, que se prolongaba hasta que no quedaba ningún animal vivo, pues se creía que si alguno escapaba pondría sobre aviso a las otras manadas y estas evitarían la trampa.
La segunda modalidad se diferenciaba de la anterior en que la avenida conducía a un precipicio, donde los búfalos se despeñaban. Como había muy pocos precipicios apropiados los existentes se utilizaron repetidamente. Hoy día, varios de ellos se conservan en los Estados Unidos y Canadá, el más famoso de los cuales, considerado por las Naciones Unidas Patrimonio de la Humanidad, es el Salto del Búfalo de la Cabeza Aplastada (Head-Smashed-In Buffalo Jump), en los Estados Unidos, cuya avenida flanqueada de piedras se extiende más de 12 kilómetros hacia la pradera y que fue usado durante más de 5.660 años, hasta mediados de la década de 1800.
Cuando, a partir del año 1800, los indios de las grandes praderas pudieron disponer de gran número de caballos y comprobaron que un buen jinete podía cazar fácilmente muchos más búfalos que con los métodos tradicionales, la caza a caballo se hizo predominante. Para su práctica, eran necesarios unos caballos especiales, fuertes y bien entrenados, los “búfalo runners”, cuyo alto precio hacía que solo fuesen usados para este fin. La cacería comenzaba con una línea de cazadores montados acercándose a la manada hasta que esta se ponía en movimiento. Los cazadores se abalanzaban entonces sobre los animales y comenzaban a matarlos, con lanzas, flechas, o disparos de rifle, continuando hasta que los caballos se agotaban o la manada conseguía huir. Se trataba, como podemos ver al leer la descripción de Parkman, de una práctica altamente peligrosa.
Las cacerías a caballo podían llevarlas a cabo unos pocos indios, pero existen relatos que hablan de partidas de 130 hombres, con una media de 500 animales abatidos por cacería. Alrededor de 1830, por ejemplo, los comanches y sus aliados en las grandes praderas del sur, gracias a los caballos y las armas de fuego, unido al pujante mercado de pieles y carne de búfalo, mataban unos 280.000 bisontes anuales.
CAZADORES BLANCOS. Desde mediados del siglo XIX la piel de búfalo, además de su utilización para vestidos y alfombras, era el material más apropiado, por su alta resistencia al desgaste y las roturas, para confeccionar las innumerables correas que, uniendo varias poleas, movían prácticamente todas las máquinas de las fábricas de la época. Esto propició que, a través de los ferrocarriles que recorrían Kansas, se estableciese un inmenso comercio de pieles de búfalo con destino a los mercados norteamericanos y europeos. A los búfalos se les cazaba, por ello, casi exclusivamente por su piel, dejando el resto del animal abandonado hasta que se pudría, momento en que se recuperaban los huesos, que también eran vendibles, a 5 dólares la tonelada, y se exportaban en grandes cantidades hacia el este para la producción de abono.
La caza del bisonte en el Salvaje Oeste era muy a menudo una gran empresa comercial, que tomaba la forma de equipos organizados, encabezados por uno o dos cazadores profesionales y respaldados por grupos de desolladores, limpiadores de armas, recargadores de cartuchos, cuidadores de caballos, herreros, conductores de carros, guardas de seguridad, cocineros e incluso personal dedicado a recuperar los proyectiles de los cuerpos de los bisontes muertos y para volver a fundirlos, desplazándose en numerosos carros y contando con gran cantidad de caballos, mulas, etc.
Los cazadores localizaban habitualmente la manada por la mañana y comenzaban a disparar, prefiriendo los tiros que traspasaban los pulmones y evitando en lo posible los disparos a la cabeza, dado que las balas de plomo blando de la época frecuentemente no conseguían atravesar el duro hueso de las cabezas de los búfalos, especialmente si se hallaban recubiertas de barro seco. Los sucesivos disparos de los grandes rifles del calibre .50 obligaba a los cazadores a portar y utilizar por los menos dos armas para permitir que los cañones se enfriasen.
La masacre de bisontes continuaba hasta que la manada, aterrorizada o espantada por los ataques de algún animal herido, huía en estampida.
A continuación, entraban en escena los desolladores, los cuales, introduciendo un pincho a través de la nariz del animal empleando una maza, lo enganchaban a un tiro de caballos y le arrancaban la piel. Las pieles eran luego curtidas, preparadas y apiladas en carros para ser posteriormente llevadas a los vagones del ferrocarril que partía de Dodge City.
Durante la década posterior a 1873 ejercieron su actividad muchos cientos, y quizás más de un millar, de tales grupos de cazadores y recolectores de pieles de búfalo. Cazadores profesionales, como el famoso Búfalo Bill, podían matar cientos de animales en una sola cacería y muchos miles a lo largo de su carrera.
Entre 1871 y 1875, y en las manadas del sur, cerca de 4 millones de búfalos fueron cazados y se exportaron casi un millón y medio de pieles desde Dodge City. A finales de siglo, el búfalo se había prácticamente extinguido. Salvo unos pocos ejemplares, había desaparecido de las grandes praderas. El fin de las manadas de búfalos de esta región marcó el final de una era.
El Gobierno de los Estados Unidos aprobó y fomentó la caza masiva del búfalo por varias razones. Entre otras, para evitar su competencia por los pastos con el ganado de los rancheros, pero, fundamentalmente, para, al privarla de sus medios de vida, debilitar a la población india y presionarla para que abandonara sus tierras y se trasladase a las reservas, dejando sus tierras libres para su ocupación. El Ejército de los Estados Unidos también aprobó y apoyó activamente la matanza masiva de bisontes, considerándola una ayuda decisiva, al destruir su base económica y vital, para derrotar y expulsar a los indios de las grandes praderas. Las empresas ferroviarias deseaban, igualmente, que las grandes manadas de búfalos desapareciesen, puesto que dañaban en los choques a las locomotoras o retrasaban los trenes y, en invierno, para protegerse del frío, invadían las vías en los lugares protegidos.
Cuando se hizo evidente la rápida desaparición de las grandes manadas, aparecieron defensores proponiendo su protección, entre los que se contó Buffalo Bill, y propuestas legales para evitarlo. Pero en 1984 el presidente y ex general, Ulysses S. Grant, vetó una propuesta de ley federal encaminada a ese fin y, en 1985, el general Sheridan pidió al Congreso que apoyase la matanza de las manadas como medio para derrotar a los indios.
Los únicos supervivientes descendientes directos de búfalos americanos de las manadas de las praderas residen actualmente en el Parque Nacional de Yellowstone, creado en 1872, que cuenta con unos 3.000 ó 3.500 bisontes, descendientes en su mayor parte de unos 23 animales que consiguieron sobrevivir a las grandes matanzas escondiéndose en el Valle del Pelícano, situado en el Parque.
EL RETORNO. Desde finales del siglo XIX, diversas personas privadas e instituciones dedicaron sus esfuerzos a la recuperación del animal más emblemático de los Estados Unidos.
James Scotty Philip, uno de los primeros y más famosos recuperadores del bisonte americano, compró en 1901 a Pete Dupree cincuenta búfalos que este ranchero había criado a partir de cinco jóvenes bisontes supervivientes de la última gran cacería en el Río Rojo, en 1881. A su muerte, en su rancho de Dakota del Sur, pastaba una manada de casi mil animales, la mayor del mundo en ese momento, A partir de la cual se repoblarían posteriormente muchos Parques Nacionales de los Estados Unidos, entre ellos el Parque Estatal Custer, en Dakota del Sur, que alberga una de las mayores manadas estatales del mundo, con 1.500 bisontes.
Dos rancheros de Montana, Michel Pablo y Charles Allard, pasaron más de 20 años reuniendo un colección de 300 bisontes genéticamente puros. Otras manadas privadas, de las que proceden muchos de los bisontes actuales, fueron las de James McKay, Charles Alloway, Charles Goodnight, Walking Coyote, Frederick Dupree y Charles J. Jones.
En 1909, el Gobierno estadounidense creó la Reserva Nacional del Bisonte de Montana, como resultado de las gestiones del Zoo de Nueva York, pionero en la recuperación del búfalo americano, y gracias a los fondos aportados por la American Bison Society que permitieron adquirir un manada primigenia. En 1913, seis bisontes fueron introducidos en la Reserva de Niobrara, en Nebraska. Ese mismo año, el Zoo de Nueva York donó 14 bisontes a la Reserva Nacional de Preservación de la Caza de la Cueva del Viento, situada en Dakota del Sur. En 1928, cierto número de bisontes fueron reintroducidos en Alaska. Entre 1934 y 1935, varias comunidades Sioux y Crow crearon manadas en Dakota del Sur y Montana. Una manada que reside en la Isla del Antílope, en Utah, de unos 550 a 700 bisontes, es también una de las mayores y más antiguas de los Estados Unidos. En el 2002, el Gobierno de los Estados Unidos donó varios búfalos jóvenes al Gobierno mejicano, cuyos descendientes habitan actualmente en varias Reservas Naturales de Méjico, situadas en las cercanías de las riberas meridionales del Río Grande y en las praderas fronterizas con Tejas y Nuevo Méjico.
HÍBRIDOS Y DOMÉSTICOS. El total de la población calculada de manadas de conservación del bisonte americano es de aproximadamente 30.000 ejemplares, de los cuales solo de 12.000 a 15.000 son considerados animales salvajes de raza pura viviendo libremente en un entorno natural.
Los dos problemas principales que afectan a la preservación del bisonte americano salvaje son la escasa variedad genética, debido al corto número que sobrevivieron a su casi extinción, y la contaminación genética por cruces con el ganado doméstico, que en el pasado han sido frecuentes, habiendo coexistido y teniendo hábitos de alimentación similares. Estimando diversos científicos que los únicos bisontes genéticamente puros en libertad son solo los que se encuentran en el Parque Nacional de Yellowstone, en la manada de bisontes de la montañas de Henry, en Utah, en el Parque Nacional de la Cueva del Viento en Dakota del Sur, en el Santuario del Bisonte de los territorios del noroeste, en el Parque Nacional de la Isla de Elk, en el Parque Nacional del Búfalo de los Bosques en Alberta, y en el Parque Nacional Príncipe Alberto en Saskatchewan.
El Gobierno de los Estados Unidos clasifica al Búfalo Americano como un tipo de ganado, permitiendo su cría y mantenimiento privado con fines comerciales, existiendo actualmente aproximadamente 500.000 bisontes criados comercialmente en 4.000 ranchos privados, la mayoría de los cuales son dedicados a la alimentación humana y obtención de cueros. Con unos 35.000 bisontes procesados para carne anualmente, existiendo un control desde su origen hasta el consumidor, y un "Certified American Buffalo" de la National Bison Association y estatal. Hay que añadir que muchos criadores cruzan deliberadamente los bisontes con el ganado, dando lugar a una carne denominada Beefalo.