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Hemeroteca :: Edición del 01/11/2011 | Salir de la hemeroteca
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Antonio Pérez Henares

Por Redacción
Última actualización 29/10/2011@13:10:02 GMT+1
Apareció entre los romeros, se detuvo un momento junto al tronco de un enebro y se dirigió luego hacia la sombra del pino, bajo el cual, emboscado, me encontraba yo. Llegó apenas a metro y medio y algo le hizo levantar la vista, esos ojos profundamente verdes con la raya vertical de la pupila, ojos de gato montés, que parecieron taladrar el entramado de ramas y arbustos con el que había ocultado mi presencia bajo el árbol. Pareció que los clavaba en los míos. Miraba fijamente, con una enorme intensidad y una cierta inquietud que me pareció detectar en su actitud. Supuse que me había visto y que lo siguiente sería un salto hacia atrás, un repentón y un deslizarse de nuevo entre el espeso romeral. Pero no. No me vio. Ni me olió tampoco. El viento lo tenía en la cola y yo en la cara. Y entonces hizo algo inesperado: se dejó caer, se tumbó literalmente a un paso del enramado que le había impedido detectarme.
Es un gato montés puro, un macho joven, que no creo haya completado siquiera un año de vida. Tal vez recién emancipado de su madre y que hace muy poco caza por su cuenta y se afana en sobrevivir cada noches y cada día. Y aquél lo había logrado. Porque a poco se incorporó con parsimonia y entonces me fijé que al lado de donde había estado echado estaba el desplumadero de un mirlo. El felino había vuelto al lugar donde se había comido al pájaro y ahora lo que hacía era rebuscar algunas de sus propias sobras. Que encontró, pues a nada sentí que cogía algún trozo del suelo y el chascar de algunos huesecillos entre sus mandíbulas. Repitió con éxito su rebusca un par de ocasiones y, luego, en otro momento de su corto campeo volvió a dirigir su mirada hacía mí. Todavía más intensa, más verdosa, más afilada la pupila. Nos estábamos mirando pero él no me acababa de distinguir, de concretarme. Y quizás hubiera seguido sin hacerlo pero entonces algo oyó. Supe lo que era: mi respiración. Y entonces todo fue rápido, sigiloso, casi deslizante. Lo que presentía se hizo cuerpo. Ya me vio, ya me olió, ya temió y en el mismo instante en que lo hizo ya estaba, aunque no diera salto alguno, sino una rápida y sinuosa manera de moverse, fuera de mi vista tras el enebro, envuelto ya en el cobijo del romeral. A nada ya tenía yo esa sensación de siempre, ese ojo efímero que se pregunta por las cosas que ya no están y que solo la memoria quiere decirnos que allí estuvieron antes de desvanecerse, de parecer que nunca han estado. Ese ojo efímero por el que quizás escriba ahora esto, para intentar capturar la imagen que se ha escurrido de nuestra retina como el agua entre nuestros dedos. Ese ojo efímero, ese efímero pasar de todo y de todos nosotros, por el que tal vez uno escribe y no solo de ese joven gato montés. Me acompañó en mi acecho su presencia y luego su ausencia y su recuerdo hasta que lo sustituyeron las estrellas, confrontando desde la base del pino en la ladera el bebedero donde confiaba sentir llegar por fin al jabalí que hace tiempo aguardo y cuyas huellas y rastros de sus colmilladas y hocico es lo único que hasta el momento he vislumbrado de él. Di entonces también con la respuesta a una pegunta que me había estado haciendo. El porqué ese atardecer no veía bajar mirlos a la charca, andaban revueltos por los árboles de alrededor todavía más desconfiados de lo que son, y lo son en extremo estas “morenillas” montunas, cuando habitualmente en otros crepúsculos he contado hasta media docena al mismo tiempo congregadas a beber y bañarse.

Es que el otro, y más exitoso cazador, había logrado antes que el humano su objetivo junto al agua.

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