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Consejos y archiperres para tener éxito

Última actualización 29/10/2011@13:10:36 GMT+1
A través de la experiencia y sabiduría de Lolo Mialdea, nuestro experto montero, tendrá la oportunidad de conocer todo lo que hay que saber para tener éxito en la modalidad reina de la caza mayor.

Lolo Mialdea Lozano
Suena el despertador y me levanto de un salto, como si algo no casara. Aún tardo unos segundos en darme cuenta de que no es más que otro “sueñus interruptus”, otro más de los que me acosan desde hace una semana y que tardarán en desaparecer diez días, cuando por fin comencemos a montear. En realidad, no es nada nuevo, pues llevo casi toda la vida sufriendo este mes atormentador que me tiene bajo mínimos hasta que descabezo una siestecita. “¡Que tengo 53 tacos, Señor, y ya es hora de que me dejes descansar!”, musito mientras miro el crucifijo colgado en la pared frontera.
“A ver, hijo, tú te lo has buscado, que sarna con gusto no pica y todos los de tu gremio sois por el estilillo”, parece responderme el Altísimo, y aún creo ver en su rostro metálico una mueca de sonrisa cómplice.
“Vale, vale, hágase tu voluntad manqui escribas derecho con renglones torcíos”, susurro en voz baja. Mi “santa” se remueve molesta entre las sabanas. “¿Ya estamos otra vez? ¡Jesús, ya podías ser un poco más normal cuando hablas con Dios!”, me reprocha. “Tú déjame, que ya sabes que charlo con Él en la sierra más que en la iglesia”, le contesto.

UN CURIOSO SUEÑO. La cuestión onírica entre los cazadores merece una sesuda tesis doctoral. En mi caso, a pesar de que llevo toda la vida monteando, un sueño recurrente me atormenta todo el año acentuándose en estos días que preceden al comienzo de la temporada montera y que luego solo reaparece el día que cobro alguna res. Justicia divina, espero, pues si se me va algo de lo que he tirado, Morfeo parece acogerme conciliador. Mi sueño, pesadilla más bien, merece ser contado porque me tiene a “malparir” y me gustaría saber si alguien sufre con algo por el estilo por el santo hecho de ser cazador.

Siento una ladra lejana y al poco los arrollones. Entreveo en el monte la res que ya cumple por donde la esperaba. Llega a jurisdicción y se para justo donde debe. Ya encarado empiezo a apretar el gatillo y no cede, aunque lo quiera partir. El bicho arranca tranquilo y yo lo voy siguiendo apuntado mientras arranco literalmente a sudar del esfuerzo que hago en mi lucha contra el gatillo. Cuando se acerca al perdedero, pero a huevo aún, suena el trallazo del rifle y una nube de polvo se levanta a sus pies.

El tiro ha ido bajo y trasero, como no podía ser de otra forma si te peleas con el arma en lugar de bailar con ella. Lo más grande es que si lo que maté fue un cochino, cochino será el protagonista de mi pesadilla. Ya pueden imaginar a quien le entierro el tiro si lo perjudicado ha sido un venado, un muflón, un gamo o últimamente, incluso, un modesto “juanico”. Y lo peor es que todo sucede como a cámara lenta para mi mayor suplicio.

Dicen que los sueños compensan la realidad, pero tenía entendido que sucede tras haber vivido algo malo, para que no nos volvamos locos. Lo mío, que jamás consideré que obrara mal dando muerte a las reses del monte en buena lid, debe ser al contrario, para que no termine de creérmelo y no deje de actuar conforme a los cánones la próxima vez.

Recuperado el resuello me levanto, y tras lavarme la cara con agua fría y ponerme un café bien cargado, me siento en el salón de casa, en mi sillón preferido, y medito entre el montón de cuernas y tablillas que prueban que la realidad es afortunadamente diferente. Lo cierto, según sé, es que son inmensa mayoría los cazadores que, de una u otra manera, tienen problemas a la hora de dormir la víspera de una montería, y ahora, a primeros de octubre, me los imagino, compañeros, soñando con los ojos abiertos o cerrados.

Despejado ya, y como es sábado y no hay prisa, me solazo pasando revista a cuanto tengo que tener a punto para el próximo 11 de octubre. Sé que tengo los papeles en regla a falta de que Paquito me dé el resguardo del seguro. Por ahí vamos bien porque tengo vigentes las licencias de las comunidades autónomas vecinas. Esto de los “decumentos”, como dice un amigo perrero, se ha vuelto complicadísimo en este Reino de Taifas que hoy es España. Agravios comparativos al margen, y como quiera que ya se nos persigue de oficio, como a delincuentes para quienes la presunción de inocencia no existe, ni signifique nada que practiquemos una actividad por completo legal, es asunto de todo menos baladí.

De cartuchería no ando mal, pero como soy un obseso del más vale que sus sobre a no que sus falte, tengo que comprar una caja para cada calibre de los dos que uso. Los rifles se quedaron limpios, por lo que solo tengo que engrasarlos superficialmente y pasarles la baqueta por aquello del polvo en el cañón. Luego, tengo que subir a Los Villares a ponerlos en tiro. Ahora me acuerdo que tanto catrecillos como zahones, ropa de agua y demás achiperres no están rotos, y el cuchillo de monte lo mandé afilar este verano.

UNA GRATA LLAMADA. Pasan los días y recibo una llamada del organizador, en este caso, un amigo, que me confirma la hora y lugar de la junta: A las 8 en el Ventorro de la Manuela. Hay que ser en extremo puntuales, pues se habrá colocado ya una de esas deliciosas armadas del alba y no es cuestión tener a los compañeros haciendo el tonto más tiempo del necesario. De esa me libro por veteranía y edad, pero me advierte que voy de capitán de armada de la última traviesa. “¡Qué cruz, Dios mío! ¿es que no me voy a librar nunca de este San Benito?
Como siempre, me intereso por los perros y me dice que cuenta con las dos rehalas del Lanchar, quizás las más cochineras del terreno, para meterlas en el único pegote de monte apretado, y que en total serán diez y de las buenas, que ya está bien para el tipo de terreno y las 900 fanegas que se echan.

Al final, no me puedo contener y le hago la pregunta tonta de siempre: “¿Cómo anda de reses la cosa?” Me cuenta que en la berrea se dejaron ver un par de venados buenos, que de normalitos hay un atestón, y que tras las últimas lluvias está todo levantado por los cochinos, pero ya se sabe, añade, “con esta familia no se puede contar”. ¡Es que no tenemos arreglo los monteros! Como si montear en lo abierto fuese una ciencia exacta.

Conozco perfectamente el Ventorro por haber monteado mucho la zona de un tiempo a esta parte, y puedo imaginarme el follón que va a ser aquello. Por más que se dé un desayuno al margen, la gente se despista arrimándose a la barra del bar y no hay quien los baraje. Sacar las armadas siempre es complicado cuando el personal no está atento cual es su obligación... ¡Y yo, de capitán de armada!
Pasan raudos los días y ya es sábado otra vez. Como el día 11 cae en martes, decido preparar los bártulos y no dejarlo para el final. Miro en internet y dan tiempo soleado pero algo ventoso, con lo que, salvo cambios de última hora, no tendré que preocuparme de mi añoso capote de hule ni del paraguas, lo único que uso contra el agua, al margen de un sombrerete impermeable que calo sobre mi mascota de siempre. Me bajo al local donde lo guardo todo y abro el gastado zurrón. Como soy perro viejo, no me ando con tonterías y echo lo justo: un par de cajas de balas para el .270 y otras tantas para el 30-06, los pequeños gemelos de siempre, la cámara de fotos, desinfectante, las presillas con la bandera española para marcar mis reses, un pequeño rollo de cinta de balizar, un par de latas de cola y el imprescindible papel higiénico por lo que pueda pasar.

Los zahones con sus cartucherines suplementarios, el cuchillo de monte y el sombrero los meto en una bolsa de plástico suficientemente grande, que como eso me lo coloco nada más llegar a la junta, no tengo que llevarlo con lo demás. Lo dejo todo ordenado en un rincón y añado una silla inglesa, que el cuerpo ya no está para muchos castigos. Nunca tiro con otro apoyo que no sea un tronco o mis propias rodillas, luego la ahora omnipresente horquilla, aunque la tengo para los recechos, está de más, y si a mi hijo Manuel lo deja el celo cagalón propio de su edad y decide acompañarme, pues que baje él y se prepare lo suyo, incluido lo que quiera comer en el paso, porque yo no pruebo bocado en el monte. Agarro las dos fundas de cuero, apago la luz y me subo a casa.

LLEGÓ EL ESPERADO DÍA. Sin darme cuenta y habiendo dormido bien por una vez, me encuentro cargando el 4x4. Ordeno bien las cosas, porque supongo que siendo capitán de armada iré a los últimos puestos y me llevaré abordo un par de compañeros. Llevar el mínimo imprescindible de coches al monte es más que aconsejable y elegir quien los lleve no es ninguna tontería. Hay que saber donde dejar el coche en función de las carreras previstas, e incluso utilizarlo en nuestro beneficio para volver reses o hacerlas variar su viaje. Me voy con tiempo de sobra para tomar un café de refuerzo en el bar de la gasolinera, donde a buen seguro me toparé con alguien de mi calaña y empezaremos a voltear reses antes de tiempo, y aún así, llegar con un cuarto de hora de antelación.

Sé por experiencia lo mal que le sienta al capitán de montería la impuntualidad y me apetece mucho charlar con los amigos antes de centrarme en la distribución de los pasos. ¡Cómo se nota que son gente curtida! Más de la mitad de los citados me han tomado la delantera a pesar de llegar 20 minutos antes. Tras los saludos de rigor a quienes no veía desde el año pasado y un par de presentaciones, cuando el personal aún está liado con las migas, mi amigo reclama atención.
“Mientras os leo la cartilla, so gamberros, los nenes os irán localizando y dándoos el sobre. Ahora leeré las instrucciones de rigor por más que todos las conozcáis, y tras la Salve voy a empezar a sacar armadas. Solo pido atención y que busquéis rápidamente a vuestros postores y capitanes de armada para que cuando nombre la vuestra sepáis a dónde acudir. Seguid sus instrucciones como si fuera yo quien las da”, comenta. Bueno, pues aquí está mi “toro”: el 8 de la traviesa de Los Tamujos.

DE CAMINO A LOS PUESTOS. Ellos ya se habían puesto de acuerdo para meter sus trastos en los correspondientes cacharros. Le pido a Rambo, mi postor, que tire palante hasta la recta de la mina, donde pasaré lista por última vez comprobando que se hayan distribuido bien. Les advierto que esperen al postor o a mí y que marquen bien las reses. ¡Ningún problema! Con gente así da gusto. Ahora tranquilitos a ponernos, sin meter jaleo. Tras unos 25 minutos de carrilear atravesamos un par de cancelas y junto a la segunda, bajo un chaparro, veo un montero en su puesto que saluda con la mano al pasar nosotros: “Bueno, este es el cierre de arriba. Dentro de poco doblaremos a la izquierda, según me advirtió el postor, y comenzaremos a colocarnos”, les digo. El terreno es el esperado: suaves lomas muy arboladas y con poco monte que pican poco a poco hacia arriba en dirección a la serrezuela que ya se ve al fondo.

Cuando nos paramos para colocar a mi número 1, me bajo con ánimo de no volver a hacerlo hasta llegar al 7. Dejo la puerta abierta y me aseguro de que Rambo cumple con lo suyo sin alzar la voz y que el montero que lo ocupa ha entendido las instrucciones y visto la tablilla de su paso. Le deseo suerte y les pido al resto de la armada que procedan como corresponde, con celeridad y silencio. En puestos sucesivos compruebo por los gestos que el montero es informado de donde está la siguiente postura y la dirección en que le van a entrar los perros. Por fin llegamos al 7 y me bajo a ayudarlo. El postor le indica que un servidor de ustedes se pondrá tras la siguiente loma, a más de 300 metros, y que no hay peligro de tiro. Antes de desearle suerte, le pido que extreme el cuidado con los tiros a la vislumbre, que con lo llano que está esto es un compromiso.

Mi paso es eso, un paso. Veo la tablilla colgando de un quejigo y que bajo su copa tengo un hermoso lentisco. Allí, con la espalda pegada al hongo que forma, he de ponerme para que mi silueta no se recorte ni contra el cielo ni contra la tierra. Básico pero fundamental saberse poner. Si así se hace y permanecemos quietos, las reses nos han de comer aunque nada nos cubra por delante. Total, que me salgo del camino y paro el coche junto a mi elegida postura, no más de tres metros me separan de la tablilla.

Rápidamente descargo mis chismes y decido dónde dejar el coche sin estorbarme ni a mí ni a nadie. En estas, llega el postor al que solo digo que todo está correcto y que lo esperaré. Entra de guía pero termina donde va a dejar su coche y no tardará en aparecer. Un estrechón de manos y a desenfundar y cargar rápidamente.

LA HORA DE “PICAR GATILLO”. Llega el momento más importante de toda montería, diría que casi más que la hora de “picar gatillo”, pues de lo primero dependerá en gran medida que tiremos con éxito y sin sorpresas: comprobar la dirección del aire y “componer el campo”. El viento, demasiado fuerte para mi gusto, mueve las ramas de la arboleda entrándome sesgado desde atrás y mi derecha.

No me importa en absoluto ventear teniendo mi paso claros hasta casi doscientos metros, tanto mejor, pues todos sabemos que las reses huyen pico al aire. El hecho de estar en traviesa le resta importancia porque tambien sueltan perros por detrás. Encima, al ser el último de la armada, yo le venteo al compañero y a mí no me estorba nadie. Bueno, pero como digo, jamás me ha obsesionado el aire, dejando a un lado los recechos.

Lo único malo de hoy es el ruido adormecedor de las hojas agitadas que no me dejarán oír como quisiera.

Observo un listón de chaparreras que han crecido agarradas a un antiguo y derruido lindazo de piedras. Algunos juagarzos y jaras sueltas le dan cierta continuidad. Salvo que una res venga muy, pero que muy apretada de perros, por ahí ha de entrar, como que dos y dos son cuatro. Me fijo bien y pongo límites claros a las zonas de esta “carretera”, aquellos que me podrían permitir tirar preferiblemente, y desvío la atención en otros detalles que me ofrece la orografía. Como, aunque poco empinada, estoy en una ladera y a todos los bichos del campo les gusta tanto costearse, observo como mi segunda opción los cruces que presenta el pequeño regajillo que se descuelga a mi izquierda. Veo a simple vista un par de puntos donde se marcan claramente sendas veredas muy tomadas, y como ni ahora me quiero mover del paso, con ayuda de los gemelos tomo buena nota de otros dos muy prometedoras. Una vereda de reses siempre hay que tenerla en cuenta, pero cuando se marcan, desgastadas, en el cauce que un torrente, son puntos claves aún en un puesto tan desguarnecido de monte como el mío.

BUSCANDO QUERENCIAS. Para terminar me giro y observo lo que tengo detrás: ni más ni menos que lo mismo de no ser porque discurre a unos cincuenta metros un arroyo en el que tributan los demás. Repito el proceso porque pienso volver de cara cuando me sobrepase la mano de rehalas. Por aquí la arboleda está más cerrada o eso me parece, dada mi perspectiva.

Me quedo con cuatro o cinco detalles más, como claritales donde poder repetir el tiro en caso de fallo, y me siento dispuesto a esperar acontecimientos. Compañeros monteros, ¿qué he conseguido en estos cinco minutos de observación minuciosa? Ni más ni menos que marcar con un 95 por ciento de posibilidades de acierto donde voy a tirar, si tiro. Con esta imprescindible inversión, además, descarto como improbables e indignas de excesiva atención, más de la mitad de mi tiradero. Combinemos esta operación con el factor aire y habremos resuelto lo que se nos presentará en el tablero de ajedrez de nuestra postura. Luego, por fortuna, cabrá la sorpresa, que la montería no es ciencia exacta, pero este proceso es fundamental, créanme.

Tal y como esperaba y es lógico en una finca tan cargada de cervuna, las primeras reses no tardan en moverse. Este momento es quizás el más crítico de la montería. No el más bonito ni intenso, pero sí el primus inter pares en el factor tiempo. ¿Por qué? Al margen de la obviedad de que conforme avance la echada y se vayan abatiendo reses disminuirá por tanto la posibilidad de tirar, este es el momento en que los venados grandes eligen para quitarse de en medio. Cierto que si hubiera ido a parar a un cierre de los primeros en colocarse la cuestión sería aún más importante, pero aún así no deja de ser, porcentualmente, cuando más reses se matan, al menos en mi caso. Los cochinos son otra cosa.
Ésos o se han vaciado ya o habrán de ser levantados por los perros. Para colmo, estos momentos en los que los bichos entrarán zorreados y al amor de sus querencias y huídas naturales, terminaran de poner la guinda a la composición de lugar que nos hemos hecho. Por donde nos entren esas primeras reses han de entrar casi todas. Cumplen al paso algunas piarillas de ciervas y una lleva un venado entre ellas. Puedo tirarlo perfectamente porque se me para bebiendo los vientos, pero por su viaje va derecho a cumplirle a capón al compañero. Me abstengo, pues, de tirarlo obedeciendo a las más arcanas leyes de la montería. Poco me importa lo que hagan los demás en tales circunstancias. Es conmigo con quien he de confesarme.

Sueltan a las 11:00 horas, temprano para lo que se estila, y pronto se oyen ladras lejanas. Como los perros aún no están puestos por muy campeados que estén, los han metido derechos al único apretón de monte digno de llamarse así, pero hemos cogido los cochinos dentro. En pocos minutos se tiran 15 ó 20 reses, y a pesar de que mi armada está lejos, tiran por lo menos tres compañeros. Yo solo entreveo un cochinete pero muy arropado de canes, y por segunda vez, prefiero no tirar a pesar de que no iban a los encuentros.

Al poco, tira mi vecino de puesto. Por lo deprisa que se desplazaba la ladra me huelo que es a un venado y como venteo a medias en su dirección, aunque lo falle, a mí me entrará pasado, por las espaldas. Me vuelvo pendiente de uno de los cruces del arroyo pero solo aparecen dos ciervas y un vareto. Se habrá quedado con él. Pendiente seguía por si aparecía herido, cuando en un parón del ventarrón oigo claramente pezuñeo y me revuelvo agachándome porque me ha cogido al otro lado del lentisco. ¡Estas cosas solo te pueden pasar monteando! Cuando consigo hacerme dueño visual de mi jurisdicción, nada veo, pero no puede ser, imposible que se haya volcado por la loma en tan poco tiempo. Lo que sea está ahí y parado. Seguro que tras las charrascas del lindazo de monte. No muevo ni las pestañas permaneciendo atento y creo percibir algún movimiento. Miro y remiro sin atreverme a encararme el rifle y escrutar con el “canuto”.

PRUEBO SUERTE. Lo que sea está a 40 metros y a mí me ha cogido con las espaldas descubiertas. De pronto suena un palillazo: ¡Pues es venado! El toque de la cuerna contra una rama lo ha delatado y ya no se va sin tirar porque haga lo que haga lo tengo que ver.

Pasa un rato y tengo un golpe de suerte: se enciende una ladra a la volcada, entre el bicho y yo. Seguramente asustado, de pronto rompe derecho a mí, pero opto por no moverme aunque lo tenga encima. Mejor tirarlo de culo a exponerme a que me pegue el “tornillazo”. Lo dejo pasar a 10 metros y le echo la cruz a lo blanco del jopo en cuanto que se me separa. “Pico” y cae para no levantarse. Pues no ha estado mal. Un precioso lance de montería concluido por derecho, dejándolo cumplir hasta más de la cuenta. Satisfecho, me siento y enciendo un cigarro mientras los nervios se apoderan de mí. Es curioso. No me inmuto ni antes ni durante el lance, pero luego me entra el baile de San Vito. Más vale así.

Transcurre la montería entre muchos sobresaltos pero no entra nada de tiro. Ya tengo las rehalas a mi altura y decido que es el momento de volver cara. Muevo mis trastos y me siento inmóvil. Me entran los perros de Julián, con divisa verde y limón, bastante más enteros de lo que esperaba. Veo un amastinado con el puntazo de un marrano en un jamón. Aunque es poca cosa, lo llamo por si se deja coger y hacerle una primera cura a base de yodo del que nunca falta en el bolsillo interior del zurrón. No hay manera. Entre tanto, son varios con los que se remuerden con el venado. Los dejo que se encarnen un tiempo razonable y luego los foreo sin violencia. Veamos que nos depara el rato que queda.

Otra vez de improviso, como casi siempre monteando, cuando más pendiente estaba de un cordoncillo de reses entre el chaparral, ese sexto sentido que desarrollamos con el tiempo me hace volverme como un rayo. Un primal grandote se me tapa casi al fondo de mi tiradero. Hago puntería lo mejor que puedo y le dejo ir una bala que no acusa.

Ha debido llegarme cerca y le he cargado el aire. ¡Maldita sea, los marranos nacen enseñados! ¿De dónde vendría este zascandil? Derecho a meterse en el jaleo de lo que se montaba y sin ningún un perro que lo siguiera, la cosa no tiene ni pies ni cabeza. El cabreo me dura poco y bendigo el momento en el que me apasionó esta suerte de caza que me hace pasar estos ratos, fallos incluidos.

Me prometo subir a registrar el tiro aunque sé que será en balde. Suenan las caracolas y miro el reloj. ¿Las dos ya? Se me ha pasado el día volando. Empiezo a recoger cosas pero no enfundaré el rifle hasta que llegue el postor. El venado no tengo que marcarlo pero cuelgo el reglamentario papel junto a la tablilla para que se sepa que solo hay una res en mi puesto. Luego le ciño mi presilla siempre a la vara derecha y me relajo. Ya solo me queda llevar bien la cuenta de lo que se haya cobrado en la armada y echar un buen rato con los amigos entre la merienda y la junta de carnes.

Amigo lector, como bien puedes suponer la montería que te he narrado ni existe ni existirá. Es fruto de mi mente hiperactiva por estos días. Me propuse pasar revista a lo que son los previos de una montería, qué chismes echar al puesto y cómo actuar en este. No he querido soltarles una retahíla de consejos y he optado por ir dándolos sin ser taxativo. Si lo he hecho bien que Dios me lo premie y si no que me lo demande. ¡Qué Él les dé mucha suerte en esta temporada!
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