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Última actualización 25/11/2011@14:17:48 GMT+1
Dicen que los sueños, la pasión y el asombro son los padres
de la curiosidad y de la ciencia, del progreso del hombre.

yo no lo sé.

Ramón J. Soria Breña

Nos hacemos mayores y nuestras piernas dejan de ser incansables y a veces perdemos algunas capacidades no tan visibles como el pelo o el tono muscular. A veces perdemos la facilidad para soñar, para que nos apasionen algunas aficiones, para que nos asombre, como antes, tantas veces la vida.

Los cazadores, sin embargo, a pesar de los años, sufren menos esas extrañas pérdidas. No digo lo del pelo, pienso en esas otras capacidades invisibles. Soñar con una gran viaje o un gran trofeo, no poder dormir bien muchas noches antes de un día de caza que esperamos especial, asombrarnos por el vuelo rabioso de una perdiz que nos sale de los pies o del salto de aquel jabalí al cruzar el arroyo. Sueños. Pasión. Asombro. A pesar de los años, como si nada hubiera podido desgastar todo eso que tiene que ver con el hecho de cazar y de sentirnos cazadores. Como si el lugar de andar por los cincuenta o más sintiéramos lo mismo que cuando comenzamos, con un arma en la mano y menos de veinte años a caminar por el monte.

Dicen que los sueños, la pasión y el asombro son los padres de la curiosidad y de la ciencia, del progreso del hombre. Yo no lo sé.

Con la experiencia, la observación, las conversaciones, las lecturas y tantos días de intemperie, llegamos a conocer el comportamiento de los animales, los ritmos del campo, el perfume y el color que van dejando en el paisaje las estaciones y los meses. Llegamos a leer con bastante soltura el libro de la naturaleza por la que caminamos un domingo de caza y sin embargo casi todo eso nos sigue asombrando. La magia de los cristales de hielo sobre el pasto, ese olor indefinible de los tomillos secos, el tacto casi caliente y carnoso de las jaras, el planeo de la perdiz ya tan lejos, la dulzura de unas uvas olvidadas en la viña, la belleza sobrecogedora del pelo de una liebre en nuestra mano, la imposibilidad de que el corazón no se vuelva loco cuando sale un venado, grande o pequeño, rompiendo con arrogancia el monte tras una ladra larga. Imposible no dejar de asombrarse, si somos cazadores, por el vuelo del buitre leonado flotando sobre las invisibles térmicas de la mañana, la resistencia del petirrojo, tan pequeño, en los inviernos más crudos, el sutil sonido de los copos grandes de una nevada repentina sobre nuestro chambergo, la facilidad con la que nuestro instinto, que no nuestra consciencia, adelantó la mano para abatir el conejo antes de que escondiese en el perdido. Imposible acostumbrarse a esos momentos mágicos, encantados, sobre un tiempo que parece que no empuja los relojes, de un día placentero y largo de caza. Tal vez el resto de la semana, la vida cotidiana en la ciudad, el trabajo, la historia del mundo, las noticias de la televisión, aún las más imprevistas o extrañas, hayan dejado de asombrarnos. Tal vez casi todo nos parezca de alguna forma repetido, similar o semejante a otras experiencias y días que guarda nuestro cerebro. Seguro que hay muchos días de diario aburridos que no dejan ni una muesca en la culata de raíz de nogal de nuestra memoria y sin embargo casi todos los días de caza están ahí, emocionantes, con tantos instantes para el asombro, como si todo fuera nuevo, original y primigenio. Hasta el mismo hecho de ver, camino del cazadero, la moneda naranja del sol cruzando la niebla nos asombra, aunque sabemos que así ha sido durante millones de años y millones de hombres han contemplado ese mismo instante tantos días.

El día que en la caza sea ya todo previsible y sabido, que hayamos perdido esa chispa de asombro y de sorpresa, solo entonces, habremos perdido de verdad la juventud y también la pasión, la cultura y el instinto de ser cazadores.

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