Tico Medina
Última actualización 25/11/2011@14:23:25 GMT+1
La otra noche, el otoño ya había llegado, al menos en los almanaques, y yo ya escribía con los calcetines de caza, buena idea de nuestra revista, de pronto escuché claramente que cerca, muy cerca, cantaba una perdiz. A veces me despierto sin saber donde estoy, aunque no tanto como me ocurría en los viejos tiempos de enviado especial. Estaba claro, no me encontraba en los llanos habituales, sino en la mitad de Madrid.
Así que, me incorporé despacio, con la luz apagada. La perdiz seguía llamando. Hubo incluso un tiempo en que aprendí a copiar su canto. Apretaba los labios sobre la palma de la mano derecha y chac cha cha, o mejor, chu chucu chu, chuchucuchu, chuchu cha...
El macho que tenía mi padre en su jaula llamaba a la hembra desde el patio entre las pilistras de mi casa de Granada del barrio de la Magdalena. ¡Qué me gustan las pilistras! Mi viejo padre, arrastrando las botas, que eran las de todos los días, recogía la vieja escopeta de dos cañones en su funda. Siempre descolgaba la canana y se marchaba en silencio, eso sí, dejaba el sonido arrastrado de sus pies en el pasillo.
A veces le acompañaba, aunque pocas. Salíamos amaneciendo –que me gusta más que de amanecida, que me parece más cursi–.
Y la perdiz, otoño de 2011, seguía llamándome, pero a mí, a nadie más. Ni encendí la luz siquiera, aunque me levantó al alba, como dijo aquel día el ministro Trillo hablando de la Isla Perejil, y acudí al sonido inolvidable.
En efecto, sonaba en mi cuarto de trabajo, donde, por cierto, tengo una perdiz falsa, pero espléndidamente copiada por aquellos hermanos que creaban, no que criaban, pájaros de todo tipo y condición, en aquel pequeño pueblo impecable cerca de Úbeda, tan cazadora.
En efecto, seguía cantando la perdiz, y no era la de imitación, que seguía estando muda, eso sí, con los ojos encendidos entre los libros.
EL ORIGEN DEL CANTO. Sobre la mesa, muchos papeles, tal vez demasiados, y, desde luego, uno del que escapaba la llamada. Era la invitación a la exposición de nuestro compañero Pablo Capote en la calle general Pardiñas de Madrid. Y así, mi palabra de honor de viejo cronista cinegético, aunque solo haya disparado una sola vez en la caza, de que el bellísimo llamado seguía escuchándose cada vez más suave, cada vez más cerca, hasta que descubrí de donde procedía: ¡de una de las perdices que había en el catálogo de Capote!
Capote de perdiz y oro, como casi dice el pasodoble. Tenía que acudir a la cita, aunque ya no voy, dada la edad y el herpes, a casi ningún sitio. Así que lo hice, pero llegué tarde. Sin embargo, Mares, que es la elegante cuñada del pintor, me abrió las puertas de su casa, donde aún quedaba una bandada, papel, cuadros, lienzos, apuntes de campo, amen de la alegría de una serie de cuadros que me han descubierto, y yo sin saberlo, a un extraordinario pintor.
Espléndido Capote, que vive en el campo madrileño, tirando a la sierra y que es más que un ilustrador de urgencia. Es un buen editor y, sobre todo, un artista total. Lo demuestra todas las semanas, todas, como dice Jesulín, que es además un buen artista del rifle, por lo menos últimamente en África y en donde se tercie, que para eso tiene posibles,
PAISAJES Y PAISANAJES. Bueno, pues un gran día para mí, aunque como siempre corriendo. Perdices por el suelo, perdices recién descolgadas y ese olor a pluma y a trigo seco de sus majestades de la vega. Así que lo pasé enorme pasando la mano por los cuadros, si bien discretamente. Paisajes, paisanajes, mesas, bodegones, sillas de olivo, ilustraciones de buenos artículos de caza, como aquel del desaparecido Néstor Lujan, y muchos con el punto rojo de vendidos. Hombre, claro, su exposición, como siempre, ha sido un éxito y a mí me ha dado la ocasión de conocer, al menos por teléfono, a un excepcional artista, cazador leal, humilde y genial. Y sus perdices que no nos falten, perdiz a peón, perdiz con arbustos, morral exiguo, perdiz roja, perdiz con triángulo y ese cuadro de “pajarería”, óleo sobre entramado de madera y cemento blanco para presidir el más hermoso y brillante salón de caza de la Tierra. Así que, en cuanto regresé a casa, que es la suya, busqué la jaula aquella, con aposentamiento, verde que te quiero verde, que va a estar aquí conmigo y que mi padre colgó un día, vacía claro.
Hoy todo lo que tenía que contar, que era mucho, a ver si no se me seca para el mes que viene, que ya estaremos más o menos en el invierno. Por lo pronto, el hermoso conocimiento en su obra y en su voz de este Capote que si siempre me gustó tanto y que para mí ha sido un descubrimiento, mejor es tarde que nunca. Y además escribo en el día 12 de octubre, que es el día de la raza. También es casualidad. Si yo algún día reuniera el dinero necesario para hacerme con esa perdiz, pintada, amorosamente, originalmente sobre una factura escrita a mano, la guardaría, dentro de un marco original, la jaula vacía que fue de mi padre, un digno y original marco para una perdiz, como cualquier perdiz de Capote, aunque estoy seguro de que me despertaría más de una noche de las de calendario. Felicidades, maestro.
Conoce las obras de Pablo Capote en wwwpablocapote.com.