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Sierra Alta

Sierra Alta
Me pasé una mañana divertidísima con el espectáculo del panderón que tenía enfrente, oyendo a los perros dando de parada, siguiendo de oído las ladras, calculando por los tiros adónde iban a parar las corridas…

Mariano Aguayo

Ayer hizo frío. No fue una cosa, así, desacompasada pero hizo frío. Fui a una umbría y estuve, ahí, ahí, en la raya de lo incómodo. Me arrepentí de no haber echado mano de una de esas prendas que tienen nombre de oso blanco, tan gustosas y calentitas. Dudando estuve si encender lumbre pero estaba solo y la candela es mala compañera, no ya porque estorbe las corridas de las reses sino por lo celosa que es, que siempre nos tiene pendientes de ella, metiendo palitos, avivándola y distrayéndonos en fin de nuestra primera obligación: estar al loro de lo que pasa en el campo. Total que a aguantar.

Pues los marranos, que cuando el frío aprieta y los vientos soplan se refugian en las umbrías, que están más vestidas, ayer estaban en las solanas. Sería por que los últimos días habían sido bastante templados. El caso fue que me pasé una mañana divertidísima con el espectáculo del panderón que tenía enfrente, oyendo a los perros dando de parada, siguiendo de oído las ladras, calculando por los tiros adónde iban a parar las corridas…
Cuatro marranacos vi sacar. Aguantaba el cochino un perro pero, en cuanto acudían dos o tres más, se arremolinaba la lentisca y allá que iban todos con su escandalera, a media cimbra del cerro, el cochino rompiendo monte y el colón de perros a sus alcances. Tan bonito era el espectáculo que casi daba lo mismo tirar que no tirar. Bueno, no. Esto es mentira, es que se me ha ido la mano con la descripción. La verdad es que me encantó que uno de los cochinos cogiese el horcajo que yo tenía frente al puesto. Y, el pobre, alcachofa.

El último cochino que vi lo sacó un perrero poco antes de volcar, allá lejos, por mi derecha. Y
­­– ¡Ahí va el marrano! ¡Anda con él! Me cago en la leche, si es que me he quedado sin un puto perro.

Pues muy bien. Los perros estaban donde tenían que estar: con los marranos. En Sierra Alta estábamos y echamos una mañana gloriosa. Ni frío, ni leches. Nada, pero nada, como una mancha que esté buena de cochinos.
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