Eduardo Coca Vita Cazador y Escritor
Última actualización 25/01/2012@13:10:47 GMT+1
No trataré de todos los tipos de accidentes y eventos dañosos capaces de afectarnos por activa o por pasiva a quienes cazamos. Ni de la variedad de riesgos para morir por razón de la caza y con ocasión de la misma durante el tiempo y en el lugar de su práctica. Accidentes del cazador los hay directos y explícitos o tan meramente contingentes y personales que el arma ni está presente, tomándose para calificarlos como de caza el escenario o viaje, la condición o la afición del protagonista. Para mí no cabe hablar propiamente de “accidente de caza” si no se mueve el gatillo. Cuestión distinta es lo que digan las pólizas y los reglamentos en orden a responsabilidades e indemnizaciones.
Dentro de los accidentes así acotados, los con fuego real, me detendré en si han aumentado por nuestra deficiente formación armamentística, improvisación, frivolidad o cambio de mentalidad hacia el prójimo, que es lo que cuenta socialmente, porque la torpeza, v. gr., de un cazador no entrenado que se despeña o cae al pozo no alarma a nadie. Como tampoco la impericia del que vuelca en un repecho o no sujeta el gato y lo aplasta el coche.
Esas cosas ni salen en la prensa. Son muertes de cazador, sí, pero sin eco ni trascendencia social. Lo escandaloso está en el ruido de la pólvora. Opinaba José Juan Taboada (gentedigital.es), hacia el verano de 2011, que la última temporada había sido trágica para el gremio, quizá la de más muertes que él recordaba, sin transcurrir semana dice– huérfana de percances graves. Al margen del grado de rigor de la afirmación, poco relevante a mis fines hoy aquí, es evidente que el acontecer luctuoso ha venido a integrar la ordinaria información cinegética que Agustín Palomino proporciona en Agrestecaza, nutriéndose sus correos con más frecuencia que la deseada de hechos lamentables. Y sin que pare la racha, que no respeta meses ni estaciones, ni siquiera en esperas o recechos. ¿Es que los cazadores somos más descuidados que nunca? No lo creo. Pienso que los cazadores actuales no son ni más ni menos imprudentes que los anteriores.
Como tampoco creo que nadie piense otra cosa de los conductores. Simplemente se caza más, como se circula también más y con más posibilidades, pues, de surgir el choque. Véanse las estadísticas, bastando para muestra del desmadre anuncios de montería como este: “Sin cupo. A caño libre. Garantía demás de 200 reses. Resultados de la primera: más de 1.000 tiros, 304 reses cobradas. Impresionante, espectacular. Un festival de tiros. Dos puestos que cobraron 29 y 27 reses. Felicitaciones de todos los asistentes”. En resumen, una orgía cinegética, un “botellón” montero. No consta que hubiera accidentes. ¿Reinaron la cordura y el buen juicio? ¿Hubo concierto y orden? Yo diría que hubo suerte y ventura. Un milagro, vaya. Hoy no se sueltan mil balas en un día ni en la guerra. Muchos de los nuestros que se tienen por curtidos –quizá menos sabios que sabihondos y más listillos que listos– culpan de la situación a los novatos y advenedizos, por legos, desinformados e ignorantes, congratulándose de no serlo ellos, entre alabanzas internas y censuras externas. No otra cosa que los golpes de pecho del fariseo. En sus tertulias y artículos, los más «antiguos» –no necesariamente más “veteranos”– suelen recriminar la conducta de quienes, sin prudencia, andan por ahí con corta idea de las armas y el tiro. Sin dejar de admitir lo que ello encierra de verdad (y más cuando tanto se caza hoy por ansia, competencia y cantidad –“por precio, recompensa o promesa”, en argot criminalista–), sin desconocer la parte de verdad, repito, aclaro que eso ha pasado siempre y que no todos los accidentes proceden de principiantes, arrivistas o pijos. Los casos contrarios están a la orden del día según las crónicas que los relatan. Entresaco algunos ejemplos: “la sentencia subraya que el acusado es cazador con dilatadísima experiencia”; “el dueño de la escopeta es otro cazador con amplia experiencia”; “¿cómo pudo abandonar el puesto siendo un experto cazador y un gran organizador?”; “probablemente era el que más experiencia tenía”; etc.
En el artículo “Muertes evitables” (larazón.es) escribe Pérez Henares sobre los tiros en línea, peligrosísimos, sucedidos a diario y que, aun sin desgracias, ponen en riesgo las vidas, preguntándose a quién no le ha silbado una bala. Le digo a Chani que, no solo me han silbado balas, como a todo el mundo, sino que a una la vi caer delante de mí, tan cerca como para recogerla y guardarla en casa. Era de escopeta y estábamos de ciervas en el coto social de Peñas Negrillas, mancha Valdeladrones. Llegó a mis pies por encima del viso. Pero siempre que hablo de inseguridad personalizo la reflexión y no me exculpo ni me excluyo, porque, ¿podemos todos afirmar, mano al pecho, que a nadie le han silbado alguna vez nuestras balas? Seamos prudentes como el que más, sin limitarnos a descargar reproches en los otros. Y aun así, que no nos olvide Dios, que no nos falte su mano.