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El rendimiento de estos perros es magnífico también en esta modalidad

Última actualización 25/01/2012@13:39:16 GMT+1
El setter es la raza que más laureles se lleva en la caza de la sorda, pero hemos compartido un par de jornadas con dos cazadores vascos en manchas de monte de la meseta para comprobar que la eléctrica muestra del pointer mantiene toda su estética y efectividad entre robles, encinas y pinos.

Miguel Herrera
Becada, sorda, chocha perdiz, picuda, oillagorra, arcea, pitorra…, son muchos los nombres que recibe esta enigmática ave, pero allí donde es cazada hay un denominador común: la fiebre que despierta en los aficionados a buscarla en los bosques españoles. Se trata de una especie difícil de disfrutar para aquel que no lleva ese veneno metido en la sangre. Cientos de horas de monte para, casi siempre, ver pocas piezas; relieves escarpados y complicados de andar; la necesidad de tener unos perros de enorme nivel; la aleatoriedad de sus migraciones, etc.

Habitualmente, la sorda se caza en lugares donde es casi la única especie de menor que habita la zona, con puntuales excepciones protagonizadas por liebres, torcaces o zorzales. Sin embargo, en esta ocasión hemos ido a buscarla a un área de la meseta norte en la que perdiz es la reina y la becada sólo un adorno atípico en la percha. Zonas como ésta abundan por toda nuestra geografía, y en ellas la chocha apenas se caza, pero no porque no las haya, sino simplemente por que no hay costumbre de hacerlo. Son cotos en los que dominan las siembras y las laderas sin arbolado, pero con pequeñas manchas de monte idóneas para que las pitorras recalen en sus largos viajes transeuropeos. Aunque en estos lugares cada día se la busca más, todavía están muy lejos de la afición que existe en puntos más becaderos como la Cordillera Cantábrica, Los Pirineos o el Sistema Ibérico.

También habitualmente, la raza que emplean los aficionados a la sorda es el setter, irlandés, Gordon y, sobre todo, inglés. Y en ese sentido hay cierta sensación, extendida tanto entre profanos como entre entendidos en el asunto, de que ninguna otra variedad de perro puede igualarse con ella. Sin embargo, en esta ocasión hemos querido desmontar ese mito y hemos acompañado a Josu, a José Ángel y a sus pointers. Hace ya algunas temporadas, hablando del fin de la caza de codorniz en rastrojo, estos perros ya fueron protagonistas en TROFEO y no se quedó sin mencionar su valía en la búsqueda de la pitorra; hoy, después de compartir varias jornadas con ellos, es complicado dedicarles algún adjetivo que haga justicia a la bestial labor que desempeñan en las manchas de encina, roble y pino.

MANCHAS AISLADAS: VENTAJAS Y DESVENTAJAS. La becada, como todas las aves migratorias, es una especie impredecible. Es imposible saber con seguridad dónde y cuándo las va haber, y más complicado aún es conocer las razones de su presencia o ausencia, pero los años de experiencia pueden ofrecer unas directrices que, aunque no sean infalibles, ayudarán a tener ciertas garantías de éxito a la hora de planificar las salidas.

El escenario de este reportaje, como comentábamos antes, son manchas aisladas de monte en un rincón de la Meseta Norte. La altitud media del coto es de casi mil metros, por lo que Josu, con lo que a la postre quedaría claro que era buen criterio, pensó que era un magnífico lugar para buscarlas recién llegadas. Según nos comentaba, la primera entrada importante de becadas suele producirse hacia el final de la primera quincena de noviembre, por lo que elegimos el día 17 para probar suerte. Después de la terrible sequía que sufrimos durante el comienzo del otoño, las lluvias caídas habían ya puesto a punto los rodales de pino, roble y encina que hay en el coto, con la humedad necesaria para que las pitorras se sintieran a gusto, por lo que esperanzas no faltaban.

Josu y José Ángel nos explicaban que las manchas aisladas de arbolado que íbamos a cazar no eran el mejor lugar para buscar aves asentadas, pero sí son lugares magníficos en los que encontrar becadas recién entradas, que aún no han elegido una zona para establecerse a pasar el invierno y a las que les vale casi cualquier rincón en el que encuentren alimento y cobertura vegetal, lo cual significa que estos terrenos son una pequeña lotería para el cazador. Así como en las zonas más querenciosas de España las pitorras son más o menos abundantes pero casi siempre están, en este tipo de lugares podemos levantar seis u ocho una mañana y no ver ninguna al día siguiente.

Las manchas dispersas de pinos, encinas y robles de la Meseta Norte son, en cualquier caso, un buen cazadero para las becadas porque reúnen algunos requisitos interesantes. Entre ellos cabe mencionar que la altitud sobre el nivel del mar es importante, y es en lugares altos en los que suelen parar estas aves al llegar de sus migraciones y antes de buscar montes más querenciosos que no tienen por qué tener esta cualidad; los otoños e inviernos, además, suelen ser lo suficientemente lluviosos como para que estas masas de arbolado sean del gusto de las sordas, ya que les permiten hacer uso de su pico sin problemas en la búsqueda de alimento. Por supuesto, no hay que olvidar que para que la sorda esté a gusto el monte tiene que ser espeso pero, sobre todo, con suelos limpios en los que ellas estén cómodas a la hora de apeonar y comer. De todos modos, hay que insistir en que los resultados suelen ser cuestión de suerte más que de otra cosa y estos bosquetes pueden dar un par de hermosas perchas en jornadas puntuales mientras que el resto de la temporada quizá no haya pájaro.

Por otra parte, si tenemos la suerte de que haya sordas el día que lo intentamos, es menos complicado dar con ellas y abatirlas en estas manchas aisladas que en grandes bosques. La extensión a registrar por los perros está bien delimitada y, con un poco de método a la hora de buscar y unos canes de calidad, podremos saber con seguridad si allí hay o no hay becadas. Existe además otra ventaja: si en el primer levante se falla o no se puede tirar, no suele ser complicado encontrarla de nuevo. Aunque esta ave puede llegar a posarse en un arroyo o una simple zarza, lo normal será que trate de no salir del arbolado y, de esa manera, tarde o temprano los perros la localizarán otra vez. Este aspecto se complica si cazamos en zonas de montaña con interminables bosques en los que la becada cuenta con infinitas posibilidades de escape.

EL PERRO, EL GRAN PROTAGONISTA. Si en la caza de la codorniz los perros son imprescindibles, en la de la becada esa necesidad es más acusada si cabe. Y para buscar y dar becadas a su dueño, tiene que presentar una serie de cualidades nada fáciles de reunir en un solo ejemplar. Los pointers de Josu y José Ángel son unos estupendos ejemplos de lo que tiene que ser un perro becadero y de lo que es invertir trabajo en un animal. Cada uno cuenta con un par de ejemplares “en plantilla” y, aparte, todos los años prueban nuevos cachorros que sólo conservarán si ofrecen potencial para convertirse en el perro perfecto.

Para empezar, el can tiene que cubrir terreno, ya que la densidad de chochas en los montes no es alta. El pointer, desde luego, es una raza que destaca en ese sentido y durante la elaboración del reportaje comprobamos que cumplían ese cometido a la perfección. Por mucho que el cazador camine por el monte, es el perro el que tiene que encontrar las sordas, y eso lo saben muy bien Sofi y Argi. En cuanto comenzamos a cazar, ambas desaparecieron en la espesura e iniciaron su trabajo.

Pero no vale sólo con eso. El perro tiene que moverse con criterio, sabiendo dónde es más probable que esté agazapada la becada. Y una vez encontrada ha de ser capaz de aguantar la muestra el rato que sea necesario para que a su dueño le dé tiempo a llegar hasta ella guiado por los pitidos de su collar. Podemos dar fe de que, si la pitorra se lo permite, estas perras mantienen la postura varios minutos sin ningún problema; incluso viendo al ave apeonar ante sus propias narices, sus músculos se mantienen agarrotados y no hacen ningún amago de lanzarse a por ella.

Otra facultad que ha de tener un perro becadero es saber mostrar a patrón. De nada vale tener un ejemplar que nos ponga las sordas de maravilla si su compañero llega hasta el lugar antes que nosotros y levanta al pájaro sin que podamos tirar y ni tan siquiera ver hacia dónde vuela. Las oportunidades de disparo en esta modalidad suelen ser escasas y no podemos permitirnos que un mal perro las tire por tierra. No es lo mismo que si esto ocurre dos o tres veces en una jornada a la codorniz, donde los lances son más numerosos y la importancia, por tanto, es menor.

En cuanto al cobro, con la becada es lo menos complicado. Aunque apeonan con facilidad y rapidez si están enteras, lo normal es que no den tanto problemas para encontrarlas como una perdiz o una codorniz alicortas. En cualquier caso, es cuestión de nariz y en eso el pointer, desde luego, no anda falto. Que la traiga a la mano o no, eso ya es cosa del dueño y el empeño que ponga en enseñarle a hacerlo, si es que el perro no presenta ya esa facultad de forma innata.

De todas estas cualidades pudimos disfrutar en las jornadas de caza que compartimos con Josu y José Ángel. Sus perras se movieron con soltura y conocimiento, mostraron estética y eficazmente y no se desanimaron con los fallos de los cazadores que las acompañaban, que los hubo. De hecho, por una mezcla de estos errores, mala suerte e interferencias de perros más jóvenes e inexpertos, una de las sordas fue levantada, antes de ser cobrada, hasta nueve veces sin ningún problema, porque cazar con esas perras es saber que si la becada está en el monte, la encontrarán. Sin olvidarse de que el cazador es su punto de referencia, estas pointers se mueven con velocidad pero sin atropellarse entre ellas ni a la caza, sabiendo que tienen que registrar todo el monte pero que no es necesario perder tiempo pasando por los mismos sitios una y otra vez. A veces ponen la sorda bastante lejos de la escopeta y entonces toca darse una carrera, pero, como comentábamos antes, si la sorda tiene ganas de aguantar no será el perro el que la haga volar.

SUERTE DESIGUAL. Las jornadas que disfrutamos durante el mes de noviembre fueron un claro ejemplo de que la caza en estos montes mesetarios está muy ligada a la suerte. Salimos tres días en tres semanas consecutivas y los resultados variaron sensiblemente a pesar de que el terreno que se registró fue prácticamente el mismo.

En la primera ocasión fueron cinco las sordas levantadas y cuatro las cobradas. Hubo ocasión para deleitarse con el trabajo de las perras, que además tuvieron que mostrar algunas de las becadas hasta tres y cuatro veces porque los lugares donde salían no se prestaban para poder tirarlas. Tres de ellas estaban en pequeñas manchas de pino y otras dos en un montecillo de roble.

La siguiente jornada sólo se vio una en un pinar mirando los mismos lugares. Y en la tercera salida, a pesar de que la niebla impidió usar las escopetas, volvieron a levantarse cinco entre pinos, robles y encinas. Esto da una idea de cómo, en el lapso de dos semanas, la densidad de aves puede cambiar varias veces sin razones aparentes ni ningún signo que indique cuándo va a ocurrir. Y eso por no mencionar que, entre la segunda y la tercera jornada en ese mismo coto, cazando la perdiz se cobraron dos chochas el mismo día sin buscarlas ni tener perros especializados, lo que quiere decir que la densidad debía ser alta tan sólo tres días después de haber levantado una sola en toda la mañana.

Los montes eran los mismos y se encontraban en casi idénticas condiciones de humedad; las temperaturas se mantuvieron bastante estables, sin altibajos; la altitud y latitud, por supuesto, no varió… ¿Qué es lo que hace que las sordas paren allí unos días sí y otros no? Afortunadamente para los cazadores, nadie puede saberlo con exactitud y eso hace que el hecho de salir tras las sordas conserve, a pesar de todos los modernos collares y GPS´s, un grado de incertidumbre vital para que la caza siga
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