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Última actualización 26/01/2012@12:48:21 GMT+1
Van a pensar que soy un exagerado, sobre todo los lectores más jóvenes, pero les aseguro a todos ustedes que de niño he visto levantarse de trigales y otras cosechas bandadas de pájaros tan grandes y tan densas que casi tapaban el sol. Todo un espectáculo y, hay que reconocerlo, también un peligro para las cosechas y un problema para los agricultores porque no había forma de espantarlos. Eran tan abundantes que entonces estaba permitida su caza con armas y trampas e incluso se comercializaba su carne, que era muy apreciada en los bares como tapas.

Por eso, mientras leía el estudio “Efectos de los plaguicidas en la perdiz roja”, de la Fundación Fedenca, que ha llevado a cabo el Instituto de Investigación de Recursos cinegéticos de Ciudad Real, me acordé de mis años mozos, de cuando cazaba pájaros con mi escopetilla de aire comprimido, y casi que se me saltan las lágrimas de indignación.

En dicho estudio se puede leer que uno de los plaguicidas analizados, el imidacloprid, es letal para las perdices, entre otros muchos efectos nada saludables que producen los demás. Además, si tiene efectos letales para las perdices, no es difícil imaginar que también debe ser mortal para otras especies que tengan una alimentación similar.
¿Cómo es posible que esto ocurra? ¿Cuántas perdices y otras especies ha matado esa sustancia química llamada imidacloprid? ¿Cómo es posible que se persiga el uso puntual del veneno y no se persiga el uso de este veneno o cualquier otro similar que se utilice de forma generalizada en la agricultura? ¿Qué vara de medir utilizan las autoridades de Medio Ambiente?
Y si esto sucede hoy día, con métodos modernos de análisis y laboratorios capaces de llevarlos a cabo, con asociaciones ecologistas y cuando todo el mundo está más o menos concienciado sobre la importancia del medio ambiente o por lo menos es la idea que se transmite a la sociedad, imagínense lo que ocurriría antes, cuando comenzaron a utilizarse los primeros productos fitosanitarios y a tratarse de forma generalizada las cosechas.

Digo “imagínense” refiriéndome de nuevo a los lectores más jóvenes, pues los que tengan mi edad y hayan pasado su niñez en un entorno rural lo saben: que seguramente aquellos primeros productos mataron mucha más caza de la que nos podemos imaginar y en especial que casi llegan a exterminar a los pájaros, algo que no pudimos hacer los cazadores aunque sí nos culparon de ello. Y que conste que no quiero decir con ello que no me pareciera necesario que se prohibiera su caza.

Juan Francisco París
Redactor-jefe
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