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De caza en la tierra de Dersu Uzala

Por Redacción
Última actualización 24/05/2012@10:51:02 GMT+1
Una apasionante aventura tras ei osos pardo del Amur y el negro tibetano, que transcurre en Manchuria, en una zona de siberia oriental comprendida entre los ríos Amur y Ussuri, con temperaturas de casi 30 grados bajo cero.

Pepe Madrazo
En Octubre del 2011 me ofrecieron cazar osos en Siberia Oriental y me vino a la memoria “Dersu Uzala” pues se trataba de ir a cazar en la zona comprendida entre los ríos Amur y Ussuri, partiendo de la ciudad de Jabarosk. El magnífico relato de Vladimir Arseniev, desde que lo leí por primera vez, me hizo soñar con la idea de ir a Manchuria y conocer los bosques donde cazaba Dersu Uzala, aquel indígena de la etnia Gold que constituye el paradigma del amor por la naturaleza. Se me presentaba la ocasión de conocer los escenarios tan magistralmente descritos en el libro y de cazar en los bosques imaginados tras su lectura, por lo que sin dudarlo acepté la oferta y me puse a preparar un viaje para febrero de 2012.

Releí el libro mencionado, también “En las montañas de Sijote-Alín” del mismo autor, y me preparé para una cacería en clima frío extremo. Compré botas y equipo para temperaturas de -30ºC, organicé los vuelos hasta Moscú y Jabarosk y obtuve el visado en la Embajada de Rusia en Madrid.

ADENTRÁNDONOS LA TIERRA DE DERSu UZALA. Desde Moscú me acompañaron el organizador de la cacería y un intérprete, y en Jabarosk me encontré con el cazador local, Vadim Atroshenko, titular de la concesión donde iba a intentar la caza en madriguera de dos osos, el “marrón” del Amur (Ursus actos lasiotus) y el negro tibetano (Ursus thibetanus), o del Himalaya como popularmente se le denomina. Al anunciar el aterrizaje en Jabarosk, como es habitual, dieron información sobre la temperatura: -27ºC. Casi me pongo a tiritar, “o sea, que va en serio lo del frío pelón”, pensé. Por carretera helada y paisaje nevado hicimos unos 250 kilómetros en dirección a Vladivostok, para adentrarnos más tarde por pistas de tierra heladas igualmente hasta dejar el 4x4 y montar en motonieve y trineos, durante otra hora y pico, hasta llegar a las cabañas de madera que conformaban el campamento.

Por sendas nevadas atravesamos el bosque, muy tupido y completamente salvaje, la taiga siberiana, compuesto principalmente por coníferas tipo cedro, el pino koreano, y por árboles de hoja caduca, mayormente hayas y abedules, así como por distintos arbustos, algunos de ellos provistos de espinas que hacen penoso caminar. Aunque realmente la dificultad para caminar viene impuesta por la nieve que cubre el suelo helado y que tiene espesores entre 40 centímetros y un metro.

EL CAMPAMENTO. Está compuesto por dos cabañas hechas de troncos, una destinada a sauna y la otra a casa habitación. Además hay un pequeño cubículo destinado a letrina, al que acudes por no tener alternativa dado el frío que hace. La casa, de una sola pieza, se calienta con una estufa quemando leña 24 horas al día y resulta acogedora, si bien es poco el espacio disponible. Dos bancos anchos, para sentarnos todos, y entre ambos una mesa era todo el mobiliario. Los bancos además servían de cama para dormir los cuatro hombres que me acompañaban en la expedición, mientras yo ocupaba la cabaña de la sauna, que con la estufa apagada servía bien como dormitorio. Debo decir que por la mañana la temperatura en “mi cuarto” oscilaba entre los -2ºC y los -5ºC, pero metido en mi saco de dormir no tenía sensación alguna de frío. Sin embargo, atravesar caminando los escasos 30 metros hasta la cabaña principal, a -29ºC, requería abrigarse bien y no olvidar los guantes. A esa temperatura sin guantes no puedes tocar nada metálico (manecilla de una puerta, por ejemplo) pues los dedos se te quedan adheridos; solo puedes tocar algo de madera.

El campamento y toda la zona de caza está dentro del proyecto MATAISKII, para la protección de la fauna y en especial del Tigre de Siberia (Panthera tigris altaica), en la provincia de Jabárovsk, lindando con China, en la región del río Ussuri.

Las coordenadas del campamento son 46º57'058 N, 135º24'247 E, a una altitud de 337 m.s.n.m. y el día que llegué tuvimos una temperatura de -10ºC a las 17,00; de -12ºC a las 18,00 y de -20ºC a las 21,00. Al levantarme al día siguiente la temperatura era de -29ºC con una mañana de sol y sin viento. Ésta fue la tónica durante los días que estuve en la taiga y me considero muy afortunado, pues no hubo ni una sola tormenta, apenas nevó y todos los días lució el sol, si no durante todo el día, sí unos buenos ratos.

CAZANDO OSOS CON ESCOPETA. El día que cazamos el oso pardo del Amur (Ursus arctos lasiotus) salimos en motonieve y trineos remolcados a las 11: 00 horas y, a eso de las 12:00 horas, llegamos cerca del árbol de la madriguera, cuyas fotos me había mostrado previamente Vadim, explicándome en qué consistiría la preparación y la cacería. Dejamos la moto a unos 200 metros que recorrimos a pie, con nieve hasta la rodilla. Al llegar me aposté con la escopeta del 12, una superpuesta que me prestaron para la cacería, evitando así el engorroso trámite de importar tu propia arma en Rusia. Cargada con cartucho de bala, muy eficaz a esa distancia de unos diez o doce metros de la madriguera, esperé mientras Vadim y Pavel cortaban arbustos y arbolitos que podían entorpecer el tiro. Vista la cueva y donde me pusieron le dije al intérprete que si salía hacia la derecha pronto se ocultaría tras de un montón de nieve (que cubría la tierra que había vaciado el oso para hacer su cueva), por lo que pensaba era preferible cambiar el emplazamiento hasta unos troncos caídos, justo frente a la entrada de la cueva. De esa manera tendría tiro hacia la zona que yo estaba cubriendo y también tras el montículo de tierra cubierto de nieve, que imposibilitaba ver detrás de él, y que me impediría disparar si el oso salía en esa dirección. No me hizo caso.

Antes de terminar la faena de limpieza rugió dos veces el oso y al momento salió. Vi una cabezota enorme y en vez de salir hacia nosotros como habían dicho, en décimas de segundo se dirigió a taparse tras la loma. Le disparé atravesado a la derecha, corriendo y parcialmente oculto (no le veía patas ni barriga) por la loma de tierra. Mi balazo (pude comprobar mas tarde al ver el video que hicieron) tocó el montón de nieve y posiblemente hirió al plantígrado que siguió corriendo y se me tapó. Salió más abajo, disparé el segundo “caño” y le di de lleno en el costado derecho, acusó el impacto pero siguió corriendo. Oí un gran clamor de mis acompañantes al herir al oso, que también pude escuchar al ver el mencionado video realizado por Serguey. Los demás (solo Vadim y Pasha iban armados) no tiraron al momento, y solo Vadim hizo un tiro largo que no hizo blanco. Salimos tras él, pero ya estaba lejos y con mucho bosque. Seguimos la sangre un rato, con nieve por encima de la rodilla, pero lo dejamos para que se echara pues persiguiéndole, aunque la sangre era clara, como de pulmón, solo conseguiríamos extenuarnos y espantarle, pues sintiéndose perseguido no se detendría.

Comimos un taco y volvimos a pistear al oso durante hora y pico hasta dar con él. Estaba echado y todavía se levantó, pero tambaleante cayó con el tiro de remate. Resultó ser un oso enorme y viejo, de unos 2 metros, con los dientes de arriba bastante gastados y un peso estimado de unos 300 kilogramos. Mi disparo le atravesó ambos pulmones y la bala quedó alojada en la paleta izquierda, sin llegar a salir, era mortal de necesidad.

ESPERANDO AL OSO NEGRO TIBETANO. El día que cazamos el oso del Himalaya (Ursus thibetanus) había una temperatura -28ºC, con cielo despejado y sol brillante, de manera que por la tarde estuvimos a -15ºC. Desayunamos a las 9:00 horas y salimos de caza a las 11,45 en la motonieve y los trineos. Yo iba de paquete, como otras veces, con Vadim conduciendo la moto, que arrastraba los trineos. El primer trineo lo ocupaba Hennadyi con mucho material, el segundo llevaba a Serguei y Pasha, y el tercero, más pequeño, iba vacío para traer la caza. En media hora con buen día de sol llegamos al sitio para dejar la moto y seguir a pie, unos 250 metros con nieve hasta la rodilla o más, hasta llegar al árbol seco en cuyo interior tenían controlado a un oso hibernando.

Tanto las cuevas donde hibernan los osos pardos del Amur, como los árboles donde hibernan los tibetanos, los descubren en noviembre controlando señales inequívocas. Observan pisadas, tierra removida, garras escalando el árbol, etc., denotando la presencia de oso antes de hibernar, cuando están preparando su guarida. Luego hacen control periódico para determinar si efectivamente el oso se encamó allí y si permanece en la cueva. Hay signos que interpretan favorablemente cómo es, para el caso de los osos marrones del Amur, que en las cuevas, construidas habitualmente bajo las raíces del árbol y cubiertas de nieve, ésta se pone de color amarillento por el vaho de la respiración. Esto pude comprobarlo en nuestro caso.

Los osos tibetanos hibernan en el interior del tronco de un árbol, colándose por un orificio en la parte superior, a una altura de varios metros sobre el suelo. Para esta especie realizan el control practicando en el tronco un agujero, con una broca manual, por donde introducen un palo fino y flexible hasta tocar al oso suavemente. A veces auscultan con fonendo para oírle respirar. Otras veces el palito introducido se mueve afuera y adentro con la respiración. Todas estas operaciones las hacen cada dos o tres semanas, con mucho sigilo, de manera que tienen localizados varios osos antes de que llegue el cazador, y que normalmente no se mueven a no ser que se acerque un tigre a la cueva y lo detecten, en cuyo caso escapará.

Antes de llegar al árbol (cuya foto me había mostrado previamente Vadim) iba ya con la escopeta lista pues me advirtieron que el oso podría salir de manera inesperada si sentía ruidos extraños. Estos osos del Himalaya son mucho más agresivos que los del Amur, y aún siendo muy inferiores en tamaño son mucho más peligrosos. Unos 50 metros antes de llegar me quité las manoplas, dejando solo los guantes finos, y avancé cautelosamente siguiendo a Vadim. Pegué un tropezón y me caí una vez, zambulléndome en la nieve, pero la escopeta la llevaba en seguro, como siempre, y no pasó nada afortunadamente. Me colocaron en la posición a 10 metros de la base del tronco seco, que tendría 6 ó 7 metros de alto, y por cuyo extremo de arriba aparecería el oso para escapar. Me situé mirando a un rebaje de la parte alta por donde dijo Vadim que surgiría el oso al salir.

Primero cortaron Vadim y Pasha toda la maleza de la zona para dejar libre la visión y poder disparar en el suelo, aunque la instrucción era disparar en cuanto tuviera los cuartos delanteros fuera del tronco. Posteriormente Vadim hizo tres taladros con la broca hasta localizar al oso y hostigarlo introduciendo una varita larga, de un metro y medio, muy flexible que llegó a tocar al oso, que se había subido algo por dentro del tronco. Al momento se oyó el gatear de las garras, Vadim se alejó corriendo hacia la derecha, como estaba previsto (Pasha cubría el área desde mi izquierda), y apareció en lo alto el oso. En menos de un segundo tenía el cuerpo fuera y un balazo mío en la paleta izquierda, sacó las patas traseras y según volteaba para agarrarse con ellas y descender le solté el segundo tiro a la espalda, acusando también el impacto, pero se deslizó hasta el suelo. En décimas de segundo se quedó un instante parado en la base del tronco y salió corriendo hacia la izquierda, cayendo muerto a pocos metros de la base del árbol. Al desollarlo vimos que mi primer tiro le rompió la aurícula izquierda y el segundo la mitad superior de la columna, sin partir la médula. Lo rematé en el sitio para seguridad pues, como he dicho, son sumamente agresivos, mucho más que los pardos.

Felicitaciones, fotos, brindis y bocadillo. Regresamos al campamento a eso de las 14,00 y pasamos la tarde tranquilamente desollando el oso. Vadim le sacó toda la grasa que cubría lomos y jamones, con un espesor de uno a dos dedos, y también la de la cavidad abdominal, que es más apreciada. Ambas calidades de grasa son muy cotizadas y las utilizan para hacer remedios medicinales. También con mucho cuidado le extrajo la bolsa con la bilis, que dejan secar y en trocitos toman cuando tienen ciertas enfermedades o dolencias. Ató con una cuerda fina el extremo de la vesícula, que era muy grande, más que cuando están despiertos y moviéndose activamente, según me dijo, y la colgó de una ramita para que se congelara. Después en casa la dejan secar y se solidifica pero no se estropea. De esta manera pueden utilizarla tomándola en trocitos como medicina.

Una figura indispensable: el outfitter

Vadim es un personaje singular, buen cazador, muy organizado y de actuación militar. Nació en un pueblito llamado Uzny, en la región de Javarosk, de padre ucraniano, deportado por Stalin y siempre tuvo relación con la Taiga, donde ha terminado como cazador profesional. Antes de dedicarse profesionalmente a la caza, fue bombero paracaidista, habiendo realizado 600 saltos en paracaídas y llegando a ser, una vez jubilado, instructor de bomberos paracaidistas durante otro par de años. Ahora caza unos ocho meses por año en su concesión, con clientes y como trampero (visité con él una trampa donde había caído una marta) y participa en el programa para protección de los tigres como queda dicho.

De regreso a Javarosk me mostró desde la carretera la senda que conduce al lugar donde murió Dersú Uzala, paraje identificado por Arseniev, y donde han erigido una lápida que le recuerda. Arseniev contó con Dersú como guía en dos expediciones, narradas en sus libros, y el cazador siberiano le salvó de la muerte varias veces por su conocimiento de la taiga. En un viaje postrero, sabiendo que Dersú había muerto, trató de encontrar el sitio donde había sido asesinado y enterrado, y lo encontró, consiguiendo rendir tributo a un amigo, por quien tuvo mucho respeto y a quien profesó un gran afecto.

La berrea del tigre del Amur

Esa tarde, de tertulia en la cabaña, Vadim me contó la historia que tuvo con un tigre hace tres años. Transcurría el mes de Septiembre, durante la berrea del Izyubr o maral del Amur (Cervus elaphus xanthopygus), y él estaba una tarde reclamando al maral (de la misma forma que reclamamos los venados en España), cuando le respondió un ejemplar, detectando algo extraño en la voz.

Volvió a reclamar y la misma voz le respondió, continuando así varias horas. Desconfió y tan pronto se hizo de noche se metió dentro del automóvil, que lo tenía estacionado en un camino en lo alto de un teso, y con las ventanillas bajadas siguió reclamando y obteniendo respuesta. Desde hacía rato sospechaba que quien le respondía, imitando a un maral, era un tigre de los que replican la voz del ciervo en la berrea para así detectarlos y darles caza. Mi asombro no tenía límites y traté de indagar más y más deprisa, pero Vadim me pidió calma y siguió con su relato, si bien mostró una máquina de fotos y dijo que pronto ilustraría lo que nos iba contando. En unas seis horas, a eso de la una de la madrugada, tuvo al tigre a diez metros, llegando a fotografiarlo con la luz de los faros del Jeep, que conectó cuando los berridos se oían casi al lado. El tigre puede verse en las fotos reproducidas en este artículo. Nos explicó que era un tigre joven, circunstancia que le hizo perder el natural recelo y acercarse a pocos metros del propio Jeep, avanzando por el camino. No fue esta la única vez en los quince años que lleva cazando en esta zona, que ha detectado tigres berreando como un ciervo, si bien es la ocasión en que lo tuvo más cerca. Otras veces los ha visto y fotografiado en la distancia y raro es el año en que no tiene alguno cerca.

Uno de los días cruzamos un rastro de tigre, de unos dos o tres días, cruzando un sendero por el que circulábamos en moto nieve, y dos semanas antes de mi llegada fotografió las huellas frescas, de la noche anterior, de un tigre aproximándose a la cabaña que yo ocupé y rodeándola. Esas huellas en el camino y hacia la cabaña pueden verse en las fotos que reproducimos en este artículo.

Estos tigres del Amur (Panthera tigris altaica), que están casi extinguidos, son objeto de protección en el programa mencionado, MATAISKII, y al parecer en el último recuento hace un par de años, establecieron la población en unos 500. Los tigres son frecuentes por aquí, ya he dicho que el día primero me mostró las huellas de uno desde la moto, y en fotos me enseñó las huellas de otro al lado de la cabaña que yo ocupaba. Según Vadim, los tigres patrullan un territorio muy extenso y pasan por los mismos sitios varias veces al año, pero sin una frecuencia determinada, aunque al apretarle con preguntas dijo que pasaban unas tres veces al año.
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