Tico MEDINA
Última actualización 25/06/2012@12:34:36 GMT+1
Y como dice Chiquito de la Calzada, cazador de gracia y uno de los mejores, sin duda, que hay que estar también instalado en la modernidad, “les cuen” que esta página va hoy en plan de frases breves y de noticias cortas, pero a veces bravas.
Por ejemplo, me gusta mucho volver a leer a mi amigo Juan Delibes, viejo compañero en tantas cosas. Echo de menos, al maestro Aguayo, del que tengo, porque me preocupo por saberlo, buenas noticias constantes, a veces de su hijo, y a ratos de sus buenos amigos, que en ocasionen coinciden y son los míos.
Y además, y por si fuera poco, tengo un perro de bronce suyo, entre mis libros, que son los suyos, que a veces ladra. Poco, pero ladra.
Otra frase copiada para ustedes, ni más ni menos, que del grande entre los grandes, Don Martin Dohrn: “Mi disparo favorito fue contra aquel león, enfrentado directamente conmigo, preparándose a saltar sobre sus patas delanteras, humillando a más de treinta hembras de león que le acompañaban y le observaban admirativamente y a pocos pasos de distancia”.
No contó el cronista de urgencia lo que paso después, imaginemos la escena... ¡Pone los pelos de punta! Otra frase la entresaco del hundimiento del Titanic, que a veces ya cansa, las cosas como son: “Sin género de dudas, el iceberg cazó al gran barco, hundiéndolo”. Cazó es el verbo exacto, sí señor, un disparo helado consiguió un trofeo estremecedor.
Recuerdo, y perdonen porque siempre echo delante el perro de la memoria, aquel hurón que mi abuela tenía en una jaula larga en las cámaras del cereal, en mi pueblo. Olía fuerte, no me gustaba nada de nada, hasta que un día mi primo Salvador lo echó en el morral para cazar el conejo al pie del castillo nazarí de las doce torres de Píñar. Y también que luego conocí al mejor huronero, vivo, de los campos de Castilla la Vieja. Era el mejor para don Miguel Delibes, al que siempre, siempre, echo tanto de menos. Fue una mañana inolvidable, entre la niebla del pasado y del invierno... talento y talante, ojo avizor, una cierta paciencia, no demasiada, y a la espera, siempre a la espera.
La “crisis” de los leones. También decirles que solo quedan vivos en el mundo, de tantos como fueron en su día, 20.000 leones y, de ellos, 4.000 tan solo son machos. Animal en peligro, cazadores míos, de las grandes piezas. Eso sí, quedan muchos por ahí en bronce, en los escudos o en las banderas... Un viejo de uno de los últimos pueblos de adobe que hay todavía en el sur me decía: “No sé por qué este ayuntamiento lleva un león en la bandera, porque aquí lo único que tenemos son zorras, y usted perdone”.
El otro día, siempre anotando para ustedes lo que está en nuestro entorno, siempre que sea digno de contar, vi en algún sitio la esbelta y preciosa figura de una perdiz blanca y pensé, echando la “moviola” hacia atrás, dónde la había visto ya antes. Y lo recordé. La vi aquella mañana en la nieve del gran monte, cuando escribía por encargo el libro “La crónica del pirineo de Huesca”, rojo el pico y la garra, blanca y radiante va la perdiz, sobre la nieve intacta... ¡Ah!, y también me enseñó el viejo Duque de Arión una perdiz, blanquísima, creo que austríaca, dentro de una urna de cristal. Fue en su castillo, cuando yo escribía aquella serie de Los grandes cazadores, hace más de treinta años…
Bueno, así es la vida. Como ese grafiti, que también vi en algún sitio, tal vez en las tapias de un viejo pueblo de Lugo, y que decía “Ganado más lobo, igual a ruina”. Sí, como la vida misma.
Con la trompa hacia arriba. “Pluma, Tico, servidor, garra”... ¡Qué fuerte la huella del tigre sobre la nieve siberiana ¡El otro día, en una foto, vi una y era como la firma de que la naturaleza sigue viva, esperando, aguantando.
Y también quiero darles este consejo. Cualquier tipo de elefante que usted tenga en casa, quiero decir en plan colección, cristal, barro, plata incluso, marfil, debe estar con la trompa hacia arriba, que es el que da suerte. Y con el culo, con perdón, mirando a la puerta, o sea, de espaldas, para que no sea un impedimento para la felicidad del hogar en el que habita. Yo empecé a coleccionarlos hace muchos años. El que más me gusta es uno de papel mascado que me traje de La India cuando el maharajá de Jaipur, que era embajador de su país en España, me invitó a una cacería por su región, nunca mejor dicho, con motivo de la boda de su hija. Lo conté todo entre el rosa y el amarillo en dos revistas distintas: para Hola y para aquel Trofeo de entonces ¡Cómo pasa el tiempo, mis lectores!
Y, por último, al dolorido corazón de Ñudi, decirle que no te olvido, capitán, que no te olvido, que me sigo poniendo aquel jersey abrigador que lleva un jabalí bordado en la altura del corazón…