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Hemeroteca :: Edición del 01/08/2012 | Salir de la hemeroteca
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Por Israel Hernández Tabernero
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Última actualización 24/07/2012@13:38:25 GMT+1
Agosto. Ese mes que huele a paja y a relente en la mañana. A calor y a polvo de camino. A agua de charca y sombra de encina. Ese agosto, ese que es más nuestro que de nadie, ya está aquí, amaneciendo perezosamente para todos los cazadores. Acaba la larga espera. La noche apaga de un soplo sus últimas estrellas y enmudece el concierto de ranas y grillos que compone la sinfonía del monte.

El cochino apura sus últimos minutos en la baña, perezoso, harto de agua y de barro, antes de partir hacia su oculto encame. La noche es demasiado corta y la prudencia le dice que ya es hora de regresar. La luz del día nunca fue buena compañera. El petirrojo sigue siendo el más madrugador, y comienza a cantar a la nueva mañana. Sin quererlo, despierta a la torcaz, que se despereza mientras abomba su plumaje: aún hace frío. Poco a poco la vida de la noche comienza a detenerse mientras que los animales diurnos toman el testigo de esa naturaleza que nunca duerme.

Dos tórtolas cruzan fugazmente por un claro con su sempiterna elegancia. Con rapidez, parecen un poema en el aire. Es hora de desayunar. Hay que darse prisa, antes de que el calor lastre sus alas. Una liebre vieja intenta excavar su cama sin éxito: la ingrata tierra que pisa parece un muro de hormigón, así que no le queda más remedio que conformarse con arañar cuatro hierbas y apretar sus cuartos contra el suelo, intentando fundirse con él. Mira hacia poniente, a la sombra de la mata que la protegerá de ese sol que, tímida, parece que siempre se empeña en esquivar.

Los conejos corretean junto a sus huras y aguardan con impaciencia los primeros rayos de la mañana, atentos a su alrededor, pendientes de las fauces o de las garras que quieren convertirlos en un agradecido almuerzo. Al tiempo, una pareja de perdices abandona la dormida seguida de su prole, cada día más crecida, más experimentada y fuerte. Es hora de buscar algo con lo que alegrar el estómago.

Un venado araña una jara casi por inercia, puliendo esa corona que terminó de descorrear hace apenas unos días. A continuación eleva la mirada al cielo como implorando un agua que vende cara su presencia. Ya barrunta la berrea. Un rebaño de ovejas comienza a desparramarse por un rastrojo empujado por dos careas que caminan de forma lenta y pesada, arrogante a veces, como con desgana. A lo lejos se oye el canto de una codorniz que alegra la amanecida.
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