Última actualización 25/07/2012@08:54:23 GMT+1
Tico MEDINA
Aunque todo parece indicar que dada la crisis que vivimos, que sobrevivimos mejor dicho, podemos comer todo aquello, que vuele, nade o se arrastre, no es así. Es tiempo de oropéndolas y es el momento de avisar que las oropéndolas no se comen. Personalmente, viví una tarde de oropéndolas, allí lejos, en Costa Rica, cerca de Puerto Limón, el día que fui testigo de aquella boda por lo forestal de María Jiménez con Pepe Sancho, que hacia allí una papel en la película de Carlos Saura sobre el descubrimiento. Bueno, pues escribí entonces en el Hola, “A la sombra de las oropéndolas en flor”. Recuerdo bien, y de ahí el título de esta página, que un negrazo impresionante de cabello blanco nos aseguró que él se había criado, inteligente y con la sonrisa puesta a todas horas por la “sencilla razón de que toda su niñez fue alimentada con la carne de la oropéndola, que nadie quería, pero que él asaba con árboles de los de la ribera de los manglares donde habitaba el manatí”. Las cazaba a lazo, y de esa forma, a razón de diez o doce diarias, alimentaba no sólo su estómago, sino el de toda una familia, que, además, comía iguanas, que un servidor las ha comido también y están bien ricas, porque saben a cerdo y a langosta al mismo tiempo, casi casi como el magnífico sabor de las tortugas marinas.
Bueno, pues como es tiempo de oropéndolas y dada la actualidad que estamos atravesando, me permito recomendarles que su carne no es comestible, aunque yo ya conté en su día la historia de aquél riquísimo ruso, amante de la ópera, que en la noche sólo comía carne de cisne, que creía le iba a mantener esbelto y elegante.
LO QUE COMES, SERÁS, dice el refrán ugandés, que un día me traje en mi cuadernillo de viajes cuando yo era un nómada de verdad, y no ahora que sigo siendo nómada, pero inmóvil. Eso sí, no estoy de acuerdo con ello, ya que conozco a muchos conocedores del jamón de nuestra sierra, la sierra de nuestro Ñudi; al que tanto recordamos, que no son unos cerdos, dicho sea con todas sus palabras.
Además, el gorrión, el zorzal de nuestra niñez, que servidor en aquellos álamos temblorosos cerca de mi pueblo cazaba con tirachinas, y como final de etapa, con una escopetilla de perdigones, como todo el mundo, estaba muy bueno al paladar si es que estaba bien frito con aceite de oliva, por supuesto, y a ser posible del sur, donde crece el olivo, cobijo de pájaros ricos, porque tienen el corazón de zumo de aceituna, puro. ¡Ay si yo pudiera darles el nombre de un conocido juez, conocidísimo, que de vez en cuando aparece por cierto restaurante de carretera y ni que preguntar tiene, porque cuando aparece, le preparan el gorrión más exquisito, aunque, eso sí, en un reservado por eso de la ilegalidad...
Así que ya saben, que no habría oropéndolas, si es que supieran cómo saben las tórtolas, que las golondrinas tampoco son comestibles, eso sí, conocí a un indio del alto Perú, un aymara, creo, que era experto en cóndores y comía su carne, eso sí, muertos en las cimas de los riscos andinos, porque de ellos extraía su valor, su resistencia, su permanencia, su poder, su fuerza….
Tiempos aquéllos en los que uno viajaba y se le ocurrían títulos hermosos, que causaban sensación. Ahora, que quiero buscar todo lo que está en mis archivos, encuentro, por ejemplo, aquella entrevista de hace casi treinta años al Conde de Yebes, gran profeta de la cinegética. Se la hice en su casa, de cerca de la Castellana, en aquel primer piso, rodeado de libros, con muy pocos trofeos de caza. Desde su sillón, elegante y sabio, cuando comentábamos el prólogo que había hecho a sus páginas don José Ortega y Gasset, ni más ni menos, me dijo: “Mire usted joven, ahora hago que no hago nada”.
MEDITEMOS. Encuentro cosas en mi búsqueda, en este tiempo de las oropéndolas, que son como las memorias, en lo alto de los árboles del tiempo, y encuentro una carpeta hermosa, de Ricardo Medem, con fotos, textos, cintas, todo sobre “El Argali”, que era un libro que estaba escribiendo entonces, y esa foto a la sombra de los más hermosos colmillos de elefante.
Encuetro una tarjeta, que me envían desde Nueva York en la que me hablan de la actualidad de don Miguel Delibes en la ciudad de los rascacielos.
Y también este pensamiento recibido en una carta: “Que sepa usted que tanto escribe de caza y de Manolete, que al torero universal lo cazó el toro Islero. Lo esperó a la hora de matar, y sólo tuvo que disparar su cuerno en la plaza de linares…”
“La muerte está echada”, escribí aquella tarde hace tantos años, sesenta y cinco hace éste, y durante mucho tiempo busqué la escopeta de caza del torero, al que le gustaba mucho cazar en sierra morena.
¡Ay, los viejos papeles amarillos! A veces pienso que mejor es no cazar recuerdo, como éste y los que a continuación reúno: “las ballenas cazan sardinas en la costa brava”; “detenidos diez cazadores furtivos en los montes del oso de León y asturias”, etc. Yo tengo, por tener, una cabeza de oso que me regaló el ultimo cazador de las altas brañas… ¡Qué tiempos aquellos¡ Huesos blancos del recuerdo...
Mientras tanto, continúo la caza de brujas y la caza de talentos, y encuentro aquellas memorias del príncipe Alfonso de Hohenloe, que no se llegaron a publicar nunca con tanta “caza” dentro. Era una buena escopeta en todos los aspectos. En fin, lo dicho, mis leales, que mientras busco mi pasado llega el tiempo de las oropéndolas.