La tarde agonizaba. Allá en la lejanía las elevadas siluetas de los cerros, al confundirse con jirones de cárdenas nubes, componían caprichosas figuras sobre los rojizos tonos del cielo, herido por los rayos del sol con los últimos destellos de su ocaso.
En la fuente de la huerta el agua canturreaba, como queriendo saludar al crepúsculo con su acompasada sinfonía.
Un frío calaero, que penetraba casi a la médula de los huesos, me obligó a acelerar el paso para salvar los metros finales del empedrado y cobijarme en la casilla, buscando la confortadora candela que aliviaría esos tiritones de los que hacía rato era preso. Al calorcillo de su gratificante fuego y tan sólo escuchando el crepitar de la leña mientras ardía, me sumí en una relajante calma, interrumpida únicamente por pequeños escalofríos secuela de la baja temperatura que acababa de soportar. Y cuando éstos fueron desapareciendo, sonaron en mis oídos los ecos de recuerdos de tiempos pasados que tan grata evocación me traían.
Por mi mente desfilaron las historias que nos contaba mi abuelo a mis hermanos y a mí, cuando en las largas noches invernales nos sentábamos, como ahora yo lo hacía, en este mismo lugar y nosotros, ávidos de ellas, le inquiríamos nada más acomodarnos junto a la lumbre:
– ¡Abuelo, cuéntanos... !Y él iniciaba la narración de esos relatos que tantas veces le oyéramos, pero que cada vez nos parecían más interesantes, más emotivos, más atrayentes...
Con voz pausada, tras un breve carraspeo, comenzaba a desgranarnos el rosario de sus vivencias cinegéticas:
La Ligera y el Marcos eran dos podencos de bandera; nunca tuve otros perros que a éstos les llegaran ni al corvejón. Los crié de cachorrillos y la perra fue siempre tan viva que pensé llamarle Centella, pero por su agilidad y rapidez decidí ponerle el otro nombre, y bien que se lo mereció. Al macho lo bautizó mi padre porque decía le recordaba a otro cachorro que de joven tuvo y que se llamaba así.
En aquellos tiempos, primeros años de 1900, no transitaban vehículos en Constantina y los perros andaban sueltos por las calles sin problemas de atropellos.
Como tampoco se conocía la enfermedad de los conejos, ésa que ahora padecen y que se les hinchan los ojos, estaba el campo plagado de ellos.
Yo salía por los alrededores del pueblo donde era frecuente encontrar cacería, por lo que cualquier perro que tuviera condiciones se metía rápidamente en faena y en poco tiempo iba aprendiendo, convirtiéndose en un experto cazador. Fue lo que le sucedió a mi collera que tuvieron pronta y buena escuela, y se hicieron unos fenómenos, que motivaron que yo fuera la envidia de todos los que cazaron con ellos.
En mis frecuentes partidas de caza la Ligera me cogió muchos bichos a la carrera dada su enorme velocidad y el Marcos, que bardaleaba de maravilla, hacía que los conejos saliesen al terreno limpio facilitándonos el poderles disparar con más posibilidades de acierto.
Pero un día mi padre me comunicó algo que me llenó de incertidumbre y preocupación: “Vicente, en Cazalla, donde se sabe tienes una gran collera de podencos, hay un señor al que le estoy agradecido que me ha pedido le vendas los perros; y aunque sé te dará un gran disgusto desprenderte de ellos no he podido hacer oídos sordos a su petición, así que he quedado que la próxima semana irás a la estación para ultimar el trato con un mozo que vendrá en su nombre a recogerlos. Le he advertido que el precio lo pondrás tú y que en ello yo no intervendré”.
– ¿Y tú, abuelo, no te negaste a venderlos? –le preguntamos.
– Mirad niños, en aquella época le teníamos a los padres un respeto tremendo, incluso les hablábamos de usted, y su palabra era palabra de rey, así que no tuve otro remedio que acatar su mandato y acudir a la cita el día previsto, con todo el dolor de mi alma, pero resignado a complacer a vuestro bisabuelo.
Me monté en el coche de caballos que hacía el viaje de ida y vuelta a la estación de Constantina-Cazalla y los perros me siguieron tras el coche; y como todo lo que tenemos o hemos tenido lo valoramos más cuando lo perdemos o creemos que ello sucederá, recordé en el trayecto los muchos buenos momentos que mis podencos me habían hecho vivir:
Aquel día que llegamos a un coto y echándole valor nos adentramos en éste y cuando mejor se nos daba la jornada, se presentó el guarda y hecho una furia nos puso de patitas fuera de él, aunque, eso sí, nos permitió llevarnos los siete u ocho conejos que ya habíamos cazado, añadiendo que cumplía con su obligación pues tenía que mirar por el pan de sus hijos.
Vuestro abuelo Jerónimo, que era un tío muy avispao, sentenció:
– Mañana de nuevo volveremos aquí y nos vamos a hartar de matar bichos.
Todos nos quedamos un poco sorprendidos con tan categórica afirmación, pero tras contarnos lo que había ideado nos pareció a la cuadrilla que podría dar excelente resultado.
Al día siguiente nos presentamos en la linde de la finca, donde nos hicimos notar disparando al aire varios tiros. No tardó en aparecer el guarda a caballo, dispuesto en esta ocasión a “ponernos las peras al cuarto”.
Mi hermano, con la más convincente de las sonrisas, le dijo:
– Mire usted, nuestra intención hoy no es cazar, únicamente nos hemos acercado para traerles unos juguetes a sus chiquillos y unos caramelos, ya que pasado mañana son los Reyes Magos, y en agradecimiento a que ayer no dio usted parte nuestra, queremos tener con ellos este detallillo.
Al ser años de penuria económica nuestro ofrecimiento era tentador y el buen hombre quedó desarmado rindiéndose a la evidencia y no sólo nos permitió cazar sino que nos indicó el lugar del coto más querencioso:
– Allí, en aquellas costeras, hay cacería a espuertas. Como yo iré luego al pueblo, no tengo porque oír los tiros que ustedes den.
Fue un día inolvidable, regresamos con los zurrones atestaitos de bichos. ¡Cuántos tiros pegamos! ¡Cómo se portaron mi Ligera y mi Marcos esa jornada!.
A mis pensamientos también acudió la apuesta que hice con el barbero de mi barrio, con la Ligera de por medio. Hablando mientras me afeitaba de las cualidades de mi perra que eran muy conocidas por todos los aficionados, como ya he dicho, por sus excelentes dotes, le dije al buen hombre: “La perra no es sólo estupenda cazando sino que la tengo enseñá a que no coma nada sin que yo le dé la orden”.
Ante la incredulidad de éste, apostamos veinte reales a que le tiraba una torta de hornazo y me la traía enterita sin probarla. Así se hizo y la Ligera acudió a mí con la torta en la boca sin darle una sola dentellada. Luego se la partí y se la comió como estaba mandao y yo me gané los veinte reales que el barbero me apoquinó.
Igualmente recordé como el Marcos hacía la ronda de la noche con el jefe de los municipales y éste me comentaba:
– Vicente, gato que el perro ve, si no encuentra pronto un árbol donde subirse, gato que retira de la circulación.
En estas reflexiones me encontraba cuando el coche se paró al término del trayecto. Tras apearme localicé al enviado del conocido de mi padre, que venía a hacerse cargo de los perros. Después del intercambio de saludos me sugirió:
– Antes de llevarme los podencos me gustaría probarlos.
– Como quiera, le respondí, vamos a esa solana de enfrente a ver si echan algún conejo.
No habían hecho más que meterse en el monte cuando comenzaron a latir presentándose al momento la Ligera con un conejo vivo, pues la perra era muy blanda de boca y arrimaba como si trajera una pluma entre los dientes.
– ¡Está vivo!, exclamó el mozo.– Así es –le contesté, y cogiéndolo volví a soltarlo.
– ¿Pero qué hace usted?, me dijo. ¡Lo ha dejado escapar!”.
– ¡No se preocupe, que pronto volverá, pero esta vez muerto!
Efectivamente, fue el Marcos el que de nuevo arrimó el conejo, aunque ya sin vida.
– ¿Cómo se llaman los perros? –me interrogó el cazallero.
– Ligera y Marcos, respondí.– ¡Igual que mi señorito, que se llama D. Marcos Alvarado!, contestó éste.
Llegó el momento de cerrar el trato, acollaré a mis podencos y le dije:
– Por los dos quiero ochocientos reales.– Abuelo, ¿cuánto dinero era eso? –le preguntamos.
– ¡Cuarenta machacantes, niños, cuarenta machacantes! –A los duros nuestro abuelo solía llamarles así–.
El mozo indeciso se quedó algo sorprendido, para añadir después:
– Me parecen caros, no sé si mi señorito pensaba gastarse tanto.
Yo, viendo el cielo abierto, determiné:
– No se preocupe, con no llevárselos tiene usted el asunto resuelto, y desacollarándolos agregué:
– Que usted siga bien, mis perros y yo nos vamos pa Constantina.
Y subiéndome al coche, más contento que Polvorilla, emprendimos el camino de vuelta al pueblo.
– ¡Qué bien hiciste abuelo con no venderlos!, exclamamos todos a la vez.
Me habría pasado horas rumiando la nostalgia de esos inolvidables relatos si un inoportuno airecillo, que se filtraba a través de la rendija de la puerta y que indiscreto hurgaba por todos los rincones de la habitación, no me hubiera vuelto a la realidad.
Incorporándome para observar la atmósfera, de cara a la cacería del día siguiente, salí al llano del cortijo iluminado por una altiva y arrogante luna, que parecía peinarse en el olivar para pasear su coquetería hasta la llegada del alba.
Transcurrido un tiempo indefinido que se me fue en un suspiro regresé a calentarme de nuevo, pues casi sin notarlo estaba transido de frío, con el ceño contraído y las manos entumecidas por el relente, y recordé de nuevo a mi abuelo, y supe a ciencia cierta que la afición a la caza que mis hermanos y yo sentimos se la debemos a él y a mi padre, que sembraron en nosotros la semilla que al brotar hizo que fuéramos amantes del campo, de los seres que lo pueblan y respetuosos con su hábitos y costumbres.
Cuando una nueva sensación de melancolía volvía a invadirme escuché a mi espalda la voz de mi hijo que decía:
– ¡Papá, papá, vamos a cenar!. ¿Es que te has quedado dormido?
– He estado soñando, le respondí, soñando despierto.
– ¿Y qué has soñado?, volvió a preguntar.
– Mañana te lo contaré, mañana...