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Retazos con solera Publicado en octubre de 1971. TROFEO, número 17

Última actualización 01/01/2007@00:00:00 GMT+1
I le gusta la caza y leer buenos artículos, no se pierda este “retazo” porque lo escribe Miguel Delibes y viene muy cargado de solera.
En toda caza hay dos elementos que prevalecen y en cierta medida la justifican: la sorpresa y la inseguridad. (Hablo, naturalmente, de la caza deportiva, esto es, aquella en que el cazador hace uso de sus facultades para contrarrestar las de la pieza.) En lo referente a la sorpresa, es obvio que al salir al campo el cazador ignora no sólo la pieza que va a arrancársele, sino en qué momento va a producirse este lance. Por lo que respecta a la inseguridad, hay que decir que muchos cazadores dejaríamos inmediatamente de serlo si tuviéramos la certeza de que nuestro disparo iba indefectiblemente a hacer blanco, es decir, que la pieza sobre la que disparamos iba a ser abatida. La "chance" del pelo y de la pluma existe, o lo que es lo mismo, el cazador puede ser burlado. Esto es lo que imprime al deporte de la caza un carácter competitivo y, a la postre, lo que hace que nos apasionemos por él.

Para burlarnos o, como suele decirse, dejarnos con un palmo de narices, la caza tiene sus recursos: la perdiz, su velocidad; la liebre, el arranque largo o el amonamiento; el conejo, la finta o el quiebro entre la maleza. En cualquier caso, enervar estas defensas mediante artilugios o tretas es restar a la caza (cuando no eliminarla) su esencia deportiva.

Hoy me agradaría, aprovechando su paulatina resurrección después del duro y prolongado túnel de la mixomatosis, divagar brevemente sobre el conejo. Los cazadores nuevos desconocen la caza del conejo y los viejos la hemos olvidado a fuerza de no poder practicarla. En tiempos, sin embargo, hubo tantos escopeteros –si no más- dedicados a la caza del conejo como a la de la perdiz.

Y, ¿por qué razones el escopetero de antaño equiparaba la caza del conejo a la de la perdiz? Bueno, esta cuestión de las preferencias en la vida cinegética es muy enrevesada. Pero si por una parte el conejo ofrece ocasión de un ejercicio más moderado, por otro estaba el aliciente de su abundancia y, sobre todo, el enorme atractivo de su movilidad. Es decir, los incentivos que el conejo brinda son diferentes a los que brinda la perdiz, pero en modo alguno despreciables. Y ahora me estoy refiriendo a la caza del conejo a salto o en mano galana acompañada de perros de muestra. Por otro lado, si el concurso del perro falla, para cazar conejos habrá que recurrir al concurso de otro animal, no ciertamente simpático, pero diabólicamente eficaz: el hurón.

Mas la caza auténtica del conejo es la caza a salto con perro de muestra. Más arriba he mencionado la movilidad de este bicho, pero esta movilidad le servirá de poco si el conejo, pongo por caso, fuera pieza de barbecho o de rastrojo. Cuando un gazapo se arranca en lo limpio advertimos que no es tan rápido como parece en lo sucio. En una palabra, si el conejo no contara con el refugio de la moheda sería presa fácil de nuestros disparos. Movilidad, pues, no quiere decir velocidad. Al hablar de movilidad me refiero a su habilidad para la finta y el regate, para el frenazo o el acelerón bruscos que hacen que nuestros disparos se pasen o se queden cortos. La espesura del sardón hace, entonces, de la caza del conejo un ejercicio de habilidad. En los tiempos en que el conejo abunda, abunda también el especialista de tiro a tenazón o, si se prefiere, a saque de escopeta. El tránsito de un gazapo por un pasillo de monte es tan fugaz que a veces pensamos si no habremos sufrido una ilusión óptica. Entonces se impone responder a la agilidad del conejo con nuestra propia agilidad, a sus reflejos vertiginosos con nuestros reflejos vertiginosos. De aquí que la mitad de los conejos que se cobran en el monte se cobran sin saber que se han matado. La escopeta adelanta hasta la mata-refugio y es en ella, o detrás de ella, donde queda el conejo cuando le hemos alcanzado. Su hallazgo, aunque presentido, constituye a menudo una sorpresa.

De todo esto deduciremos que el perro se convierte en este menester cinegético en un auxiliar inestimable. De la nariz y la sagacidad de nuestro compañero depende en un 70 por 100 el éxito de la cacería. En mis muchos años de monte he conocido perros –de casta o hijos de muchos padres– que se pintaban solos para este tipo de caza. Perros que no sólo mostraban la pieza, sino que sabían por dónde debían sacárnosla para que pudiéramos disparar con alguna probabilidad de éxito y que, para rematar su faena, cobraban la pieza herida antes de darle oportunidad de embocarse.

Es claro que animal que se emboca es animal de caza aleatoria, puesto que la caza a la que hasta ahora me he referido exige el encame placentero del conejo en superficie. Y, realmente, por malas que sean las condiciones atmosféricas, en un monte conejero nunca faltarán conejos encamados. Ahora bien, la densidad de conejos en superficie varía mucho, como es lógico, con las heladas, la nieve o la lluvia. En el peor de los casos, como anticipaba unas líneas más arriba, el cazador puede ayudarse del hurón para desembocar los conejos. Esta treta da origen a lo que se conoce con el nombre de caza o toro suelto, donde el ejercicio es mínimo (por no decir nulo) y el acierto del disparo llega a convertirse en puro hábito. (Recuerdo que en una ocasión derribé ocho conejos seguidos procedentes del mismo bardo. Cuando los recogí los ocho estaban amontonados. Mis disparos –y la toma de los puntos- habían sido tan rutinarios que había oprimido el gatillo en el mismo punto de la línea de fuga en las ocho diferentes ocasiones. En rigor esta variedad de caza me parece un tanto alevosa. Por eso considero más plausible, cuando se trata de entresacar un sardón muy poblado, utilizar el hurón y la red, esto es, introducir el bicho en las huras y cubrir las bocas con malla, donde el conejo se enreda al pretender huir de su enemigo.)
Naturalmente hay otros medios para atrapar conejos, pero en todos ellos hay que echar mano de la trapisonda o la añagaza. Así, cegar las huras en el crepúsculo o colocar cepos o lazos en los pasillos por donde suele discurrir la población conejil. Claro que estos procedimientos tienen poco que ver con el arte cinegético –y menos aún con el deporte– y únicamente suelen ponerse en práctica –al margen de las actividades furtivas– en aquellos lugares donde por una u otra razón interesa el rescate de la especie.
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