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Premios

Última actualización 01/01/2007@00:00:00 GMT+1
Escritor, periodista y cazador Antonio Pérez Henares, “Chani”, ha conseguido por uninimidad, con el artículo Cacería en el amanecer de la Mujer Muerta –que reproducimos íntegramente–, el galardón literario-cinegético más importante de nuestro país, el Jaime de Foxá, nombre del ilustre escritor que fue presidente de la Federación Española de Caza y autor de Solitario. El artículo premiado se publicó en trofeo en marzo de 2005.

Instituido por el Real Club de Monteros de Madrid, el Jaime de Foxá premia aquellos artículos literarios publicados en la prensa que elogien y dignifiquen la actividad cinegética. Está dotado con 3.000 euros. Aunque se premie un artículo concreto, qué duda cabe que el jurado tiene en cuenta también la trayectoria literaria del candidato, que en esta ocasión es meritoria. Antonio Pérez Henares ha publicado hasta el momento una quincena de libros, destacando, por su temática prehistórica-cinegética, Nublares y El hijo de la Garza.

El fallo del premio tuvo lugar en pasado 26 de octubre en Madrid, formando parte del jurado –en la foto– Javier Barcaíztegui, “Barca”, Alfonso Ussía, Raúl del Pozo –ganador de la pasada edición–, José Ignacio Ñudi, marqués de Laula, Mariano Aguayo, César Fernández de la Peña, Rafael Castellano y Fernando Garay.

Desde esta redacción felicitamos a “Chani”, cuyos escritos disfrutamos durante muchos meses en esta revista.

La ceremonia de entrega tuvo lugar en la cena celebrada el pasado 23 de noviembre en el Club Financiero Génova, en Madrid.
Cacería en el amanecer de la Mujer Muerta
La luna casi llena, a falta de una raja de melón para hacer el redondel completo, y grande, muy grande, preside la noche de enero y se niega a dejar de acariciar con su luz a la Mujer Muerta. El sudario de nieve de la montaña reluce con brillos de plata fría. Pero otra luz se está anunciando, se va presintiendo en un imperceptible clarear del cielo por el este, por detrás de las cumbres que parecen querer taponar el nacimiento del astro nuevo. Los montes han amado siempre más a la luna.

Caminamos en silencio, en fila india, primero por una senda de arena, por el sopié, frente al macizo nevado, luego subiendo por una minúscula trocha, remontando hacia la cuerda que lo confronta. Aquí no hay nieve pero nada más detener el paso los dientes del hielo penetran por cualquier resquicio de la ropa. A cada trecho un cazador se detiene, hace un gesto con la mano y recibe un quedo “suerte”de los que siguen ascendiendo. Del valle, ahora a sus pies, llegan quejumbrosos los mugidos de las vacas que pastan por los prados escarchados.

Ahora hay ya más luz diurna en la atmósfera, la luna ya es sólo silueta, y hay más frío: el relente de la amanecida levanta un vientecillo de instintos criminales. Por detrás de la Mujer Muerta, escurriéndose por la concavidad de la montaña tendida, el sol ha conquistado ya un trozo de su falda.

He dejado con despacio el pequeño macuto en el suelo, he cargado el rifle, me quedo de pie porque no tengo en qué sentarme ni quiero. Ante mí tengo el espesar de un “monte de enero”. Así bautizó Alfonso el “Onceno” a estos bosques recogidos y al resguardo que conservan apreturas de carrascas de hoja perenne y se mantienen verdes, hospitalarios y de buen cobijo en medio de la desnuda desolación de los chaparros que los rodean. No tengo ahí más visión que la maraña de leña y arbustos, pero ladera arriba los árboles son más altos, copudos y muy espaciados los unos de los otros. Hay rasas, algunos trozos limpios y otros colonizados por la jara. Oigo abajo un repentino trasiego de las grandes pezuñas del ganado que se pone de golpe en movimiento y todos hacia algún lugar que les reclama. Distingo sus negras figuras y sus prisas hacia el ronquido de un motor diésel indican a las claras que es hábito adquirido y que hay comida de por medio.

Un poco más allá logro ahora divisar una mediana extensión de agua, más que una gran charca y menos que un pantano. De sus orillas, de las dehesas donde han pastado las vacas, del fondo del valle es de donde espero que ahora, también siguiendo una costumbre, los jabalíes retornen a sus encames y empiecen a remontar hacia la costera en la que estamos apostados. Toda la ayuda que vamos a tener, lejos de las grandes rehalas, del griterío de perreros y del intenso latido de los podencos, van a ser media docena escasa de perrillos mil leches, pero más veces sabios, y de cuatro paisanos de no mucho dar voces pero sí las justas y en el debido lugar.

Es una invernada seca. Muy seca. La nieve de la parte alta de la cordillera es el único agua que ha logrado atesorar la montaña. El monte es un chasquido. Y son ellos los que me ponen en alerta y en tensión. Los jabalíes suben.

Es casi de día. Hay sol ya en la punta blanca de la Mujer Muerta. Se ha parado el aire y se azulan los cielos. Intento atisbar, penetrando la espesura, hacia los ruidos pero es inútil y éstos ahora parecen acercarse, alejarse luego, detenerse un largo rato después, hacerme desesperar a cada instante y reaparecer cuando los daba por perdidos.

En algún momento presiento que la piara ha reiniciado decididamente su marcha. El romper de monte se aproxima con rapidez para luego casi al borde de brotar a los claros girar, de golpe, a la derecha. ¡Pero ahí están! Tapándose entre las jaras. El primer disparo, precipitado, se pierde. Ni un segundo en el cerrojazo y en volver al encare. Ahora una silueta es más nítida y es la más grande. La bala hace impacto. Dejo de ver al cochino, que parece desplomarse. Otro decide suicidarse y en vez de alejarse se deja caer casi hacia mí por la costera. El tiro que recibe hubiera sido más que suficiente pero remato con otro y cae rodando, en un pataleo que le deja a escasos dos metros de mis pies. Levanto la vista y otro de los jabalíes está haciendo una estatua, cruzado, con la crin erizada, ofreciendo el más perfecto de los blancos. Huele la sangre de su compañero de camada y huele al hombre. No los ve. Pero yo me he quedado sin una bala en la recámara.

El animal abatido cesa en sus estertores. Es una hembra grande. Miro hacia las jaras y no detecto movimiento alguno. Sospecho lo peor y lo peor fue lo cierto. Pero sé que el lance ha llenado la mañana. Y no me importa que el sol no acabe jamás por posarse en la umbría en la que estoy. Sólo me queda consolarme con verlo acariciar las copas de los árboles más abajo.

Sigo atento, oigo algunos tiros lejanos, son varios y con cierta constancia. Me alegro y en algún momento distingo muy lejano el eco de una voz. Entonces creo ver un movimiento que se desliza a mi izquierda cogiéndole las vueltas a un regato, una pequeña torrontera ahora seca.
“Será un zorro”, habla para su mente el cazador y encara el rifle, buscando el movimiento con el visor. No lo encuentra hasta que de golpe aparece un lomo gris que sobresale entre un tramo de yerbas altas y resecas.
“No es un zorro, parece un perro o será...” No quiere seguir soñando lo que acaba de imaginar, pero se ha colgado el rifle del hombro y ha empuñado los prismáticos. Pierde de nuevo el movimiento, pero se detiene a escrutar con detalle unas rocas hacia donde parecía dirigirse y donde le ha parecido entrever algo, quizá una sombra que no debía estar allí. Espera, entre las dos piedras hay una especie de hendidura. Por ahí puede haberse colado, piensa, y entonces brotando de la tierra, con las dos firmes patas delanteras asentadas en lo alto de la roca, como sobre su trono, que lo es en la sierra, el lobo, porque es el lobo, yergue un instante su cabeza y dirige hacia el cazador, hacia donde sabe que está el cazador –porque eso el cazador también sabe que el animal lo siente–, sus oblicuos ojos y le apunta con la inquisitiva nariz.

Es sólo un instante. Está el mundo de la serranía detenido en la cabeza del lobo que casi reta. Y luego, como ha surgido, desaparece, y el hombre debe de recordar que no ha soñado.

Siguen otros tiros y una cochina grande pasa a escasos metros, arrollando el monte, seguida de un latido de un perrillo colorado que le viene a los pasos. No puedo disparar y he sospechado un removerse de rayones. Las voces y los ladridos están al alcance de los ojos. Se vuelve a mover la leña. Viene un zorro, que asoma y más que visto es presentido, y después, por sus pasos y a la carrera por la misma senda, aparecen un gazapo y un “bermejo” que viene desalado y que me saca un tiro y se va con todo el viento fresco en las costillas sin sufrir rasguño alguno. Otro más de mi compañero de cierre lo saluda con el mismo resultado.

Ha terminado el “gancho”. Alberto, mi amigo segoviano, da la señal de retirada. Ayer estuvimos por su finca, no muy lejos de aquí, donde cazamos perdices, comimos torreznos, jugamos al mus, disfrutamos de los amigos y unos paisanos míos alcarreños nos emocionaron –los cazadores somos de lacrimal fácil, aunque contenido un instante antes de la gota en la mejilla– cantándose –¡qué cosas hacen éstos de Guadalajara!– a coro con un compadre sevillano una Salve rociera que detuvo las partidas e hizo palpitar los corazones hasta de los agnósticos. Porque los españoles en Dios pueden no creer pero devoción a una virgen, a la suya, a la Gran Madre, a la primera diosa de la historia de la humanidad, ésa no le falta a nadie. Luego Alberto, y su hermano y Toñín nos convocan a algunos para dormir poco y soy de los que, junto a una partida de gallegos, me levanté de noche para salir de batida.

Ahora la Mujer Muerta ya tiene todo su manto blanco iluminado por el sol. Es otra luz, ésta más cálida, y otros brillos los que refleja la montaña. Desde allí parecen venir los buitres que han comenzado a sobrevolar la zona donde han oído el tiroteo y visto el movimiento de los hombres y las bestias.

El jabalí caído entre las jaras ha marchado herido. Los buitres lo encontrarán y tal vez por los buitres también encuentre su carne el lobo. Así comerá el cazador al que no dejamos cazar esa mañana.
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