Tras los “macarenos” búlgaros
Última actualización 01/01/2007@00:00:00 GMT+1
Desconozco el número de cazadores que acuden cada año a Bulgaria para la apasionante aventura de la caza. Estoy seguro de que en las innumerables ferias del sector, en las que resulta difícil coger el aire al monte y tener la idea clara de dónde está la mejor y real oferta, las orgánicas habrán ofrecido muchos paquetes en estos paraísos que aún van quedando para la práctica de la actividad cinegética verdadera.
Bulgaria está situada en la Península balcánica. Es un país que, recién salido de la órbita comunista de la antigua Unión Soviética, está realizando grandes esfuerzos para unirse a la vieja Europa al igual que aquellos con los que tiene fronteras: Rumanía por el norte, Serbia y Macedonia por el oeste, Turquía y Grecia por el sur. De nada nos sirvieron los estudios que habíamos realizado para poder conocer lugares, nombres y orografías. Las autopistas estaban cubiertas de baches y nieves, los carteles brillaban por su ausencia y, los que existían, estaban en cirílico. Para eso no daba el cursillo de búlgaro que preparé con ayuda de Internet para mi uso y el de mis compañeros.
Del aeropuerto al campo
La salida desde Madrid estaba perfectamente organizada. Sólo la pereza de transportar nuestras armas hizo que las dejásemos en casa, en los armeros. Un vuelo agradable y sin sorpresas nos llevó a Sofia donde nos estaba esperando un vehículo al pie del avión y nos trasladó a la sala Vip´s. Metidos en gastos, y éste no es importante, vale la pena hacerlo. Nuestros equipajes llegaron pronto y los organizadores se encargaron de ponerlos en los coches que nos llevarían sin perder tiempo a la reserva de caza.
Para nuestra sorpresa, mi entrada en la sala Vip’s se vio acompañada por varias cámaras de televisión, periodistas y fotógrafos que no cesaban de hacerme fotos. Por curiosidad profesional, me dirigí a ellos para conocer el motivo de tanto interés.
Me pedían que me dirigiera a un salón contiguo para dar una rueda de prensa sobre el festival de cine que se celebraba en la ciudad en esos días. Estaban convencidos de que yo era Alan Parker. No me gustó la confusión. Él es mayor y más gordo que yo, pero ciertamente admiro al director de El Expreso de Medianoche y de tantas películas en las he podido disfrutar con su arte. Saludé al verdadero Parker cuando llegó y me fui con mis compañeros de caza.
En un principio habíamos elegido la zona de Varna, a orillas del Mar Negro. Problemas de aviones y de enlaces hicieron que la región finalmente elegida fuera la de Vitoshko- Studena, en la que nos esperaban casi 20.000 hectáreas al suroeste de la capital Sofía y aparentemente cerca del aeropuerto, lo que nos permitiría no perder demasiado tiempo en desplazamientos para poder dedicarlo a cazar, motivo de nuestro viaje.
Lo cierto es que teníamos poca información práctica sobre la zona, salvo algún pequeño detalle de saber que era el lugar favorito de unos de los líderes del antiguo Partido Comunista Búlgaro, Todor Zhivkov, que murió de pulmonía tras una azarosa vida política. Lo de la neumonía no es de extrañar con los fríos que se dan en esas tierras. Sabíamos también que era buena zona para la caza del ciervo, gamo, jabalí, muflón, el corzo y el oso pardo. Entre los animales predadores el gato salvaje, el zorro y sobre todo el lobo, que abunda en la región.
Paisajes para recordar
Los cotos búlgaros son gubernamentales y cuentan con alojamientos confortables en unos parajes envidiables. En el de Vitoshko- Studena nos recibieron con cordialidad y nos adjudicamos las habitaciones. Cada una tenía un nombre diferente relativo a las distintas especies que dominan la zona. Son amplias y confortables, con bañeras de hidromasaje, pero sin armarios. Sólo un galán de noche y sitio para las maletas.
Acudir a un organizador profesional determina el éxito de las salidas de caza, de la cacería y, sobre todo, de la ausencia de sorpresas. En todo esto Elka, la organizadora, se portó.
El pabellón de caza está situado en el centro de la reserva, es amplio y está bastante independiente para acoger diversos grupos de cazadores que tienen comedores distintos, en pisos diferentes y siempre atendido con amabilidad.
Los almuerzos son excelentes, con comidas locales con carnes de caza estupendamente preparadas y toda la riqueza culinaria de la zona. Vinos, más que razonables, así como licores y brandies.
El paisaje nos impresionó desde la primera salida. Enormes bosques cubiertos de hayas, arces, robles y sus jóvenes retoños cubren la gran parte del terreno en el que se mezclan lo que seguramente deben de ser tierras de pastos y de uso agrícola variado, aunque no se podía apreciar por la abundante nieve y por el pasto abrasado por los rigores de un invierno de duros hielos. Para un coleccionista de paisajes que va ordenándolos con cuidado en el alma de cazador, éste es de una belleza para no perdérselo.
El terreno es montañoso, muy duro, con pistas que sólo es posible atravesar gracias a la pericia de nuestros guías conductores y de los vehículos Uzu, restos de la fabricación soviética, que necesitarían un capítulo para ellos solos, tal y como fue la experiencia y los resultados.
A conocer el campo
Sin apenas deshacer las maletas cambiamos la ropa urbana por la más cómoda y adecuada de campo y nos apresuramos para la primera salida. Cada uno con nuestro guía, con nuestro Uzu y con la desilusión de las armas alquiladas. En principio, nos habían asegurado que las armas serían de primeras marcas y al cambiar de campo pasaron a ser unos viejísimos Brnos, con miras fijas de cuatro aumentos y con más kilómetros de lo que uno podría imaginar. Pero de las armas ya tendremos ocasión de hablar, pues al final todo fueron éxitos.
Era un viernes por la tarde y salimos con más ilusión de la que se puede describir en unas cuantas líneas. Mi guía y guarda de la reserva era Kiro, “el griego”. Tras mirarle detenidamente, pues lo de hablar era imposible, dado mis escasos conocimientos del búlgaro y el nulo suyo de cualquier idioma, aprecié un buen conocedor del campo. Discreto, a pesar de llevar el teléfono móvil todo el tiempo en activo por el que hablaba tan ininteligible y tan rápido como conducía. Su vestimenta era una mezcla entre el camuflaje y las imágenes de soldados en los Balcanes. Ciertamente impresionaba un poco.
Acudimos a una distancia razonable para intentar una espera en una de las torretas magníficamente acondicionadas que tienen por todos los puntos de la reserva. Los caminos de entradas están custodiados por guardas que, según me explica Kiro, pasan el día y la noche en la vigilancia de los portones que dan acceso a los caminos que se adentran en la zona de caza.
Los gestos universales del guarda me hacen entender que logran pasar tantas horas en una especie de contenedores o restos de viejos camiones gracias a calentar el cuerpo y el alma con bebidas de la zona.
Ya en la torreta van entrando cochinos de buen tamaño para los campos españoles, pero nada interesantes para las expectativas. Los corzos se van acercando a comer con la tranquilidad de saberse libres de peligro por la órdenes de vedas búlgaras.
Esta salida no permite probar las armas prestadas, pero sí hacerse cargo de cómo serán las jornadas de tarde en las esperas y en las torretas. También permite saber lo importante que es llevar la linterna propia, con los modernos leds y sobradas de potencia, así cómo los prismáticos de alta gama que son los que nos permitirán apreciar los acercamientos de reses a los claros de los comederos. Son imprescindibles y nos hacen dudar que cuando tengamos algún cochino en plaza corresponda la visión de los prismáticos con los visores primitivos de los que van dotados nuestros rifles.
El primer rececho
Regresamos al campamento con la ilusión intacta y con la esperanza del próximo amanecer. Allí nos han preparado una cena de bienvenida con todos los ritos de tradición búlgara. Brindamos para empezar, por el éxito de la caza, al estilo búlgaro como signo de cortesía con una copa de Slivovic, aguardiente de ciruela, de graduación parecida al antiguo chinchón morado o al aguardiente de Morillejo en tierras alcarreñas, que te limpia todas las “tarjeas”. La cena, a base de productos de caza, sorprende por la delicadeza de los guisos seguidos por un repertorio de postre a base de yogures y frutos del bosque impresionante. La sobremesa se alarga, pese a conocer que antes de las seis de la mañana nos servirían un excelente desayuno para iniciar los primeros recechos.
El desayuno no defrauda. Aunque tras haber dormido poco el cuerpo no tenía muchas ganas de alimentarse, dimos cuenta de una buena parte pues la mañana se presentaba dura y dilatada. Las ropas que habíamos llevado eran un poco más de lo que el campo requería, pero las consultas en la red te llevan a veces a tomar un exceso de precauciones y, naturalmente, un exceso de equipaje.
Iniciamos el primer rececho después de un camino largo y difícil en el que atravesamos la autopista de Grecia, en la que un operario dotado de un pico se empeñaba en arreglar lo imposible. El bosque es de una belleza de las que al cazador gusta encontrar. La soledad de las alturas hace que las ideas sólo se centren en el camino. Iniciamos un rececho a media ladera. Kiro intenta ponerme en una senda cómoda que rechazo. Hoy, como siempre, quiero cazar yo y no sólo disparar cuando un guarda me diga que debo hacerlo.
El camino es duro pero pronto vemos una manada de jabalíes que intentan escapar de los intrusos. Son buenos y abundantes pero no hay ninguno que dé la talla que buscamos. Un par de venados imponentes suben la ladera sin darme demasiada importancia. Se paran y me observan. Son tres horas de caminar por tierras vírgenes que dan lugar a todos los pensamientos. Pero sólo el jabalí, grande y hermoso de defensas, es el objeto de deseo del cazador. Regresamos al punto de partida a reponer fuerzas con una espléndida comida.
Sólo uno de los cazadores ha tenido suerte y ha conseguido un espléndido jabalí. Felicitaciones y alguna foto de recuerdo.
Aprendiendo del guía
Sólo un cortísimo descanso y salimos al segundo rececho. Esta vez por tierras más altas. Cruzamos el río Struma y por la nieve subimos a lo más alto o, al menos, a mí me lo pareció.
Era un bosque distinto con grandes hayas y álamos blancos. Iniciamos el rececho y pronto vemos un gran jabalí en la linde de un bosquecillo, con árboles menos importantes y cerca de unos matorrales. El viento me daba en la cara y el suelo estaba bien para iniciar el acercamiento sin mucho ruido. Le pregunto por señas a Kiro si podemos intentarlo y su gesto es afirmativo. Un reguero me permite acercarme. No tanto como quería. Las costumbres españolas de tirar los cochinos en carrera sorprenden a muchos guardas que no quieren sorpresas. Quieren tiros fijos y búsquedas cortas. La incertidumbre no les apetece nada. No les emociona. Me para en mi rececho y me dice que apoye el rifle en su hombro. Desprecia la vara de avellano que había cortado la tarde anterior. Supongo que pensó que estaba verde y no sería un gran apoyo. Y que dispare. El cochino ofrecía dudas. No estaba seguro de que fuera mi jabalí. Por el tamaño, parecía más un tronco de encina quemada que un animal. Los colmillos que veía con mis prismáticos parecían de los dibujos de Asterix.
Nada era real. Ni usar el guarda como trípode, ni disparar a la distancia que me pedía pensando que podía lograr un mejor cercamiento. Por un momento pensé no hacer caso de las indicaciones del profesional, pero rápidamente recordé que no era una aventura sino una jornada de caza. Kiro se arrodilló y yo coloqué mi Brno en su hombro. Por el visor se veía regular tirando a poco y el jabalí hocicaba junto a las zarzas. Busqué un sitio de muerte y centré el disparo tras el codillo en un intento de encontrar el corazón. El disparo me aturdió tanto como a Kiro. Vi al cochino incorporarse sobre sus partas traseras y caer al suelo metiéndose rápidamente en el bosque cercano.
Mi instinto de montero me hizo levantarme e intentar aproximarme al cochino por si había que rematar. Mi sorpresa fue tremenda cuando Kiro me quita el rifle e insiste con sus gestos. Su gran mano sobre el corazón indicaban que “tranquilo”, que “Puri” “Puri” –soy fumador de cigarros puros– y que había que esperar. Kiro tenía razón. A un cochino de más de doscientos kilogramos no es prudente acercarse en tierras extrañas como si estuviéramos en una montería rematando a un buen cochino con los perros.
El rito y la liturgia
Las felicitaciones en principio no fueron tan efusivas. Él estaba seguro de que el cochino estaba herido de muerte y que no había problemas. Tras fumar y dejar un rato, siempre el guarda con mi rifle, nos acercamos al punto de disparo. Sobre las hojas de roble estaba la prueba de la sangre. Sangre roja y densa que aseguraba la pieza. Iniciamos el seguimiento de las huellas, pero la noche se había echado sobre Zdravkina Koria, el bosque de Zdravka. Lo prudente era regresar al campamento y cobrar el jabalí por la mañana.
En el campamento, otros éxitos había que celebrar. Aunque los compartí, yo daba vueltas al gran jabalí que se había quedado en el campo. Después de una cena presidida por la crueldad de las bromas de los cazadores que ya tenían sus trofeos en el cocedero, me retiré a descansar de un día duro con la emoción de repasar la jugada para el amanecer.
Con sólo un ligero desayuno –no tenía demasiado apetito– me encaminé con Kiro a localizar el jabalí. Efectivamente el frío de la noche y del disparo se habían apoderado de él. Un impresionante animal con grandes defensas de 23 cms. y más de doscientos kilogramos de peso. Kiro cortó un brote de roble, lo untó con sangre en el lugar del disparo y, como si fuera un hisopo, lo pasó por los colmillos y otra vez al disparo. Tras dar un abrazo al cazador me lo colocó en el sombrero. Los viejos ritos se habían escenificado como se escenificarían de vuelta al campamento. Los guías, una vez preparados los colmillos, te los presentan en un plato sobre unas ramas de abeto. Qué necesaria es la liturgia para no caer en la irreverencia de creer que sólo es matar el cazar.