Caza mayor
Un experto en cabras monteses, con miles de horas
de observación, describe comportamientos poco conocidos
Última actualización 01/02/2007@00:00:00 GMT+1
En otoño-invierno tiene lugar el celo del macho montés y su consiguiente caza a rececho. El autor de este artículo, con miles de horas de observación de campo, nos cuenta detalles muy interesantes y desconocidos sobre el comportamiento de los machos durante este periodo.
Con la llegada de los primeros fríos de octubre se despierta el instinto de perpetuar la especie para las cabras monteses. Esta especie, exclusiva de nuestro país y emblemática de la caza mayor en España, despereza en estas fechas a los amantes del rececho de alta montaña, tanto a cazadores nacionales como del resto del mundo.
Es en otoño cuando se inicia el celo de las monteses y los grandes machos salen de sus recónditos refugios veraniegos ya con el pelaje negro característico del invierno, siendo los machos de más edad los que lucen un manto negro más amplio sobre su cuerpo.
Al margen de la consabida y eterna discusión sobre las diferentes subespecies de Capra pyrenaica que tenemos en nuestro país, lo cierto es que todas presentan los mismos caracteres en cuanto a comportamiento se refiere. Lógicamente, las latitudes en que vivan harán que se adelante o retrase la época de celo, que es la que nos ocupa en estas líneas, dado que es ahora cuando dan la cara los trofeos más buscados.
Al igual que en la mayoría de especies, los individuos son más cautos a medida que van cumpliendo años, pero cuando llega la hora de aparearse, dejan a un lado toda precaución en pos de que sus genes estén presentes en los futuros individuos de la especie.
Penetrante olor
Ahora, en las más altas cumbres de nuestras sierras, comienza un espectáculo sin parangón. Los machos monteses segregan un almizcle con un olor tan penetrante que si están cerca casi se les podría seguir el rastro con el olfato. También se orinan cuando se acercan a galantear a las hembras receptivas, siendo esta orina muy concentrada, aumentando así el olor por todo su cuerpo. De esto podrán dar fe todos aquellos cazadores que hayan abatido algún ejemplar en esta época, y a buen seguro que su ropa de caza estuvo después al sereno más de un día. Alguno también se habrá llevado una buena regañina por adornar su hogar con la piel de un macho montés cobrado durante el celo, ya que el fuerte olor al que hacíamos mención vuelve a aparecer como por arte de magia al llegar de nuevo el otoño.
Mayor agresividad
Se rompen ahora los vínculos sociales de los machos, que se vuelven muy agresivos entre sí para conseguir los favores de los harenes de hembras. Empiezan a escucharse en lo más profundo de la sierra unos estremecedores trallazos que no son otra cosa que los combates de los machos pletóricos de fuerza por la otoñada y ardorosos por los amoríos.
Estas luchas se dirimen a topetazos y si el combate se produce entre dos grandes machos muy igualados pueden durar horas y acabando ambos contendientes extenuados. Curiosamente el macho más poderoso es el que aguanta normalmente las tarascadas del macho retador que lleva la iniciativa.
Los machos jóvenes son los primeros en manifestar sus ansias de aparearse llegando a montarse unos a otros en los ardores del celo y retando reiteradamente a sus congéneres de más edad. Estas situaciones suelen acabar con una buena “paliza” para los jovencitos más atrevidos, pero en ocasiones la cosa no acaba de la forma esperada. Si un grupo de machos más o menos bien avenidos se cruza con un gran macho, quizá en el ocaso de su plenitud, las agresiones hacia el macho solitario seguro que no se hacen esperar.
No hace mucho he podido comprobar varias veces que los primeros escarceos se producen entre los más grandes del grupo con el solitario, y en el momento que la pelea se define ya entre sólo dos machos, surge un comportamiento mucho más agresivo de lo que cabría esperar en el resto del grupo. Cuando los dos protagonistas del combate están totalmente absortos en su pelea, el macho montés solitario va a ser víctima de una serie de envites tremendos por parte del resto de los machos, arrancándose éstos desde una distancia de unos diez metros para propinar en los costados del infortunado macho unos golpes capaces de producir fracturas en el costillar y lesiones internas.
Ante esta situación, al macho viejo no le queda otro remedio que huir buscando la protección de la espesura para evitar males mayores, siendo escoltado por el resto de machos hasta que lo pierden de vista. Posiblemente para el anciano macho éste será su último celo, y su retirada para morir se habrá adelantado sobre su tiempo natural, aunque, ¿no es este ataque de otros congéneres algo natural?
Cuando una hembra se encuentra receptiva, los machos la persiguen adoptando una pose característica: cabeza baja con el cuello estirado hacia delante y sacando la lengua como si estuvieran haciendo burla –“hacer el feo”, se dice–. Ante esta presión, las hembras propinan topetazos a los acosadores hasta que por fin se produce la cópula, que es extremadamente rápida y se repite en varias ocasiones.
Este comportamiento violento acaba aquí en Batuecas a finales del mes de diciembre, volviendo el carácter gregario de los machos –ya sin pelearse–, dejando los grupos de cabras y chivos de la anterior paridera para irse ellos por otros derroteros.
El abc del recechista
El recechista debe, al igual que su codiciado trofeo, estar en plena forma física y mental, pues la sierra en invierno suele pasar factura si no estamos bien preparados. Nos encontramos fácilmente con días heladores, fuertes ventiscas, nieve, agua…, que unidos al arisco terreno en el que se mueven las monteses, no es precisamente un camino de rosas.
Estas dificultades nos hacen aligerar nuestros pertrechos de caza al mínimo imprescindible porque hay que tener muy en cuenta el peso del arma con su correspondiente visor, que cuando vamos subiendo parece que aumenta. Éste debe ser luminoso para tener buena visibilidad los días cerrados, lo cual nos aconseja como mejores los de campana grande, por lo que un diámetro de unos 50 mm. es de lo más efectivo.
La dureza de los machos
Este requisito va a incrementar el peso total del arma, así que para compensar vamos a tener que escoger un rifle lo más ligero posible como un monotiro o un cerrojo que no pese demasiado, y un calibre con buena rasante para tiros largos, por si acaso. La munición debe ser la adecuada para la dureza de este animal. No deja de sorprender a propios y extraños que algunos machos se acaben cobrando a varios kilómetros del lugar de la primera sangre, comprobando que el tiro estaba en un sitio mortal de necesidad. Y es que la dureza del macho montés es pareja a la de la naturaleza en la que vive.
Recuerdo una ocasión de un macho montés con un tiro en el cuello que cayó como una pelota, y en el momento de llegar hasta él, habiéndolo perdido de vista un instante para rodear una pequeña roca, comprobamos que había desaparecido dejando solamente una gota de sangre. El rastreo tuvimos que hacerlo con la ayuda de Tron, un buen perro de rastro que fue el que desencamó a la pieza tres kilómetros más adelante para ser abatida en plena carrera… como si no estuviera herida. Después de abatido el animal, cual sería nuestra sorpresa al comprobar que el macho tenía las vértebras cervicales quebradas del primer disparo y aún así vendió cara su vida.
Esto no siempre es así e incluso a veces es aconsejable quitar el visor cuando durante el rececho nos hemos aproximado a una distancia tan corta que cuando encaras sólo ves pelo, pudiendo errar un tiro que a primera vista es imposible fallarlo… y es que los visores de rececho tienen sus distancias.
Y por si todo esto fuera poco, también hay que añadir otra dificultad, y es la de encontrarnos con otros muchos individuos en el mismo grupo donde se encuentra nuestro objetivo. Esto se traduce en muchos ojos atentos a cualquier movimiento extraño, muchas pituitarias y oídos que captarán los olores y ruidos que podamos producir, sin dejar de mencionar el continuo ir y venir de animales entremezclándose una y otra vez entre ellos.
Y al recordar esta situación, no tengo más remedio que citar a mi amigo cordobés Manuel López, que recechando un macho montés hace muy poquito tiempo, y una vez logrado el acercamiento y colocación para el disparo, tuvo el temple y la sangre fría de aguantar con el macho metido en el visor ¡doce minutos de reloj!, hasta que éste salió de la pelota de monteses y le dio el costado, cosa que Manuel aprovechó con toda tranquilidad –por lo menos aparentemente– para meterle un tiro certero en el codillo. En este lance, no sabría decir quién estaba más atacado de los nervios, si el cazador o el guía.
Las jornadas de rececho al macho montés conllevan no pocas penalidades, sin embargo una vez conseguido el trofeo buscado, les garantizo que todo lo anterior pasa a un segundo plano para formar parte de un recuerdo inolvidable.
Seguro que los que han contemplado a las monteses en su medio natural estarán conmigo en que son el complemento perfecto para la sierra, y que éstas sin los machos perderían mucho de su encanto… y más aún los que hayan tenido el privilegio de poder presenciar un combate entre estos impresionantes animales.