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Caza mayor

Última actualización 01/01/2006@00:00:00 GMT+1
Un tiro tan lejano como afortunado acabó con la vida de una de las hembras más viejas de Gredos, conocida como “La Coca”, que nadie era capaz de abatir.
No, no es lo que parece. No se trata del polvo blanco, sino de algo mucho más valioso. La Coca era una “cabrita” que campeaba desde hacía 21 años por la cara sur de la Sierra de Gredos. Los guardas la conocían bien. Con su cuerno retorcido era inconfundible. El nombre con el que la bautizaron se lo debe a uno de sus pretendientes, que por lo menos en un par de ocasiones intentó sin éxito su caza.

Ya no tenía acompañantes. La última primavera no había parido y ahora tampoco estaba preñada. Localizarla era fácil. Los guardas ya estaban acostumbrados a verla todos los días cuando subían a la sierra. Había elegido la mejor atalaya. Desde ella podía controlar a cualquiera que asomase por el valle, con un collado próximo por el cual siempre se escabullía, pasando a un piornal donde era imposible verla. Según me contaron, muchos lo habían intentado, alguno hasta le había mandado un “tirascazo” a la desesperada, pero la estrategia siempre le había funcionado: ella era la más lista de Gredos.

Cuando el bueno de Julio me contó todo esto, se me vinieron a la cabeza muchas cosas: en ese momento no había más cabras para mí. Le pregunté tres veces cuál era la mejor manera de entrarle, y, esbozando una sonrisa, siempre me respondió lo mismo: “Ya lo hemos intentado de todas y no ha funcionado”. Julio quería intentar una aproximación que tenía muy pocas posibilidades, pero la Coca, como tantas otras veces, había empezado el escaqueo y poco a poco se dirigía a su collado, sintiéndose protegida por la gran distancia a la que se encontraba.

Aunque yo sabía que semejante cabra se merecía algo mejor de lo que iba a hacer con ella, me apoyé como pude e intenté jugármela a la desesperada, viendo que ya se dirigía a su escape. Julio, al principio, no confiaba demasiado en un desenlace diferente al que se había producido en anteriores ocasiones, pero esta vez la distancia no le sirvió de protección. Lo siento, querido Eduardo, pues por tu empeño la bautizaron con tu apellido.

Ya sé que ésa no es manera de cazar. Como decía Juan Lobón, “¿para qué hace falta puntería cuando uno sabe arrimarse al animal hasta tenerlo a “cascaporro”? Lo de cazador es eso, arrimarse al animal avisado y quedarse con él, con la escopeta o a bocados”.

La imparable progresión en todos los instrumentos que nos facilitan las tareas cinegéticas, hace que cada vez se cuestione más la deportividad y el sentido ético que debe caracterizar a la caza. Para no dar la razón a nuestros detractores, deberíamos plantearnos seriamente evitar el camino fácil y empezar a caminar hacia atrás, cazando como lo hacía Juan Lobón, lo que seguramente cambiaría la imagen de la caza en la sociedad y nos haría sentirnos más orgullosos de nuestros trofeos.
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