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Caza del urogallo y el gallo lira con perro de muestra en Finlandia

Última actualización 01/01/2006@00:00:00 GMT+1
Los amantes de la escopeta y el perro se adaptan al terreno y a las especies de su entorno, como en Finlandia, que cazan con perros de muestra tanto el urogallo como el gallo lira, muy abundantes ambos.
A mediados del pasado mes de septiembre tuve la suerte de viajar hasta Finlandia para conocer in situ una forma de caza desconocida para mí: la caza en bosque de diferentes especies de gallos salvajes con perros de muestra.

La modalidad no podía ser más atractiva. Gracias a la inestimable labor de Arsenio Cabria, un madrileño del barrio de Chamberí afincado desde hace más de 30 años en Finlandia, un grupo de tres personas viajamos hasta el paralelo 70 con la misión de grabar y cazar gallos salvajes para el Canal Caza y Pesca.

Aunque parezca mentira, en Finlandia se cazan al año entre 40.000 y 60.000 urogallos y pasan de los 100.000 los gallos lira. Su caza sólo se permite a partir del mes de septiembre, estando totalmente prohibida en el periodo de celo. Las modalidades más practicadas son con perro de muestra y con una raza canina autóctona que busca al gran gallo en la espesura hasta que le hace subir a los pinos avisando con sus ladridos de la presencia del “metso” –urogallo en finlandés–. En esta modalidad se suele utilizar un rifle del calibre .222 para abatirlo.

Me voy a ceñir a la primera modalidad que es la que practicamos durante tres intensas jornadas: la caza al salto con perro de muestra. Pero antes de empezar quiero presentar a las personas que nos acompañaron y a sus perros, verdaderos protagonistas de la historia.

Arsenio Cabria. Madrileño criado en León, técnico electricista que marchó becado a Finlandia y se quedó allí prendado del país y de su caza. Lleva más de 30 años en Finlandia y está felizmente casado y con dos hijos. Sus perros, Seri y Luna, bracas alemanas de 6 años y 7 meses respectivamente.

Jarmo Katajama, al que bauticé como “el hombre tranquilo”, es un ingeniero de montes que lleva la gestión de la caza en el norte de Finlandia y que por encima de todo es un gran cazador y mejor persona. Es juez internacional de perros de muestra. Sus perros Carlo, braco alemán de pelo largo y todo un veterano con 11 años, y Damm, drathtaar de dos años y medio de color marrón fuego.

Osmoo Ruoho. Chicarrón de 1.95 m. de estatura que gestiona un coto de 3.000 has. cerca de Helsinki donde se caza faisán y perdiz pardilla. Sus perros: Bette, braca alemana de dos años y medio, y Silve, hija de la primera.

Voy a obviar los siempre recurrentes comienzos de los viajes de caza, estancias, comidas, etc. Vamos al grano.

Sábado 16 de septiembre
Partimos desde Levi hasta el cazadero, un “cotito” de más de 150.000 has. en la provincia de Kittila.

Nos dividimos y a mí me toca el “hombre tranquilo”, Jarmo Katajama, junto a Carlo, su perro.

Antes de empezar la caza, Jarmo marca la posición de los coches con su GPS y fija el rumbo con su brújula en el mapa del cazadero que siempre lleva consigo. Hay que estar aquí para imaginar kilómetros y kilómetros de bosque de coníferas prácticamente iguales.

Me sorprende desde el principio –aunque Arsenio ya nos había puesto en antecedentes– la forma de cazar. Desde la posición de “sentado”, ordena al perro la orden de búsqueda y comienza el espectáculo... En caso de muestra, el conductor del perro o cualquiera que la vea, levanta el brazo avisando a los demás.

El perro desaparece en pocos segundos y comenzamos a andar con paso más bien tranquilo. Me pregunto cómo demonios sabremos cuándo Carlo está de muestra si apenas vemos diez metros a nuestro alrededor. Cada 10 minutos el perro aparece ante nosotros y vuelve a desaparecer a los pocos segundos.

Una cosa es que te cuenten que los perros en Finlandia al encontrar caza rompen la muestra y te buscan para avisarte, llevándote al sitio donde han encontrado al gallo, y otra muy distinta es verlo con tus propios ojos.

Hubo un par de escarceos, el perro nos vino a buscar pero luego no fue capaz de volver a mostrar unas piezas que se mueven como demonios.

Tanto el urogallo como los liras apeonan a una velocidad vertiginosa por el manto tapizado de arándanos y grosellas, volviendo literalmente locos a los perros con sus rastros. Oímos volar fuera de tiro a un urogallo y quizás a una hembra o un gallo lira.

Tomamos un taco a base de inmensas salchichas asadas en un rápido fuego y reanudamos la caza sin haber tenido la oportunidad de realizar un solo disparo.

De vuelta a nuestro alojamiento en Levi, comento con Ángel, compañero de trabajo y expedición, la experiencia vivida y coincide conmigo: estamos “alucinados” con los perros.

Domingo 17 de septiembre
Como en la jornada pasada llegamos al cazadero a una hora poco usual para lo que estamos acostumbrados en España: las 11.00 de la mañana.

Se forman los grupos y repito con Jarmo, aunque en esta ocasión con el drathtaar. Jarmo dosifica a su perro Carlo de 11 años, un perro al que sólo le falta hablar. Le habrá matado cerca de 20 urogallos a muestra y está demasiado “cazado” para salir varios días seguidos. Le quiere como a un hijo...

Como siempre, le ordena buscar desde la posición de sentado. Damm, el drathaar, lleva un chaleco de color naranja chillón que facilita su localización entre las miles de coníferas que nos rodean.

Oímos volar “género del gordo” pero lejos de nosotros y comienzo a desesperarme por momentos. Jarmo sigue tranquilo y “anima” a su perro a seguir buscando. Nos comenta que es un perro joven de dos años y medio y que está empezando en la caza de bosque. Más tarde nos dejaría asombrados con las perdices nivales y los lagópodos escandinavos.

Una espera de más de quince minutos sin ver a Damm pone en alerta a Jarmo. Con gestos me indica que el perro seguramente está de muestra.

A unos 200 metros logramos distinguir una mancha naranja totalmente inmóvil. Efectivamente, Damm está de muestra. Estoy tan nervioso que espero a que Jarmo llegue a mi altura para acercarnos a distancia de tiro, pero cuando estamos a 90 metros del perro, una sombra negra se levanta del suelo y pasa a una velocidad increíble por detrás de los pinos. Me encaro la escopeta y tiro. Jarmo ni siquiera ha cargado la suya, que permanece abierta, colgada de sus hombros. Seguramente los perdigones pasarían a un par de metros por detrás del inmenso urogallo. Arsenio me diría más tarde que en esos casos hay que correr para llegar a tiempo a la muestra.

Antes de terminar la jornada, todavía tuvimos ocasión de “oír” el ruido de las alas de estos grandes gallos al chocar con las ramas de los pinos, sin oportunidad de divisarlos.

Ya con la experiencia de dos días tras los gallos, empezamos a ser conscientes de la dificultad extrema de esta caza. Muchos Finlandeses se pueden tirar varias temporadas sin “mojar” a pesar de tener excelentes perros perfectamente adiestrados para la caza en el bosque.
Ángel y yo no paramos de preguntar a los finlandeses machacando al bueno de Arsenio que hace las veces de intérprete.

Ya de vuelta a la casa, Ángel y yo nos quedamos con la boca abierta al ver pasar desde el coche en marcha un precioso urogallo a menos de 15 quince metros sobrevolando el camino buscando su pino favorito para dormir...

Lunes 18 de septiembre
Aunque no tenemos muchas esperanzas, si hay un lugar en el mundo para abatir un “metso” con perro de muestra éste es Finlandia.

En esta ocasión, salgo con Osmoo y su braca Bette. Osmoo no es tan rígido con la disciplina del perro y la manda buscar sin estar la perra en la posición de “sentada”.

Comenzamos la jornada y me exijo a mí mismo la mayor atención posible.

Después de dos horas de búsqueda, noto a la perra caliente, con el morro pegado al suelo y muy nerviosa. En un clarete de apenas veinte metros cuadrados, un rayo con forma de ave me sale a media altura con dirección mirando de frente a las 10. Es un tiro de tenazón, totalmente instintivo. Una nube de plumas delata lo acertado del disparo. Llega Osmoo que todavía tiene tiempo de ver caer las últimas plumas. A los pocos segundos, Bette cobra una preciosa hembra de urogallo. Como se pueden imaginar, en Finlandia se pueden cazar tanto los machos como las hembras.

Mi felicidad es inmensa y Osmoo, por señas, me pregunta si es mi primer gallo.

Con la seriedad que la ocasión lo exige, mi compañero parte una ramita de pino y manchándola con la sangre del ave me marca el rostro. Descubriéndose, me ofrece con su gorro la rama y me estrecha la mano dándome la enhorabuena. Yo la acepto encantado y le doy las gracias colocando la rama en mi sombrero. A Bette le doy una palmada en el lomo como agradecimiento.

Seguimos cazando y sin tiempo para saborear el momento vivido veo a la perra como loca intentando fijar un rastro. De pronto algo despega del suelo a una velocidad increíble, tapándose rápidamente tras un pino. El tiro vuelve a ser instintivo y noto claramente como la mayoría de perdigones se estrellan contra un pinete. Llega Osmoo y me pregunta a qué he tirado. Le digo que a algo negro y blanco... “Teeri”, me dice –un gallo lira–. Le llevo al pino que está marcado con los perdigones y le comento que el tiro estaba perfectamente dirigido y la mala suerte del árbol.

Todavía con el corazón acelerado, a los tres o cuatro minutos vemos llegar a Bette con el gallo en la boca. La alegría de Osmoo sólo es comparable con la mía. Rompiendo totalmente la compostura me abrazo a él y me como a besos a la perra. Me dice que es un macho viejo y que es muy difícil cazarlo, tanto como el urogallo.

Se vuelve a repetir el trámite de la rama de pino y mi sombrero empieza a cubrirse de verde.

De vuelta a los coches, la perra encuentra un “caliente” y empieza una guía que la lleva a inmovilizarse a unos diez metros. Estoy muy cerca cuando un bando de lagópodos escandinavos levanta un vuelo rasante –estas aves están emparentadas con las “grouses” escocesas–, tapándose rápidamente tras los abetos. Apunto al último que bajo de un disparo limpio.

Osmoo ya no oculta su alegría y admiración y me da la mano con un “Good hunting, good shooting”, aunque yo le respondo en “spanglis” que sólo es “good luck”. Mi sombrero parece ya un abeto de navidad.

Cuando llegamos a los coches, gracias a los teléfonos móviles todo el mundo está ya al corriente de lo sucedido. Abrazos, explicaciones de los lances... la emoción de la caza verdadera y salvaje en definitiva.

A la tercera, como dice el refrán, fue la definitiva. El gran macho de urogallo, “metso” como se denomina en Finlandés, volvió a ganar la partida. No importa, una experiencia así no se vive todos los días.

En las fotografías se puede apreciar la belleza del paisaje, así como las diferentes especies cazadas. Tuvimos la oportunidad de ver un buen macho de urogallo abatido por un cazador Finlandés quien gentilmente me dejó fotografiarle.

Si antes sentía una admiración especial por los drathtaars ahora es pasión absoluta. Siento que mi querido Robur no halla llegado a tiempo de vivir esta experiencia.
“Kiitos” –gracias– a Seri, Carlo, Damm, Bette y demás perros, sin ellos esta caza es imposible. Gracias Arsenio por invitarnos a éste que es ahora tu país, por tu amabilidad, simpatía y buena mano con la cocina.
“Kiitos” a Jarmo, Osmoo y Toni, que sigáis siendo tan buenos cazadores y que sigáis criando perros tan maravillosos.

Esa misma noche partimos hacia Utsjoki, más al norte, para cazar durante 6 días la perdiz nival y el lagópodo escandinavo, el “riekko”, especies que en pleno invierno lucen en su plumaje un blanco inmaculado... Pero ésa es otra historia.
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