Última actualización 01/02/2006@00:00:00 GMT+1
Con la tranformación de la Política Agraria Comunitaria (PAC), que traerá consigo el abandono de las tierras de cultivos menos productivas y la conversión del agricultor en “vigilante del medio ambiente”, la caza de calidad puede tener un futuro mucho más prometedor.
Hay fechas cargadas de recuerdos. Para la inmensa mayoría, el año 1992 fue el año de la Olimpiada de Barcelona. Para otros ese año se asocia a la celebración de la Exposición Universal de Sevilla. Para mí, 1992 es el año de la primera y más importante Reforma de la Política Agrícola Comunitaria (P. A.C.).
En efecto, en ese año los responsables de las entonces Comunidades Económicas Europeas, hoy Unión Europea, constatan oficialmente lo que ya era un secreto a voces: “que la agricultura ya no puede ser el único motor generador de renta y empleo rural”.
Y a partir de ahí, se producen una serie de cambios en las políticas y en las estructuras agrarias y se desata una búsqueda incesante de nuevas actividades de desarrollo socioeconómico en el mundo rural que todavía no ha cesado.
Entre esas actividades, el turismo rural y la caza se convierten en las actividades protagonistas de esos nuevos usos a los que se pretende destinar la población agraria, como forma de fijarla en ese medio y como manera de que no se produzca una merma ni en el empleo ni en la renta agraria.
No son las únicas actividades. La pesca continental o la artesanía ligada a las explotaciones rurales son otras, pero sí son las que desde entonces han experimentado un crecimiento más acusado.
Esa progresión de la caza es tan importante que somos muchos los que equiparamos la importancia del año 1992 a otra fecha de grato recuerdo cinegético: 1970 y la promulgación de la Ley de Caza, vigente hasta hace poco en la totalidad del territorio nacional.
Desde entonces hasta nuestros días la Unión Europea ha dado pasos en la misma dirección, es decir, en la de disminuir la producción final agraria y en la de convertir al agricultor en una especie de “vigilante o jardinero del medio ambiente”.
Por eso, actividades tradicionales como la caza se transforman en actividades “emergentes” y adquieren un protagonismo rural que hasta ahora o no tenían o compartían con otras formas de producción.
Y la caza en concreto, no sólo como complemento del sector agrícola sino como actividad impulsora del sector servicios cumple, con poco esfuerzo por parte de los titulares de los cotos, con todas las demandas de la Unión Europea.
La caza conserva y genera empleo
Porque la caza genera y mantiene empleo. Y en las zonas serranas en donde el aislamiento geográfico tiene una connotación secular, la potenciación de una actividad de las de “toda la vida” supone un freno a la emigración del campo hacia las ciudades.
Pero es que, por si eso fuera poco, la caza conserva el medio ambiente. Y si no es así, ¿cómo se explica, por ejemplo, que algunos de los mejores cotos de caza mayor de España, localizados en las sierras de Hornachuelos, Cardeña o Montoro, estén hoy incluidos en un Parque Natural? ¿Quién si no los titulares de los cotos, y por extensión los cazadores, han conservado hasta nuestros días esas zonas para que fueran objeto de su protección al ser las últimas zonas fuera del alcance de la “presión del ladrillo”?
Y en las zonas profundamente agrarias, las dedicadas por ejemplo al cultivo del cereal o del algodón, ocurre otro tanto igual. Un reciente estudio sobre las perspectivas del cultivo del algodón en Andalucía, dirigido por el Dr. Manuel Arriaza, del IFAPA de la Junta de Andalucía, y que ha sido galardonado con el Premio Unicaja de Investigación Agraria 2005, avisa de que con la nueva reglamentación del mercado del algodón y la consiguiente pérdida de subvenciones, las 90.000 hectáreas de este cultivo en Andalucía pasarán a una situación de semi-abandono. En el mejor de los casos, de implementarse una ayuda económica, 30.000 hectáreas se abandonarían por el agricultor. Y en esa tesitura, ¿alguien duda todavía de que la caza sea la única actividad que pueda mitigar esa pérdida de rentabilidad? ¿O es que vamos a llenar de “turistas rurales” también las campiñas? Conozco algunas dehesas de la provincia de Córdoba que aburrirían al tercer día al turista más voluntarioso, porque, como se ha demostrado en algunos estudios, el turismo rural no puede ser la panacea del desarrollo rural.
La calidad cinegética y educación
Pero necesitamos, a mi modo de ver, actuar al menos en dos aspectos fundamentales y relacionados entre sí, uno de ellos es la calidad cinegética, el otro sobre la forma de atraer al “urbanita”.
Trabajando sobre la calidad cinegética trabajaremos sobre la calidad del producto cinegético con marchamo de garantía de que lo que se le ofrece al cliente es el fruto del trabajo que, desde el punto de vista biológico o de la gestión, pero también desde la óptica económica, social, fiscal o laboral, presenta la mayor optimización.
Trabajar para atraer al “urbanita” es fundamentalmente trabajar en la divulgación de la información, que básicamente le llega a través de los medios de comunicación no especializados. Trabajar para atraer al “urbanita” significa trabajar en la formación de niños y jóvenes.
Un estudio realizado en la provincia de Córdoba, y publicado en el número 367 de la revista TROFEO, señala que la juventud de la ciudad califal es abrumadoramente anti-caza. Ese comportamiento abolicionista de la caza desaparece cuando se estudia cualquier sector de la población rural cordobesa que conoce perfectamente, se sea o no cazador, los beneficios directos e indirectos que la caza genera no sólo desde el punto de vista económico sino como forma de mantenimiento de los ecosistemas.
Hace unos años un famoso filósofo español especializado en la defensa de los derechos de los animales, ante mi obsesión por frenar el éxodo rural y mantener a las poblaciones humanas rurales en áreas generalmente serranas con una agricultura o una ganadería escasamente productivas, me argumentaba textualmente: “Las poblaciones humanas no deberían mantenerse en esas áreas rurales. La implantación humana en el territorio nunca ha sido estática, sino dinámica. Cuando la filoxera azotó a los viñedos franceses, todos los territorios baldíos de España se llenaron de bancales para plantar viñas malas, que luego fueron abandonados de nuevo. Lo lógico y deseable es que el asentamiento sea variable con el tiempo, en función de optimizar parámetros como el PIB per cápita y la conservación de la naturaleza. Eso significa que a veces hay que sacrificar zonas naturales para construir, por ejemplo, autopistas o ferrocarriles, y otras veces, para compensar, hay que sacrificar zonas agrícolas y rurales para que reviertan a la naturaleza... Si yo viviese allí, emigraría. Y si mis padres hubiesen vivido allí, les habría agradecido que se hubiesen trasladado a otro sitio con más perspectivas para sus hijos. Los animales nos diferenciamos de las plantas en que tenemos piernas en vez de raíces...”.
Indudablemente con “mentes preclaras” como ésa no necesitamos alforjas para semejante viaje. Todo lo contrario, hay que “ponerse las pilas” y actuar como “activista cinegético”. Tenemos que salir a la palestra y no a la defensiva como consecuencia de opiniones o actuaciones de otros, sino por iniciativa y voluntad propia.
Los que amamos y creemos en la caza no podemos cruzarnos de brazos y lamentarnos desde nuestro sillón. El futuro de la caza en España, y por ende, el de sus tierras y sus gentes, se merece algo más de nuestra parte.