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El taco de Tico

Última actualización 01/02/2006@00:00:00 GMT+1
Al fondo, muy lejos, las luces de Andújar, con su hermoso documento único, a la suerte cinegético, en bronce, nada más entrar, que te lega de pronto como el olor del aceite
He vivido el taco! Tico a pie de taco. Gloria bendita. A veces hay que bajar, subir, al pecho de la historia. Y además, así se comprueba si lo que uno trabaja se lo lleva el viento o alimenta.

Doy fe de que estamos en la levadura de la caza. No hay mejor trofeo, aparte del venatorio, que el de la palabra. Así que acepté la invitación. Tengo muchas, acudo a pocas, a veces porque no puedo, aunque me voy acostumbrando y se me ha convertido ya en una ceremonia, única, irrepetible, excepcional. Y uno es generalmente cronista de hechos que no tienen parangón. Contador de las sorpresas. Por eso subí hasta Navalasno, hasta “La Navarra”, donde la fiesta de la caza se convierte en un encuentro, es algo solidario, más aún si abajo está el monumento al jabalí de piedra en este paisaje querido, magnífico, al que regreso con mi hijo Salvador.

He querido regalarle a su hija Lola, que es mi nieta, el día que cumple cinco años, una montería, que sé que le va a gustar más que ningún otro regalo en el mundo.

Cierto. Primero almorzámos en el Churrasco de Córdoba, en el corazón de la judería, lleno de cazadores hasta la bandera. Por cierto, hay muy buena pieza de caza también en el plato, que les recomiendo. Y ahí, ya sopló la niña su primera tarta de chocolate con un cinco magnífico. Almorzábamos en el mismo comedor privado en el que Giscard y Aznar, entonces presidente aún, se hicieron con sus respectivas esposas un mano a mano de salmorejo que obligó al presidente de Francia a enviar a su jefe de cocina, una autoridad en el Eliseo, a Córdoba a que conociera in situ el secreto de la buena cocina del sur. Se llevó unos kilos de más –estuvo quince días– y la receta del salmorejo, como Dios manda.

Por la tarde, entre dos luces, arribamos a la casa encendida y preciosa de Juan Antonio, del que no voy a dar el apellido, que me pareció hombre que no heredó nada, que todo se lo ganó a pulso, de los que ya no quedan. Una buena mesa, un gran grupo, los justos, de amigos. Buenos trofeos, sitio para el león, por ejemplo, y la perdiz, que es la reina. Fuera las estrellas más hermosas del planeta Tierra. Jamás vio este cronista un lucero más fuerte, más indicador, que el que brillaba sobre la piedra y luna del Santuario de la Señora, de la que uno en su día –inolvidable e irrepetible–, fue su pregonero. Tal vez, si acaso, en Machupichu. De nuevo, el cinco para la nieta, y ella feliz, de verde vestida, con su bota ya muy usada de ante. Y la madre de la criatura, mi nuera Ana, hija de un gran cazador, de un buen montero que ya no está entre nosostros, el abogado Paco del Cerro, que en paz descanse.

Por la noche, ya más noche, los huesos tendidos, y las carnes también en el hotel Sierra de Andújar, una joyita de la corona de la jara. Recé mi salve desde la terraza sobre el paisaje, bronco y hermoso, frío. La luna en el moisaco con la Salve montera de don Jaime de Foxá, cuya casa de la Caracola recuerdo tanto, siempre... Al fondo, muy lejos, las luces de Andújar, con su hermoso documento único, a la suerte cinegético, en bronce, nada más entrar, que te lega de pronto como el olor del aceite.

Y a la mañana siguiente, el taco. Quiero hacer una crónica sin nombres porque siempre me faltaría alguno. Arriba azul, abajo verde. Las migas con tocino, algún chorizo, que sea bienvenido, al sol y sombra de la copita que desentelaraña, café caliente en cristal, la buena gente de Marmolejo, del hostal Plaza, un agua riquísima, como ustedes saben, de muy cerca era mi madre, cuero y pana.

Los perros listos, ya han llegado las rehalas. Éste es el taco vivo y verdadero. Es el largo momento de la esperanza. Los podencos, en sus jaulas todavía, abrazos, saludos, desde el cielo Dios padre sentado, asiste a la ceremonia.

La gente nos lee, director. Me gusta. Alguno incluso me dice:
– Ya era hora de que le viéramos en un taco de verdad, que en el papel nos encontramos con gusto todos los meses...

Le regalo, al generoso anfitrión, el cuaderno de viaje, una nadería pero tan linda, que me regaló el Presidente de la Diputación de Jaén, con su goma y todo para atar los pensamientos. Hablamos, bueno, hablo yo, de las grandes escopetas que entrevisté para esta misma casa en su día, aquel Yebes, Urquijo, Teba, del que estuve a punto de escribir sus memorias, luego que se nos fuera... ¡Tantos!, igual este año, ya en los setenta y uno, escribo un libro que reúna a todos. Juan Antonio me regala la conversación con el nombre de Ortega y Gasset, por lo de su prólogo hermoso al libro del Conde... y esa frase, única, que nos viene bien en este día de recurdos.
– Ya sabes que fue el que dijo aquello “del cutis del alma”...

Y yo sin haberlo cazado hasta este día de diciembre: el taco, especie de congreso del monte, senado de los pensamientos, reunión de seres humanos con esperanza.

La mañana se iba levantando, los mulos como dibujos de Aldehuela, los perros como apuntes de Mariano Aguayo... el nombre de Don Bartolomé Linares Jurado, que viene a traerme lotería de esta misma noche.
– Soy el lotero de Sierra Morena, que le puede dar alegría y quitarle algunas penas, para servirle.

Levanté el rifle cuando debía, vimos muchos bellos animales sueltos y limpios. Algún cochino al fondo, una masa negra... entre las piedras –el secretario, de mi edad más o menos, se fumó un cigarro sereno y afilando la mirada–. Mi nieta pintó naturaleza y luego se durmió bajo un lentisco, y yo apunté tranquilo y sereno, en mi cuaderno de monte: “¡Ay si en el mundo que vivimos hubiera siempre un taco antes de echarse al monte, otro gallo nos cantara!”.

Luego, patatas con costillas, huevos revueltos, algunos de tres yemas, flamenquines, espárragos trigueros que si se les mueven mucho hacen volar mariposas. Y en fin, el regreso a la verdad después del sueño. Tengo que volver al taco, aunque después no cacé nada de nada, siquiera porque mi verdadero trofeo está ahí, en lo que dice la gente, en lo que calla, en lo que vive, en lo que cuenta, y yo, en lo que más tarde he dicho lo dicho. Hoy más que nunca, Taco Medina.
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