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Consejos y recomendaciones para conseguir el mejor ejemplar para el pelo y la pluma

Última actualización 01/02/2006@00:00:00 GMT+1
El autor del libro El podenco en la caza menor cuenta cómo debe adiestrarse un podenco para que se convierta en un completo especialista en la caza menor, tanto en el pelo como en la pluma.
Hay dos maneras de hacerse con una rehalilla de podencos para salir a cazar la menor. La primera y más fácil consiste en ir recopilando perros con aspecto de podenco y echándolos en un patio o corral, alimentarlos con sobras de carnicería y panadería y sacarlos estrictamente los días de caza, en la creencia, no del todo falsa, de que el podenco caza sin adiestrarlo.

El día que los saquemos formaremos en el campo una fiesta de carreras desordenadas, voces llamando a perros que se pierden y tropezones con otros que no se retiran de los pies. De esta manera es posible que, a pesar de todos los impedimentos que les ponemos a los animales, salga algún perro con dotes para la caza, que lleve la voz cantante del grupo y se consigan mover algunos conejos y liebres en sitios con relativa abundancia. El podenco es tan agradecido que, aún a pesar de esta forma de criarlos –que lejos de ser esporádica es más bien la más común–, da el avío en el campo muchas veces. Se solapa en este caso el hecho de que a mayor abundancia de perros será más frecuente que tropiecen con alguna pieza o que otras se vayan levantando a nuestro paso huyendo de la algarabía que llevamos, por lo que puede parecer que llevamos un equipo canino de caza en toda regla.

Si además “podamos” de vez en cuando nuestro “jardín perruno” quitando los que claramente no cacen y metiendo nuevos cachorros que los sustituyan, podremos, por este procedimiento de prueba y error, mejorar en algo nuestra rehala.

Podemos estar seguros, si seguimos esta fórmula, que muchos de los perros descartados quizás hubiesen sido buenos e incluso excepcionales perros de caza si hubiesen tenido un trato más adecuado y que, de los perros con los que nos quedamos, no hay garantía alguna de que transmitan sus bondades a sucesivas generaciones.

Elegir con cabeza
La otra manera de criar podencos, de la que soy partidario, es empezar con un cachorro o una pareja –nunca perros cazando comprados a buen precio, que casi seguro serán desechos de tienta de otro cazador o criador– e irles proporcionando un adiestramiento racional, a la vez que mucho contacto con nosotros.

Elegiremos cachorros de líneas de podencos andaluces con características genéticas muy marcadas, donde veamos una morfología auténtica de podenco: brevilíneo –más alto que largo– o a lo sumo cuadrado, con orejas enveladas y siempre alerta, hocico y extremidades finas, mirada penetrante y franca, que no presenten miedos al acercarnos a ellos, con la cola en sable, sin enroscar del todo y siempre hacia arriba, ni excesivamente corta ni larga –estirada debe llegarle justo al corvejón–.

Deben ser perros de movimientos rápidos, casi eléctricos, alegres y descarados. Y, a ser posible, que veamos cazar bien a los padres, que deben guardar similitud física con los cachorros, lo cual es prueba de genética bien implantada. Y cuando decimos cazar hablamos de las tres partes de la caza: búsqueda, disparo y cobro, no sólo la búsqueda, que puede ser excelente en perros con miedo a los tiros o que no cobren.

Las capas deben ser las admitidas, canela y blanco, ya que cuesta lo mismo criar podencos dentro del estándar que fuera de él. Y aunque hay excelentes podencos oritos y achocolatados, por circunstancias que serían objeto de otro artículo, quedaron fuera de registro.

Si elegimos perros totalmente blancos, hay que mirar bien que no presenten caracteres de albinismo: ojos excesivamente claros y sordera, entre otros.

El mediano, la talla ideal
En cuanto a la talla, me inclino por el podenco mediano, por ser más polivalente y, aunque siempre hay excepciones, más resistentes a las condiciones climáticas duras y a sucesivos días de trabajo. Eso sí, dentro de los medianos, los más pequeños.

Perros que no sobrepasen los cuarenta y cinco centímetros a la cruz, con buena caja torácica y bien musculados, de entre ocho y doce kilos de peso. Descartemos la talla grande para caza menor, por ser más inmanejables y a veces pendencieros con otros perros o entre ellos mismos, aparte del mayor gasto alimenticio que suponen y el mayor espacio que necesitan.

Con estos mimbres en la mano, si además dedicamos un poco de tiempo a nuestros cachorros, le damos de comer el mejor pienso compuesto para que desarrollen correctamente y disponemos de un terreno para campearlos con una mínima abundancia de conejos, tendremos altísimas probabilidades de éxito. Posteriormente, si lo deseamos y tenemos sitio adecuado, podremos ir incorporando nuevos cachorros a nuestra rehala en años sucesivos, hasta llegar a tres o cuatro, más que suficientes para no dejar ni un hopo por donde pasen, si son podencos como deben ser.

Lo del escalonamiento en edades es para que no nos ocurra como a aquellos equipos de fútbol en los que toda la plantilla se jubila el mismo año, viniendo después un tiempo de penurias.

En una rehalilla de tres o cuatro perros debe haber, a mi parecer, un solo macho para que no haya trifulcas. Si sólo mantenemos uno o dos que se hayan criado juntos, da igual el sexo de los componentes. Casualmente, los mejores y más efectivos equipos de podencos que he visto siempre han sido de dos machos o dos hembras.

Del adiestramiento
La fase crítica en la formación de nuestro podenco es la comprendida entre la separación de la madre y los siete u ocho meses de edad. En ese tiempo, o al menos hasta los cinco o seis meses, procuraremos estar en estrecho contacto con él a diario, manoseándolo, jugando, sacándolo de paseo con la correa una vez correctamente vacunado, en definitiva, sociabilizándolo.

Lo acostumbraremos a ruidos imprevistos, progresivamente, dando alguna palmada fuerte o golpe con el plato en el suelo a la hora de comer y haciéndole ver como cosa natural que los humanos somos ruidosos, cosa que le vendrá bien como prevención frente al miedo a los disparos.

Ni se nos ocurra llevarlo a una sesión de tiro al plato o similar, ya que lo podemos desgraciar para siempre. Y mucho menos pegarle. El podenco andaluz es extremadamente listo y bastará una mirada seria o levantar al animal hasta la altura de nuestros ojos con un “no” rotundo para que comprenda que ha hecho algo malo.

Primeros campeos
A partir de los tres meses comenzaremos los campeos, dos o tres veces por semana y en sesiones progresivas en duración –entre veinte minutos y un par de horas– y dificultad de terreno. Elegiremos zonas alejadas de carreteras y otro tipo de peligros. Primero los campearemos por terrenos abiertos con algunas matas y con hechíos de conejos, dejándolos que investiguen y den carreras para generar musculatura, a la vez que aprenden a moverse con soltura por entre matorral y pequeños desniveles, cada vez de mayor dificultad. Cuando veamos que ya corretean ampliamente por terrenos abiertos, despegándose algunas decenas de metros de nuestro lado, los meteremos en matorral espeso, metiéndonos delante nosotros si es preciso, ayudados de un buen bastón para abrir matas y, si es posible, en zona donde podamos tropezar con algún conejete.

Hoy día es factible que nuestro coto, con un adecuado plan técnico, tenga zonas declaradas de campeo de perros para estos menesteres. Muy importante es que cuando veamos que el cachorro se aleja en exceso –más de treinta o cuarenta metros–, inmediatamente cambiemos nuestra dirección de marcha o nos ocultaremos para que nos busque. Así aprenderá a ir cazando y a la vez pendiente de donde estamos.

En esta edad somos su madre adoptiva y lo más importante para ellos es no perdernos de vista. Nunca acostumbrarlos a ir tras ellos a buscarlos, sino al revés, que nos busquen ellos a nosotros.

Cuando ya el perrillo, con cinco meses, está correctamente musculado y sabe moverse con soltura por el matorral, podemos ponerle por delante un conejo, bien en un coto intensivo o, si no lo tenemos a nuestro alcance, uno de granja tapado con alguna caja con rendijas y ramas encima para que el perro lo detecte pero no pueda llegar a él. Así se picará más. Le dejaremos que dé vueltas alrededor y hasta que lata de parado al conejo. Repetiremos esta operación un par de veces o tres como máximo, distanciadas algunos días. Y en la última, escopeta en mano, dejaremos libre al conejo para que lo corretee, disparando al aire si lo atrapa o matándoselo si vemos que se le distancia. De esta manera asociará el disparo al emboque del conejo.

Lo ideal es que escuche el primer tiro cuando ya sabe lo que es un conejo y cuando vaya corriendo detrás de uno.

Que seamos
su jefe de grupo

La base del adiestramiento del podenco es que el cachorro comprenda que somos su jefe de grupo y que venga inmediatamente cuando lo llamemos. Lo demás es campo y, como decía el escultor, quitarle lo que le sobra para modelar el gran perro de caza que lleva dentro. Potenciaremos su iniciativa, sin aburrirlo con ejercicios repetitivos como intentar enseñarle el cobro o el “quieto”, con lo que sólo conseguiremos que rechace las sesiones en nuestra compañía.

A un podenco nunca se le olvida quién lo crió si éste lo hizo bien, dándose el caso de perros que cazan de manera excelente con su dueño y luego no lo hacen al cambiar de propietario. Si logramos que nos identifique como su jefe de grupo, nos cobrará luego las piezas a la perfección, incluso corriendo hasta nosotros para que no se las quite otro perro.

Primero el conejo
Un buen podenco andaluz, desde mi punto de vista, debe adiestrarse en primer lugar para su pieza favorita, que es el conejo, porque ello conlleva que el perro aprenda bien a matear, a usar todos sus sentidos y a sacar la astucia e instinto que requiere esta caza. Las liebres y perdices son para él piezas más fáciles. Un podenco joven no se debe meter en terrenos abiertos porque se acostumbra a lo sencillo y a cazar de vista más que de olfato.

Tiempo habrá cuando ya domine el conejo y esté correctamente domado, a partir de su segunda temporada de caza, de meterlo a perdices que reconocerá como nueva pieza de caza en cuanto le matemos la primera y consiga embocarla, cosa que puede suceder perfectamente en cualquier arroyo o manchón mientras cazamos conejos. Un truquillo: cuando llevemos a conejos a nuestros podencos, le quitamos el collar para que no le moleste entre la espesura, y cuando vayamos a perdices, se lo ponemos. A las tres o cuatro veces, observaremos que nuestro podenco sabe perfectamente a lo que va y caza en consonancia.

De la caza con podencos andaluces
Como perro polivalente que es, el podenco andaluz puede aplicarse a distintas modalidades cinegéticas, aunque hoy día podemos decir que hay líneas de podencos más adecuadas para ciertos tipos de caza. Líneas que han venido diferenciándose por el uso que sus criadores han venido dando a los canes generación tras generación.

Desde joven, he podido observar en mi pueblo, como en cualquier otro de Andalucía, que había dos maneras de tener podencos. Por un lado, como lo hacía el hombre de campo, que siempre tenía una sola perrita, acostumbrada a llevarla a diario a las tareas agrícolas, andando tras el paso cansino de la mula hasta llegar al tajo, cazusqueando por los alrededores de donde laboreaba su amo intentando sorprender sigilosamente al gazapo adormilado, compenetrada al máximo con su dueño, con quien pasaba todos los días del año de sol a sol, cazando estrechamente para la escopeta los ratos que éste se podía permitir y de la cual, antes de llegar a vieja, se le sacaba otra única cría para continuar la misma relación. Eran éstos podencos tranquilos, sin el ansia que les causa la competencia interna de la rehala y donde primaba la obediencia y el entendimiento con su dueño sobre la independencia congénita de la raza. Este tipo de perros, ideales para cazarlos solos o a lo sumo en pareja, son los que hoy se han dado en llamar “levantadores”.

Los otros eran los perros de rehalilla, sujetos a diario en el patio de su amo, con los que había que poner previamente las escopetas en postura porque cuando les quitaban el cordel no atendían a razones ni a llamadas e iban que perdían el rabo a ver cuál llegaba primero a la mancha en busca de sus codiciados rabicortos. Perros donde prima el nervio y la fogosidad, el latido a rastro caliente, la búsqueda amplia, la velocidad intentando atrapar al conejo o que, tras sucesivos levantes, llegue apretado a las escopetas. En definitiva, perros que, como dicen en mi pueblo, no se guían con una hebra de hilo. Este tipo de podencos pertenece a la línea “de castigo” o “de medio rastro” y son los más apropiados para la caza en posturas o pequeños ganchos donde previamente algunas escopetas cercan los escapes de la caza para luego meter los perros en la zona a batir, como una escena a pequeña escala de lo que es una montería o batida de caza mayor.

Las razones del fracaso
Es fácil de entender, que muchas de las desilusiones que se lleva el cazador moderno con los podencos, en este mundo de prisas y resultados inmediatos, se puedan deber, aparte de a no haber dedicado el tiempo de contacto y campeo necesarios de cachorro, a intentar, por ejemplo, que un excelente podenco de medio rastro cace en mano, cerquita del cazador y que se siente a nuestro lado en el puesto de zorzales. O, al revés, pretender que un podenquillo levantador, cuando llegamos a un inmenso arroyón de zarzas, se vaya a buscar los conejos al testero de enfrente.

Seamos lógicos, para el cazador que sólo puede tener un perro, que lo quiere para cazar al salto o en mano y para todo tipo de piezas desde la codorniz a la paloma en puesto fijo, busquemos un ejemplar “levantador”, cuyo prototipo es la perra de nuestro actual tetracampeón Fernández Sierra.

Y el que quiera formar una rehalilla de varios podencos para cazar arroyos con zarzas o espesos manchones en posturas, entre dos o más escopetas, que busque podencos de medio rastro, con nervio y lengua. Aunque es bien cierto que hay ejemplares excepcionales que hacen estupendamente a las dos tareas según la cacería que se les presente, pero de esos cocos, pocos.

Caza al salto
En la caza al salto, la forma tradicional de batir un terreno con podencos es distinta de la que se lleva a cabo con perros de muestra, ya que mientras en ésta se avanza con el perro por delante laceando sistemáticamente y cazando para nosotros, con podencos deberemos avanzar despacio, con breves paradas en lugares dominantes, dejando iniciativa total a los perros y pendientes de sus indicaciones corporales –nerviosismo, rabeo, inmovilidad– y latidos. El podenco se aprende pronto los cazaderos habituales, así que podremos ir algo más rápidos en sitios ya conocidos por ellos, donde irán derechos al grano, pero si vemos que se detienen en algún punto, a pararse tocan, porque cuando comienza la escena del meneo de rabo y movimientos nerviosos, es difícil que les falle su intuición, que más bien parece un sexto sentido. Cuando cazamos con podencos andaluces, hemos de dejar las prisas y agobios en casa y disfrutar del trabajo de estos canes atávicos, con astucia e instinto próximos a los de los predadores salvajes.

No debemos olvidar que, a diferencia de otros perros que cazan para sus dueños, los podencos cazan para sí mismos, porque les gusta cazar tanto o más que a sus amos, y si les hemos dado buena doma en su etapa de cachorros, nos permitirán participar de su caza como el miembro dominante de su grupo que somos. Intentarán ojearnos la caza hacia nosotros porque aprenden pronto que la escopeta mata más que ellos. Y cuando culmine el lance, ofrecerán la pieza a su jefe de manera natural, sin necesidad de haberlos adiestrado antes para ello. Dejarles cancha y libertad en el campo, y no dejarán de sobrepasar nuestra capacidad de asombro.

Hay un antiguo dicho que resume lo que aquí se ha tratado en pocas palabras. Para llegar a tener buenos podencos andaluces de caza menor hacen falta las cuatro “ces”: casta, cariño, campo y caza.
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