Semblanza
Falleció Luis de Diego, uno de los clásicos colaboradores de TROFEO
Última actualización 01/03/2006@00:00:00 GMT+1
Varios colaboradores de TROFEO han querido rendir un pequeño homenaje a Luis de Diego, asiduo y emblemático colaborador de la revista hasta mediados de los noventa, fallecido recientemente.
A finales del pasado año, a consecuencia de una septicemia, fallecía a los 86 años Luis de Diego, uno de los colaboradores más leales, prolíficos y brillantes de TROFEO.
Luis de Diego era marino de guerra, teniente coronel de intendencia de la Armada, y tuvo la suerte y el privilegio de surcar los mares, nada menos que durante 7 años, en el Juan Sebastián El Cano, el emblemático buque-escuela de la Armada. Las emociones y recuerdos de aquella apasionante etapa vital en aquel barco del que hablaba con un respeto extraordinario, le llevaron a escribir un libro, “Un velero en el Atlántico”, que fue premio Virgen del Carmen.
Por eso el mar, la “azul pradera para el galope musical del viento”, frase acuñada por él para definirlo, fue siempre uno de sus más queridos y añorados escenarios vitales, al igual que el campo, aunque éste lo pateó hasta que pudo, ya fuese cazando, buscando setas en su Navacerrada del alma o simplemente haciendo “senderismo”, como se dice hoy.
Era un militar de cuerpo entero, con una rectitud de conciencia y conducta asombrosas. También una persona muy discreta, culta, de elegante sensibilidad, intimista, con cierta alergia a los actos sociales. Le gustaba observar las almas de las gentes y la cosas, pero cuando conversaba con amigos, se convertía en un estupendo tertuliano con un fino sentido del humor.
La muerte en 1994 de Mercedes Morejón –su mujer y madre de sus seis hijos– después de una penosa enfermedad que él quiso aliviar conviertiéndose en su perenne enfermero, le produjo un vacío emocional del que nunca se recuperó. Se refugió aún más en la lectura –admiraba sobre todo a Borges y a Cunqueiro–, la música y en su fe cristiana, cayendo en un voluntario silencio social y literario.
Y es que Luis, además de marino, era escritor, autor de varios libros, incluso uno de ellos fue llevado al cine. Tenía en su haber varios premios literarios.
Luis, por voluntad propia, dejó de colaborar en TROFEO en septiembre del 94. Hacía una doble página titulada “Conversaciones”, que magníficamente ilustraba Pablo Capote. Yo había aterrizado en la revista un año antes, y aunque había hablado con él en pocas ocasiones, siempre me pareció alguien entrañable, alguien que se dejaba querer. En 1998, cuando ocupé la dirección de TROFEO, conociendo su bajón anímico, lo visité en un par de ocasiones, una en Madrid y otra en Navacerrada, en compañía de Pablo Capote, para echar un rato y animarle a que escribiera, quizá como terapia.
Y se animó. Decidió comentar cada mes una foto, la que fuese, y dar así rienda suelta a su rica imaginación. La sección se llamó Imágenes con voz.
Pero el nuevo proyecto duró muy poco, tan sólo tres meses, de octubre a diciembre. Sé que sintió esta “espantada”, porque era un hombre que buscaba deliberadamente no causar a nadie ningún contratiempo, y más a la gente que le importaba. Y a mí, no sé por qué, me apreciaba.
Quizá se sintió un poco obligado a escribir de nuevo, dada la insistente invitación, pero su estado de ánimo no debía de ser el adecuado para retomar la pluma. Entendí y respeté su nuevo y definitivo silencio voluntario.
De todas formas, Luis, déjame que cuente a los lectores lo de tu radiografía. Tú no lo hiciste porque no debiste encontrar nunca la dichosa placa.
Les cuento: cuando pensamos la nueva sección, la primera imagen que Luis quiso comentar era una radiografía de su cabeza, en la que al parecer se veían, bellamente dispuestos, algunos perdigones de un antiguo tiro que se llevó mientras cazaba. Pero nunca la encontró y no hemos podido conocer la historia de ese tirascazo desde su particular perspectiva: si los perdigones eran de séptima o de sexta, contra quién iban dirigidos, por qué no pudo esquivar la perdigonada, en quién pensó mientras los recibía... En definitiva de comprobar una vez más cómo Luis, a partir de cualquier asuntillo, era capaz de construir un texto antológico y de paso reírse de sí mismo, otra prueba de que era una persona excepcional.
Nota: La mayoría de los datos biográficos me los
ha proporcionado su hermano César de Diego.