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Gestión
Dos expertos en conejos explican cómo
intentarían recuperar la población de un coto
Última actualización 01/04/2006@00:00:00 GMT+1
En nuestro afán por ayudar a que el conejo se recupere, hemos propuesto a dos expertos qué harían para recuperar las poblaciones conejeras de un coto. Como cada acotado tiene unas características muy específicas y siempre distintas, les hemos sugerido un coto teórico, pero bastante típico en nuestra geografía: de caza menor con jabalíes y una abundancia media de depredadores; suelo más o menos “duro” –con pocas madrigueras–, bastante monte, muy pocas siembras y unas poblaciones conejeras muy escasas y dispersas desde la llegada de la neumonía.
Dos opciones
En primer lugar, para recuperar el conejo en un hábitat a priori no totalmente favorable como el planteado, hay que creer en los milagros. Una vez se crea en los milagros podríamos encontrar dos soluciones:
La más segura
La más segura sería localizar con total precisión los lugares donde estén los conejos en el coto. Los conejos son sedentarios y suelen tener un territorio de entre una a ocho hectáreas, que no abandonan nunca, salvo que escasee el alimento. Este caso se produce normalmente durante el verano –migraciones estivales–.
Una vez localizados, hemos de pensar que ese hábitat tiene alguna característica que hace que los conejos sobrevivan ahí y en el resto del coto no. Por tanto hay que analizar minuciosamente las características de estas zonas buscando lo que está favoreciendo al conejo y permitiéndole sobrevivir. Una vez sepamos esto –cosa no baladí–, intentaremos amplificar y reproducir estas características en las zonas donde estén los conejos y adyacentes.
En resumen, podríamos decir que habría que localizar a los conejos que tenemos y mimarlos todo lo que pudiéramos, por ejemplo proporcionándoles alimentación suplementaria, buenas y abundantes madrigueras artificiales, bebederos, refugios, microsiembras, rozas para la creación de micropastizales entre el matorral, etc. Estas actuaciones deberían estar orientadas por el “hábitat ideal para sobrevivir” estudiado y lo que nuestro bolsillo nos permita.
Un factor que deberíamos intentar evitar son las concentraciones poblacionales estivales. En verano los conejos pueden migrar de su territorio en busca de frescuras, abrevaderos, y sitios con hierba verde fresca. Esto produce una concentración de conejos y por efecto, una concentración de sus depredadores, aumentando la mortalidad de la población. Si durante la época estival suministramos alimentación suplementaria “verde” y agua en los lugares precisos donde estén, los conejos permanecerán en sus territorios, defendiéndose mejor de los depredadores en esta época crítica.
Suministrar alimento “verde” cuando la hierba se seca –junio/julio– puede alargar el periodo reproductivo. Así mismo, si el conejo come “verde” en septiembre-octubre, esto mejora su condición fisiológica y adelanta la reproducción. Esto aumenta el número de camadas a lo largo del año y por tanto nuestra población será más productiva.
Siguiendo estas indicaciones durante varios años –entre tres y cinco– notaríamos una importante recuperación en la población, claro está si las enfermedades no pegan fuerte. Lo dicho, todos los mimos y cariños posibles para los conejos de nuestro coto, eso sí, con cabeza, precisión y constancia.
La más rápida
De las muchas intervenciones que he visto para potenciar el conejo en poco tiempo (2-3 años), la que ha resultado más eficaz, aunque no en todas las ocasiones, son los grandes cercados de repoblación.
En éstos se selecciona una zona que tenga un estructura muy intercalada –tipo mosaico– de matorral denso y pastizales o cultivos, con suelo lo más blando posible. Esta zona debe tener como mínimo 7 ha., aunque lo ideal son 20 ha.
Esta extensión se rodea con una malla doble –cinegética de protección además de malla conejera– con viseras para imperdir el escape de los conejos y la entrada de los depredadores generalistas: zorros, jabalíes, perros y gatos asilvestrados, etc.
Dentro del cercado se colocan al menos 15 ó 20 madrigueras artificiales grandes y bien hechas, y se sueltan dentro durante el otoño entre 80 y 120 conejos dependiendo de la extensión.
Estos conejos deben ser de lugares y hábitats lo más cercanos y parecidos a nuestro coto –conejos con ecotipo similar–, y pasar una cuarentena previa. En cuanto empiecen a reproducirse, se abren unos agujeros reforzados en la malla de 8 cm de diámetro, para la salida de los conejos al exterior.
Estos agujeros se mantienen abiertos sólo durante unos días de forma periódica, cerrándose durante algún tiempo para evitar la entrada de depredadores y la salida masiva de los conejos del cercado.
Como podrán imaginar el inconveniente de este método es su alto coste económico tanto por la creación como el mantenimiento a medio plazo del cercado: revisiones, puntos de alimentación suplementaria, entramado periódico de madrigueras, vacunaciones o desparasitaciones, etc.
El objetivo de este método es crear “una madre” o núcleo de alta densidad en el cercado y sus alrededores, de tal forma que haya un número de conejos lo suficientemente grande para ir superando los periódicos brotes de enfermedad y que se vayan potenciando mecanismos de inmunidad natural a la enfermedad en los conejos. A partir de esta zona se podría ir extendiendo el lagomorfo por nuestro coto.
La recuperación del conejo por la mano del hombre es hoy por hoy muy difícil y las soluciones deben plantearse de manera específica según las características concretas del hábitat y de las poblaciones de nuestro coto. No hay recetas generales, cada coto puede tener una problemática distinta y las actuaciones también deben ser distintas.
Paciencia y determinación
Antes de entrar en el tema, decir que son tres las principales armas que se deben esgrimir a la hora de intentar recuperar una población de conejos. En primer lugar contar con un buen asesoramiento. En segundo lugar, tener constancia para ejecutar adecuada y escrupulosamente todos los puntos del plan de gestión durante todo el tiempo que sea necesario. Y en tercer lugar, paciencia para aceptar sin desánimo los más que posibles altibajos poblacionales mientras estamos tratando de recuperar el conejo, y que son algo inherente a la especie. Bien pertrechados con estas tres armas, es posible que obtengamos algún éxito.
El problema que se nos plantea en esta ocasión es qué se puede hacer para intentar recuperar, o al menos incrementar, una población teórica de conejos que al parecer ha sufrido un brutal descenso de su densidad desde la aparición de la enfermedad hemorrágica.
Se deduce que todavía queda una población de conejos en el coto que, aunque escasa en densidad y distribución, merece la pena intentar fomentarla sin recurrir a la introducción de ejemplares. Así pues, vamos a descartar la realización de cualquier refuerzo poblacional y nos vamos a centrar en recuperar la población a partir de los ejemplares autóctonos existentes en el coto.
Ello puede implicar la necesidad de más tiempo para que la población se recupere –si es que las condiciones son propicias–, aunque también es verdad que no estamos muy seguros de que los refuerzos poblacionales impliquen siempre una ganancia de tiempo. No obstante, de lo que sí estamos seguros es que recuperar una población a partir de los ejemplares autóctonos tiene más mérito que con la ayuda de refuerzos poblacionales, así que definitivamente... ¡nada de soltar conejos!, al menos en este caso.
¿Estamos en un área favorable?
Un punto muy importante, y que no se especifica en los planteamientos de este ejemplo de gestión, es si el coto se localiza en un área bioclimáticamente favorable para el conejo después de la enfermedad hemorrágica.
La biología del conejo –al igual que la de todas las especies– está determinada en gran medida por las condiciones climáticas. Después de la entrada y perpetuación de la enfermedad hemorrágica en las poblaciones de conejo silvestre, mal que nos pese, hay que admitir que ahora existen zonas bioclimáticas en las que antes de la enfermedad hemorrágica podía haber poblaciones más o menos “boyantes” de conejos, pero que en la actualidad y en presencia de la enfermedad, eso ya no es posible de ninguna de las maneras, así que los efectos de cualquier manejo tendente a incrementar las poblaciones serán, por lo general, bastante pobres. En este caso, lo lógico, razonable y honesto es dejar a los conejos en paz, obviamente olvidar su aprovechamiento cinegético, y dejar que la naturaleza siga su curso.
Si por el contrario el coto se encuentra en una zona bioclimática en la que existen otras áreas con igual o incluso con diferente estructura del paisaje –diferentes usos del suelo, etc.–, pero en las que existen poblaciones con densidades más altas, entonces puede ser lícito intentar gestionar para fomentar la población. Vamos a imaginar que éste es el caso que nos ocupa, y que en la misma zona bioclimática existen áreas con abundancias de conejo notablemente más altas.
Previsión de gastos
Antes de iniciar cualquier gestión y meterse en harina sin ningún tipo de previsión, un punto muy importante que agradecerá nuestro bolsillo y el de todos los socios del coto es hacer una previsión de gastos a largo plazo, digamos no menos de cinco años, el tiempo mínimo que creo necesario para establecer que una población tiene una franca recuperación, y desde luego prever los gastos que será necesario cubrir para mantener el esfuerzo de gestión durante todo el tiempo que pretendamos mantener esa población a densidades más elevadas.
Con estas previsiones, si no disponemos de los suficientes recursos económicos o logísticos para mantener este esfuerzo de gestión durante el tiempo que sea necesario, mejor será olvidarse del tema, puesto que además de malgastar dinero y recursos humanos, es posible que en algunas ocasiones podamos estar haciendo más perjuicio que beneficio. La mayoría de los planes de gestión no tienen previsiones más allá de uno a tres años, y eso no vale para mucho, o como he dicho, incluso para empeorar la situación en algunas ocasiones.
Madrigueras y refugios
Centrándonos ya en la propia gestión del coto, parece claro que el hábitat no es el más adecuado para la especie. La existencia de suelo duro obviamente es un grave problema. Posiblemente las conejas tengan que criar predominantemente en gazaperas superficiales, y no en el interior de grandes y complejas madrigueras. Sabiendo que en el coto, además de zorros, hay jabalís, la mortalidad de los gazapos por depredación en gazapera posiblemente sea más elevada de lo deseable para las actuales condiciones en las que además de la depredación y la mixomatosis, ahora incide también la enfermedad hemorrágica.
Un control eficaz y selectivo de las poblaciones de ambas especies podría paliar parcialmente esta situación, pero desde luego lo más eficaz será proporcionar a los conejos los elementos necesarios para que sean ellos mismos los que se procuren un refugio adecuado. Es decir, dotar al coto de madrigueras y refugios artificiales y promover la construcción de madrigueras naturales en aquellos puntos que sean adecuados para tal fin. El cómo construir estas madrigueras o refugios lo pasaremos por alto, puesto que ya hay abundante información al respecto, y podríamos llenar varias páginas comentando este aspecto.
Parcelas de alimentación
El segundo y último punto es corregir una estructura del paisaje algo deficitaria desde el punto de vista del conejo. Esta especie expresa sus máximas densidades en aquellas áreas en las que optimizan el uso de las zonas de refugio y alimentación. Esto no es nada nuevo, y seguramente todos los lectores anticiparán que el manejo más adecuado es el clareo selectivo de la zona de matorral, creando parcelas libres de matorral, y de tamaño y distribución adecuadas para que los conejos puedan optimizar al máximo su uso como áreas de alimentación.
Tampoco entraré al detalle en esto, puesto que hay mucha información al respecto de cómo deben ser y cómo se deben distribuir estas parcelas de alimentación –a ser posible sincronizadas con los campos de cultivo ya existentes–, pero sí que insistiré en que estas parcelas deben ser cultivadas, y en su mayoría con cereal de secano.
Estas parcelas de cereal se deben mantener con el correspondiente laboreo y siembra anual –continua o año y vez–, dependiendo de las características del terreno, pero desde luego nada de sembrar el primer año y olvidarse.
Un complemento excelente a estas parcelas de cereal será la implantación intercalada, y en mucho menor número, de pequeñas parcelas sembradas con leguminosas u otras especies perennes de porte herbáceo. Insistimos en la importancia de las siembras de cereal renovadas anualmente, puesto que en nuestra opinión, la realización de simples desbroces de matorral para permitir que crezcan pastos naturales, o incluso la siembra de estas parcelas con la intención de crear praderas permanentes, son menos eficaces para favorecer la recuperación de la especie. Se trata, en fin, de reproducir la estructura de los agrosistemas en los que sabemos se alcanzan las mejores condiciones para esta especie, tanto por motivos de productividad de la especie como por motivos epidemiológicos.
Para finalizar, un jarro de agua fría para los muy optimistas. Si la mejora del hábitat es realmente sustancial y conseguimos un hábitat con las condiciones ideales para que la especie prolifere, podría esperarse que en los primeros años, mientras la población de conejos cambia su dinámica poblacional –adaptándose a las nuevas posibilidades del entorno– y cambia también el equilibrio que mantenía con el virus de la enfermedad hemorrágica, sufra brotes más o menos fuertes por esta enfermedad, y aparentemente los resultados obtenidos no sean muy buenos o ¡inexistentes! Pero sólo sería una situación transitoria y finalmente la población de conejos debería tener un incremento considerable pasado un tiempo que, por ahora, es difícil de anticipar.
No obstante, si la mejora del hábitat se hace a medias, y sólo se consigue pasar de un hábitat malo a uno menos malo o mediocre –como bien podría suceder en el ejemplo propuesto aquí si no se hacen bien las cosas–, es posible que no consigamos incrementar la población de conejos, sino que por el contrario, alteraremos la dinámica de la epidemiología de la enfermedad hemorrágica, incrementaremos su impacto sobre la población, y a la larga es posible que tengamos los mismos o incluso algunos conejos menos que antes, y una población que sufrirá mayores variaciones interanuales en su densidad como consecuencia de brotes de enfermedad hemorrágica más o menos severos.
Como se suele decir en otras muchas situaciones, o las cosas se hacen bien, o mejor no se hacen.