Última actualización 01/05/2006@00:00:00 GMT+1
La Comisión de Agricultura del Congreso, a propuesta del Grupo Parlamentario Popular, ha aprobado una proposición no de ley para que, en una futura ley de desarrollo rural, se reconozca que “la actividad cinegética es capaz de contribuir al desarrollo de la economía del medio rural y de su población”.
Reconocer a estas alturas que la caza es un motor de desarrollo rural es casi como expresar institucionalmente, después de sesudos debates, que la vivienda está por las nubes. Y sin embargo, uno no para de dar saltos de alegría.
Esto demuestra que los cazadores nos sentimos tan cuestionados por la sociedad y tan abandonados por nuestros políticos que –Teófilo, no te des por aludido–, en cuanto nos dan un caramelo, lo celebramos por todo lo alto.
Aunque ciertamente la aprobación de esa proposición no de ley es sumamente importante. Si en una futura ley de desarrollo rural, que el campo español necesita con urgencia, la caza adquiere la categoría de subsector primario y se reconoce su importancia para la economía rural y sus gentes, tendrá por fin un contundente respaldo legal que siempre le ha faltado
La caza, legalmente, siempre ha estado en tierra de nadie. Y siempre supeditada al medio ambiente, a la agricultura y a la ganadería. Del Instituto para la Conservación de la Naturaleza (ICONA) pasa, con el estado de las autonomías, a las consejerías de medio ambiente, donde ha sido poco a poco cuestionada, arrinconada y recortada. Muchos nos preguntamos qué hubiese sido de la caza de haber pasado a las consejerías de agricultura precisamente como otra actividad agraria, desde luego con sus peculiaridades y siendo compatible con la conservación, pero reconocida y amparada como lo está la agricultura y la ganadería.
Está claro que la caza seguirá padeciendo ese rechazo social por parte de esa mayoriataria sociedad urbana que la desconoce, o la conoce mal por culpa de unos medios de comunicación que sólo airean los tópicos de siempre o sencillamente la caricaturizan con esa mezcla de incomprensión y odio, pero ese reconocimiento legal servirá de escudo protector.
De todas formas, se reconozca o no oficialmente, la caza seguirá siendo de facto un poderoso motor de desarrollo rural. Por mucho que se empeñen en silenciarnos, en criticarnos, los cazadores seguiremos siendo los únicos que, de octubre a enero, llueva o diluvie, granice o hiele, seguiremos visitando los pueblos y los campos más apartados e inhóspitos de nuestra geografía; alquilando terrenos a sus propietarios locales a precio de oro; ocupando sus hotelitos y casas rurales; degustando sus comidas caseras; tomando café en su bares; repostando en sus gasolineras; comprando sus productos más genuinos; contratando rehalas, guardas, secretarios, ojeadores... Y todo por cazar unas pocas horas a la semana.
Así que, si la caza desaparece, ¿qué turistas rurales se van a dejar caer por estos andurriales en sus duros inviernos y quiénes van a pagar tanto dinero por el alquiler de unas tierras que muy pronto, cuando se cierre el grifo de la PAC, tendrán muy poca rentabilidad?