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Ojeo a la investigación

Última actualización 01/05/2006@00:00:00 GMT+1
Tres investigaciones científicas demuestran evidentes diferencias entre las perdices rojas salvajes y las de granja. Por ejemplo, las vísceras de las criadas en cautividad son más pequeñas y distinta su carga parasitaria. Por ello, las de granja estarían menos preparadas para sobrevivir en el campo, donde podrían introducir también nuevos parásitos.
Muchos son los problemas que acucian a nuestras patirrojas, alguno de ellos hasta con nombre y apellidos. Algunos de los que las defienden a capa y espada, considerándose los salvadores de la especie, son quienes más daño le están haciendo. A lo mejor es por falta de información, pero para eso están los estudios científicos, validados por los expertos de la materia.

A nadie, que sepa algo de nuestras perdices, le cabe la duda de que una de las principales causas de su declive es la intensificación de las labores agrícolas, con todas las consecuencias que ésta ha acarreado: cereales de ciclo corto, fitosanitarios, eliminación de barbechos, etcétera. Pero también le han salido, además, unas competidoras que nada tienen que ver con ellas, que las van desplazando de las perchas de la mayor parte de los cazadores.

Aparte de las diferencias genéticas que puedan existir, con su problemática asociada, debidas a criadores desalmados a los que poco o nada les interesan nuestras bravas perdices rojas, tenemos otras diferencias entre las del campo y las criadas en granja. Estas diferencias vienen dadas por el propio método de cría y la alimentación que se les aporta.

En tres interesantes trabajos, firmados por Javier Millán, Christian Gortázar y Rafael Villafuerte, se analizan las diferencias encontradas entre las perdices “de bote” y las de toda la vida.

En el primero de ellos, publicado en Poultry Science 80: 972-975; 2001, se comparan los pesos relativos del corazón, bazo, páncreas e hígado y las longitudes relativas del intestino delgado y del ciego.

Para ello se necropsiaron 40 perdices salvajes cazadas en zonas en las que no se había repoblado nunca y otras 40, de la misma edad que las anteriores, criadas en granja. Los resultados obtenidos revelan diferencias significativas: las perdices criadas en granja tenían sus vísceras más ligeras.

En el caso del corazón, un 17 por ciento; un 78 por ciento para el bazo y un 29 por ciento para el hígado. Así mismo, las criadas en cautividad tenían el intestino delgado y el ciego más cortos, un 15 por ciento el intestino y un 20 por ciento el ciego. Es muy probable, según apuntan otros estudios, que estas diferencias sean debidas a la alimentación que reciben las perdices de granja, pobre en fibra y altamente energética, todo lo contrario a lo que se encuentran las que se tienen que buscar la vida por nuestros campos. Por ello, las perdices criadas en cautividad tienen reducida su capacidad para evitar a los depredadores, una menor resistencia a las enfermedades y una mayor dificultad para aprovechar la alimentación natural. El menor peso de sus vísceras, por tanto, coloca a las perdices de granja en clara desventaja con las salvajes, lo que es un punto a favor de éstas últimas.

Distintas parasitaciones
Peores consecuencias, para las patirrojas auténticas, tienen los resultados de otros dos estudios del mismo equipo que revelan que existen diferencias en los parásitos externos e internos entre los dos tipos de perdices. Estos resultados se han publicado, respectivamente, en el Journal of Wildlife Management 68(3): 701-707; 2004 y en Parasitology Research 93(1): 79-85; 2004.

En el primero se comparan los parásitos internos de más de cien perdices de campo y otras tantas de granja.

De las 14 especies diferentes de parásitos encontradas –6 en las de granja y 9 en las de campo– sólo hubo una que compartieran ambas. Coincidencias de la vida, en varias de las perdices de granja apareció una especie de parásito no descrita en la perdiz roja, pero sí en la griega y chukar. Por ello, las perdices de granja liberadas al medio pueden introducir parásitos nuevos en las especies salvajes, planteando un riesgo más para las maltrechas perdices de campo.

Para el caso de los parásitos externos, publicado en el segundo de los artículos, se obtuvieron curiosos resultados. Se encontraron una mayor cantidad de perdices con ectoparásitos entre las salvajes que entre las de granja. Por lo que las perdices de granja no parecen ser una fuente de nuevos ectoparásitos para las del campo. En cambio, al ser liberadas, entran en contacto con estos parásitos que pueden hacer disminuir su supervivencia tras la suelta.

A la vista de estos estudios, queda claro que en lo único que se parecen las “de bote” a las de verdad es en las plumas, siempre que no sean híbridos o cruces raros.

Las perdices de granja deben de existir y en el actual panorama cinegético son indispensables. Pero, si no queremos acabar definitivamente con las pocas salvajes que nos quedan, hay que empezar a controlar, de verdad, todo lo que se suelta al campo. No es complicado, existen los mecanismos para ello, lo único que hace falta es un poco de voluntad y de buen hacer por parte de todos –criadores, administración, gestores y cazadores– para que no sea demasiado tarde cuando se empiecen a tomar medidas.
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