Última actualización 01/06/2006@00:00:00 GMT+1
Tengo muy buenos recuerdos de mis salidas de caza a tierras salmantinas; allí abundaban los conejos, especie que no tenía en mi pueblo de la montaña palentina. Además, había más perdices, liebres y torcaces, no siendo raro ver algún sisón, e incluso alguna avutarda y alguna otra “cosa” que más adelante contaré.
Este relato corresponde a una de esas afortunadas salidas que, junto con mis amigos Carlos, Javier y Miguel hice a tierras charras en el mes de noviembre de 1957.
A las cinco de la mañana ya estábamos cargando los pertrechos de caza en el coche. El Ron y la Tula viajaban en el maletero, al que saltaban inmediatamente al recibir la orden. Resulta curioso observar cómo a nuestros fieles perros nos les importa realizar cualquier sacrificio para salir de caza; la afición hace superar cualquier dificultad y sin duda en esto son iguales que nosotros.
Teníamos tres horas largas de viaje, pero se nos pasaban en un santiamén. Las de ida, con la ilusión de vivir una nueva jornada cinegética, y las de vuelta comentando los lances y tantas cosas que ocurren durante un día de caza.
Como otras veces, paramos a desayunar en Ciudad Rodrigo; unos huevos con el excelente chorizo de la tierra nos proporcionaban la energía suficiente para bregar por laderas pobladas de piornos... o por donde hiciese falta.
Cuando salimos de desayunar, ya comenzaba a clarear el día. El cielo estaba totalmente despejado y la escarcha hacía blanquear todo lo que había quedado al relente, lo que presagiaba un buen día para ir tras nuestras queridas perdices.
En poco más de media hora estábamos en el cazadero. La zona tenía extensas rastrojeras, algunas de ellas ya aradas y pequeñas lomas, o tesos, como allí les llaman, poblados de piornos y encinas.
La estrategia consistía en abrirnos en mano por las tierras que daban a la solana, ya que era donde a primera hora salían las perdices a comer, y no solían faltar conejos, o liebres, que se quedaban encamados esperando los primeros rayos de sol.
Siempre he pensado que para cazar en mano el número ideal es de cuatro cazadores. Un número mayor ya resulta multitud. Sin embargo entre cuatro escopetas que se entiendan tan bien como nosotros, se puede batir adecuadamente y de manera ordenada el terreno, e incluso en determinados momentos permite hacer pequeños ganchos, tan útiles esos días en los que las perdices se muestran muy esquivas y se levantan siempre fuera de tiro.
Llevaríamos unas dos horas cazando y sólo habíamos hecho pelo –cinco conejos y dos liebres– ya que aunque levantamos perdices, éstas salían demasiado largas. Se notaba que comían los brotes del trigo, lo que parece que las proporciona una gran energía, ya que ni la helada las había entumecido.
Calculamos que llevaríamos delante más de cincuenta, algunas de las cuales habían volado en más de una ocasión, por lo que sin duda no tardarían en “azorrar” y salir a tiro.
Una curiosidad de las perdices de esa zona era la costumbre que tenían de subirse a las encinas. Algunas veces comentábamos este hecho con otros cazadores y no daban mucho crédito a nuestras palabras, ya que efectivamente, en mi pueblo, nunca me ha salido una perdiz de un roble, pero allí, ¡vaya si lo hacían!
La primera anécdota de ese día de caza la proporcionó un bastardo, que como si fuese una cobra, se puso casi vertical a dos metros delante de mí emitiendo un extraño siseo. El susto fue de órdago, aunque instintivamente le acerté con un disparo. Hoy quizás no habría reaccionado así porque, además, estas culebras están protegidas, son inofensivas y aunque los ofidios no me sean nada simpáticos, seguro que hacen su función en el campo.
Realmente era impresionante. Habíamos visto culebras bastardas en otras ocasiones, pero no tan grandes como aquélla, que tenía más de dos metros de larga. Decidí quitarle la piel, para conservar algo de un espécimen tan curioso, y de esta manera poder dar fe de su gran tamaño.
No sin cierta reticencia, Miguel colaboró en el desuello y al presionar sobre un bulto que tenía en su barriga, pudimos comprobar, como ya imaginábamos, que se trataba de un conejo adulto que la culebra se había tragado entero, lo que da una idea del tamaño del reptil.
Ya de regreso, al comentar en una cantina en la que paramos el asunto del bastardo, nos preguntaron si habíamos guardado la carne, ya que según decían, era excelente. Carlos y Javier, que eran los más escrupulosos del grupo, dejaron en la mesa los bocadillos que estaban comiendo; sólo pensar que alguien se pueda comer un bastardo, les cortó el apetito. En esto, como en tantas cosas de la vida, lo que para unos resulta lo más normal del mundo, a otros se nos antoja una aberración.
Aquella fue una de esas jornadas de caza, en las que todo sale bien. Era mediodía, y tras varias manos bien llevadas, habíamos conseguido meter bastante perdiz en los “mataderos”. Sin duda, el sol nos ayudó bastante, ya que los pájaros se cansan antes y aguantan la postura de los perros.
Con los bandos desperdigados y metidos en las laderas de piornos, cazábamos muy despacio, dejando trabajar al Ron y la Tula.
Un lance inolvidable ocurrió cuando el Ron se quedó de postura con la cabeza alta, llegando la Tula que se quedó de muestra a patrón. Hice señas a mis compañeros para que se acercasen. Los perros comenzaron a andar muy despacio, sin perder la muestra, y al asomarnos a un pequeño vallejo, levantaron unas doce perdices de las que nos quedamos con cinco.
En otra asomada, Carlos disparó a un sisón que salió bastante largo y lo dejó alicorto; los perros acudieron al tiro, pero no se habían percatado de la caída de la pieza, a la que yo veía correr a unos cien metros de donde nos encontrábamos. Sujeté la cabeza del Ron con las manos, dirigiendo su vista hacia donde el sisón corría; cuando el perro comenzó a tirar, le solté y salió como un pura sangre tras la pieza que se alejaba. Fue todo un espectáculo, y hasta aplaudimos cuando el Ron cogió el sisón, que nos trajo orgulloso desde tan larga distancia.
Cuando paramos a comer en una fuente, habíamos cobrado catorce perdices, el sisón y cuatro conejos más.
Después de comer decidimos dar una mano a una zona de altos piornos, donde habían volado algunas perdices, y tuvimos otra agradable anécdota de la jornada.
Coronábamos un alto cuando pude ver a lo lejos unas grandes aves que volaban en nuestra dirección. Me parecieron avutardas, por lo que retrocediendo avisé a mis amigos, para que hiciesen lo mismo. Cambiamos los cartuchos por los de perdigón más gordo que llevábamos y nos pusimos en línea ocultados por los piornos. Efectivamente se trataba de cinco avutardas que, confiadas, volaban a baja altura, rectas hacia nuestra posición. Nos entraron por nuestra derecha, por lo que sólo pudimos tirar Miguel y yo. Aunque disparamos cuatro tiros, pareció que sólo habíamos hecho dos, ya que coincidimos al tirar a las dos avutardas que conseguimos abatir.
Se trataba de nuestras dos primeras piezas de esta especie, y todos quedamos admirados de la grandiosidad de estas aves. Estuvimos un buen rato contemplándolas, ya que su tamaño y belleza son dignos de admirar. Más tarde nos enteramos que eran dos machos, prácticamente iguales, que dieron en la báscula catorce kilos cada uno.
Con el lance de las avutardas, Miguel y yo decidimos terminar la jornada de caza e ir hacia el coche. Estábamos más que satisfechos con lo que el día nos había deparado y por otra parte, con semejantes piezas al hombro, era imposible seguir cazando. Carlos y Javier decidieron ir dando un rodeo al teso más alto de la zona.
Cuando llegaron al lugar donde teníamos aparcado el coche, habían cobrado otras tres perdices.
Hicimos el recuento final de piezas de la extraordinaria jornada: diecisiete perdices, dos liebres, nueve conejos, un sisón y dos avutardas. Sin duda un día de caza para recordar y contar, por lo que me he permitido compartirlo con los que lo lean, esperando que se entusiasmen como yo lo hago al recordarlo. Una de las buenas cualidades que tenemos los cazadores es ese entusiasmo que nos invade cuando algo nos recuerda nuestra afición, y que es capaz de hacernos superar cualquier cosa, con tal de ir al monte con la escopeta.
Ahora son tantas las restricciones y normativas que nos imponen que francamente no cazamos con ese sentido de libertad que antes disfrutábamos. Menos mal que la caza mayor está prosperando, por lo menos en cuanto a abundancia de piezas, ya que en aquellos años, en las zonas en las que acostumbrábamos a cazar, no había tantas como ahora.