Ojeo a la investigación
Última actualización 01/06/2006@00:00:00 GMT+1
Ese creciente interés por la cuerna más grande está poniendo de moda la importación de grandes venados centroeuropeos. Pero esta práctica puede tener consecuencias no deseables. Por un lado, nuestros venados autóctonos se hibridan, y por otro, esos ejemplares pueden perecer por no estar adaptados a las enfermedades y parásitos de nuestros montes, como le pasó al venado de esta
historia.
Entre las medidas de gestión que actualmente se vienen llevando a cabo para la obtención de los mejores trofeos de ciervo y corzo, hay una que puede traer graves consecuencias para el medio.
Ya no es suficiente con vallar las fincas ni con dar la mejor alimentación a las reses. Los que no saben –o no quieren– conseguir todos los puntos que nuestro ciervo ibérico puede dar, están recurriendo al camino fácil. Que más da que berreen en húngaro si lo único que cuenta son sus cuernas, que parecen chaparros.
Esta práctica, cada vez más extendida, de trasladar ciervos, corzos y demás ungulados desde Centroeuropa hasta nuestras sierras para “mejorar” la sangre de nuestros cérvidos, puede traer graves consecuencias asociadas. Aparte de la contaminación genética, que se puede producir al cruzarse con sus parientes ibéricos, existen unos graves riesgos sanitarios difíciles de predecir.
Los animales trasladados pueden transportar nuevas enfermedades al medio donde van destinados. Ese movimiento de patógenos puede tener importantes efectos en la fauna salvaje, la agricultura o la salud pública, que deben de ser siempre considerados.
También puede darse el caso de que los animales trasladados encuentren enfermedades nuevas para ellos a su llegada al destino. Son enfermedades frente a las cuales normalmente carecen de defensas, ni genéticas ni adquiridas.
El trabajo que nos ocupa, publicado en Veterinary Parasitology (126: 387-395; 2004), por U. Höfle, J. Vicente, D. Nagore, A. Hurtado, A. Peña, J. de la Fuente y C. Gortázar, es un curioso ejemplo de lo que puede suceder en este último caso.
Con el fin de “mejorar” la sangre, alguien importó un ciervo de Alemania con unos atributos bastante respetables: más de 20 puntas a sus cuatro años. El pobre animalito, de repente, se encontró en medio de los Montes de Toledo soportando la severa canícula manchega. Por si esto fuera poco, un par de patógenos casi inofensivos para nuestros venados se ocuparon de actuar en favor de lo ibérico. En la mitad de sus glóbulos rojos se encontraron Theilerias –un parásito sanguíneo transmitido por garrapatas–, que le provocaron una fuerte anemia. Estas Theilerias son consideradas poco patógenas y se presentan de manera endémica en nuestras especies ganaderas y también en los ciervos y corzos autóctonos. Además, al examinar el hígado del desdichado animal se vieron en sus conductos una gran cantidad de nematodos de la especie Elaeophora elaphi. Estos parásitos, endémicos de la Península Ibérica, se suelen encontrar en bajo número en el ciervo ibérico, lo que sugiere una larga adaptación entre el parásito y el hospedador, no provocando síntomas clínicos. En este caso la elevada parasitación –más de cien “gusanos”– produjo trombos y lesionó las venas del hígado. Esto, sumado a la anemia y a las elevadas temperaturas, produjo la muerte de este súper venado.
Este caso ilustra perfectamente cómo, en los traslados de animales, hay que tener muy en cuenta no sólo la posibilidad de introducir nuevos patógenos con el individuo trasladado, sino la exposición a patógenos nuevos, a los cuáles el huésped muchas veces no se puede adaptar.
¿Hasta dónde vamos a llegar? ¿Cuándo nos vamos a dar cuenta de que nuestros ciervos o corzos son los que son y que no pueden ni tienen que competir con los centroeuropeos? Los cazadores somos unos de los principales responsables de la protección de nuestra variada fauna ibérica, resultante de una larga evolución durante la cual se ha visto modelada por las fuerzas naturales. Por lo tanto, debemos tratar de conservar por todos los medios este patrimonio, para que no ocurra como con algunas de nuestras razas ganaderas autóctonas, desaparecidas en favor de otras extranjeras con carnes más prietas o ubres más grandes.