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Caza menor Durante el mes de febrero, los palomeros extremeños buscan las últimas torcaces de la temporada

Última actualización 01/06/2006@00:00:00 GMT+1
Cazadores y palomas se dejan la vista entre sierras y dehesas. El palomero juega sus cartas todos los inviernos: echa el órdago para quedarse con ésta o aquella finca, se saca de la manga esos cimbeles del aire que cuidó con tanto esmero y, en cada amanecer, reza porque la mano de torcaces le venga buena. Ahí comienza el juego de la caza de palomas.
Extremadura ha sido esta temporada el país de las torcaces. Llegaron puntuales en cantidades menores que años anteriores hasta que su número se incrementó a principios de diciembre. Dejaron Portugal de lado para quedarse en las dehesas hasta bien entrado marzo. Aun así, cualquier palomero dirá que no ha tenido un buen año de palomas. No es una paradoja sino una página de interés para el capítulo de la etología de estas aves. Los latigazos de la gripe aviaria y el hecho aislado de que apareciesen en los campos más palomas muertas que otros inviernos nos lleva a un punto de inflexión que hace pensar con incertidumbre en temporadas venideras. Los que viven la fiebre azul lo saben, pero aún se preguntan las razones de unas perchas tan exiguas bajo unos cielos que veían ennegrecer.

La paloma torcaz retorna a sus lugares de invernada con una relativa confianza y el lógico desgaste físico. Sin embargo, a medida que pasan los días, las torcaces se vuelven ariscas y en sus desplazamientos se acercan a la troposfera. Cada vez más escopetas en la calle, sin perdices ni conejos, al albur de un palomazo. Los cohetes son una realidad fuera de la ley, pero conveniente para las explotaciones de porcino y otras. Además, son el mejor de los males que las palomas se encuentran en nuestros campos. Las aves llegan a tolerarlos y, cuando no, los sortean para arrimarse a otros predios más sosegados. Otros cantares son las molestias innecesarias, fruto de la sinrazón de algunos desvergonzados que todos los años se repite.

Cae la tarde, el revuelo de las palomas se silencia cuando apenas queda luz y entonces el campo se queda mudo después del barahúnda. Los árboles, cargados hasta las trancas de un pedazo del invierno. A la mañana siguiente, uno espera la salida de las aves, majestuosa e impredecible, pero sólo atisba el rezumar de un estallido de testarazos y aletadas que en plena noche reventó el dormidero.

Estos destrozos se hacen para lucrarse con la venta de los pájaros muertos o para forzar el cambio de dormidero y mover las torcaces a otros cazaderos. Más escopetas y poca vigilancia de los dormideros, entre otros factores, para que el corrillo de cazadores lo resuma en “qué raras que están estas palomas”.

En los primeros días de noviembre, el grueso de la paloma que llega a Extremadura se emplaza en áreas concretas donde fija un dormidero y desde el cual se mueve en busca de comida. Al principio, los regresos al dormidero son tempranos y se pueden ver los cordones y bandos entrando a partir de las tres de la tarde. A medida que las torcaces aumentan su desplazamiento durante las mañanas también se retrasa la hora de llegada a los enclaves de dormida.

Desde los últimos días del año en adelante, es frecuente ver la llegada masiva de aves luego de ponerse el sol. Algún dormidero ha sido sometido a un cambio de especie forestal y esto ha motivado variaciones en los flujos y en la cantidad de palomas torcaces que se mantiene asentada en una zona determinada.

Los días caminan a paso ligero. El palomero pregunta por doquier y espera que alguna jornada peguen en lo suyo. El primer apellido de los palomeros es “paciencia”; el segundo, “reiteración”. Hay que esperar sin ahogo y volver al cazadero una y otra vez, una jornada tras otra; así dicen los que saben que se matan palomas. Esta caza es como es porque juega con ganado libre de fronteras y crianzas, y el palomero se acuesta cada noche soñando que mañana le venga esa mano de torcaces bien dada.

Sábado, 4 de febrero
Las dehesas de Torrejón el Rubio y Monroy, entre los ríos Tajo y Almonte, son familiares para cualquiera que lleve unos lustros en estas cazas. Mares de encinas se extienden allá donde lances la mirada. A dos pasos, el que dicen ya Parque Nacional de Monfragüe. Desde una de sus puertas y balconada, la Valero sin adjetivos y de la que se podrían escribir tantas líneas, se adivinaban los bandos de palomas en la primera semana del mes recogiéndose al dormidero. Un goteo constante al caer la tarde, promesa de lances para el fin de semana, motivó que abriésemos ese mismo sábado la caja de ilusiones en compañía de Santiago Cantero.

Nos colocamos en una lomita arropada de encinas con la esperanza de acertar con el paso de las torcaces. La mañana venía limpia y el cazador escudriñaba en la distancia algún movimiento.
– El miércoles volaban de toda esta zona en esa dirección –y le señalaba el perdedero que tomaron ese día.
– Pues no se ve una –me replicaba Santiago.
– Paciencia, ya vendrán.


Mientras colocábamos el aguardo, Santiago hacía memoria y el balance de estos años atrás rayaba la desilusión. Salvando unos días de enero de 2003, cuando las torcaces se metieron en esta zona antes de enfilar hacia Pirineos, los meses de palomeo en estos pagos han sido discretos. El palomazo es impredecible y no se puede jugar sobre seguro. A pesar de lo que se ha visto en los últimos años, durante el invierno que viene pueden azulear estas dehesas de cabo a rabo. Aquí salen dos palos: el que la persigue, la consigue y ese otro de que el que espera, desespera. A saber.

Algún bando se mueve en la distancia buscando el comedero. Por momentos, las escopetas traquetean en los alrededores. Una collera de palomas se acerca a nuestra postura. Santiago hace el amago, pero no dispara por la altura. Hacer lo contrario es castigar el campo, le digo, y ese es uno de los males que tiene la paloma de invierno. El plomo gordo, la munición de altos alcances y la falta de medida favorecen el trasiego de las aves y entorpecen su asentamiento.

Cuando la abundancia de pájaros escasea, la memoria se hace palabra en la boca del cazador. Santiago recuerda las jornadas mano a mano con su hermano José Luis entre jarales y brezales de la Sierra de San Pedro. “Aquellos eran otros tiempos”, me dice. Había menos escopetas tras las palomas y los precios que movía esta caza entraban dentro de lo razonable. Uno podía quedarse con una finca con la tranquilidad de renovarla en sucesivas temporadas. Ahora se guerrea con los arrendamientos porque hay legiones de escopetas que buscan la querencia. Una querencia que se malogra con la tajada de dormideros tradicionales.
– Me comentan que no ha vuelto a ser lo mismo desde que cortaron aquello –afirma Santiago.
– Y tanto –le replico–. Ahora se mantienen menos tiempo en la zona porque no encuentran la seguridad que buscaban antes. Otra cosa es que con el tiempo se asiente un nuevo dormidero.

A media mañana, un palomeo discontinuo se mueve por la ribera que tenemos a los pies y Santiago confía en acariciar algún lance. Hacemos boca con alguna vianda mientras pasan los minutos y esas palomas lejanas que foguea algún lindero sin mucho éxito. Conforme avanza el día, el cazador desespera y sobre el tapete de naipes hay una baza a la que no se puede hacer frente: no hay palomas. Otra cosa sería si jugásemos con el comodín de la sierra.

Domingo, 12 de febrero
Muchos palomeros que se arriman a Extremadura cada invierno juegan a dos bazas. Por un lado, las dehesas que vierten sus riberos al Tajo y, bajo la manga, el comodín de la Sierra de San Pedro y su entorno, que goza de mayor diversidad para la caza de estas aves con sus collados, vaguadas, cuerdas y amplios campos adehesados. De esta manera, o viceversa, los palomeros se garantizan en sus idas y venidas al cazadero un buen días de torcaces. En una zona u otra habrán de estar más o menos tiempo las palomas del norte. Quedan los montados portugueses que, dependiendo fundamentalmente de la producción de bellotas de alcornoque, albergarán más o menos bandos durante la invernada. No obstante, aun en años de mucha producción lusa, San Pedro guarda un manojo bien nutrido de palomas. Un deleite para la vista, antes de nada.

El ojo bermellón de la luna se asoma al amanecer de este día, que despunta calmo y prometedor en una dehesa embutida en mitad de la sierra. José Miguel Arroyo, que sabe, siente, vive y sueña el mundo de las palomas torcaces, acude a la llamada de Fernando Cebrino, guarda que pastorea y pastor que guarda una bonita finca atestada de torcaces días atrás.

Antes de entrar en faena, el amigo Fernando nos ofrece un café para calentar los ánimos mientras relata su particular cruzada contra las palomas. Fernando, que sabe de montaneras un rato largo, agita las manos de una lado a otro para que pudiésemos hacernos a la idea de lo que se le había metido entre las lindes. Los suelos azules, cuenta, levantándole una cosecha que tenía reservada para el ganado de la finca. Así que, sin dejar que su relato se enfríe, nos ponemos en marcha.

José Miguel viene pertrechado con una buena carga de plomo, siete cimbeles y una semiautomática que es la prolongación de sus brazos. Hacemos el aguardo amplio y desenredado para cazador y observador. José Miguel acollera el balancín a una encina y sube el palomo vigía casi a vista de pájaro. El sol despunta por donde no podía ser de otra manera. “Hoy va a hacer calor, ¿eh?”, apunta el cazador. En un verbo, el escenario está montado para lo que haya de venir.

La paloma debe recordar las salvas que recibieron ayer y hoy. Para nuestra desazón, los cielos sólo mueven alguna bandada discreta y un palomeo suelto de baja intensidad. José Miguel afirma que para cobrar palomas en San Pedro hay que salir los sábados, porque los domingos las aves aún sienten el escozor del plomo a su paso y entonces, como manda la ley animal, el pájaro desconfía y vuela más alto para no ser alcanzado.

La grey palomera tiene manuales como pocas familias de la caza y cada uno, a su entender, afronta la jornada como le marque el cuerpo y la experiencia. Mejor sábados que domingos y antes sierras que dehesas. Los cimbeles, mensajeros o buchones, con las patas encintadas para no trabarse en la arboleda, de la misma librea y distinto vuelo, unos fuertes y otros más pausados. La munición de séptima o sexta, según avance el calendario; un perro cobrador siempre que se cace en la sierra; la boquilla del tres para la misma escopeta que hace a pelo y a pluma; el ojo avizor y la puntería fina, aunque éste ya sea otro cantar.

Lanzamos los cimbeles en un par de ocasiones, pero las torcaces se desentienden y siguen su ruta. Pasadas las once se acerca Fernando a pegar la hebra y le hacemos cabida en el escondite, todos a una. Hablamos de las tormentas que vendrán en mayo, de cómo se dará el corcho en verano y de todo un poco para distraer el tedio cuando una ramillete de estorninos enfila hacia nosotros.
– Mira como vienen –avisa Fernando.
– ¿También les alumbras a esos? –inquiere José Miguel en tono burlón.
– ¡Y les doy! –abriendo las manos en cruz, Fernando hace una mueca–. Como vengan de pechuga...

Con el mediodía soleando, recogemos aprisa para probar suerte en otra querencia muy distinta y lejana: un paso de sierra que sabe de palomas.

Hacemos espera a golpe de carrillo y algún trago de vino, porque cuando las torcaces no quieren ya puede uno rezar a todos los mártires del santoral. Nos cruzamos con Antonio Nogales, Miguel Morán y Gregorio Curado, que han resuelto la mañana de mejor manera en un alcornocal de honda estirpe. Ellos han bajado casi la veintena. Mientras José Miguel se muerde los labios por aquello de que uno no sabe nunca cómo acertar, los tres sonríen su tino para la foto de recuerdo. Como decía Fernando: “Este año las palomas están malas”.

Sábado, 25 de febrero
A un día de poner el fin de fiesta de la prórroga cinegética, probamos a echar cartas y darlo todo por una jornada enteriza. En compañía de Antonio Arroyo, hermano de quien ya saben y con el que ha compartido tantos palomazos, volvemos a ese café de primera hora que Fernando nos ameniza con relatos de entre semana. Que si por allí, que si por aquí, que si como pavas, que si se tiran ciegas a la bellota. Asomados a las primeras luces, un nutrido ejército de bandos hace presagiar nuestro golpe de fortuna. Parece que salgamos con la baraja acertada y eso, a estas alturas, alivia los ardores escondidos del cazador de palomas.

Con el aguardo en pie, ni el aviso de lluvias que trae la mañana desempaña la emoción. El concierto de disparos se abre paso y los corros de palomas se agitan hasta donde llega la mirada. En la finca vecina no se andan con miramientos. A cada bando que pasa, hable o no con San Pedro, le lanzan el envite de los plomos. Según Fernando, la llevan unos portugueses que, no cabe otra, tiran con bala o con doble cero y en resumen, tiran por tirar. Lo de traquetear a los bandos, pim pam pum, vaciando la escopeta al azar, no hace sino enturbiar los cielos y los suelos, amén de mucho ruido innecesario. Esto no es juego limpio para cualquier palomero con mayúsculas.

Aunque los seis cimbeles están preparados a nuestros pies, los primeros lances se suceden sin su ayuda. Fernando y Antonio se amagan en el puesto y se levantan al unísono para desempolvar la puntería sobre un bando tras otro. Cuando las palomas entran justas de distancia, pero siempre dentro de lo razonable, Fernando cede el protagonismo al hermano de José Miguel, quien nos deleita con disparos de manual. Le aplaudimos por su buen hacer y quizá porque la percha se va nutriendo de unos palomos exuberantes de últimos de temporada que prometen placeres en la mesa muy singulares.

Cuando repican las once y media, un movimiento grande de palomas se desplaza de norte a sur sobrevolando la caja de la ribera. Desde nuestro balcón, un cerro de encinas con tojos dispersos, asistimos al espectáculo y nos llenamos de palomas en la distancia. Las torcaces parecen moverse utilizando las referencias orográficas de los cauces y esto es una constante que se repite todos los inviernos. En sus desplazamientos desde los dormideros a las zonas de alimentación, las cuerdas de palomas suelen repetir anualmente sus recorridos y hay voladeros que escogen de forma casi prefijada. Fernando dice que esa ribera es visita obligada para las aves, que buscan diminutos guijarros para sus buches. El caso es que nos vemos rodeados por miles de palomas, vengan de donde vengan, y los lances se repiten con mayor o menor acierto. El cronista, que vive la jornada como el que más, hace alguna valoración inoportuna cuando las palomas nos arropan.
– Fernando, que vienen. Déjalas que entren bien, déjalas.
– ¡No, si las tengo bien dejás! –increpa Fernando con razón.

El derecho y al suelo, como debe ser. Porque Fernando es de los que no foguean gratuitamente; él busca el tiro hecho, de pechuga, para no malgastar plomo y espantar a los pájaros más de la cuenta.

El bando de torcaces se rearma tras la detonación y Antonio sonríe porque esa paloma cayó desalada a un paseo del puesto, pero cayó. Fernando sale a cobrarla y ya en el puesto la finiquita de un modo extravagante. Un bocado, sí, tan silencioso como eficaz. Párrafos tiene la caza, pero uno descubre cada día sus renglones más secretos, torcidos o no. Entretanto, Antonio baja unas palomas muertas que quedan en el suelo como estampas del invierno.

La destreza de los hermanos Arroyo es digna de contemplar y quizá venga de cuando su padre, Francisco Arroyo, quebró una torcaz con una bala del calibre veinte. Eso, además de otro relato, es afinar más que la raposa que se cenó una paloma a pocos metros de nuestro aguardo.

La llovizna se presenta a trazos y la percha crece: van dos docenas. Los bandos de torcaces escrutan el campo revolviéndose en las alturas. Los cimbeles salen disparados del puesto y las palomas cobradas colocadas en el suelo hacen que su vuelo sea más creíble. Una vez y otra más. Las carreras tras los reclamos y las piezas abatidas, recomponer el escenario y vuelta a empezar. Cientos de torcaces se derrumban hambrientas a doscientos metros de nuestra plaza. Nos ha caído del cielo el mejor cimbel de todos los posibles. Uno tras otro, los bandos se echan y en veinte minutos tenemos el encinar tapizado. Manojos de escopetas en los alrededores y la suerte del campo nos regala esa imagen a tiro de piedra y algún que otro cobro. Fernando refunfuña y debemos sujetarle para que aguante unos minutos, bellota arriba, bellota abajo, hasta que la estampida se produce y las aves se meten de nuevo en la ribera. Es turno para los cimbeles, para las idas y venidas, para hacer de la puntería un asunto de elegancia y, cumplida la percha, recoger los trebejos hasta nueva ocasión. Sopla un aire aventurero que silba el canto de gana la mano y date con una piedra en las fauces, cazador.

Domingo, 26 de febrero
Volvemos al lugar de autos en compañía de Antonio y José Miguel para dar cerrojazo a la temporada. Los hermanos se apresuran en desplegar puestos y cimbeles en un día que rompe desapacible. La retahíla de bandos repite los movimientos de ayer a una altura muy superior y en los collados de la sierra los saludan sin reparos. Miles de torcaces nos sobrevuelan durante un cuarto de hora.
– Mira ese cordón –me anuncia José Miguel–. Fíjate, van altísimas.
– Como en la sierra no se templen un poco...
– ¡Bah! –y agita la cabeza de lado a lado–, ¿tú crees que se puede tirar a esas palomas?
– Esos tiran con bala. Vaya ganas de hacer ruido.
– Que no, hombre, que no.


Nos hincamos en el puesto cuando se pone a lloviznar, espalda contra espalda, oteando el horizonte. Algunos bandos regresan de los perdederos con intenciones de hacer tierra al tiempo que los hermanos Arroyo lanzan pájaros arriba. Un grupo de torcaces se encela con el envite y empieza a doblar. José Miguel suelta otro palomo y se encoge dentro del aguardo. Las palomas descienden dando grandes lazadas pero desconfían en una de las vueltas, momento que aprovecha el cazador para levantarse y encararse sobre una de ellas. Un disparo extraordinario la para limpiamente. Cuando salimos a rescatar los cimbeles y la torcaz cobrada aún me pregunto cómo ha bajado esa paloma de salida. ¿Un golpe de suerte?
A las doce y media, con el cielo amansado, estos hermanos han escrito un pequeño tratado sobre la maestría del disparo con media docena de torcaces abatidas. Los Arroyo tiran con los dos ojos tan abiertos como quedan los del espectador que atienda a sus lances. Antes de nada, sellamos el compromiso de atestiguar ese modelo de puntería para la temporada que viene, porque esta ya agoniza en los relojes de la caza. Y de regreso, claro, hacemos balance de estos meses y promesas de futuro para ese juego palomero tan serio que nace siempre mirando al cielo.
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