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Gestión

Última actualización 01/06/2006@00:00:00 GMT+1
El actual planteamiento de la caza mayor ha convertido a la gestión de los pastos en una magnífica herramienta para mejorar el funcionamiento de las poblaciones de ungulados y la calidad de sus trofeos. Sin embargo, su interés no termina ahí: también puede ser un potente instrumento para reducir el impacto de las reses sobre la vegetación leñosa, para dirigir hasta cierto punto sus movimientos e, incluso, para contribuir a la conservación de especies amenazadas de flora y fauna. Este artículo pretende resumir los aspectos de la gestión de los pastos que más interés pueden tener para propietarios y gestores de fincas de caza mayor.
Probablemente muchos lectores se pregunten por qué se incluye un artículo sobre pastos en una revista de caza, y tienen motivos para hacerlo. Hasta hace pocas décadas, la caza mayor era una actividad casi marginal: afectaba a un porcentaje relativamente pequeño de nuestro territorio, se realizaba con una intensidad baja, sin excesiva preocupación por la calidad de los trofeos y tenía una trascendencia económica prácticamente insignificante.

Precisamente por ello no había mallas cinegéticas y las escasas reses presentes en nuestros montes podían desplazarse con libertad para buscar los mejores pastos en cada estación.

Como se puede comprender, preocuparse por la gestión de los pastos para la caza mayor en esas circunstancias no era necesario. Sin embargo, en la actualidad la situación ha cambiado mucho: la caza mayor es una actividad que afecta a gran parte de nuestro territorio, que ha adquirido una enorme importancia económica y que, por ello, trata de maximizar no sólo la cantidad de reses sino también la calidad de sus trofeos.

Por otra parte, y como consecuencia de esa situación, han proliferado las vallas perimetrales, que obligan a las fincas a ser autosuficientes en alimento, agua y refugio para sus reses. En esas circunstancias, y también como consecuencia de la creciente preocupación por la calidad del medio natural, la gestión no puede limitarse a contemplar exclusivamente los recursos cinegéticos: es imprescindible pensar que la caza es un recurso natural renovable que debe estar en equilibrio con el resto de los componentes del ecosistema-monte.

Una buena gestión de los pastos herbáceos es un modo de incrementar la capacidad de carga cinegética de un monte y de mejorar la calidad de sus trofeos. Sin embargo, también puede ser una potente herramienta de conservación que, bien utilizada, permite reducir los efectos negativos que la caza mayor provoca sobre bosques y matorrales; que, hasta cierto punto, permite controlar los movimientos y la distribución de las reses dentro de una finca y que, además, puede beneficiar también a la caza menor y a otras especies faunísticas y florísticas amenazadas.

Por ello, a lo largo de este artículo, trataremos de resumir los aspectos de la gestión de los pastos que creemos pueden tener más interés para cazadores y gestores de fincas de caza mayor. Analizaremos las necesidades de las reses, haciendo hincapié en las que resultan de mayor interés para nuestro propósito; describiremos la oferta nutritiva de los distintos tipos de alimentos que las reses de interés cinegético tienen a su disposición y, finalmente, basándonos en todo lo expuesto, expondremos las principales posibilidades de actuación.
¿Qué necesidades alimenticias
tiene la caza mayor?

Como todos los animales, los que son objeto de caza mayor necesitan satisfacer sus requerimientos alimenticios en cantidad y calidad. ¿Qué conviene saber al respecto?
Si nos centramos en la cantidad, es evidente que las reses tienen una capacidad de ingestión limitada por el volumen de su aparato digestivo y por la velocidad de tránsito de los alimentos a través del mismo. Por ello, se puede afirmar que, en general, comen cada día todo lo que pueden: en el caso de los rumiantes –ciervo, gamo, corzo, cabra montés, rebeco, muflón o arrui–, aproximadamente un 2,5 por ciento de su peso en materia seca, sin nada de humedad. No comerán menos porque no van a quedarse con hambre si tienen alimento a su disposición, pero tampoco más, porque no les cabe.

Ahora bien, como es lógico, las reses eligen, seleccionan el alimento para que, con esa limitación de cantidad, cubra eficientemente sus necesidades de calidad. De ese modo, cuando el alimento disponible es de buena calidad, las necesidades son satisfechas en exceso y las reses ganan condición corporal –almacenan grasa–, realizan mejor sus funciones vitales y desarrollan mejores trofeos. Si, por el contrario, el alimento disponible es de baja calidad –por ejemplo, hierba seca o ramón de árboles y arbustos: hojas y tallitos tiernos–, es probable que, aún comiendo todo lo que pueden, ad libitum, no satisfagan sus necesidades y pierdan condición corporal, no puedan realizar adecuadamente sus funciones vitales –crecimiento, celo o lactación, por ejemplo– y desarrollen trofeos de menor valor.

Si nos fijamos en la calidad de los alimentos, los parámetros más importantes son la energía, las materias nitrogenadas –proteína– y los minerales.

Las reses utilizan la energía química que poseen los alimentos para mantener su temperatura corporal, desplazarse, alimentarse o reproducirse. Tanto la energía que poseen los alimentos como la que necesitan las reses –que se pueden calcular por medio de fórmulas– se pueden medir de forma absoluta –en calorías o julios– o relativa, comparándola con un alimento de referencia: el kilo de grano de cebada de calidad media, cuya energía neta se denomina “unidad forrajera”.

Las materias nitrogenadas –proteínas sobre todo– son especialmente importantes para las reses que están en crecimiento, gestación o lactación. En el caso del crecimiento, se ha demostrado que el primer año de vida de los ciervos tiene una importancia trascendental para su desarrollo completo, su éxito reproductivo y la calidad de su trofeo. Finalmente, como se puede comprender, los minerales, especialmente calcio y fósforo, son esenciales para el desarrollo del esqueleto y los trofeos. En ese sentido, es importante recordar que, para sustituir a las cuernas que caen cada año, los cérvidos movilizan los minerales de los huesos y luego los van reponiendo poco a poco gracias al aporte de los alimentos, que normalmente suelen ser pobres en esos minerales porque el suelo en el que prosperan también lo es.

Es habitual que, durante el periodo de lactación, en el que los requerimientos de energía, materias nitrogenadas y minerales son muy altos, las hembras no puedan satisfacer sus necesidades con los alimentos que tienen a su disposición. Por ello, durante ese periodo pierden condición corporal: adelgazan. Sin embargo, si los alimentos disponibles son de calidad especialmente baja, la nutrición de las crías puede ser deficiente –con lo que quedará comprometido su futuro, según expusimos– y la pérdida de condición corporal puede ser tan grande que dificulte o impida su actividad reproductiva.

Por ejemplo, en el caso de las ciervas en el monte mediterráneo, una excesiva pérdida de condición corporal en verano puede retrasar el comienzo del celo y, por consiguiente, el nacimiento de los gabatos, que de ese modo se producirá en verano, lo que es muy desfavorable tanto para la madre como para la cría. Por ello, una buena nutrición durante el periodo de lactación –fin de primavera, verano e inicios de otoño– es esencial para las hembras, que se ven forzadas a buscar pastos de calidad, y no tanto para los machos, que pueden “permitirse el lujo” de permanecer ocultos entre vegetación leñosa densa hasta la llegada del periodo de celo. Aún así, la suplementación con correctores minerales puede ser muy conveniente para facilitar el desarrollo de sus cuernas.

Con respecto a la selección de la dieta, algunas especies son particularmente herbívoras: suelen consumir poco ramón, como el rebeco, el muflón, el gamo o el arrui; de este modo, provocan daños de escasa intensidad en la vegetación leñosa. Otras, como el ciervo o la cabra montés, son más oportunistas: si tienen hierba de calidad, la consumen, pero si ésta es escasa o baja son capaces de ramonear con intensidad hasta el 90 por ciento de su dieta; de este modo, los daños que provocan en la vegetación leñosa dependen, y mucho, de la calidad del alimento herbáceo disponible, y obviamente también de la densidad de reses. Finalmente, el corzo es un ramoneador preferente, aunque no suele provocar graves daños en la vegetación leñosa por su pequeño tamaño y la relativa baja densidad de carga de sus poblaciones.

¿Qué ofrecen los pastos naturales?
Las gramíneas, grupo de plantas al que pertenecen los cereales y otras muchas especies silvestres –avena loca, ray-grass, festuca, dactilo, grama y otras muchas–, suelen ser poco exigentes en calidad de suelo y pueden proporcionar una adecuada cantidad de energía, especialmente su grano, que está constituido mayoritariamente por hidratos de carbono; sin embargo, su oferta de materias nitrogenadas y minerales suele ser deficiente. Las leguminosas –tréboles, alfalfa o veza, por ejemplo– proporcionan más materias nitrogenadas digestibles y minerales que las gramíneas y, por ello, confieren calidad al pasto; sin embargo, suelen ser exigentes en fertilidad, especialmente en fósforo. El ramón de árboles y arbustos –hojas y ramillas finas– puede ser contemplado como una reserva de alimento abundante pero de calidad mediocre: suficiente para las reses que no tienen necesidades especiales, pero insuficiente para las que sí las tienen, como jóvenes y hembras en gestación o lactación.

A pesar de lo expuesto, la calidad de las plantas herbáceas varía muy rápidamente: suele ser aceptable mientras están verdes; cuando se inicia la floración, disminuye, y cuando la planta se seca puede llegar a ser muy baja, insuficiente para cubrir, incluso, las necesidades de mantenimiento de los animales.

Eso explica por qué las reses suelen despreciar las hierbas secas y prefieren consumir ramón, aunque éste sea más duro y a veces tenga pinchos o compuestos anti-nutritivos. Por otra parte, la disponibilidad de hierba verde varía mucho a lo largo del año: es escasa en invierno, por frío, y también, en el medio mediterráneo, en verano, por sequía. De ese modo, la intensidad de ramoneo se incrementa muy notablemente en las épocas de carencia o escasez de hierba verde.

La respuesta de las plantas a su consumo por las reses es muy diferente. Los pastos herbáceos responden favorablemente a un pastoreo intenso: con él mejora su cobertura y densidad, su producción y su calidad. Los pastos herbáceos mejoran con el pastoreo; de hecho, para persistir, las especies de más calidad –como muchas leguminosas– se benefician del pastoreo, lo necesitan para competir eficazmente con otras, porque ellas son capaces de soportarlo, pero las demás no. En ese sentido, el pastoreo de las reses es un fiel aliado de los pastos de calidad: sin él desaparecen; y saber eso es esencial para asegurar su persistencia o mejora.

Las plantas leñosas, al contrario que las herbáceas, no están especialmente adaptadas al pastoreo, y si éste es intenso primero dejan de regenerarse –con lo que su futuro queda comprometido– y luego se degradan, e incluso llegan a desaparecer si son muy apetecidas.

Por todo lo expuesto anteriormente, creemos que un buen planteamiento para una finca de caza mayor es que los pastos herbáceos deben poder cubrir razonablemente bien los requerimientos alimenticios de las reses, tanto en cantidad como en calidad, en un año medio. Es evidente que el ramoneo no va a desaparecer; de hecho, el ramón es un recurso interesante al que no hay por qué renunciar. Sin embargo, parece conveniente reducir su consumo a niveles compatibles con la persistencia de la vegetación leñosa, lo que puede hacerse con el planteamiento mencionado. Ahora bien, ese planteamiento no sólo requiere minimizar el ramoneo, sino también, y sobre todo, optimizar la oferta de los pastos herbáceos.
¿Qué se puede hacer
para mejorar los pastos naturales?

Conocidas las deficiencias en la oferta de los pastos naturales, sobre todo de calidad –materias nitrogenadas y minerales– y distribución estacional, se puede pensar qué se puede hacer para eliminar o reducir éstas. Como es lógico, no se puede luchar contra los problemas provocados por el clima, salvo contra los debidos a la sequía si es posible el riego, lo que es muy raro. Por ello, sólo podemos recomendar las mejoras por fertilización en los pastos que de forma natural producen en los periodos de hambre –por ejemplo, en el medio mediterráneo, los que producen en verano por prosperar en suelos con humedad– o en aquellos de los que cabe esperar una buena respuesta a la mejora, como los que ya tienen cierta representación de leguminosas.

La mejora que recomendamos es la fertilización fosfórica, que incrementará la abundancia de leguminosas y, por consiguiente, la oferta de proteína y minerales para las reses. Recomendamos dosis moderadas, del orden de 40-60 unidades –kg. de anhídrido fosfórico– repartidas en cobertera, sobre el pasto, con abonadora centrífuga ligeramente antes del inicio de los periodos de lluvias, cada 5 años.

Para calcular la cantidad de abono necesaria, conocida la riqueza del producto, basta con multiplicar por su inverso. Por ejemplo, si queremos aportar 40 unidades y la riqueza es del 18 por ciento, necesitaremos distribuir 40 x (100/18) = 222 kg de producto. Lo más cómodo es utilizar productos solubles, como el superfosfato, aunque también se puede recurrir a los fosfatos naturales finamente molidos y peletizados que, a pesar de su menor solubilidad, son admitidos en explotaciones ecológicas.

En general, si la fertilización fosfórica se realiza del modo descrito, es una operación barata –unos 45-50 euros/ha– y proporciona unos resultados excelentes. La fertilización nitrogenada, por el contrario, no suele ser recomendable para los pastos naturales porque, aunque incrementa la producción de hierba, perjudica a las leguminosas, y eso, a su vez, es desfavorable para la caza mayor.

¿Se puede hacer algo más?
Es evidente que la mejora de los pastos naturales es una buena “herramienta” para adaptar la oferta de los pastos herbáceos a las necesidades de la caza mayor. Sin embargo, también es evidente que se trata de una mejora conveniente, pero no la única. ¿Se puede hacer algo más? ¿Es posible implantar otros pastos que complementen a los naturales? La respuesta es que generalmente sí lo es y a continuación trataremos de describir cómo puede hacerse.

Lo primero que creemos que hay que poner de manifiesto es que la implantación de pastos artificiales –sembrados– no tiene por qué hacerse a expensas de la superficie de bosques o arbustedos. Es habitual que la mayoría de las fincas dispongan de terrenos que en un pasado más o menos reciente se han utilizado para el cultivo y hoy están abandonados: hasta hace muy pocas décadas los montes estaban mucho más poblados que en la actualidad, y las familias que vivían en ellos tenían que cultivar para poder sobrevivir.

Esos terrenos, que por otra parte suelen disponer de suelos más profundos y fértiles que los ocupados por el monte y que tienen pendientes mucho más moderadas, constituyen lugares idóneos para el establecimiento de pastos artificiales.

Ya sabemos que la implantación de pastos artificiales suele ser posible y que no debe hacerse a expensas de la superficie ocupada por el monte. Ahora bien, ¿qué tipos de pastos podemos implantar? Lo normal es que podamos clasificarlos en dos grandes categorías: los permanentes, que persisten durante varios años, y los temporales, cuya duración suele ser de uno o pocos años.

Como es lógico, ambos planteamientos son no sólo diferentes sino complementarios entre sí y con respecto a los pastos naturales. El primero –pastos permanentes– pretende producir pastos de calidad de una forma prolongada y con una escasa actuación humana: busca eficiencia y persistencia y trata de alterar lo menos posible el medio natural. El segundo –pastos, o cultivos, temporales– también pretende producir pastos de calidad pero, por el contrario, intenta conseguir la máxima producción posible, aún a costa de una intensa actuación humana, una vida muy corta del cultivo y una alteración sensible del medio natural.

Si nos centramos en los pastos permanentes, por las razones que expusimos anteriormente –aporte de materias nitrogenadas y minerales– lo más recomendable es tratar de implantar pastos ricos en leguminosas perennes que resistan bien el pastoreo o, si ello no es posible, anuales capaces de auto-resembrarse, de enterrar sus semillas.

En ambos casos, como ya comentamos, el pastoreo intenso y continuado es un aliado esencial para conseguir la persistencia de las especies de calidad que, como ya dijimos, “utilizan” a las reses para dispersar y enterrar sus semillas, beneficiarse de la fertilidad que éstas traen con sus deyecciones y competir más eficazmente con otras especies de menor calidad, que resisten peor el pastoreo.

Otro aspecto trascendente para tener éxito con este tipo de pastos es el del número de especies o cultivares a utilizar. En ese sentido, como no se trata de producir mucho sino de garantizar la persistencia y la calidad del pasto, es necesario no jugárselo todo a una sola carta: conviene utilizar varias especies o cultivares para tratar de cubrir eficientemente al menos la variabilidad climática, y esos pastos artificiales de varias especies –polifitos– reciben el nombre de praderas.

Como se puede comprender, la elección de la mezcla a utilizar depende de las características del clima, del suelo y de la utilización que vaya a tener la pradera, y no hay “recetas” de validez general. Lo que sí es generalizable es que cuanto más variable sea el clima, mayor debe ser la diversidad de cultivares a emplear –con distintos ciclos de vida adaptados a los posibles periodos de lluvia– y el porcentaje de semillas duras –que no germinan con facilidad y permanecen varios años en el banco de semillas del suelo–.

Del mismo modo, para garantizar una adecuada nutrición de las plantitas recién germinadas, es conveniente llevar a cabo una buena fertilización fosfórica –al menos 40-60 unidades– y utilizar semillas “peletizadas”, es decir, semillas que llevan incorporadas en su superficie bacterias –Rhizobium– que les ayudarán a fijar nitrógeno y caliza finamente molida, operación que suelen realizar las empresas que las comercializan.

La elección de las especies y cultivares debe hacerse pensando en las características de clima, suelo y utilización que tendrá la pradera que queremos implantar. Para hacerla con garantías, recomendamos consultar a especialistas en el tema o a las empresas que comercializan las semillas.

Así, en zonas de clima mediterráneo y suelos ácidos, poco fértiles, convendrá emplear varios cultivares de trébol subterráneo, otras especies de tréboles –Trifolium resupinatum, T.hirtum, por ejemplo– serradella o bisérrula. Si el clima es mediterráneo y el suelo rico en bases –calizo, por ejemplo–, las especies principales deben ser leguminosas perennes de larga raíz pivotante, como la alfalfa –que no resiste demasiado el pastoreo– o la esparceta, que va mejor cuando el clima es algo frío. En zonas de clima templado, sin sequía, o cuando es posible el riego, se puede pensar en especies típicas de los prados, como el trébol blanco o el violeta, que resiste peor el pastoreo.

En todos los casos, como complemento para las leguminosas, se pueden utilizar gramíneas. Sin embargo, salvo en el último caso, en el que pueden emplearse ray-grass inglés, dactilo, festuca alta o falaris, según el clima, creemos que no es conveniente incorporarlas porque compiten fuertemente con las leguminosas y, por otra parte, entran solas en la pradera porque suelen estar presentes en el banco de semillas del suelo.

La siembra debe realizarse inmediatamente antes del inicio del periodo de lluvias –lo antes posible–, con buena preparación del terreno, tras la fertilización fosfórica de fondo, sin enterrar mucho la semilla –es de tamaño mucho menor que las de los cereales– y compactando ligeramente el terreno, mediante una pasada de rulo, después de terminar el proceso.

El acotamiento de la siembra al pastoreo es una operación imprescindible. Si no se lleva a cabo, las reses despuntan las plantitas que, al no haber acumulado sustancias de reserva, no son capaces de recuperarse y mueren, con lo que la pradera no llega a establecerse. El acotamiento puede hacerse con malla cinegética o, lo que suele ser más cómodo y rentable, con pastor eléctrico.

Cuando las plantas han adquirido el porte suficiente para resistir la defoliación, la pradera debe abrirse al pastoreo y permanecer así, quizás con algún periodo de descanso inmediatamente anterior a la floración o si se observa una intensidad excesiva de pastoreo.

Una vez implantada la pradera es esencial asegurar su persistencia. Para conseguirla, como ya dijimos, es imprescindible garantizar una alta intensidad de pastoreo y, teniendo en cuenta que las reses son salvajes, la única forma de hacerlo es reduciendo la superficie implantada para que los animales se vean inducidos a concentrarse en ella.

De hecho, uno de los errores más comunes con las praderas es implantar una gran superficie, por la que se dispersan las reses. De ese modo, la intensidad de pastoreo es baja, las especies introducidas no son capaces de competir eficazmente con las de peor calidad y la pradera se pierde en pocos años. Finalmente, se suele decir que la pradera o el sistema no funciona, cuando lo que en realidad ha sucedido es, simplemente, que se ha utilizado mal.

Para las densidades de reses que suelen existir en las fincas españolas de caza mayor, creemos que una cifra de referencia puede ser un 1-2 por ciento de la superficie total, que debe estar distribuida en varias parcelas, repartidas de forma homogénea por la superficie de la finca: como la pradera proporciona alimento de calidad, las reses se concentran en ella, y al hacerlo aportan semillas y fertilidad y contribuyen a garantizar la persistencia de la pradera. Con ese planteamiento hemos conseguido excelentes resultados en muchas fincas mediterráneas de caza mayor. De hecho, en Los Quintos de Mora (Montes de Toledo), se ha llegado a modificar, incluso, el comportamiento de las reses en la “berrea”, porque las hembras se concentran en la superficie de pradera, que empieza a germinar en esa época, y atraen hacia ella a los machos, llegando a alcanzarse densidades de reses realmente altas, que se mantienen durante prácticamente todo el año.

Para finalizar, si hay suficientes leguminosas y pastoreo intenso, lo único necesario es llevar a cabo una ligera fertilización fosfórica de mantenimiento, similar a la que ya describimos para los pastos naturales de calidad. Los pastos, o cultivos, temporales tratan de complementar a los naturales buscando altas producciones de alimentos de calidad en cortos periodos de tiempo en los que los pastos naturales o los artificiales permanentes sólo pueden ofrecer alimentos escasos o de muy baja calidad. Para conseguirlo, requieren actuaciones intensas y continuadas –laboreo y fertilización, por ejemplo– por parte del hombre, por lo que, a nuestro juicio, no se debe abusar de su utilización, y se debe preferir la implantación de pastos permanentes de calidad. Como consecuencia de su planteamiento, se apuesta todo a una sola carta, y la diversidad de especies o cultivares a introducir es muy baja: generalmente una o, como mucho, dos.

Los cultivos temporales
Los pastos o cultivos temporales que con mayor frecuencia suelen utilizarse para las fincas de caza mayor son los de cereales que, como ya dijimos, pueden aportar grano durante el verano o forraje durante el invierno y la primavera. Si el problema a resolver es de verano, las especies que más frecuentemente se emplean son la avena y la cebada, ya que el trigo es más exigente en calidad de suelo y no puede utilizarse con garantías en todos los sitios. En ese caso, la siembra se protegerá del pastoreo hasta la fecha más adecuada para su consumo: lo más tarde posible pero sin arriesgarnos a que el grano caiga al suelo, lo que suele suceder a finales de junio o principios de julio. Si, por el contrario, el bache alimenticio es de invierno, convendrá utilizar cereales de crecimiento más precoz y más orientados a la producción de forraje, como el centeno, el triticale –híbrido de centeno y trigo–, la avena o, incluso, el ray-grass italiano –normal o westerwold–, el híbrido o el anual.

Como es lógico, la siembra debe hacerse lo antes posible para aprovechar al máximo el corto periodo favorable de otoño, y la apertura al pastoreo debe hacerse a finales de invierno. También, si hay problemas tanto en invierno como en verano, se puede utilizar un sistema mixto consistente en abrir las parcelas de cereal al pastoreo durante un corto periodo de tiempo a finales de invierno; inmediatamente después, y coincidiendo con el inicio de la primavera, se vuelve a cerrar la parcela, con lo que las plantas “ahijan” y normalmente pueden llegar a proporcionar, además, una buena cantidad de grano en verano.

Las mezclas veza-cereal, con una proporción 3/1 entre las semillas de ambas especies, proporcionan un forraje muy equilibrado, pero suelen ser aprovechadas por siega y henificación, no por pastoreo. La tremosilla –Lupinus luteus- y otras leguminosas-grano –éstas últimas menos frecuentemente, por sus exigencias de calidad de suelo– pueden ser alternativas interesantes para zonas de clima mediterráneo porque proporcionan un grano y un forraje ricos en proteínas precisamente en verano, que es cuando mayores son las necesidades de las reses. El girasol también puede ser una alternativa interesante, por su alto contenido en proteína y su madurez estival; sin embargo, requiere suelos ricos en bases.

Para finalizar, señalaremos que la utilización de correctores minerales –calcio, fósforo, sodio, potasio, magnesio– es una práctica recomendable como complemento de todas las actuaciones de mejora de pastos que acabamos de describir. Del mismo modo, recordaremos que una adecuada oferta de agua, en cantidad, calidad y distribución superficial, es imprescindible para conseguir el siempre deseable reparto homogéneo de la carga cinegética por el monte.

Pastos, “herramienta” de conservación
Esperamos que todo lo expuesto con anterioridad haya servido para describir cómo una buena gestión de pastos puede contribuir a mejorar la nutrición de la caza mayor de forma muy sustancial. Sin embargo, también nos gustaría que los lectores no la contemplasen exclusivamente como una forma de producir más y mejor, sino también como una buena “herramienta” de conservación. Para conseguirlo, debemos empezar señalando que, desde nuestro punto de vista, aunque las mejoras de pastos se pueden utilizar para incrementar la capacidad de carga cinegética de un monte hasta llegar a su límite, deberían orientarse con mayor intensidad a mejorar la nutrición de las reses, a incrementar la calidad de sus trofeos y a minimizar su impacto sobre el medio natural, y no tanto a aumentar el número de individuos.

En ese sentido, hemos comprobado que una buena gestión de los pastos herbáceos, tanto naturales como sembrados permanentes y temporales, puede reducir drásticamente la intensidad de ramoneo de las reses y, de ese modo, evitar o reducir la degradación de bosques, matorrales y arbustedos y, sobre todo, permitir su regeneración, lo que resulta imprescindible para garantizar la persistencia del sistema monte.

Por otra parte, la mejora de los pastos no repercute exclusivamente en la caza mayor. También ha demostrado ser una magnífica herramienta para favorecer a especies de caza menor, como el conejo, que necesita pastos de calidad para reproducirse, o la perdiz, la paloma torcaz o la tórtola, que se benefician de la oferta de fruto de los cultivos de cereal, leguminosas-grano o girasol, pero también de los pastos herbáceos, en los que puede encontrar los invertebrados que constituyen la base de la dieta de sus pollos.

Por todo ello, esperamos que esas buenas prácticas de gestión pastoral que acabamos de describir, si son bien utilizadas, sean contempladas como actuaciones susceptibles de ser subvencionadas por la nueva Política Comunitaria, especialmente en el marco de la Red Natura 2000.

Para finalizar, señalaremos que, a nuestro juicio, la alimentación suplementaria de la caza mayor con alimentos importados –paja, heno, alfalfa deshidratada o piensos– debería ser contemplada como una alternativa interesante para resolver situaciones de baches alimenticios extraordinarios o imprevistos, para años anormalmente malos, pero no como un recurso de utilización habitual. Presenta las ventajas de no depender del clima, de poder ser distribuida en cualquier lugar del monte, incluso en zonas de pendientes moderadas o alta pedregosidad, y de mejorar sensiblemente los pesos y la calidad de los trofeos de las reses, si los suplementos son elegidos de forma adecuada. Sin embargo, también puede plantear problemas de envergadura. De entre ellos, sin profundizar en la “artificialización” de la gestión que supone, destacaremos los que consideramos más importantes. Probablemente el primero es que, como los puntos de distribución son necesariamente limitados, obliga a las reses a concentrarse, y ello implica un incremento en la prevalencia de parasitosis y enfermedades infecciosas, lo que debe ser evitado en la medida de lo posible. En segundo lugar, a pesar de lo que pueda parecer, esas concentraciones incrementan la intensidad de ramoneo de las reses, al menos en las proximidades de los puntos de suplementación, sobre todo si se utilizan piensos que contengan urea como fuente de nitrógeno. Finalmente, si la oferta de alimento se realiza de forma concentrada –por ejemplo, morriles o pesebres normales– es habitual que los machos dominantes dificulten o impidan su utilización por las hembras y los jóvenes, que son los que necesitan una alimentación de mayor calidad.
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