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Hemeroteca :: Edición del 01/07/2006 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/07/2006@00:00:00 GMT+1
El hombre abrió los ojos sobresaltado. Un espléndido sol, ya amanecido hace rato, le fuerza a bajar la vista. Se cala el sombrero. En sus manos sostiene el rifle que nunca pudo comprar. Frente a sí, la sierra perfecta. La cuerda, de campanarios. La umbría oscura, apretada de madroños, quejigos y jaras. Abajo, entre encinas y alcornoques, salta un arroyo.

Del bolsillo del chaleco saca un cigarro y lo enciende. No recuerda haber desayunado, pero no tiene hambre. El viento viene bueno y su puesto de cortadero está bien colocado. Huele a jara y a tierra mojada, huele a gloria.

En el aire limpio, suenan las ladras. Mira a su derecha y no ve a nadie. A su izquierda tampoco.

Como es su costumbre, comprueba el rifle. Es precioso, el que siempre quiso tener. Las balas relucen en el cargador. Los zahones limpios, las botas cómodas. No recuerda haber tenido nunca unas tan buenas, y por qué no decirlo, tampoco recuerda haber tenido zahones, más por ahorrar que por gusto.

Dos podencos blancos le traen por el arroyo un venao de órdago. El animal, rompiendo monte, le cruza por delante. Con el corazón loco, centra la mira y dispara. Seco.

Con los prismáticos –éstos sí que son buenos– ve, con toda claridad, la cuerna inmensa del ciervo. ¡Qué día!
En su reloj son las 12. Aún queda montería.

Al recargar el arma, se da cuenta de que no caben más balas. Es como si no hubiera hecho el disparo. Qué raro.

Una brusca carrera a su derecha le descubre a dos macarenos que intentan colarse por el cortadero. Dos disparos y los dos secos. Los dos con voltereta, los dos enormes.

La suave brisa, cargada de perfumes atemporales, le anima a encender otro pitillo. En toda su larga vida montera no recuerda haberlo pasado tan bien como hoy. En su reloj son... ¿cómo? Sí, no hay duda, las 12. No habrá mirado bien la hora cuando cazó el ciervo. Las 12 aún, queda montería.

Tampoco ésta vez ha necesitado cargar más balas, porque de nuevo el cargador estaba completo. Yo qué sé, se dice, estos rifles buenos...

Pasa el tiempo, o por lo menos lo parece. Hoy está tirando de miedo. De hecho no ha fallado un disparo. Lleva rodados cinco jabalíes como no los ha visto en su vida. Diez venados, oro seguro. Siete muflones de caracola, lo nunca visto.

Y en esto está, con su nuevo cigarro encendido, cuando aparece un extraño personaje vestido de negro. Está a su espalda mirándole y le parece muy raro no haber escuchado sus pasos. Será un lugareño.
– Buenos días, buen hombre.
– Siempre lo son.

– ¿Ha visto lo que he matado? !Esto es vida!
– No, no es vida, porque estás muerto.
– Entonces, si estoy muerto, esto debe ser el cielo.

– No, es el infierno.

Esta adaptación de un cuento que leí no sé dónde siempre me ha dado que pensar. Me hace reflexionar sobre el difícil equilibrio entre perfección y felicidad, imperfección y tristeza.

Estoy sentado en mi estudio-trastero limpiando y ordenando mis cosas de cazar. Esta noche, desde la ventana, veo soplar la ventisca de nieve a la luz de las farolas de la calle. Mañana, montería de las buenas. He tenido el gusto de ser invitado por mi amigo Andrés. Pienso en él. Habrá estado trabajando para que todo salga bien mañana, y ésta nevada.... Pero recuerdo el cuento y veo la necesidad de la nieve para que no todo sea perfecto y quede algo por hacer la próxima vez. Hasta creo ver la necesidad de que aparezca el monterete de turno, que nunca falla un tiro y que nunca falla en la queja. Mañana, como que hay Dios, no faltará en los postres. Pero este plato se lo comerá Andrés.

En la soledad buscada de mi trastero, como siempre me pasa, dejo que la nostalgia se siente conmigo. Aprecio mucho esta vela de armas, que practico siempre que puedo. Pone mi cabeza fuera del día a día, y vuelvo a ser lo que siempre he sido, un cazador.

Mientras limpio el rifle me fumo un cigarro, y con las volutas de humo vienen a mí los recuerdos. Los amigos que se fueron un día de golpe y que mañana no veré. Enrique, mi maestro en tantas cosas, mi maestro cazador. Mi padre, pasándome la escopeta en el ojeo de perdices, cuando la ilusión, que no las fuerzas, sujetaban el arma. Aníbal, Mariano, Juan, Luis, espero aún conmigo por muchos años, que me enseñaron a ser hombre para poder gozar la caza. Mis compañeros de cuadrilla y mis hermanos, para poder medirme con ellos.

Fuera, el silencio de la noche me vuelve, otra vez, a mi estudio. Salgo fuera y hace frío. En el cielo, una luna congelada blanquea la nieve del campo. ¿Por dónde iba? Ah sí, el zurrón. Los papeles de legal, el tabaco, los dos mecheros por si acaso.

Mañana calzaré las botas de goma, qué le vamos a hacer. Pienso que no he cazado un cochino grande aún, y son veinte años monteando. Hubo uno, sí, en el pinar de Barbatona, un día de lluvia fría. ¡Cómo llovía! Aguantando como podía el aguacero, con mi gorra, bajo los altos pinos resineros. El bosque oscuro y el marrano parado entre el vecino y yo. Sin un ruido. El vecino con la capa de plástico y de espaldas a nosotros. Lo tengo grabado en la memoria como una fotografía.

No sé el tiempo que estuvo allí quieto. Todos quietos. Desapareció como si sólo hubiera sido un sueño, sin ruido.

Luego vi el barranquito por el que se dejó caer. Mucho tiempo lo soñé, y aún lo hago. Pienso en el cuento, ¡ay el cuento! Cuánta razón tiene, la muerte “no es el cielo...”
Quizá mañana, quizá esta noche, a mi cochino con nieve hasta el pecho le dé por encamarse en la mancha cebada y no buscar nuevos pagos. Mañana, con un mucho de suerte...

Bueno, una noche más de vela antes de la batalla. He vuelto a repasar las lecciones de la vida y estoy preparado para seguir aprendiendo. Qué triste el día en que todo lo sepa, con toda la pista corrida y nada nuevo por hacer. Sí, si volviera a tener a mi cochino jugándomela con el vecino, volvería a escapar. Qué se le va a hacer. Es hora de intentar dormir, mañana Dios dirá.
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