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Caza internacional La situación actual del país no es tan caótica como la pintan

Última actualización 01/08/2006@00:00:00 GMT+1
Zimbabwe no vive en el caos ni la caza está esquilmada, sino que sigue siendo uno de los grandes destinos cinegéticos de África.

Esto es lo que asegura la autora de estas líneas, que sigue yendo regularmente a Zimbabwe. Este relato es una preciosa crónica sobre el pasado, presente y futuro de este país, donde la nostalgia y los sentimientos se dan la mano.
Mi suegra era aún una niña cuando le encargaron ir tras el leopardo que estaba atacando al ganado. Colgaron un buen pedazo de carne de un árbol y, durante varios días, a los atardeceres, lo estuvo esperando. Finalmente, el leopardo se confió y ella lo mató de un único disparo. Por aquel entonces tenía doce años, pero ya había pasado media vida cazando; ni siquiera podía recordar cuándo había abrazado un rifle por primera vez: sólo sabía, y porque se lo habían dicho, que había llevado a la mesa un impala después de haber cumplido los seis. Para ella, el tener que cazar resultaba natural y necesario. Y, de entre todos los hermanos –me explicaba–, era la de mejor puntería.

Para aquellas familias ganaderas que se habían asentado en Rodesia del Sur, la actual Zimbabwe, no tocar sus propias reses era ley. La carne que se comía la suplía siempre la caza; y sólo en raras ocasiones, por razones excepcionales, se saboreaba un grueso filete de vaca.

Me contaba mi suegra anécdotas familiares –únicamente porque yo le preguntaba– que a mí me parecían extraídas directamente de un libro. De cocodrilos, de serpientes, de malarias que nunca terminaban de remitir y a las que se habían acostumbrado. Había habido decenas de pieles de leones apolilladas, amontonadas en cualquier armario, cada una de ellas sugiriendo una historia, una cacería que podía o no parecerse a la anterior. Ungüentos que lo curaban todo, fabricación casera de balas, carretas tiradas por doce bueyes con las que su familia había atravesado el río Limpopo –¡más de dos mil kilómetros desde Kimberley!– con miles de cabezas de ganado, por caminos que no podían llamarse carreteras, para asentarse en un rancho en el norte de Zimbabwe.

Mi suegra es una persona práctica, como sólo pueden serlo las personas que, por fuerza, han tenido que llamar desde siempre al pan pan y al vino vino. Sin adornos, sin imaginación, sin romanticismos. Pero ha sabido pintar una época irrepetible, rememorar unos tiempos que ya no han de volver a ser.

Mi vida en Zimbabwe
Me fui a vivir a Zimbabwe en 1987. Me dijeron entonces que las cosas habían cambiado, que poco quedaba de la vida lujosa y atemporal de la antigua Rodesia. No sabía, estaba claro, de qué me hablaban: encontraba a la gente amable, risueña, servicial, con una educación que nosotros los europeos desconocemos o añoramos. Hallé un país donde la sonrisa era una característica, independientemente de que fueran blancos o negros. Pobreza sí, pero no miseria. Riqueza sí, también, pero con discreción, sin extravagancias.

Tuve, además, la enorme suerte de ir a numerosas cacerías. Entre otras, acompañé a cazadores españoles que no sabían mucho inglés y receché con ellos para acercarnos a los búfalos, bajando los párpados para que no nos vieran el blanco del ojo, temiendo que pudieran oír los latidos del corazón, que galopaba.

Parte del objetivo consistía en llegar a distinguir los diferentes antílopes desde muy lejos, por sus movimientos, y aprender a respetar la sabiduría casi innata de los negros, expertos como nadie en seguir los rastros y avistar entre la maraña el animal perseguido; copiar sus formas de descansar, con la mente en blanco y en cuclillas. Hacer como ellos, también, al dejar que los pies caminaran solos durante horas bajo los enormes cielos abiertos, y así atravesábamos los claros de las llanuras, colinas, bosques de teca, mopanes y acacias, evitando las piedras y las ramas, sin hacer demasiado ruido y sin aminorar el paso, sin detener la marcha interminable, por seguir unas huellas que luego, a veces, no servían.

Aparte del lance, aparte del trabajo y sudor que cuesta conseguir una pieza, y del motivo final que es llevarse el trofeo, hay un lado de la cacería que implica una enorme humildad –la de saberse muy pequeño en medio de Africa, la del posible fallo, la de depender de un puñado de personas que saben más que nosotros en ese país donde, de quedarnos solos, nos sentiríamos muy perdidos e indefensos– y, gracias a ese reconocimiento de nuestra propia limitación, podemos después saborear el triunfo.

No conozco las monterías; no sé de cacerías en España. Tampoco he estado en los ranchos de Sudáfrica, donde las reglas son diferentes a las de Zimbabwe. Estas reglas de Zimbabwe hablan de un respeto por el animal que se desea cazar, de un respeto por la naturaleza y de un respeto hacia uno mismo. Son reglas duras que, tras haber cazado, nos hacen sentirnos más nobles y más orgullosos de haber logrado lo que queríamos. Y si no lo logramos, también nos hacen sentirnos orgullosos por haber sido capaces de respetarlas.

Zimbabwe y los Shona
Zimbabwe ha vuelto a cambiar; yo fui una de esas personas que se asustaron tanto y lo abandonaron. Tenía –entonces lo creí– dos principales razones para irme: la económica, de mucho peso, porque nuestra empresa familiar dependía por completo del mercado local –de la noche a la mañana la inflación nos atacó por los cuatro costados– y la seguridad, porque estaba convencida de que habría una revuelta e incluso una guerra civil.

Pero no se dio. Ni se dará. ¿Por qué? Porque la mayoría de la población es shona, una etnia pacífica e incluso algo fatalista que le hace aceptar los tiempos duros con resignación. Nunca fueron guerreros –como los zulúes de Sudáfrica o los ndebeles de Matabeleland–, sino principalmente ganaderos; y como además la población se encuentra muy esparcida por el país, sería muy difícil que pudiesen organizarse política y/o militarmente para enfrentarse al partido gobernante. No, no se dará. Porque no se puede esperar que las cosas cambien si no se hace nada por cambiarlas.

He continuado yendo a Zimbabwe –no lo puedo olvidar– y, de alguna manera, una puerta ha permanecido siempre abierta. La última visita fue en julio y agosto pasados: desde Johanesburgo por carretera hasta Harare, haciendo paradas y desviándonos a distintas reservas privadas. Más de dos mil kilómetros. Me acompañó –como todas las otras veces– mi hijo, que ya tiene doce años, y aunque no hubo caza esta vez, pudimos encontrarnos con elefantes, hienas, escuchar a los leones mientras cenábamos con nuestros amigos alrededor de una fogata hecha en el cauce seco de un río, en su territorio, y sentir, como siempre, que esa parte de África seguía incólume.
¿Qué hay de diferente en Zimbabwe hoy? Menos coches, menos basura, menos gente. Los cortes de electricidad son más frecuentes –también ocurría continuamente en los ochenta– y la vida ha pegado un salto hacia atrás.

Ahora, a diferencia de los noventa –en que se podía encontrar cualquier cosa en el mercado–, Zimbabwe conserva un intenso sabor. No he visto ninguna violencia, no me han contado ningún suceso violento, no he oído, ni he leído, nada que pudiera acercarse a eso.

La añoranza
Siento una gran tristeza de haberme marchado y una enorme necesidad de continuar yendo.

Las cacerías nunca se interrumpieron; al margen de la industria y el comercio, las compañías de safaris tienen derecho a utilizar un porcentaje de sus propias divisas para el necesario mantenimiento de su infraestructura y para continuar ofreciendo la misma calidad de servicio. Lo he visto. Las cacerías de Zimbabwe siguen siendo de las mejores de África: abundancia de animales libres que no proceden de otros ranchos; se caza entre muchas miles de hectáreas, en territorios que se unen a otros territorios que no conocen los cercados, los alambres, las vallas. Su geografía recuerda a veces a la española, con tanta colina y bosque mediano, pedregoso, abrupto e irregular.

Los cazadores españoles que nunca dejaron de ir no necesitan convencerse de ello: lo saben desde hace mucho tiempo. Ahora, lo que queda, es convencer a los demás.
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