El taco de Tico
Última actualización 01/08/2006@00:00:00 GMT+1
He sentido de corazón la muerte de mi querido amigo don Carlos Etayo, marino impar que volvió a vivir la epopeya de Colón. Yo le estaba esperando en Guanahani, en la isla de San Salvador, hace ya tantos años cuando desembarcó vestido de don Cristóbal, estandarte en mano. Su recuerdo está hoy aquí, en este taco de luto porque era un enorme, extraordinario cazador, sobre todo de la paloma en pasos migra
He visto por segunda vez la película “Cazador blanco, corazón negro” de Clint Eastwood quien, por cierto, está colosal dirigiendo e interpretando. Película que encuentro en los canales satélites, dado que en los otros no sale más que el barro que hay en el oro de la fama. Últimamente, goles a porrillo.
Aquí me tienen, haciendo una especie de rastreo en la televisión, tipo perro de caza por ver si cazaba noticias en las que se encontrara el tierno corazón de los duros cazadores… Y lo encontré, a las pruebas me remito.
Por ejemplo, esa joven dama, preciosa, que va vestida en la suerte de gala como si fuera de pasarela y en la calle de cacería, que se lleva mucho, presenta a su chico a las amistades de la siguiente forma:
– Aquí mi trofeo, aquí una amiga.
Hermoso. Lo dice con el corazón, orgulloso en la boca.
Noticia del corazón a la que pude acudir. Se nos casó la hija de Pérez Castro, estupendo cazador, aparte del que cuida de mi próstata y otras mucho más ilustres.
En el sur, al aire de su casa de la Sierra Morena, me dicen que las perdices detuvieron su vuelo y los bambis su carrera para ver a la novia que estaba guapísima. ¡Felicidades doctor y familia!
Se nos casó también don Rafael del Pino, uno de los grandes capitanes de empresa en España y en el mundo. Le conocí un día de caza, precisamente, en la hacienda de Pérez Castro.
Me pareció un gran tipo, silencioso, eficaz, sereno y elegante que llevaba el nombre de España por el mundo. Gracias. Su padre, el emperador don Rafael del Pino I, es de raíz del sur de Córdoba, concretamente de Baena, donde un antecesor suyo fue uno de los grandes conquistadores, descubridores, trabajadores de América con recuerdo imborrable e histórico. Un adelantado en Argentina.
Como no todo van a ser noticias blancas, ahora viene una triste. He sentido de corazón la muerte de mi querido amigo don Carlos Etayo, marino impar que volvió a vivir la epopeya de Colón. Yo le estaba esperando en Guanahani, en la isla de San Salvador, hace ya tantos años cuando desembarcó vestido de don Cristóbal, estandarte en mano. Su recuerdo está hoy aquí, en este taco de luto porque era un enorme, extraordinario cazador, sobre todo de la paloma en pasos migratorios. Lo que hago público para general conocimiento. Decía siempre, con su barba gris y sus ojos de visionario, apoyado en la vieja escopeta en alto, esperando pacientemente en su puesto:
– A todo hay que ponerle corazón, a la vida y a la caza.
Es por eso que Ronaldiño, el rey del gol, rey del disparo seguro y certero al gran pájaro de la meta, ha confesado por qué consigue lo que consigue.
– Es que como corazón, de ave, de ternera, de cerdo; el corazón da mucha fuerza.
Por eso, él caza tantos goles. Y lo cuento en este mes que se fue con tantos cazadores-ojeadores de talentos del fútbol, que han llenado estadios, casi tantos como espectadores en esa Alemania de tan buenos cazadores de piezas grandes, en su tierra de piezas pequeñas. En la nuestra, para cazar sobre todo trofeos de piel canela, que aquí sé que va bien lo del título: “cazador blanco, corazón negro”.
Como en la película El prisionero de Zenda, la antigua, la buena, casi la de blanco y negro, donde la bella dama, enamorada, le dice a su príncipe, nunca mejor dicho, azul:
– Es que antepones al amor la caza del jabalí.
Que no en vano es cierto el dicho africanísimo: “una mujer despechada es peor que un rinoceronte a medio matar”.
Cosa que escribo con todos los cuidados del mundo, como el de llamar a los tiburones cazadores de placentas. También los hay en el mar ya que, por ejemplo, la pesca en almadraba, más parece caza de atún de ganchillo, digo yo, hermosa, necesaria y terrible. El tiburón persigue a la ballena y la espera a la salida del gran mar, donde el gran cetáceo pare, para devorar los restos de su maternidad.
Como la vida misma.
Y, en el amor, a Joaquín Cortés, con su nueva novia, tan bella, y el titular al pie: “El cazador cazado”.
En unos días, se nos casa Carmen Franco con ese gran muchacho cántabro, me dicen, a la sombra de los elefantes en flor, porque es donde celebrarán por todo lo alto la boda. En ese hotel que yo conozco de paso donde hay, entre otras cosas, la hermosa cabeza de un elefante con sus colmillos y sus grandes orejas sobre el paisaje de los sofás con los cojines de cebra…
El amor es como la caza. Me decía un personaje cercano contándome el lance de un rebeco a la caída de la tarde, en la más alta parte dura y hermosa de los bosques donde habita el urogallo:
– Esto de cazar es un tema de corazón. ¡Hay que ver cómo se te pone! A cien cuando tienes la pieza en el sitio exacto, en el momento preciso.
La vida como la caza. La caza como la vida. Lo dicho, cazador blanco, corazón tierno.