Recechando ideas
Última actualización 01/08/2006@00:00:00 GMT+1
Para muchos nuevos usuarios del campo comienzan a sobrar en él los agricultores, los biólogos y, cómo no, los cazadores. Pero, a pesar de los excesos cometidos, han sido y fueron los agricultores, los cuatro biólogos y los cuatro cazadores quienes han mantenido el agro y la naturaleza tal como ahora la disfrutamos todos
España, hasta hace muy pocas décadas, era un país rural. Naturaleza y agro eran los espacios de relación económica, social y cultural de la mayoría de sus habitantes. Un lugar a veces maldito y doloroso –releo a Malefakis–, otras placentero y agridulce –recuerdo a Machado–.
Era necesario cambiar y pensar otra forma de habitar y vivir el agro, pero las revoluciones pendientes se reprimieron con violencia y amnesia. Sus habitantes, de todas formas, obligados o voluntarios, huyeron a la nueva promesa de la urbe y su progreso, y pasaron de jornaleros a asalariados, de pueblerinos a ciudadanos. Naturaleza y agro se fueron despoblando donde era más duro, o reconvirtiendo y manteniendo gracias a la tecnología y las subvenciones. Es imposible explicar en dos líneas la inmensa transformación social que implican estos apuntes y que tan bien supo analizar como científico social y ruralita mi admirado profesor Josechu V. Mazariegos. Pero la cultura y el saber creado de la íntima relación entre la naturaleza, el agro y sus habitantes se perdió para la mayoría de los Españoles. Fue la Televisión –el amigo Felix– quién enseñó a los urbanitas y también a los ruralitas que la naturaleza y el campo no eran un borroso y lejano paisaje, la pesadilla olvidada de sus abuelos o el lugar del abandono, la aniquilación y la basura.
Pero estamos en el presente, el tercer milenio, la naturaleza es la proyección idealizada del paraíso. Gaia es metáfora popular y para la mayoría, “si el monte se quema”, no se quema algo del conde, sino nuestro. El campo es, sobre todo, un espacio para el ocio, el descanso y el consumo. Todavía son una minoría los, llamados en sociología, “neorurales”, habitantes desilusionados de la urbe que vuelven al campo para trabajar y vivir en él con unos nuevos planteamientos y actitudes. Pero ya son mayoría los “domingueros” –no quiero ser peyorativo con el término–, habitantes de la urbe que necesitan salir de ella los fines de semana para recuperar en otro paisaje algo –no se sabe muy bien qué– perdido, eso sí, sin dejar en la ciudad las necesidades, gadgets y lujos que creen imprescindibles. También comienzan a ser mayoría los ciudadanos que necesitan naturaleza y agro como paisaje, escenario o competidor cuando practican todos esos deportes denominados comercialmente “de riesgo” o “de aventura”: barranquismo, mountain bike, quads, rafting, parapente, enduro, escalada, senderismo, hidrospeed, puenting, esquí, equitación y un largo etcétera. No podemos olvidar tampoco el ecoturismo, agroturismo o turismo rural, tan de moda, ancho cajón en el que caben gentes tan diversas como los orondos exploradores de rutas gastronómicas, de casonas antiguas reconvertidas en hotel o los ornitólogos y observadores de aves aficionados. Es decir, la naturaleza y el agro son un espacio de modernidad, los nietos de quienes huyeron de allí vuelven ahora a descubrirlo fascinados.
El campo importa, el campo está en los discursos públicos y los publicados, el campo vende y comienza a considerarse algo más que un recurso a explotar o un lugar bonito. Comienza a haber competencia por un espacio que hasta hace poco sólo era pisado por los agricultores, cuatro biólogos y otros cuatro cazadores. Para muchos nuevos usuarios del campo comienzan a sobrar en él los agricultores, los biólogos y, cómo no, los cazadores. Pero, a pesar de los excesos cometidos, han sido y fueron los agricultores, los cuatro biólogos y los cuatro cazadores quienes han mantenido el agro y la naturaleza tal como ahora la disfrutamos todos. El cazador de este milenio sabe que su acción es parte indispensable de la sostenibilidad y el equilibrio de los hábitats; que la caza, desde el punto de vista socioeconómico, es tan importante o más que cualquiera de los “deportes de aventura” tan de moda, que cazar para el ciudadano es una actividad cultural que le da placer y le hace feliz; que la práctica de la caza ayuda a conservar agro y naturaleza y aleja de él la especulación urbanística, la contaminación y la consideración del mismo como simple recurso económico. Naturaleza y agro es ecosistema o hábitat de la vida en donde el hombre de campo también importa.
Cazar era una actividad primitiva y milenaria pero hoy es una actividad con sentido, “neo-moderna”, importante, participa de la nueva sensiblidad, lejos de ser depredadora es conservacionista, lejos de ser aniquiladora es recuperadora y protectora. Tras la modernidad y la postmodernidad, la neomodernidad plantea una nueva experiencia del progreso y la ciencia, un nuevo pacto social en donde no hay fronteras nacionales, Gaia no tiene propietarios pero sí responsables. En este sentido el cazador va dos pasos por delante ya que se siente y es responsable de la tierra que toca, se siente y es habitante de ese campo tan lleno ahora de usuarios y consumidores.