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Conservación Territorio masai (I)

Última actualización 01/09/2006@00:00:00 GMT+1
Éste es el primero de tres artículos que firma Jorge de Pallejá sobre su último viaje a territorio masai, que se extiende entre Kenia y Tanzania y que incluye el mítico Serengueti. Sobre este auténtico paraíso terrenal, Pallejá abordará algunas cuestiones siempre interesantes para los amantes de los animales, sean o no cazadores.
Los masai, esta estética tribu africana –larguiruchos ellos– ganadera, imposibles de olvidar, que se cubren con mantas de colores –especialmente rojas–, que acompañan armados con lanzas, día y noche, a sus rebaños de ganado vacuno –también tienen cabras y borricos–, son los propietarios en Kenia y Tanzania de la mayor parte del territorio en donde aún se concentra y abunda la gran fauna africana.

Tienen acuerdos con los gobiernos respectivos de que sólo a ellos les toca administrar la conservación de la fauna y la flora de sus tierras, y como lo que les gusta es el ganado, allí todo son pastos: no hay quien labre. El Gobierno manda en las reservas integrales, donde no está permitida la presencia de las vacas, y dispone de la libertad de organizar las visitas de los turistas, lo que representa unos ingresos fabulosos para el país.

Ellos, los masais, pueden disponer de su tierra y arrendarla a empresas privadas, y en el norte del Serengueti, cerca de las montañas de Loliondo, donde la frontera entre Kenia y Tanzania es una línea recta trazada sobre el mapa, están los mejores lugares de África para observar los animales salvajes. Este extenso territorio que linda al norte con el Mara y al sur con el inacabable Serengueti tiene un pequeño río que lo cruza llamado Sand River, un lugar de tal belleza, tan auténtico, tan lejos de todo –y de todos– que hay quien opina que podría ser el paraíso terrenal donde hace años una pareja –según cuentan– hizo algunas tonterías.

Bueno, lo cierto es que hoy allí no se ve un manzano ni por casualidad, aunque sí se encuentra una serpiente arbórea –la boom-slang, a la izquierda, en la última foto de esta página– de un color verde brillante atractivo, de mirada tentadora y que posee una cabeza que crece cuando se la provoca, unos ojos grandes y una doble fila de dientes venenosos capaces de soltar, especialmente los dos traseros, una cantidad de veneno desmesurada que te mata a las pocas horas. Se alimenta principalmente de pequeños pájaros, aunque su plato favorito, según explican los locales, son los camaleones.

Pero volviendo a los masais, por una finca, digamos de diez mil hectáreas, pedirían en arriendo al año algo así como cincuenta mil dólares, según nos informó Andy Corbett, nieto del célebre escritor, que dirige una de esas explotaciones privadas en Kenia.

Hasta aquí todo parece agua de rosas, pero claro, no todo es tan fácil porque cuando se gestiona la Naturaleza suelen aparecer problemas y uno de ellos son los furtivos. En aquella zona se calcula que durante la última década los furtivos mataron más de cien mil animales cada año. Desde jirafas y búfalos hasta el antílope más pequeño pasando por toda la gama intermedia. ¿Cómo se hace eso? Muy fácil, colocando lazos de cable de acero en los pasos naturales de los animales. ¿Quién lo hacía? Pues precisamente no los masais, sino los miembros de una tribu nómada llamada Wanderobos apoyados, a veces, por elementos urbanos que financiaban el tema.

Porque aunque al principio se pensó que la matanza era por pura hambre –y el gobierno disimuló–, luego se descubrió que era un negocio montado por todo lo alto y que en las tiendas de Mombasa, de Nairobi, de Narok y en otras grandes ciudades, en el mostrador te ofrecían carne de vaca a un precio y a escondidas, más barata, la carne que suministraban los furtivos apoyados por una organización de vehículos privados que hacían el reparto. Se cerraron las carnicerías culpables y los dueños fueron castigados hasta con diez años de cárcel. Pero, claro está, aún sigue habiendo furtiveo aunque en menor escala.

Hablando de estos temas en el hotel Norfolck de Nairobi con Nick Cowel, ex-cazador y gerente de una importante reserva privada, nos decía: “La fauna africana en Kenya y Tanzania de momento no corre peligro. Las manadas de elefantes y de búfalos se mantienen estables; las jirafas, antílopes y cebras se reproducen más o menos según los años sean lluviosos o secos, y los leones se han multiplicado. Calculamos que en el norte del Serengueti y Mara puede haber en un momento dado más de 700 leones, unos sedentarios y otros itinerantes que siguen las migraciones de los animales. Es cierto que los rinocerontes, los negros, siguen estando en peligro, pues en Mara sólo quedan 30 y sólo hay 9 hembras, pero estamos en ello y creo que los salvaremos”.

Y nos sigue contando: “El verdadero peligro para los animales son las guerras: Angola, Chad, Uganda, República Centroafricana y Sudán se han quedado sin animales “gracias” a las guerras que han sufrido. Después de cada conflicto reina el caos y muchas armas quedan abandonadas en el suelo de las que se aprovecha el pueblo para cazar. Botswana y Zambia se mantienen estables en cuanto a fauna se refiere y de Zimbawe y Mozambique no tenemos demasiada información, pero nos preocupan. A veces me cuesta ser optimista; no es tarea fácil serlo en un continente donde la pobreza es endémica y los cambios climáticos afectan muchas veces a extensos territorios en donde se producen hambrunas”.

Nick se quedó un momento pensativo y luego añadió: “Tenga en cuenta que los indígenas a los animales de caza los llaman nyama y, en el idioma swahili, nyama significa carne”.

La avioneta despega y volamos sobre Territorio masai, millones de hectáreas prácticamente deshabitadas en donde aún sobrevive la maravillosa fauna africana.
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