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Última actualización 01/09/2006@00:00:00 GMT+1
Hoy, ahora, el único que paga por el uso del campo precios desorbitados –solo por pasearnos, cacemos o no– es el cazador. Ni ecologistas, ni seteros, ni moteros, ni excursionistas, etcétera, pagan por el uso, eso sí, todos se quejan de que lo usemos los cazadores aunque lo usemos en número de días y en número de personas bien pocos
A todos los cazadores nos inquieta la relación entre economía y caza. Sin embargo, es frecuente apoyar la defensa de la caza desde su faceta de recurso económico rural como si este argumento fuera el más sólido. Ahora hay una proposición no de ley que defiende que “la actividad cinegética es capaz de contribuir al desarrollo de la economía del medio rural y de su población”, para “que la caza adquiera la categoría de subsector del sector primario”.

A los sociólogos nos fascina la economía, dar un valor y por lo tanto un precio, es un mecanismo en apariencia sencillo y sin embargo muy sutil y complicado. La caza tiene su valor y, por lo tanto su precio, pero la relación implica sucesivas traducciones, transacciones o intercambios. El dinero, su precio, es un factor objetivo –cuantitativo–, sin embargo cazar, en principio es una actividad subjetiva en su valoración –cualitativa–. ¿Qué valor tiene el placer de ver amanecer en una dehesa?, de caminar por un bosque con la escopeta al hombro, de sobresaltarse por el vuelo de una perdiz?… La economía no es tan ¿poética? Y busca un común denominador fácil en dicho intercambio, cuantifica la caza, la objetiva y la convierte en número de piezas, medida de los trofeos: a tantos euros la perdiz, a tanto el punto.

Los cazadores damos valor a la caza, valor de uso –del espacio–, valor de cambio –económico–, valor simbólico –el placer íntimo y también social de compartir–. Se supone que la primitiva ley económica de la oferta y la demanda ordena el mercado y sus precios. En este caso, sí es un modelo económico de liberalismo salvaje –similar al mercado de la vivienda– ya que no hay límites por arriba, ni control o supervisión de precios. Se habló hace tiempo del “globo inmobiliario” cuando no hay tal, sólo descontrol y un aberrante laissez faire, laissez passer porque quien no puede comprar –jóvenes– continúa siendo “adultescente”, quien alquila una vivienda paga un precio asimilable a una letra y considera que tira su dinero. No hay vivienda social –algo residual en porcentaje de vivienda construida–. Quién puede comprar vende su libertad de acción por 25 ó 30 años. Por otra parte la oferta no ha superado a la demanda porque la demanda la componen: los chicos/as del baby boom, sus padres que compraron viviendas baratas –de calidad ínfima– y la venden para comprar otra mejor, los inmigrantes que adquieren esas ínfimas viviendas gracias a que los bancos ya les prestan, los europeos que compran segundas residencias en la costa, los burgueses, pequeños propietarios, profesionales liberales que compran una segunda residencia en costa y pueblos –25 por ciento de la población–, los inversores que compran viviendas ya que es el mejor producto ahorro-inversión que ahora hay en el mercado –rentabilidades del 15-20por ciento anual–, los constructores que materializan su capital en viviendas, siempre más rentables, aunque no se vendan, que tener el dinero en el banco.
¿Pero podemos hablar de globo cinegético? Sí, porque la caza “no es una necesidad” sino un capricho, hobby, deporte, afición, “artículo de lujo”, no somos por lo tanto compradores racionales sino compradores por impulso, por pasión. Al igual que en la vivienda hay una mínima oferta de “caza social” pero la demanda del millón de cazadores es suculenta y en la oferta todo o casi todo vale –tiene valor, sean “diamantes o mierda”–. La calidad en la vivienda está definida, en la caza no. El mercado, eso sí, ha generado gestores, intermediarios, acaparadores, criadores, planificadores, consultores al igual que en otros sectores productivos, pero también hay engañabobos, tramposos y estafadores. Pero el cazador no es un consumidor informado ni existen mecanismos transparentes de control de calidad en ese mercado. ¿Puede el globo cinegético explotar?, ¿desinflarse? No a medio plazo, pero si a largo plazo. Sí, a largo plazo si la oferta aumenta ante la pérdida de rentabilidad agrícola de muchos territorios –si se eliminan las subvenciones a la agricultura– y el cazador se convierte en un consumidor más exigente, o disminuye la demanda al haber cada década menos cazadores y no producirse relevo generacional.

Mientras tanto hoy, ahora, el único que paga por el uso del campo precios desorbitados –sólo por pasearnos, cacemos o no– es el cazador. Ni ecologistas, ni seteros, ni moteros, ni excursionistas, etcétera, pagan por el uso, eso sí, todos se quejan de que lo usemos los cazadores aunque lo usemos en número de días y en número de personas bien pocos. En otros lugares no hay queja sino compra de derechos de caza por los no cazadores: en Canadá, en la selva del Gran Oso, los ecologistas han comprado por 1,35 millones de dólares todas las licencias de caza de lobos y osos de la zona y quieren desarrollar una industria turística que compense a la población local las pérdidas por la ausencia de cazadores. Esos nuevos competidores/compradores aquí no existen. ¿Bueno o malo?…
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