Opinión
Los clásicos atribuían a los venados estrambóticos comportamientos e insistían en lo mal que se llevaban con las serpientes
Última actualización 01/09/2006@00:00:00 GMT+1
Los venados se sienten atraídos por la música de una flauta y hacen cosas extrañas con sus trofeos. Además se llevan fatal con las serpientes. Éstas y otras aseveraciones las ha reunido el autor buceando en los clásicos. Se darán cuenta de que dominaban poco la biología de nuestro venado.
En los bestiarios de la Edad Media y en los textos clásicos que les sirvieron de base, cuando se habla de la conducta de los animales, se dicen cosas realmente pintorescas, que circulaban como verdades científicas. Hace algún tiempo, en esta misma revista, publiqué un artículo sobre cómo ven esos libros los hábitos sexuales de la reina de la caza menor, la perdiz. Hoy me ocuparé del rey de la caza mayor, el ciervo, del que Gastón Phoebus dice: “Y es bello y plancentero animal, hasta el punto de que, sin dejar de considerar las demás, creo que se trata de la más hermosa cacería a la que puede uno dedicarse”.
Quizás lo más llamativo que encuentro en los clásicos que he manejado sea la enemistad entre ciervos y serpientes. Plinio, en el Libro VIII de su “Historia Natural”, escrito hacia el año 75 de nuestra era, hablando de los ciervos, dice: “Pelean éstos con las serpientes, buscan sus cuevas y sácanlas por fuerza con el resuello de las narices”.
Lo mismo encontramos en Eliano, que escribe su “Historia de los Animales” en tiempos de Septimio Severo: “El ciervo vence a la serpiente gracias a un admirable instinto que le ha otorgado la naturaleza. El odiosísimo reptil no puede escapar metiéndose en su terrera, porque aplicando el ciervo sus narices a la entrada resopla con todas sus fuerzas y lo atrae con su respiración como si ésta fuera un hechizo, lo arrastra contra su voluntad y cuando se deja ver empieza a comérselo”.
Comen serpientes
San Isidoro vuelve sobre el tema, con un matiz nuevo: los ciervos comen las serpientes como remedio a sus enfermedades “ya que su veneno hace desaparecer la enfermedad”. Lo mismo nos dice el bestiario de Oxford.
En el siglo XIV, Gastón Phoebus se refiere, en tono dubitativo, a esta relación entre el ciervo y la serpiente: “Y dicen algunos, yo no lo afirmo, que cuando es muy viejo golpea con la pata alguna serpiente hasta irritarla y se la come y va a beber y correr de un lado a otro, y el agua y el veneno se mezclan y le hacen exudar todos los malos humores del cuerpo y recobrar una carne nueva”.
A finales del siglo XVI, Barahona de Soto, en su maravilloso “Diálogo de la montería”, vuelve sobre esto: el ciervo come las culebras “con las cuales muda los cuernos y el pelo y la vejez”. Poco antes, Juan de Mena, en uno de sus versos nos dijo que “traga culebras por rejuvenir”.
Todavía en el año 1633 perdura esta leyenda, como demuestran unas líneas del libro de Juan Mateos “Origen y dignidad de la caza”, en las que el autor cuenta que un ballestero le dijo que al abrir tres ciervos había encontrado víboras en el cuerpo; él pone el relato en duda: “…y fue parte esto para conmigo no creerle más cosa que me dixese, porque la tengo por muy dudosa”.
Quien se refiere más extensamente a la relación ciervo-serpiente es Opiano, poeta muy apreciado en su tiempo, tanto que el emperador Antonino Caracalla pagó una moneda de oro por cada uno de los cinco mil versos de su “Cinegética”. Lo más interesante de su larga narración es que las serpientes, a veces, atacan furiosamente al ciervo. Así ocurre “en las fronteras de Libia” donde habita “una basta e incontable suerte de serpientes moteadas” que “le clavan sus agudos dientes” por todo el cuerpo: cabeza, cejas, frente, cuello, pecho, lomos, vientre, costillas, muslos, espalda; “una aquí y otra allá, se cuelgan de él y le acribillan cruelmente”. El ciervo también lucha “y con sus mandíbulas desgarra a las infinitas tribus hostiles”. Después del feroz combate “busca por todas partes la oscura corriente de un río. Allí mata cangrejos con sus mandíbulas y obtiene un remedio aprendido por sí mismo para su doloroso mal; y, enseguida, los restos de las crueles bestias caen de su piel espontáneamente a sus pies, y se cicatrizan por todas partes las heridas producidas por los dientes”.
El “puré de cangrejos” no es el único remedio para los males del ciervo; contra la mordedura de la tarántula “o un animal de este género”, nos dice Aristóteles que recoge y come orégano.
Otras “peculiaridades” del ciervo
Longevidad. Se atribuye a los ciervos extraordinaria longevidad. Cuenta Plinio la captura de algunos que llevaban collares colocados cien años antes por Alejandro Magno. La historia se repite en el Bestiario de Oxford.
Esta edad queda corta comparada con la que le atribuye Opiano, que es de “cuatro vidas de corneja”; la vida de la corneja es, según Hesiodo, de nueve edades de hombre, y para Aristófanes, de cinco. Aunque la vida del hombre en aquellos tiempos fuese más corta que hoy, resulta para el ciervo una edad que supera los mil años. Con tales antecedentes no es de extrañar que todavía en el siglo XVII persistan estas leyendas; Juan Mateos, aunque lo pone en duda, cuenta que alguien encontró un venado con un collar que decía: “No me mate nadie, que soy del César”. Y que “hacía mil años que el César era muerto”.
Dotes de nadador. Los libros de montería, los relatos de caza, nos dicen que los ciervos son buenos nadadores y que cuando son perseguidos utilizan ríos y arroyos para ocultar el rastro a sus perseguidores. Esta cualidad natural sirve de fundamento a lo que de ellos cuentan los clásicos. En Plinio “pasan el mar navegando a manadas, puestos en hilera, arrimando las cabezas los de detrás sobre las ancas de los que van delante”. Así, dice San Isidoro, “yendo uno detrás de otro, no sienten en absoluto el peso”. De esta técnica, precursora de la que utilizan hoy los ciclistas, nos hablan también otros autores.
Son capaces de surcar grandes ríos y mar abierto; según Plinio, desde Sicilia a Chipre; y en Opiano, de Siria a Chipre. Puede extrañar el capricho de los ciervos por ir a Chipre, pero encuentro la explicación en Eliano: “Se dirigen a Chipre atraídos por los pastos de allí, pues dicen que la yerba es alta y constituye excelente pasto”.
El viento presta su ayuda para la travesía. Según Eliano, “cuando quieren atravesar el mar acude el rebaño de ciervos a la playa y aguarda a que sople el viento”. Y, dice Opiano: “Sostienen en alto la belleza variada de sus cuernos, confiándolos a la brisa, como las velas de un barco”. Contrasta el esfuerzo de aquellos ciervos, que surcan los mares en busca de pastos, con la comodidad de los de hoy, casi estabulados, que reciben generosamente, sin más trabajo que el de andar unos metros, su ración de proteínas.
Propiedades de los cuernos
Todo el mundo sabe que los ciervos renuevan cada año su cornamenta. Esto se recoge en los libros clásicos, que a veces agregan datos curiosos. Según Opiano, “cavan una trinchera en el suelo y los entierran”. No explica el porqué de este hábito, pero otros autores –Aristóteles, Plinio, Eliano– son más precisos: lo hacen porque tienen propiedades curativas y no quieren que los aprovechemos. No se dice qué enfermedades remedia, tan sólo el Bestiario de Oxford concreta que “el cuerno que se encuentra a la derecha de la frente del ciervo tiene un gran poder de cicatrización”.
Las palabras que acabo de transcribir nos llevan a otra polémica: ¿cuál de los cuernos tiene propiedades curativas, el izquierdo o el derecho? Para Aristóteles es el izquierdo, pero debe estar equivocado porque, además del Bestiario de Oxford, Teofastro, Eliano y Plinio nos hablan del derecho.
Gusto por la música
Otra característica de los ciervos, desconocida hoy, es su afición por la música. Según Plinio, “deleítanse con la flauta y canto de los pastores”. Lo mismo se dice en las Etimologías y en el Bestiario de Oxford. Pero es en Aristóteles donde encuentro lo más interesante: “Los ciervos se dejan cazar cuando se toca la flauta o se canta, y se echan al suelo de placer. Cuando son dos los cazadores, uno canta o toca la flauta a la vista de estos animales y el otro le golpea por detrás cuando el primero le hace señas de que es el momento”.
De modo que, cuando todo parece dicho sobre recechos, ganchos, monterías, calibres, visores y balas, se nos ofrece una nueva modalidad de caza, ecológica y deportiva. El equipo no puede ser más simple: un tocador de flauta y el encargado del estacazo. Y además, creo yo, aunque no lo he comprobado, podría sustituirse la flauta por un transistor, estando así el procedimiento al alcance de todos.
Propiedades de su carne
Quizás, aunque lo haya dejado para el final, sea una de las cualidades más atractivas del ciervo ésta que narra Plinio: “Yo sé haber vivido muy larga vida y sin calentura muchas señoras principales que acostumbraron a comer de su carne cada mañana, y esto se tiene por mucho más cierto si el ciervo muere de una sola herida”.
Huelga insistir en lo importante que puede ser para el montero, y para el no montero, conservar a la señora mucho tiempo y a buena temperatura. La receta del sabio romano precisa el trabajo conjunto de los cónyuges; tarea del marido es afinar la puntería y abatir la pieza de un solo disparo; para la mujer queda, como siempre, lo más duro: sustituir el pan integral y la leche descremada del desayuno por el filete. La mía ya me ha dicho que no está dispuesta.