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Historia de un furtivo “Vallejos”, uno de los últimos viejos furtivos de Sierra Morena, nos cuenta su vida (IX)

Última actualización 01/10/2006@00:00:00 GMT+1
Gracias a unas pulgas “zorreras”, pues tuvo que quitarse la ropa para bañarse y deshacerse de tan molestos húespedes, Vallejos descubre que estando desnudo las reses no lo huelen. Este descubrimiento será esencial para tener más éxito en sus cacerías.
¡Vamos coño, si están nuevos!
– Ya te he dicho que no hay que rascar, o me das los seis o no hay escopeta.
– Cinco y me das una caja de cartuchos.
– Algo de munición tengo, y buena, de postas para los lobos. Pero o me das los seis cepos o no hay ni escopeta ni cartuchos.
– Pero hombre, si la escopeta esta reatá con alambre y encima es del dieciséis.
– Mejor mata. Eso es lo que hay.
– Qué duro eres mamón. Te dejo estos cuatro y mañana te traigo otros dos.
– Pues mañana te llevas la escopeta
– ¿No te fías?

– No.
– Pues mañana nos vemos aquí mismo, tú con la escopeta y yo con los cepos. No te vayas a morir esta noche y me quedo sin la escopeta y sin los cuatro cepos.
– Un Hombre lo ha dicho.

Se dieron la mano y el trato quedó cerrado. Vallejos pensaba que podría haberlo apañao con sólo cuatro cepos, pero el pastor era duro de pelar. No obstante estaba contento del negocio. Aquella escopetilla del dieciséis, con el tiempo, se haría famosa en la sierra. Muchos oyeron hablar de la carne que acarreaba. La finura a la hora de usarla de su dueño se hizo legendaria, algunos escucharon sus tiros, sin embargo muy pocos la vieron y nunca bajó al pueblo.

Oficialmente Vallejos sólo cazaba con los cepos o las trampas. Los cepos los tenía escondidos apenas a cincuenta metros de donde estuvieron hablando, pero quiso tirarse el envite de “mañana” por si el otro cedía. No le salió bien. De todas formas era un buen negocio y la “herramienta” le hacía falta.

Al día siguiente bajó por la sierra con la escopeta y dieciocho cartuchos de postas metidos en una bolsa de tela. La munición no era fácil de conseguir pero el carnicero de Linares tenía agarrraeras y a cambio de carne bien le podría apañar lo menos cuatro o cinco cajas. En aquella bolsa viajaba la vida de al menos doce reses. No se podía permitir fallar los tiros y la forma de evitar los fallos era arrimarse a los bichos hasta que no tuvieran solución.

El mejor descubrimiento
El sol descargaba sin compasión sus rayos sobre la sierra. El verano había entrado temprano y los últimos días de junio estaban siendo abrasadores. La hierba se había agostado antes de tiempo y los únicos sitios frescos estaban en la cercanía de los ríos.

De la piel de aquel zorro sacaría lo menos dos duros. Era un ejemplar precioso y a pesar de estar casi metido el verano no había espelichao, por eso decidió ponerle el lazo la tarde que lo vio en lo alto de las riscas esperando a los conejos. Cuarenta y ocho horas más tarde lo había desollado al pie de un chaparro. Colgó la piel en el árbol para dejarla al sereno con el objetivo de que se le fueran el tufo y las pulgas. Pero una buena porción de éstas decidió cambiar el domicilio al amor de la sangre caliente más cercana, que era la suya.

Para librarse de tan molestos compañeros de viaje, bajó hasta el río, se quedó como lo parió su madre y puso la ropa y las alpargatas cogidas con una piedra bajo el agua, en un sitio donde la corriente las agitara bien, con lo que las pulgas pasarían a ser alimento de los peces en poco rato. Él se bañó y se limpió el pelo una y otra vez en la poza grande y cuando se hartó de nadar desnudo, se tumbó en la orilla a la sombra de un chopo con intención de esperar un buen rato que el agua le dejara la ropa desprovista de pulgas y garrapatas. Con aquel calor el baño había resultado un bálsamo reconfortante y a poco de tumbarse se quedó dormido. Su sueño era ligero como el de una liebre y el leve ruido de las piedras al desplazarse bajo unas pezuñas le hizo abrir los ojos y sin apenas moverse comprobó que una cierva le estaba mirando a poco menos de dos metros. Lo observó durante unos segundos y continuó tranquila hasta la orilla del agua donde sumergió las patas y se puso a beber con toda tranquilidad.

Vallejos le prestó la máxima atención sorprendido del comportamiento del animal, sin encontrar explicación a que no se sobresaltara con su presencia. Permanecía quieto, pero a la distancia a la que estaba, su olor tenía que hacer que la cierva huyera. ¿Cuántas veces un leve cambio de viento había provocado que las reses que acechaba salieran de estampida?
Cuando menos lo esperaba apareció otra cierva que con una actitud casi despreciativa hacia él se incorporó a beber junto a la primera. ¿Qué era lo que provocaba que las ciervas ignoraran su presencia? Hizo intención de incorporarse y los animales pegaron un brinco y salieron de estampida . Se puso en pie y analizó la situación hasta que cayó en la cuenta de que estaba ¡en pelotas! Eso podía ser, tendría que comprobarlo, pero estaba casi seguro.

Sacó la ropa del agua, la puso a secar y sólo con las albarcas se alejó por entre la jara buscando una pasá cercana. A la hora que era no tardarían mucho en bajar por allí algunas reses hasta el agua. Dejo las albarcas debajo de una risca con el viento en contra y anduvo descalzo más de cincuenta metros.

Se sentó en una piedra a menos de cinco metros de donde se notaban los rastros más firmes de las reses y se dispuso a esperar totalmente desnudo y perfectamente a la vista de cualquier animal que pudiera acercarse a menos de cien metros de su posición. Los mosquitos no tardaron mucho en aparecer y no le hicieron ascos, pero él estaba dispuesto a aguantar lo más quieto posible hasta comprobar si daba resultado su experimento. De aquel gesto podía depender su forma de cazar en un futuro inmediato.

El primero en romper por encima de la cuesta fue un horquillón con la cuerna forrada y aparentemente todavía tierna. Venía andando tranquilo. Ni siquiera hizo ademán de cambiar el trote con el que había abordado la ligera pendiente que conducía hasta el agua. Paseó la vista por encima de Vallejos y sin inmutarse continuó hasta el borde del charcón con toda tranquilidad. Ni siquiera mostraba inquietud. Antes de ponerse a beber desplegó las orejas y miró a izquierda y derecha para después agachar la cabeza y refrescarse tranquilamente. A continuación, en lo alto de la cuesta aparecieron dos ciervas. Vallejos sabía que las hembras eran más desconfiadas y con ellas cualquier gesto o el más mínimo ruido era suficiente para que emprendieran el galope en dirección opuesta y ni que decir tiene de “echarles el viento”. La más vieja le miró fijamente un momento y levantó la cabeza venteando el aire que venía de donde él se encontraba. Estiraba el cuello como queriendo atrapar más viento del que llegaba hasta su nariz, pero el resultado estaba claro, nada hizo saltar las alarmas con las que la naturaleza la había dotado. Bajaron la cuesta despacio. La más vieja echó por delante a la gabata para extremar las precauciones y al pasar junto a él pegó un resoplido y aceleró un poco el paso, pero enseguida volvió a adoptar una postura más tranquila. Antes de inclinarse hasta el agua le miró y de nuevo tomó aire con la nariz abierta al máximo y recogiendo el viento en dirección a Vallejos, él permanecía quieto y observando cada moviendo de las reses que definitivamente se inclinaron a beber sin tomar más precauciones.

Acababa de descubrir que la mejor ropa para cazar la había tenido siempre puesta, desde su nacimiento. Ahora no cabían dudas ni especulaciones, estaba claro: desnudo, el olor del cuerpo del hombre no hacía desconfiar a los animales. Aquel descubrimiento sería su mejor aliado y el secreto de la mayoría de sus éxitos. Sólo quedaba poner en práctica la técnica para cazar algún ejemplar en lugares donde estuvieran aquerenciados y el viento, por sus cambios bruscos, no fuera favorable. Había lugares en la sierra que debido a sus características hacían que el viento soplara en los días de más calma y que rolara de poniente a levante sin ninguna justificación aparente, para pasados cinco minutos volver a la dirección inicial. Cañadas de fuerte pendiente con pequeños valles en medio, con “cajas” de arroyos serpenteantes con abundante arbolado, eran los sitios idóneos para que se diera esta circunstancia. Y al mismo tiempo eran los sitios elegidos por las reses para descansar, porque sus enemigos naturales daban el cante enseguida sorprendidos por los cambios caprichosos del viento. En esos lugares la nueva técnica del “cazador desnudo” daría grandes resultados y de paso serían los que los guardas menos se preocuparían de vigilar, en la confianza de la dificultad para “cazarlos”. Una vez más, la naturaleza le había descubierto un gran secreto que le haría más fácil los próximos encuentros con las reses, para aprovisionar la despensa y pagar los gastos de la construcción de la casa.
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