Conservación
Territorio masai (II)
Última actualización 01/10/2006@00:00:00 GMT+1
Parece demostrado que el tamaño de los colmillos en los elefantes se hereda, que los descendientes de elefantes de colmillos grandes también los tendrán. Pero la caza furtiva ha buscado siempre los mejores elefantes, los que tenían más marfil, dejando que procrearan otros con menos colmillos, lo que ha provocado una caída en el tamaño de los mismos.
A lo largo de las primeras décadas del siglo pasado –especialmente entre las dos guerras europeas–, en la que fue colonia inglesa, en Kenia, se realizaron los safaris de caza más famosos. Altezas reales de distintas procedencias; marahás en pleno apogeo; la antigua nobleza europea ejerciendo su deporte favorito; magnates de la nueva era industrial; ricachones y políticos americanos –la expedición Roosvelt se pasó más de tres meses cazando–, y cazadores de los de siempre de muchísimos países, contrataron en aquella bellísima e intocada colonia a los cazadores profesionales más famosos para lograr obtener los mejores trofeos.
Pues allí, concretamente allí, se daba mucha importancia a la calidad de los trofeos, con lo cual no se quiere afirmar que las cacerías realizadas en las colonias o protectorados franceses, alemanes, portugueses o españoles –por citar unos cuantos– no brindaran al cazador las emociones propias de un safari, pero la calidad o el valor del trofeo obtenido, es decir, la medida, el peso, el concepto de récord sólo se registraba en un libro publicado en Inglaterra llamado el “Rowland Ward’s records of big game”, que aún se publica regularmente aportando nuevas ediciones y donde se mencionan y catalogan los mejores trofeos obtenidos a lo largo de los años desde el primer libro que se publicó. Para algunos cazadores tener el trofeo de un animal matado en África reseñado en el Rowland Ward’s era como para otros –salvando las distancias– tener su apellido registrado en el Gotha.
Entrar en el Rowland Ward’s no era tan fácil. Había unas normas y unos mínimos, tanto para los búfalos como para cualquier antílope, un cocodrilo o un facochero, por citarlos sólo como ejemplo de las decenas de especies de caza que recopila y ordena dicho libro, que es una auténtica joya para el aficionado a la caza mayor.
Pongamos un caso: en la edición de 1962, en cuanto a los elefantes se refiere, sólo tenían entrada si uno de sus colmillos pesaba por lo menos 100 libras, es decir, cuarenta kilos. En la lista que se adjunta están relacionados los doce primeros, por no incluirla entera. En aquellos años triunfaban los rifles express de dos cañones paralelos y de calibres exagerados –.416, .450, .470, .475, .500, etc.– cuyos cartuchos cargados con cordita empujaban –algo lentamente– las potentes balas con una trayectoria corta, en caída acusada y un empuje, eso sí, de más de seiscientos kilográmetros. Se disparaba a poca distancia y esto obligaba al cazador a acercarse a los animales con los Holland & Holland, los Greener, los Westley Richard, etcétera, y tal vez los más valoradas, los Rigby .470. Aquellos cazadores a pie mataron los elefantes con los mejores colmillos que habitaban en los territorios masai de Kenya, en el corazón de África.
Un cazador profesional que se apreciara de serlo jamás recomendaba a un cliente de calidad que disparase sobre un elefante que no fuera al menos un 90 pounder, es decir, que por lo menos uno de sus colmillos pesara 36 kilos. “Ya tendrá otra ocasión”, les decía, “no agote su licencia, tenga paciencia, encontraremos uno mejor”.
Y el cliente, no siempre convencido, seguía currando a pie tras los elefantes, pues en aquellas épocas no existían aún los Land Rover.
Tras la II Guerra Mundial, todo cambia
Después de la última guerra los safaris se multiplicaron, los transportes mejoraron y fueron muchos los que fueron a cazar a Kenya. Años después llegó la independencia y se declaró la veda total. Desgraciadamente, la falta la vigilancia y el precio que de pronto adquirió el marfil en los mercados internacionales, especialmente en Oriente, desató la plaga de los furtivos. Desde la frontera de Somalia se arrasó el Parque de Tsawo y los Wanderobos y otras tribus cazadoras arrasaron Mara, el Serengueti y el Monte Kenya.
Con flechas envenenadas con acontera, con rifles, metralletas, bombas de mano e incluso disparando desde helicópteros, durante los años sesenta y setenta se masacraron los animales escogiendo los machos que llevaban más cantidad de marfil.
Se llegó a un acuerdo mundial –con la intervención de WWF– de prohibir el comercio de marfil. Con ello se logró rebajar la demanda de los comerciantes de Oriente –el mundo de las tallas– y se reforzaron las medidas contra los furtivos. Se desmanteló una organización que comercializaba ilegalmente con marfil en las que estaban implicados altos funcionarios de Gobierno y se logró que suprecio bajara.
Pero el daño estaba ya hecho. Ya se habían matado la mayoría de elefantes machos que portaban grandes colmillos y genéticamente se ha comprobado que el elefante de colmillos grandes genera descendientes de colmillos grandes, y viceversa, los de colmillo pequeño y fino dan descendientes con poco marfil, tengan la edad que tengan.
Hoy día, en cualquier lugar de África –no sólo en Kenya–, encontrar un elefante con buenos colmillos es muy difícil y, sin embargo, siguen llegando cazadores y furtivos que los buscan ávidamente. Se sigue haciendo la selección al revés.
Nick Cowel, ex cazador, hoy en día gerente de una concesión en territorio masai, al norte del Serengueti, junto al Parque de Masai Mara, comentaba: “El problema está en que los elefantes se mueven constantemente y son difíciles de proteger. Aquí, en el Mara Reserve, tenemos controlados unos elefantes machos de unos veinte o treinta años de edad con unos colmillos excelentes, que si viven una veintena de años más van a dejar una buena descendencia. Pero, claro está, destacan tanto dentro de la manada que, en cuanto salgan del parque, si los ve un cazador… o un furtivo, están condenados. Es un tema muy difícil. No soy optimista… Fíjese usted qué tristeza, esos elefantes enormes con sesenta o setenta años a cuestas con unos colmillos que no pesan más que 15 ó 20 kilos. Yo que he sido cazador toda mi vida ¡me parecen ridículos los pobres! Estamos haciendo una campaña en Zimbawe, en Uganda, en Tanzania, en Botswana, en Zambia, intentando convencer a las autoridades para que los portadores de marfil estén protegidos. ¿Tendrá efecto? ¿Harán caso los cazadores? Con los furtivos, obviamente, no contamos. Mucho me temo que no lo lograremos… No creo que las nuevas generaciones vean nunca más aquellos elefantes que conocimos sólo hace cuarenta años”.
El Land Rover se desplaza lentamente por las laderas de las montañas de Loliondo, en pleno territorio Masai. Con los prismáticos el viajero observa una manada de unos doscientos elefantes, busca colmillo grande, lo busca una y otra vez... y no lo encuentra.