Caza menor
Crónica de una sencilla pero dura jornada perdicera
Última actualización 01/11/2006@00:00:00 GMT+1
Ese pesimismo cinegético tan de moda que asegura que apenas existen perdices salvajes en la Península queda amortiguado con este artículo, la crónica de una sencilla jornada perdicera en uno de esos lugares tan salvajes y bellos como las perdices que alberga.
Tanto en la caza como en el resto de actividades, todo es o puede ser relativo. Para algunos cazadores su paraíso de caza particular puede estar en algún lugar de la dilatada llanura manchega; para un fanático sordero del norte, tal vez se encuentre en algún recóndito lugar de un bosque navarro o para otros quizá sea alguna apartada laguna donde practicar la caza de anátidas al lubricán.
Para mí, amante de la caza natural y perdicero empedernido, mi paraíso se encuentra en el extremo nororiental de la Península Ibérica, allí donde las estribaciones prepirenaicas terminan en el mar. Un lugar comprendido entre el Cap Norfeo y el Cap de Creus. Un lugar con magníficos paisajes que combinan mar y montaña poco o nada alterados por la mano del hombre, donde predomina una vegetación de monte bajo mediterráneo y con unos cuantos pinos y alcornoques, reminiscencias de antiguos bosques que desaparecieron por talas abusivas, distribuidos de forma aislada.
Es un paisaje abrupto, salvaje, con abundantes regatos y barrancos, donde pueden observarse paredes de piedra seca que quedan como testimonios de antiguas plantaciones de viñedos, desaparecidos en la segunda mitad del siglo XIX tras la aparición de la filoxera y con sierras de no mucha altura –la cima más alta alcanza los 605 metros–, algunas de las cuales terminan bruscamente en el mar, formando acantilados cortados a pico. Un mar tan embrabecido cuando sopla fuerte tramontana que constituye todo un espectáculo su contemplación, lo que ha dado lugar a numerosos naufragios, como lo demuestran los numerosos pecios encontrados a lo largo de esta costa.
Perdices fuertes y ariscas
Pues allí se conservan aún poblaciones de perdices totalmente salvajes, fuertes, ariscas, muy adaptadas al medio donde viven y que no dependen para nada de los cultivos porque sencillamente no los hay.
Cada pieza la tienes que conseguir con el sudor de tu frente y la fuerza de tus piernas, pero cuando la consigues te llena totalmente de satisfacción y te sumerje en una especie de orgasmo cinegético.
Hace ya muchos años que en este lugar llegué a conocer la verdadera caza de la perdiz cuando todo era libre y tengo aún la suerte de poder cazar hoy en día cuando ya está todo acotado.
Sería interminable si quisiera narrar mis experiencias como cazador durante más de treinta años, pero como muestra basta un botón, me voy a limitar a escribir las anécdotas de un día de caza “normal” en este lugar tan emblemático para mí.
Crónica de una jornada
Son las ocho menos cuarto de la mañana del último jueves del mes de octubre del 2004, un buen año de cría en general.
Mi compañero de caza, Joan, llega con puntualidad con su todoterreno. Cargamos los bártulos y mi perra Blis, braca alemana de apenas tres años pero ya con bastante experiencia; él lleva a Tttus, epagneul bretón con nueve temporadas ya a sus espaldas. Salimos de mi Figueres natal en dirección este y una hora más tarde llegamos al lugar elegido para cazar.
Aparcamos el vehículo al lado del cauce de la ribera del Jóncols, totalmente seco, y que sólo corre en época de fuertes lluvias, pero cauce arriba se conservan algunos charcos que no se secan ni en los años más secos y que constituyen lugar de abrevadero para las perdices y demás fauna del lugar.
Cargados con nuestras escopetas y cartuchos de treinta y cuatro gramos del siete, sin olvidarnos de las cantimploras de agua y algunos frutos secos para soportar la dura caminata, enfilamos una fuerte pendiente seguidos por nuestros perros. Aquí no hay alternativa, o empiezas subiendo o empiezas bajando; nosotros preferimos lo primero.
El día se presenta tranquilo, diáfano, lo que permite contemplar un cielo de un intenso color azul y sólo una ligera brisa proveniente del cercano mar nos azota suavemente la cara.
Nuestro objetivo es encontrar un bando de quince perdices que yo tenía localizado poco antes de abrirse la veda , aparte de otros que podamos encontrar en este lugar poco frecuentado por otros cazadores.
Al cabo de un rato de andar juntos, nos separamos, Joan se va a la derecha bordeando la costa por si estuvieran allí, yo lo esperaré más arriba y cuando llegue a mi altura continuaremos la mano. Veo cómo se aleja acompañado de su perro, yo me siento encima de una piedra para esperarle y al cabo de un rato le veo acercarse y me hace señas con la mano indicándome que no ha visto nada. Al llegar a mi altura, continuamos.
Un bando se levanta lejos
Habrían transcurrido unos veinte minutos cuando veo un bando de nueve perdices que se levanta lejos, fuera de tiro. Observo la dirección que toman, montaña arriba, pero como conocedores que somos de la zona, sabemos más o menos dónde pueden estar.
Al atravesar un regato observo numerosas hozaduras de jabalí de la noche anterior que se habían dado un buen festín a base de raíces de una planta llamada dragoneta menor, que nosotros llamamos xerries y que por lo visto constituye una auténtica golosina para estos animales.
La presencia de jabalíes en esta zona la podemos mirar desde dos perspectivas: la negativa y la positiva. La negativa es que, como omnívoros, pueden destruir algún nido de perdiz o alguna gazapera, y la positiva, que algunos perdiceros de siempre se han pasado a la caza mayor, disminuyendo la presión cinegética sobre estas bellas y únicas patirrojas.
Al poco rato y en una zona con abundantes jaras –aquí son de la especie llamada jaguarzo negro (cistus monspeliensis)– la perra coge un rastro y sigue decidida ladera arriba. Sé que son las perdices porque conozco a la perra y sé que por su manera de actuar no puede ser otra cosa. La sigo como puedo en aquella zona tan abrupta hasta que en el límite de tiro se levanta el bando que se va en dirección a mi izquierda, pero una se desvía y me viene a pasar en buenas condiciones de tiro.
Tocada por mis dos disparos veo cómo se aleja con un vuelo irregular y oscilante hasta que a unos ciento cincuenta metros hace la torre y cae de forma espectacular en un lugar con abundante maleza. Bajo enseguida con la perra y al poco rato me la trae. Es un macho viejo de fuertes espolones y con un colorido intenso, le aliso las plumas y me la cuelgo. Aquí es donde se hace imprescindible un perro, pues sin su ayuda ocho o nueve de cada diez se pierden.
Me reúno con el compañero que me dice que las ocho restantes se han ido a una zona que queda muy lejos del itinerario previsto. Ya las encontraremos otro día pues la temporada acaba de empezar.
Continuamos la sesión. Al poco rato, un disparo solitario de mi compañero de fatigas anuncia que ha cobrado alguna pieza. Efectivamente, me muestra de lejos un conejo que levanta con la mano, buena y rara pieza en estos tiempos que corren en los que es más fácil encontrarte con un jabalí o un corzo, que también los hay, que con uno de estos lagomorfos, y no precisamente por culpa de la caza sino por las dos enfermedades ya conocidas.
Otro bando a la vista
Al fin nos encontramos arriba y me explica que ha levantado un bando de diez u once que no ha podido tirar por culpa del perro, que se le ha adelantado demasiado, y que han cogido la dirección de las ocho anteriores.
Ahora nos toca bajar, no sin antes haber llevado los perros a beber a una fuente en la que también nos hemos refrescado.
Bajamos por una sierra que termina en un pequeño llano que da al mar, y allí cogemos un sendero abierto por las vacas que nos lleva en dirección al coche.
Ya entrado el invierno, bajan numerosas vacas procedentes de la comarca del Ripollés para aprovechar los pastos que en su ir y venir en busca de comida van abriendo caminos que aprovechamos los cazadores.
Antes de empezar a bajar nos sentamos para beber un poco de agua y comer unos frutos secos, mientras comentamos el privilegio que supone estar en este lugar, primero por tener suficiente salud y fuerza física como para poder cazar; segundo por poder contemplar un magnífico paisaje donde la mano destructiva del hombre no ha llegado, y tercero que siga habiendo perdices de las auténticas.
Por fin nuestro bando
Hechas estas pequeñas reflexiones, continuamos la marcha. No habíamos andado ni cincuenta metros cuando por fin levantamos el famoso bando de “las quince”. Están todas y tiran montaña abajo. Con toda segurida las encontraremos pues esta zona la conocemos como la palma de la mano y sabemos todas sus querencias.
Joan baja casi por la cima vigilando la vertiente izquierda, y yo por la derecha. Diez minutos más tarde dos disparos del compañero indica que ha encontrado el bando, que se ha levantado entre los dos. Me preparo y me pasan seis que se lanzan ladera abajo como misiles. Tiro rápido, fallo el primero y con el segundo tumbo a una que cae lejos. La perra la ha visto caer y baja a por ella. La perdiz, herida levemente, se ha refugiado en una mata de lentisco y me la trae aún viva. Aparece el compañero con otra perdiz y me dice que se le ha levantado el bando en buenas condiciones de tiro, que podía haber hecho un doblete fácil. Las ocho “suyas” se han descolgado en la dirección que seguía, e irá a por otra, pero yo ya tengo el cupo permitido, que es de dos.
Ya casi abajo del todo y en un regato cercano al mar, tiene la suerte de poder abatir otra del bando inicial que se había disgregado. Nos reunimos y cogemos el sendero que nos llevará al coche.
Vamos contentos por haber conseguido el cupo permitido, que no es fácil de conseguir, pues aquí todas las facilidades las tienen las perdices y las dificultades las tenemos los cazadores. A nuestra izquierda vemos la cala Jóncols, hoy con un mar totalmente en calma. Llegamos por fin al vehículo cansados, sudorosos y con los brazos y piernas llenos de pinchazos pero ¡qué importa!, estamos totalmente satisfechos. El jueves próximo volveremos.
Con toda probalididad, el lugar a que hago referencia, actualmente protegido por su declaración como parque natural, y otros de similares características que quedan en la comarca, serán los últimos santuarios que alberguen poblaciones de perdices salvajes después que de el resto haya sido totalmente destruido por la vorágine especulativa e inmobiliaria.
Un ejemplo de gestión
Este lugar lo administra cinegéticamente la Sociedad de Cazadores de Cadaqués. Su presidente, Josep Serinyana, ha optado, con muy buen critero, por “conservar lo que tenemos”, esto es, salvaguardar las poblaciones autóctonas sin optar por la repoblación.
Las normas son: cupo de dos perdices por cazador y día y reducción de la temporada de caza, además de limpiar las fuentes y poner agua en los sitios donde no la hay, sobre todo en años muy secos. Son las únicas intervenciones que se hacen en la naturaleza. Y por el momento el sistema funciona. Años atrás las poblaciones de perdices quedaron reducidas bajo mínimos, pero la naturaleza puso las cosas en su sitio y afortunadamente se han ido recuperando lenta pero progresivamente.