Hemeroteca :: 01/11/2006
16/31
Entrevistas

Caza menor Diferente antes y después de muerta

Última actualización 01/11/2006@00:00:00 GMT+1
Este empedernido perdicero, autor de varios libros sobre la perdiz y su caza, hace una encendida apología de la perdiz roja de sierra por su capacidad de supervivencia y facilidad para librarse del acoso de los cazadores.
Ojalá no me domine la pasión al tratar el presente asunto porque, la perdiz roja, nuestra perdiz, ha marcado mi vocación cinegética desde que soy cazador. Resultará difícil para mí eludir amores, ardores y emociones imborrables; sentimientos que siempre me dominaron al comentar el afamado pájaro que nos ocupa.Alguien pensará de inmediato que la “roja” es diferente a otras especies como esas mismas especies son igualmente diferentes a la “roja”. En efecto, todo es distinto a todo, incluso comparado con su mismo género. Mi intención pretende, simplemente, relatar los aspectos más decisivos que la diferencian y la transforman en la especie menor más deseada y admirada.

Por supuesto que es diferente, ya lo creo. Ya verán cómo al concluir el rollo, sobre todo aquéllos que desconocen las argucias defensivas que esgrime el pájaro en cuestión, estarán de acuerdo conmigo.

Hábitat singular
El tema da para escribir un libro, pero seré breve. Lo primero que se me ocurre es observar el terreno que ocupa para diferenciarlo con el hábitat de otras especies silvestres. Como todos sabemos, la patirroja se extiende por todo el solar hispano. Está presente en barbecheras, sembradíos y montes de nuestro país pero, la perdiz a la que me refiero, precisamente la que más se diferencia de sus hermanas y del resto de las especies, es la que podríamos bautizar como perdiz serrana, la que se distribuye por las sierras más o menos encrespadas de España.

Me atrevo a afirmar que la más auténtica y primitiva se encuentra en la mitad norte, especialmente en ambas castillas y Aragón; si bien, de todas las perdices españolas, mis favoritas habitan en la vieja Castilla, son las más puras y silvestres. Esta maravillosa perdiz exige específicas cualidades al cazador que pretenda hacerse con un siempre limitado manojo de pájaros.

En este sentido es oportuno apuntar que la otra perdiz, la barbechera, se caza preferentemente mediante la modalidad de ojeo; en cambio, la serrana, se caza con las dos modalidades más meritorias: al salto y en mano. ¿Qué significa esto? Que las perdices cazadas así las hemos enseñado, años ha, a defenderse; en consecuencia, a desarrollar sus admirables aptitudes de supervivencia. Todas las perdices de nuestro país, de norte a sur y de este a oeste, se cacen donde se cacen con estas modalidades, y –aspecto básico– no se hayan hermanado con las de granja de dudoso origen, todas son iguales: sagacidaz con alas y patas.

También influye en su dureza la climatología reinante en las parameras normesetarias, sin duda. Un pájaro que soporta veinte grados bajo cero en invierno y cuarenta en verano es, en toda circunstancia y lugar, más resistente que otro que habite en regiones con temperaturas más benignas.

Un ave que cubre todas las modalidades
Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que la perdiz cazada en ojeo sólo sabe volar, la cazada al salto es más brava; la primera tan sólo está acostumbrada a sobrevolar los puestos a menor o mayor velocidad y altura. Pude comprobar personalmente la carencia del instinto de conservación de estas perdices barbecheras en unos ojeos –para mí novedosos, definitorios y definitivos; no he vuelto a repetir– celebrados en Sevilla y Córdoba. Cobré por cuenta propia todas las que cayeron de ala, sin problema, casi sin correr; sin embargo, la de sierra, en ocasiones, no las localiza ni el mejor perro. En consecuencia, y reflexionando lo expuesto, podemos diferenciar no sólo la perdiz con otras especies menores sino la perdiz con sus propias hermanas. Unas son codiciosas, astutas; las otras, proclives al vuelo, más confiadas e inocentes.

Hechas estas aclaraciones se me van a echar encima los amantes de los ojeos perdiceros. No se me irriten, ya verán cómo se avienen conmigo.

Por el momento hemos anotado tres maneras diferentes que es posible practicar para su captura: ojeo, al salto y en mano, modalidades que no permiten poner en juego otras especies de menor. Ya tenemos a la vista algo más que la diferencia: nuestra reina satisface a todos los gustos.

La de sierra, la más astuta
A partir de este punto voy a dedicarme a comentar en exclusiva la perdiz de sierra, la misma que cazamos la mayoría de los cazadores populares españoles, la que, sin lugar a dudas, contiene el mayor mérito e interés cinegético. Así, olvidemos la perdiz barbechera que, tal como he comentado, no tiene nada que ver con la que trataré de ahora en adelante.

Nuestro pájaro preferido se encuentra en los serrijones mesetarios, sobre todo en los terrenos más duros de cazar –cuanto más duros sean más fuerza y bravura manifiestan– donde para obtener éxito en el objetivo hay que superar profundos barrancos, inclinadas laderas, cortadas, vaguadas, canchales, besanas, cotarros, punzantes aliagares y, según circunstancias, embarradas barbecheras. Escenario que, como comprenderán, reclama específicas cualidades del aficionado, termómetro que, por desgracia, va marcando nuestras propias posibilidades físicas.

En mi caso personal, superada la barrera de los sesenta, cazando en los mismos terrenos de siempre, he de manifestar que comienzo a sentir nostalgia de mis mejores años mozos; ya no soy lo que era, ni andando ni tirando. De joven suelen faltar piernas al final de la jornada; de mayor, a las dos o tres horas de iniciar la andadura.

Aunque parezca no me salgo de tema; por el momento podemos apuntar una diferencia más. Así como otras especies menores –liebre, conejo, perdices en ojeo, codorniz, paso de palomas, acuáticas, etc.– pueden ser cazadas por un aficionado entrado en años, incluso minusválido, nuestro pájaro protagonista, cazado “al salto”, reclama sobresalientes cualidades psíquicas y físicas de su posible ganador, entre las que cabría destacar juventud, pasión y resistencia atlética. Puedo parecer duro, pero he aquí la realidad: un abuelete, un vago, un bisoño o un blandengue no las vería ni con telescopio.

Instinto defensivo
De todas formas quizás sea su peculiar instinto defensivo la característica más diferencial. Todas las especies silvestres procuran zafarse, de una u otra manera, de sus perseguidores; nuestro idolatrado pájaro exhibe un comportamiento no sólo diferente sino superior; nada lo asemeja con el que puedan manifestar otras especies menores, y si me apuran incluyo las mayores.

Puedo parecer exagerado, pero después de haber observado sus tretas tantos años, su admirable instinto defensivo más me parece producto de inteligencia que mero instinto. ¿Qué no? Me darán la razón. Las perdices me han hecho tantas jugarretas que si no tuvieran un determinado grado de inteligencia creo que no se comportarían así. Apeonan cientos de metros cuando la circunstancia lo requiere; vuelan cuando no tienen más remedio que volar; y se camuflan, mimetizándose en el terreno más ralo, sin dejar rastro de su presencia, si no encuentran otra opción de escape. Las he visto subidas en los tejados de las tainas, desde cuyo lugar, usándolo a modo de atalaya, contemplan los movimientos del inocente perseguidor; dentro de esas mismas tainas, saliendo como rayos por los ventanucos de sus paredes, no por la puerta, único sitio que permitiría el disparo y consiguiente logro de la pieza; encaramadas en encinas, en olivos y en pinos, como si de tórtolas se tratara; anidar en el interior de un cementerio –lugar ciertamente seguro– y en el casco urbano de una aldea, con el doble mérito de incubar y sacar la pollada adelante entre gatos y perros sueltos, ¡qué misterio! Las he visto, tras caer alicortadas en ríos, nadar como si fueran patos, escabullirse así entre los carrizos y hasta bucear bajo el agua para sobrevivir; huir, apeonando con un ala quebrada, para perderse en la oscuridad de las huras raposeras –¿suicidio o salvación?– y en las gazaperas.

Algunas anécdotas reales
Puedo dar fe de sus frecuentes argucias defensivas con numerosos ejemplos. Lo haré con alguno de los más inolvidables casos, acontecidos en mi época más juvenil, que lo corroboran.

Siendo novato y cazando sin perro recuerdo que un día, algo cansado e inducido por el bello paisaje que se extendía ante mí, tomé asiento en una pequeña roca. Abrí la escopeta y la abandoné en el suelo. Pasados unos minutos de contemplación, al levantar el trasero, arrancaron en súbito vuelo varias perdices, unas por delante, otras a la derecha y a la izquierda. Me había sentado justo en el centro del bando, permaneciendo éste pegado al suelo para volar en el momento más oportuno, cuando me encontraba desarmado. Me quedé tan sorprendido que no hice ni mención de coger la escopeta y, si lo hubiera hecho, no hubiera servido de nada.

El caso narrado es tan extraño como insólito; da pie para pensar que, si actúa así formando grupo, estando sola es capaz de eso y mucho más. Porque, ¿qué misteriosa señal u orden determinó que todas permanecieran quietas a la vez? La mayoría de los cazadores perdiceros que pecamos de andar –casi correr– demasiado deprisa, hemos podido comprobar en numerosas ocasiones, preñados de rabia, cómo sale volando a larga distancia la perdiz que perseguíamos habiéndola tenido antes bajo los pies. El pájaro parece conocer en estos casos hasta el alcance de la escopeta. “Si me quedo quieta el chucho no se entera, el tío de la escopeta menos, y el chisme largo que lleva encima ya no me llega”, parece pensar.

Siempre acude a mi mente, recordando anécdotas similares, una que raya entre lo humorístico y lo sarcástico. Verán, me sucedió en el término soriano de Tarancueña, en tierras arévacas, rayanas con la provincia de Guadalajara. Cuatro vuelos llevaba aquella puñetera perdiz. Salió fuera de tiro en su cuarta huida, descendió vertiginosamente una inclinada ladera hasta un cotarro bajero, descolgado de la sierra, donde intuí su aterrizaje; no podía estar en otro sitio. Bajé apresurado, reteniendo el perro para que no me la quitara. Alcanzado el cerrete animé a mi ayudante con la voz para que buscara.

Pasaron unos minutos de rastreo inútil. Silencio y decepción. En medio de la quietud y la desesperación, a modo de desquite, sentí necesidad de descargar la vejiga. Tal como solemos actuar los cazadores en estos casos, apoyé el arma en complicado equilibrio con el brazo derecho para abrir la cremallera del tapabalazo –operación que exige las dos manos–, tomé el “tubo” de la orina con la mano izquierda, comienzo a vaciar placenteramente y… ya pueden intuir. Estaba meando casi encima de la perdiz. Su estruendo, al despegar, interrumpió súbitamente la micción y rompió la tranquilidad que me circundaba; no me dejó ni desaguar a gusto. Solté la “tubería” para asir y encarar la escopeta con precipitación y ya pueden imaginar, ¡fallé! Demasiada complicación. Suelta, coge, encara… Me invadió tal cabreo que abandoné la persecución de aquel misterioso pájaro. ¿No les parece que, la muy ladina, esperó el momento más oportuno para salvar el pellejo? ¿Razonó?, ¿pensó?, ¿calculó?, ¿mero instinto?

No se caza con cualquier perro
Que la “roja” es diferente se percibe asímismo si atendemos a los perros que utilizamos para cazarla. Mientras los canes que empleamos para la búsqueda de otras especies menores –conejo, liebre, codorniz, acuáticas; si bien hay que considerar caso aparte los perros becaderos– suelen dar buenos resultados a la segunda o tercera temporada de iniciación siempre que reúnan, claro está, un mínimo de cualidades, los que dedicamos para la caza de perdices rojas “al salto” o “en mano” es muy raro que satisfagan plenamente a su dueño; por buenos que sean casi siempre presentan defectos. O se alejan demasiado de la escopeta, actuando a modo de espantapájaros; o se ponen detrás y no cazan sirviendo sólo para cobrar si es que para eso sirven; o no aguantan la muestra; o no cobran bien los pájaros heridos, especialmente los alirrotos; o muerden demasiado la pieza; o se dejan las perdices amagadas. Ningún cazador perdicero podrá afirmar que posee un ayudante perfecto. ¿Por qué? Porque el pajarito en cuestión desconcierta al can con demasiada frecuencia, al apeonar, dejando rastro en el suelo, volando casi siempre lejos, fuera de la vista de su perseguidor. Unas veces ve a la presa sin haberlo olfateado antes, otras la huele pero no la ve. El perro, así, acaba por volverse loco; percibe olores pero no sabe ni dónde están ni de dónde proceden. Sólo el tiempo –cuatro o cinco temporadas– y la constancia, aparte de sus positivas cualidades, pondrá en su sitio el equilibrio olfativo y psicológico del compañero y su correcto comportamiento en el campo.

Aún así, como he apuntado, siempre manifestará defectos. He tenido perros que cazaban magistralmente la codorniz; sin embargo, en las perdices, alguno de ellos, era más un estorbo que una ayuda.

El Sol, quizá el mejor perro que tuve, aunque descastado, poseía unos vientos e inteligencia impresionantes. Siempre solía mostrar las perdices que, cansadas, encontraban cobijo en los pastizales, aliagares y regatos; además cobraba muy bien y me entregaba la pieza. Pues bien, mi maravilloso amigo también se dejaba alguna de esas perdices que se amagan sin dejar rastro, ésas que se aplastan en el terreno, al parecer sin exhalar ningún efluvio oloroso. Aparente defecto olfativo más achacable a las misteriosas cualidades defensivas de la patirroja que a la carencia de virtudes de mi inolvidable compañero Sol.

Diferente incluso después de muerta
He comprobado tan admirable comportamiento de nuestra brava perdiz en numerosas ocasiones, no sólo en la que relato a continuación:
Vi una perdiz descender hacia un pequeño pegujal –no medía más de 50 m2– poblado de hierbas y cardos. Frenó el vuelo y aterrizó en terreno tan seguro para poder quedarme con ella. ¡Emoción! Descendí apresuradamente. Una vez alcanzado el prometedor lugar animé al Sol, inició rápidos rastreos, atravesando el herbazal en diversas direcciones. ¡Nada de nada! Yo sabía que el pájaro estaba escondido allí.

Pasados unos minutos de inútil búsqueda, me di cuenta de que, si quería colgarme la perdiz tenía que ser yo quien debía levantarla. Inicié una brusca andadura en zigzag, atizando patadas contra los arbustos, hasta que, repentinamente, salió casi de mis pies para ser abatida. Se había aposentado allí, permaneciendo estática, como muerta, sin emanar ni siquiera el más sutil olor que permitiera al perro detectarla. Misteriosa actitud, ¿no les parece?
Bien pensado, hasta después de muerta se diferencia del resto de las especies: algo tiene que si, exhaustos, la contemplamos tras ser abatida, desaparece en nosotros el cansancio y hasta los dolores. Además, colgada en la percha, se transforma en un bodegón natural que no necesita ni marco ni oropeles para cautivar. Una, dos o tres, colgadas en el cinto, conforman una composición tan bella que no existe otra pieza de menor que la pueda igualar.

El último plato, nunca mejor dicho, se lo dejo a los gastrónomos. Pues si la roja nos hizo disfrutar en el monte como pocas especies de caza, a la hora de saborearla en la mesa, aparte de permitirnos miles de combinaciones culinarias, la calidad de su carne iguala sin duda su calidad venatoria.

Vamos, para hacerle un monumento.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?   Si (0)   No(0)
16/31
Comparte esta noticia  

Comenta esta noticia



Normas de uso
  • Esta es la opinión de los internautas, no de TrofeoCaza.com, web oficial de la revista Trofeo, decana del mundo cinegético
  • No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.
  • Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.
  • Su dirección de e-mail no será publicada ni usada con fines publicitarios.