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Recechando ideas

Última actualización 01/11/2006@00:00:00 GMT+1
Para un cazador pocas cosas hay tan placenteras como releer nuestro diario de caza. Ese que no tiene pretensiones literarias, ni lectores, ni tiene otro fin que el de guardar con precisión nuestros días de campo para que nada los cambie ni los olvide la memoria
El tiempo que pasa y con él los días de caza, los años que tenemos como cazadores, los paisajes que más nos gustan, la realidad cotidiana que nos lleva. Como ruido de fondo las noticias del mundo, de la historia de los grandes sucesos, nos envuelven silenciando de forma aplastante nuestra propia voz interior. La propia soledad comienza a ser valorada como patología o desgracia en lugar de cómo placer y pocas veces podemos escucharnos en silencio, poder hablarnos, hacernos preguntas, escribir lo que uno no sabe cómo decir en voz alta, “pasar a limpio” lo vivido.

Pero para un cazador pocas cosas hay tan placenteras como releer nuestro diario de caza. Ese que no tiene pretensiones literarias, ni lectores, ni tiene otro fin que el de guardar con precisión nuestros días de campo para que nada los cambie ni los olvide la memoria. En él anotamos experiencias, anécdotas, resultados, lances, el tiempo, el regusto del taco compartido, ese tiro perfecto desde tan lejos, lo que sentimos de pronto y por un segundo al sentirnos parte del paisaje, el trabajo del perro ese día, los fallos…y también una pluma de perdiz, una hoja seca, una foto…pequeñas cosas y palabras sencillas. No somos Delibes.

Ya sé que los españoles somos muy poco dados a los diarios y las biografías por pudor o dejadez, preferimos que recuerden otros o que el olvido invente y amplifique azañas y sucesos. En los colegios de aquí, al contrario que en Inglaterra o Alemania, no se fomenta eso de escribir diarios, nombrar la vida que pasa con palabras para ser leídas por uno mismo. Escribir un diario de caza supone un pequeño esfuerzo, una mínima rutina que añadir a esos lunes llenos de trabajos y obligaciones pero merece la pena ocupar unos minutos. Debe ser a mano y en papel aunque seamos de esos “nuevos ágrafos” que lo escribimos todo en el ordenador. No es necesario un libro elegante con papel marfil y tapas repujadas, basta con un cuaderno grueso de tapas duras.

En días como hoy, tras haber escrito sobre la jornada de ayer, nos sentamos en el sillón más cómodo, nos ponemos una copa de ese vino de nuestra tierra que nos gusta tanto y saboreamos despacio todo aquello que escribimos y vivimos. Nos sorprendemos entonces al recordar esos días de caza pasados, sonreiremos sin querer al volver a vivir esa tarde compartida de éxito o ese otro día de tormenta bíblica y de sonoro bolo, volveremos a recordar las voces de los amigos de la cuadrilla, la mirada del perro cuando fallamos aquella liebre que nos salió a huevo y todo eso que la memoria esconde y que sólo esas palabras escritas, cuan llave mágica, hacen aparecer de una forma tan nítida y precisa que no parecen recuerdos lejanos sino vivencias de ayer mismo.

Te animo a ello. Supera la timidez o el cansancio, no te excuses con la opinión de que “no sabes escribir”, guarda un poco de tiempo para este pequeño trabajo después de cada día de caza y podrás disfrutar otros muchos días de esa jornada y su sabor será mejor cuanto más tiempo pase, como el vino de tu tierra que tanto te gusta. Te repito que un diario de caza no necesita florituras, ni hipérboles, ni metáforas originales, no escribimos para nadie y nadie salvo nosotros leerá nuestras palabras.

Pero quién sabe. Tal vez mañana, un mañana muy lejano, nuestro hijo descubra este cuaderno al limpiar los cajones de la mesa antes de que vengan los traperos y tal vez se sorprenda y se lo lleve a su casa y tal vez al final de su jornada de trabajo se sirva una copa de aquel vino que te gustaba tanto, abra el diario y comience a leer esas palabras que nunca compartiste. Dice mi paisano que “la memoria es el cielo de quienes no creemos en el cielo”. Tal vez ese sea el nuestro, el cielo es un sencillo diario de caza en el que hay trozos de tomillo seco, hojas de roble, unas pocas fotos con vuestros amigos posando con las piezas, una vieja pluma de perdiz o de becada y todas esas palabras que nombran nuestro pasado y una forma que sólo los cazadores conocemos de felicidad.

Ese lector y ese diario serán nuestro cielo.
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