Entrevistas
Caza menor
Conejos con podencos zarceros en compañía de Francisco Fernández Sierra
Última actualización 01/12/2006@00:00:00 GMT+1
En pleno agosto, Francisco Fernández Sierra estuvo en Córdoba cazando conejos con podencos zarceros. Los perros se portaron desalojando conejos y Sierra rematando los lances con certeros disparos.
El otro día, a mediados de agosto, echamos un rato a conejos con podencos en la finca Anacleto, del término de Montilla, en plena campiña cordobesa. Paco Fernández Sierra, nuestro campeón de caza menor con perro, tuvo la amabilidad de aceptar nuestra invitación y desplazarse desde Guadalajara para cazar con nuestros podencos, a la manera de aquí, despacito y quieto en la postura mientras los podencos de zarzas hacen su trabajo.
Cazamos sólo tres horas, que es lo que nos deja Lorenzo por estas fechas, teniendo en cuenta que no es bueno soltar los perros al amanecer porque encierran muchos conejos y que a las doce del mediodía el campo agostado empieza a pasar factura a cazadores y canes.
Recogí a Paco a la entrada de Córdoba, a las once de la noche del día anterior a la cacería. Nos subimos a Santa María de Trassierra, el balcón natural que tiene Córdoba en lo alto de sus lomas más próximas, donde hicimos noche. Allí, tras una cena ligera, estuvimos charlando de podencos, a los que Paco es un gran aficionado y ha demostrado saber sacar de ellos todo lo que pueden dar en el campo, que es mucho. ¡Cuánto le deben los podencos a Fernández Sierra! Él ha contribuido a que nuestro humilde perro de caza de siempre sea ahora admirado en todas partes.
Así prepara a sus podencos
Me contó que les da un trato exquisito a sus podencos, incluso les tiene puesta calefacción en sus perreras para que soporten mejor los rigores del invierno alcarreño.
Busca siempre cachorrones de alrededor de un año, con carácter fuerte y gran pasión por la caza, con cuerpo para que aguanten largas jornadas de trabajo sin venirse abajo ni una chispa, repasadores y meticulosos y sobre todo que no canten el rastro, para que no levanten las perdices antes de tiempo. En fin, todas las características de un buen podenco de talla media levantador, como su campeona Fina. Luego se aplica a ellos con mucho cariño y mano firme a la vez, no dudando en emplear el collar eléctrico, si es necesario, para someter su carácter y recortarlos a su andadura y forma de cazar.
De jóvenes los caza mucho a la codorniz, la mejor escuela para la pluma, hasta que van cogiendo la costumbre de repasar incansablemente el terreno para dar con la escurridiza avecilla, sabiéndose parar a tiempo antes de que alcen el vuelo sin que llegue la escopeta. También los caza al conejo, la pieza natural del podenco, que les da ese punto de arrojo necesario ante el matorral duro. Una vez saben cazar estas dos piezas de verano, los pone ante la perdiz, la asignatura más difícil para un podenco, donde han de estar a la vez pendientes del peón de la pieza y del acercamiento del cazador que pretende tirarla, casi siempre larga, si se trata de perdices salvajes. Y sobre todo, saber cobrarlas cuando caen de ala. Aprendiendo esto, que no es poco, ya tenemos un auténtico podenco de competición.
La liebre es una pieza menor para los podencos, siendo solamente cuestión de corpulencia y fuerza el poder cobrarla herida a distancia y con prontitud. También me contó que se prepara habitualmente para la competición cazando en terrenos con escasez de caza, pues de siempre se ha dicho que la abundancia crea vicio.
Tras la charla, que se prolongó hasta las dos de la madrugada, tomamos la cama para dejarla a las seis y media, pues mientras preparábamos los bártulos, los perros y contando con el desplazamiento a Montilla, desayuno y presentaciones reglamentarias, podríamos empezar a cazar a las nueve aproximadamente.
Llegamos al lugar de la cita cuando ya estaban allí Críspulo y Carlos, que venían de Cuevas de San Marcos (Córdoba) con su rehalilla de podencos oritos y encerados, que cazan las zarzas que se te saltan las lágrimas de alegría. Éstos iban a ser los auténticos protagonistas de la jornada, junto a dos de mis podencos, Curro y Mora.
Juan Manuel Sillero, propietario de la finca y de las bodegas de vino de Montilla que llevan su apellido, fue el anfitrión que nos acompañó en todo momento, disfrutando de los lances de los perros y de la generosidad en conejos que tiene este estupendo coto.
Buena parte de la cosecha de cereal se la han merendado este año estos lagomorfos que proliferan en la finca por su blando terreno y la existencia de arroyos con agua, viñas y comida abundante. No se ha hecho una gestión especial en la zona, aunque sus condiciones naturales y el hecho de que hace unos años se arrancaran gran cantidad de cepas de vid que fueron amontonadas a modo de barreras para contener la tierra ante los torrentes de agua, que hicieron de majanos involuntarios e inaccesibles para perros y hurones, han dado este cosechón de conejos que se ha traducido este año en más de mil capturas sin que se note la bajada de ejemplares en una finca que no supera las trescientas hectáreas.
De arroyo en arroyo
Íbamos a cazar de arroyo en arroyo, con intervalos de zarzas, espinos y juncos, dos escopetas por cada lado, sin prisas, escuchando el concierto de latidos, dejando hacer a los perros y estando los cazadores parados sólo para rematar el lance. Un estilo muy distinto a la caza competitiva, con un sabor muy nuestro y del mismo modo que cazaban nuestros abuelos.
Nada más soltar “el alambre”, una vez puestas las escopetas, empezaron a moverse las zarzas como si un ejército de cortadoras de césped estuviera segándolas por abajo. Los primeros disparos fueron a conejos gazapeados, que intentaban huir de la quema sigilosamente. Es muy importante mantener silencio absoluto en esta modalidad, para que el conejo salga tranquilamente al no oír la voz humana.
Francisco empleaba un sólo y certero disparo para cada pieza. Su repetidora con choque de una estrella, que usa siempre para no perder la costumbre de tiro, resultaba monótona por la efectividad con que cumplía, matando conejos hasta en la otra provincia.
Enseguida la algarabía de latidos puso música al baile de los zarzales y los conejos, ya más apretados, saltaban como tapones de champán. La primera zarza dio seis piezas al morral en menos de veinte minutos. Mora, que es una auténtica víbora dentro de las zarzas, atrapó el primer conejo a diente de los cinco que cogería a lo largo de la jornada, pero al sacarlo se le escapó de la boca y salió haciendo eses, provocando el único fallo, a la postre, de los dieciséis conejos que tiró Paco.
Luego un intervalo de pasto seco y espinos que los perros de Críspulo apenas cazaron por no gustar de otra vegetación que no fuera la zarza dura, pero donde mi perra cogió dos conejos más a diente y yo pude hacerme con otros dos a sendas posturas de Curro. Francisco abatió dos más al mismo perro, también a “podenco puesto”.
En estos tiempos de calores, el conejo deja poco rastro y, salvo en las zarzas donde se mueven mucho, la gran mayoría de los orejones los señalan los podencos en sus camas de pasto con paradas muy bonitas y nerviosas, donde es una gozada ver al perro en tensión total, con las orejas como puñales y los ojos clavados sobre el lugar donde su olfato les dice que está la pieza.
Nuevo zarzalón y nuevo recital de los especialistas, que vaciaron el matorral de una manera disciplinada, sin dejarse atrás ni una cola. A medida que engordaba el morral apretaba el sol de una manera implacable. Uno de los conejos tomó una calle de un girasol colindante y lo tiró Sierra a más de cuarenta metros. Me comenta que cree que va tocado, pongo a Curro en el rastro y tras seis o siete minutos de búsqueda, me lo trae vivo, lo que me pone más contento aún de lo que estaba.
La caza continúa. repitiéndose los lances con la frecuencia adecuada para no perder la concentración. Otro conejo lo señala mi perra encuevado en un pequeño caño en medio de un talud. Francisco, demostrando que es todo un cazador además de campeón, se mete en faena soltando la escopeta e intentando sacar el conejo con la mano para aliviar la briega de la perrilla. El conejo saltó por el otro lado del caño, pasándole literalmente por delante de sus narices y salvó el pellejo por no atrevernos a tirar los que estábamos en postura, dado lo comprometido del lance.
A las doce del mediodía dimos por terminada la cacería. En el matorral del manantial donde bebían los perros antes de encerrarse, levantaron otros dos conejos y me quedé con ellos desde lo alto del pilar de la fuente. En total veintinueve piezas de las que Paco cobró quince, lo que corrobora su buena forma con la escopeta. Después vino una visita a la bodega, unas copitas del excelente vino que da la finca y charla animada comentando los lances de la mañana y los delicados aromas del vino de Montilla.
Total, un día de caza como Dios manda.