Historia
Apuntes históricos sobre su distribución, abundancia y causas del descenso
Última actualización 01/12/2006@00:00:00 GMT+1
Aunque el lobo sigue estando muy presente en la mitad norte de la Península, a mediados del XIX era abundantísimo en toda España, sobre todo en la mitad sur, como nos cuenta Víctor Gutiérrez, autor de este artículo y del libro El lobo en Andalucía, un trabajo de investigación de siete años que arroja mucha luz sobre la historia reciente de este gran depredador en tierras andaluzas. Hoy los lobos ‘andaluces’ tan sólo existen en puntos aislados de Sierra Morena, en las provincias de Córdoba y Jaén.
A pesar de que en Andalucía el lobo ibérico se nos antoje un animal relicto propio de las zonas montañosas más agrestes, hasta mediados del siglo XIX este mítico animal fue uno de los mamíferos más ampliamente distribuidos por el extremo más meridional de la Península Ibérica.
En la actualidad, apenas unas cuantas parejas sobreviven Sierra Morena, principalmente en su zona oriental –Andújar, Cardeña y el sur de la provincia de Ciudad Real–, aunque también un reducido núcleo se mantiene a caballo entre la Sierra de los Santos y la Sierra de Hornachuelos, desde donde realizan esporádicas incursiones a la provincia de Sevilla. Su status jurídico es de máxima protección. En Andalucía se encuentra catalogado en el Libro Rojo de los Vertebrados Amenazados de Andalucía como especie “En peligro crítico de extinción”. Su caza está prohibida desde 1986, abonando la administración autonómica los daños que pueda producir al ganado doméstico. En Castilla-La Mancha su caza se vedó en 1987, mientras que en Extremadura se halla protegido desde 1985.
Recompensas para su exterminio
Al igual que en el resto del hemisferio norte, el lobo ha sido sin duda ninguna el animal más intensamente perseguido por el hombre a lo largo de la historia en Andalucía. Tras la ardua conquista castellana de la región, los diferentes concejos andaluces establecieron ya desde la Edad Media generosas recompensas destinadas a alentar el exterminio del gran depredador mediterráneo que en gran número se distribuía por todos y cada uno de los rincones de su geografía gracias a los extensísimos bosques que durante siglos habían servido de frontera entre el Islam y la Cristiandad, y que cobijaban una excepcional fauna cinegética compuesta por ciervos, corzos, gamos, jabalíes, linces, osos y encebros.
En las tierras hoy deforestadas del Valle del Guadalquivir la abundancia de lobos llegó a ser en tiempos históricos mayúscula. En localidades como Carmona, Écija o Villafranca de Córdoba durante el siglo XVI se pagaban 3 reales por lobo adulto y uno y medio por lobezno. Las Ordenanzas de Carmona prescribían ya desde la Edad Media la obligación por parte de garañones, yeguarizos y potreros de llevar permanentemente dos mastínes en el hato para defender a los animales de los lobos y los ladrones de ganado. A mediados del siglo XIX el cánido criaba incluso en el entorno de la capital hispalense, circunstancia que continuaría repitiéndose todavía durante la centuria posterior, tal y como reflejó José María Valdés (Moreno Alonso, 1978) al referirse al estado de miseria que presentaba en 1838 la provincia de Sevilla: La antigua Bética, aquel país en que colocaron los antiguos los campos Elíseos, es en el día patria de mendigos, guarida de ladrones y pasto de animales dañinos: los lobos se han extendido hasta el centro del Aljarafe de Sevilla, y se ha visto con asombro que han hecho crías en algunos miserables barajales del arroyo del Repudio.
Lobos a orillas del Guadalquivir
En Doñana los registros históricos por muertes de lobos han sido muy numerosos. Los vecinos de los pueblos asentados a ambas orillas del río Guadalquivir solían unirse para perseguir a los cánidos. Así, sabemos que el 2 de marzo de 1529 el concejo de Sanlúcar de Barrameda destinó “dos reales a Juan de Bolaños para dar a uno que llevo las cartas a Lebrixa e a Trebujena para apercibir que saliesen a los lobos”.
Tan desorbitada era su presencia que el 30 de julio de 1654 el Cabildo de esta ciudad gaditana ordenó talar el pinar de la Algaida ante el gran número de lobos que se cobijaban en los espesos lentiscales que hoy como ayer jalonan este mítico bosque (Barbadillo, 1942).
Durante el siglo XIX una Provisión casera de Fernando VII para Aznalcázar disponía las recompensas a percibir por la caza de lobos en el término en cumplimiento de la Real Disposición sobre extinción de animales dañinos de 2 de junio de 1824, oscilando entre los 16 ducados por matar una hembra, 8 si se trataba de un macho y 24 por cama. Siglos de pertinaz persecución y el aislamiento de la comarca respecto de otras zonas loberas próximas dieron como resultado que a comienzos del siglo XX el lobo se convirtiera en una verdadera rareza en Doñana. Sus capturas comenzaron a escalonarse en el tiempo, resultando francamente excepcionales. Una de ellas tuvo lugar en Hinojos el 14 de septiembre de 1907, según consta en el Archivo Municipal de esta localidad onubense. Los últimos lobos marismeños fueron muertos por la mano del hombre a mediados del siglo XX. De algunos de ellos conservamos cierta información, como el cobrado nuevamente en Hinojos en el transcurso de una cacería de patos (4) o el que se mató en El Puntal, ambos en 1951. Todavía hacia 1972 se mató un lobo adulto procedente de Sierra Morena en Moguer, en el paraje de Fuentepiña.
En las serranías béticas
En las serranías béticas el lobo se mantuvo hasta el primer tercio del siglo XX. En el extremo más occidental de la cordillera existe constancia documental de acuerdos locales sobre premios, batidas y repartimientos de lobos tanto en el interior como en el litoral de las provincias de Cádiz y Málaga, así como en las sierras subbéticas de Sevilla y Córdoba.
En Rute, por ejemplo, se abonaban 12 reales por cada ejemplar adulto que fuera presentado ante las autoridades en 1575.
Durante la centuria posterior, las partidas por matanzas de lobos eran muy habituales en poblaciones como Medina Sidonia, Tarifa o Chiclana, hoy desprovistas de lobos.
A mediados del siglo XIX el lobo es citado por Pascual Madoz (1986) y otros autores decimonónicos –Diego de Zafra, Moreti, Bisso– en Estepona o Manilva, en plena Costa del Sol malagueña, además de en no pocos emplazamientos de los montes de Cádiz –El Bosque, Algeciras–, la Serranía de Ronda –Gaucin, Jubrique, Ronda–, la Sierra Sur de Sevilla –Morón de la Frontera, Osuna, Gilena– y las subbéticas cordobesas –Baena o Priego–. Las letales campañas de envenenamiento provocaron la rápida rarefacción de la especie apenas unos años más tarde, de tal suerte que apenas estrenado el primer cuarto del siglo XX las últimas capturas nos trasladan hasta los quebrados montes de Algar, Ubrique y Cortes de la Frontera.
Málaga fue muy lobera
El interior de la provincia de Málaga fue también un territorio muy lobero. Las libranzas por exterminio de lobos en la capital resultaron muy habituales desde su toma. Lo mismo podría decirse de la Axarquía, la comarca de Antequera, las sierras orientales y los vecinos montes granadinos. Solamente entre 1572 y 1582, 196 ejemplares fueron presentados en Alhama de Granada para cobrar las correspondientes recompensas (Raya Retamero, 2001).
Ya en el siglo XIX, Robert Semple y William Jacob, dos viajeros ingleses que en la primavera de 1809 recorrieron la provincia de Málaga, relatan en sus crónicas cómo los rebaños que pastaban en las dehesas que se abren entre los altos de Alhama y la Sierra de Tejeda eran “guardados por perros con grandes y erizadas carlancas de hierro, porque los lobos también abundaban y con la nieve se hacían más agresivos” (Caro Baroja, 1993).
En el voluminoso tratado de Madoz aparece bien distribuido por buena parte de las serranías de la mitad oriental de la provincia. Es mencionado, entre otras poblaciones, en Antequera, Sierra de Yeguas o Archidona. En la Hoya de Málaga aparece en Álora, Cártama y Alhaurín de la Torre, así como en la Axarquía –Colmenar y Vélez-Málaga– y en las sierras de Tejada, Alhama y Almijara –Itrabo y Alfarnate–. Sería precisamente en estas montañas que separan las provincias de Málaga y Granada donde se vivirían los últimos coletazos de la especie, cobrándose los últimos ejemplares a finales de la década de los 20 del pasado siglo, principalmente en la vertiente granadina.
Las partidas destinadas a la matanza de lobos en los pueblos situados en Sierra Mágina y sierras del sur de Jaén fueron de igual modo muy numerosas. En Martos, Bedmar, Jódar o la propia capital jiennense se realizarían batidas hasta mediados del siglo XIX en lugares como Mata Begid, Los Villares o La Pandera. Una de ellas congregó en 1859 a los vecinos de la capital jiennense con los de otras poblaciones vecinas, que se unieron para batir conjuntamente la Sierra de Propios y Mata Begid –López Cordero, 1992–. Además de la estricnina, el gigantesco proceso roturador iniciado a mediados del siglo XVIII explica la extinción de la especie durante los primeros años del siglo XX.
En las serranías de Cazorla y Segura, donde quizás habitara la pretendida subespecie deitanus, existen acuerdos concejíles destinados a perseguir al gran depredador mediterráneo desde la baja Edad Media. Sus correrías llegaban incluso al interior de la provincia, a territorios que hoy son dominio del olivar. Una buena muestra de ello son las tres grandes batidas de lobos celebradas en las ciudades monumentales de Baeza y Úbeda a finales del siglo XVIII.
Hacia 1925 el lobo se había vuelto muy raro en estas serranías tradicionalmente ganaderas y hostiles hacia el depredador. No obstante, en el monográfico El lobo en España, un informe presentado al Ministerio de Economía Nacional en 1930 fruto de una encuesta enviada a “señores maestros de primera enseñanza y otras personas –cazadores y aficionados a las ciencias naturales– de las provincias más frecuentadas por los lobos”, se afirma que en La Puerta y en Beas de Segura “suelen verse lobos” –Crestar y Segovia, 1930–. Todavía durante la segunda mitad del siglo XX se produjeron algunos movimientos erráticos de ejemplares procedentes de Sierra Morena.
La riqueza lobera de Sierra Nevada
En Sierra Nevada la riqueza lobuna ha sido históricamente sobresaliente. Valga como ejemplo los 205 lobos presentados en la capital granadina a razón de 300 maravedíes por ejemplar en 1584 –Jiménez Vela, 1987–.
Su área de distribución abarcaba también la costa mediterránea, donde a mediados del siglo XVI las autoridades de Motril premiaban con hasta 600 maravedíes la muerte de cada individuo.
En la Sierra de Baza, por su parte, el cánido se mantuvo hasta el primer cuarto del siglo XX. Solamente en esta localidad fue premiada la muerte de 786 ejemplares adultos y 892 lobeznos entre 1583 y 1616 –Tristán García, 2000–. Ya en el siglo XIX fueron muchos e ilustres los autores que dejaron testimonio de la abundancia superlativa de lobos de la que gozaba el macizo nevadense. Entre ellos se encuentran Rosenhauer, Augusto Jerez, Moritz Willkomm, Máximo Hetting o los célebres Chapman y Buck.
En 1921 se produjeron varias lobadas en municipios muy cercanos a la capital, como Armilla –El Defensor de Granada, 6-3-1921–.
Los últimos ejemplares desaparecieron definitivamente hacia 1935. Las causas de su desaparición, al igual que en tantas otras comarcas andaluzas, hay que buscarlas en la generalización del uso del veneno y otras artes de caza hoy afortunadamente prohibidas –cepos, trampas, lazos, zarazas–, sin olvidar la falta de los grandes herbívoros salvajes, lo que forzó una mayor dependencia del lobo respecto del ganado doméstico, que trajo como consecuencia una intensificación en su persecución por parte de pastores y ganaderos.
En Almería, desde la sierra hasta la costa
En tierras almerienses, mientras, el lobo fue muy abundante tanto en las zonas montañosas como en la costa. A mediados del siglo XVII la ciudad de Almería pagaba 22 reales por la muerte de ejemplares adultos o de camadas. Sólo entre 1788 y 1804 se recompensó la muerte de 158 lobos en la capital almeriense a razón de 4 reales por ejemplar.
En el tratado de Madoz el cánido se encuentra bien distribuido por el Valle de Almanzora –Albox, Cuevas de almanzora–, la Sierra de los Filabres –Bacáres, Antax, Bédar–, Los Vélez –Vélez Rubio– y las sierras litorales –Mojácar, Carboneras, Garrucha–. No obstante, el número de lobos a estas alturas de la Historia era muy reducido. De hecho, en el informe publicado por el Ministerio de Fomento en 1861, “Apuntes relativos a la aparición y extinción de animales dañinos en las provincias del Reino” (ver cuadro 1), no aparece ya ningún lobo muerto en la provincia durante los años 1855 a 1859.
En el citado documento se esgrimían las razones de esta ausencia: Atribúyese al desarrollo de la industria minera y á la creación de multitud de establecimientos mineros y fabriles que han poblado la sierra de esta provincia la progresiva disminución de los animales dañinos.
Los últimos lobos almerienses vieron los primeros años del siglo XX en las sierras de Lúcar y de los Filabres.
Sierra Morena, los últimos reductos
Como en tantas comarcas andaluzas, en Sierra Morena las recompensas por matar lobos han sido históricamente sufragadas por los propios ganaderos y pastores. Un ejemplo lo encontramos en las Ordenanzas de la Mesta local de Hinojosa del Duque y Belalcázar, que a mediados del siglo XVI establecían lo siguiente: El que matare lobo maior aya de premio del concejo de la dicha mesta dozientos maravedíes. E por una lechigada, que s´entiende cama de lobos, otro tanto. El lobo maior s´entiende de un año arriba. El que los matare o tomare sea obligado de fazer muestra dellos a los alcaldes de la mesta y escribano para que le pague su salario e se siente en el libro del concejo y que se le pague luego.
En poblaciones como Aroche, las partidas destinadas a sufragar las matanzas de lobos suponían una parte considerable del presupuesto concejíl. Valga como ejemplo los 3.563 maravedíes abonados en 1520 para la lucha contra el depredador, nada menos que el 21 por ciento de los gastos globales de la localidad para ese año –Pérez-Embid, 1990–. Esta situación era extensible al conjunto de la cordillera Mariana. En 1616 el concejo de Andújar pagaba 3 ducados de sus fondos de propios por cada pellejo de lobo presentado. Las autoridades hicieron un censo de cazadores de esta ciudad jiennense obligándoles bajo multa a cada uno de ellos a presentar un lobo anualmente –Amezcua, 24-4-1988–.
Al contrario que en el resto de las comarcas andaluzas, siglos de enconada persecución por medio de venenos, batidas, trampas y descastes de camadas no habían dado sus frutos en Sierra Morena, por lo que, iniciado el siglo XX, el lobo continuaba manteniendo en el norte de Andalucía la misma área de distribución que durante la Edad Media, resultando aún verdaderamente abundante. En 1942, debido a “las numerosas manadas de lobos que se han desarrollado en proporciones alarmantes, causando carniceros estragos entre los ganados”, los ganaderos de Santa Olalla de Cala decidieron hacer un acuerdo con el Ayuntamiento de esta localidad serrana para hacer frente al lobo, estableciéndose para ello 7 condiciones generales. La primera establecía unas recompensas de 400 pesetas por loba muerta, 300 por macho y 100 por cachorro para incentivar más aún si cabe su caza.
Durante los años 50, 60 y 70 se sucedieron grandes batidas de lobos en estas montañas, como la celebrada en la Sierra de la Pata del Caballo en 1953 entre los vecinos de El Álamo y El Castillo de las Guardas, y que terminó con insólita cifra de 22 lobos muertos –Caza y Pesca, septiembre de 1953–. Estos montes y vaguadas que separan las provincias de Huelva y Sevilla fueron el escenario de las últimas correrías del lobo ibérico en Sierra Morena occidental. En 1982 se mató un ejemplar viejo y desdentado en El Ronquillo; dos años más tarde se cazó otro macho de considerable tamaño en las inmediaciones en la rivera del río Tinto, muy cerca de Valverde del Camino; finalmente, en diciembre de 1985 se cobró un ejemplar en el Coto Nacional de Caza de La Pata del Caballo.
Los últimos lobos
En Sierra Morena central y oriental, donde el lobo continúa presente, las muertes de ejemplares durante los años 60, 70 y 80 fueron muy numerosas. Sus capturas llegaron a copar los mejores trofeos a nivel nacional hasta la total protección de la especie en 1986, si bien un año antes su caza ya se había vedado en la provincia de Córdoba debido a la preocupante disminución de sus efectivos.
Las causas de la misma hay que buscarlas en el hostigamiento crónico al que la especie se ha visto sometido por parte del hombre, así como el notable descenso de la cabaña ganadera provocado por el éxodo rural a las grandes ciudades acaecido desde mediados de los años 50 del pasado siglo, sin olvidar otros factores como la parcelación y vallado del monte o las repoblaciones forestales.
Recién iniciado el tercer milenio, la población de lobos parece cuanto menos estabilizarse en la cordillera mariana –Muñoz-Cobo et al., 1999ª; Muñoz-Cobo et al., 2002–. Pero, pese a que año tras año se comprueba su reproducción en los dos núcleos supervivientes, no se pueden lanzar las campanas al vuelo, pues a las causas que motivaron la rarefacción de la especie otros problemas añadidos han venido a dificultar su recuperación.
Uno de los más importantes sin duda es el aislamiento de este núcleo –el más meridional de la Europa occidental– del resto de las poblaciones lobunas ibéricas, lo que impide un mínimo trasiego de ejemplares que permita el necesario intercambio genético y evite la consanguinidad.
Pero sin duda la principal baza que decidirá en el futuro su conservación en el norte de Andalucía será su grado de aceptación social en el territorio donde habita, el eterno caballo de batalla. La supuesta y errónea incompatibilidad del lobo con los intereses cinegéticos de las grandes fincas de caza donde habita ha llevado al gran carnívoro al borde mismo de la extinción, y sigue comprometiendo seriamente el futuro más inmediato de los efectivos existentes.
Por todos es conocido que los criterios de gestión de determinados propietarios priman erróneamente la cantidad de las piezas abatidas frente a la calidad, de tal suerte que lamentablemente muchas de las antaño célebres fincas de caza mayor que de este a oeste se reparten por la cordillera, escenario de míticas cacerías, superan ostentosamente el límite de aprovechamiento cinegético que el medio permite. Así, pese a que año tras año se llevan a cabo descastes de animales –fundamentalmente ciervas– por la descarada superpoblación de ungulados “silvestres”, paradójicamente no se permite al lobo realizar su labor de controlador natural de los mismos, lo que indefectiblemente redundaría en una notable mejora de la calidad de los trofeos.
Se trata, por tanto, de conjugar de manera sostenible la presencia de este legendario carnívoro con el desarrollo económico de las grandes fincas de caza donde habita. Si somos capaces de lograr el compromiso del colectivo cinegético y su efectiva vinculación a este apasionante desafío, tal y como está sucediendo ya con el lince ibérico, el lobo continuará perpetuando el misterio que desde siempre ha envuelto esta vieja serranía. Ojala que su desgarrador aullido siga inundando las largas noches de invierno de Sierra Morena.