Salvadora Vila
la cazadora de La Albufera
Última actualización 01/12/2006@00:00:00 GMT+1
Salvadora Vila conoce palmo a palmo de La Albufera valenciana porque ha vivido en sus aguas los años más felices de su vida, en las que además ha cazado y pescado.
Hoy esta mujer, aunque ya no vive en el lago, siente una gran pena por la contaminación de sus aguas y denuncia que no se depuran.
Es una tarde del mes de marzo. Sopla un poniente fuerte que tiene las aguas del lago revueltas. Salvadora me cita en su casa pensando en ir a dar una vuelta en barca pero no es posible; esperaremos a que amaine el temporal de viento y tomaremos algunas fotos. Mientras hablamos en su casa, Salvadora, mujer de un carácter extrovertido y amable, empieza a contarme la historia de su vida...
Hija del lago, se crió entre las matas y los canales, entre las aves y los pescados, entre las artes de pesca y las alimañas, que también se comían porque eran años duros, años de hambre donde todo valía para llevarse a la boca.
Su vida transcurría como la de los habitantes del entorno, dedicada a lo que daba la tierra y el agua, hasta que conoció a un señor que vivía en su misma calle, diecisiete años mayor que ella, y contrajeron matrimonio. Ella lo aceptó en primer lugar por liberarse de una vida familiar que no era agradable y porque él vivía en el motor que distribuía el agua de La Albufera, su vida: era la persona que controlaba el agua para regar los campos de arroz.
“El mismo día que nos casamos, nos fuimos a vivir al motor –cuenta Salvadora–. Fueron los años más felices de mi vida porque es lo que a mí me gustaba y me sigue gustando: vivir en el campo, en la naturaleza, cazar, pescar. En invierno venían los hombres a cazar, pasaban a los puestos y yo era feliz viéndolos. No tenía necesidad de ir a buscar la caza porque la tenía en mi casa, allí mismo, había mucha y cazaba todos los días”.
Mucha caza
¿Quién cazaba, usted o su marido?
Cazaba yo; a mi marido no le gustaba, él era pescador, pero pescador profesional.
¿Había mucha caza?¿Cómo cazaba?
Sí que había, y mucha. Unas veces cazaba con cepos, unos aparatos de madera, bueno, en realidad eran unas trampas. Me gustaba mucho tirar con la escopeta pero como estaba prohibido si no era día que tocaba tirar, tenía que salir cuando se hacía de noche y ellas –se refiere a los patos– estaban comiendo; era disparar un tiro, recogerlas y a casa.
¿De qué año estamos hablando?
Yo me casé en el sesenta y cinco… pues en esa fecha.
¿Entonces ya estaba regulada
la caza en La Albufera?
Si, no se podía cazar siempre, sólo los días que dejaban. Cuando venían los cazadores, como nosotros les dejábamos los barquitos para ir a los redalins, los puestos de pesca de La Albufera, cuando se iban nos dejaban los papeles: “tomad, por si queréis entrar a tirar”, le decían a mi marido. Él no tiraba, así que lo hacía yo.
¿A él no le gustaba nada?
No, qué va. Mira si no le gustaba que verás lo que pasó una vez. El primer día que los cazadores, al salir de los puestos, nos dejaron los papeles para que entráramos nosotros, le dije: “va Miguel, vamos a cazar”. No tenía ganas pero por acompañarme vino. Cogimos nuestra barca y entramos en la repasa porque nos habían dicho que había muchos patos. Nos quedamos allí agachaditos a la espera. Mi marido, como no le importaba si había patos o no, se quedó dormido. Habíamos cogido una escopeta vieja de su tío y yo, cuando vi que entraban, la cogí despacio y cuando los tuve a tiro, disparé. Al ruido él se despertó, se puso de pie sin saber ni dónde estaba y si no es porque yo le sujeto, se me cae al agua. Empezó a renegar que ya no entraba más y tuve que regresar a casa. Mira si no le gustaba la caza que hasta hacía malos a los perros. Los estropeaba siendo buenos cazadores como eran. Teníamos varios, uno de ellos lo crié yo al pecho al tiempo que a mi hija.
¿Daba usted el pecho a un perro?
Sí, porque cuando estaba criando a mi hija yo tenía mucha leche y me la tenía que sacar. Entonces me dijeron: “mira Salvaora, hay un cachorro que su madre ha muerto en la carretera, ¿por qué no lo crías tú y así no tienes que sacarte la leche con la máquina”. “Calla mujer –le dije yo–, ¡cómo le voy a dar el pecho a un perro!”. Pero como me insistían se lo pregunté al médico y me dijo que sí, que eso era mejor que la máquina y que él me daría unos ungüentos para que no me pasara nada. Así fue como crié a Dick, un perro-lobo que se me hizo una maravilla cazando, mejor que un setter, y eso que los lobos no entran al agua. Como venía siempre conmigo se sabía todas mis pillerías: entraba despacito, sin ruido y siempre venía con la pieza. Muchos cazadores llegaron a apostar dinero porque decían que un lobo no cazaba en el agua, así que yo un día cogí a los que no se lo creían y les dije que se escondieran entre las matas. Luego llamé a Dick y le dije: eh Dick, el perol está ahí, el fuego también, pero está vacío, así que espabílate, que no hay nada para cenar; entra pero no salgas sin nada. Dick me miró y se metió muy despacio, como él hacía, en el mató, que es una isla de cañares acuáticos, y al rato salió con un pato bien grande. Los hombres que estaban escondidos salieron de entre las matas y no se lo podían creer: “La madre que le parió, si caza mejor que un setter y es un lobo…”. Mira, allí cazábamos todos, hasta la Viçenta. Era una maravilla.
¿Quién era la Viçenta?
La Viçenta eran una gata muy lista. Cuando salían los hombres de los puestos dejaban los patos en tierra, y ya sabes que los gatos viven del descuidao, así que iba la gata y cuando estaban distraídos, pillaba uno, el que le parecía más grande, y salía corriendo hacia la parte trasera de la casa, saltaba por la ventana de la cocina, que no tenía rejas, y dejaba su caça en el suelo. Los hombres en el campo se peleaban: “Xe, si yo tenía siete...”, “y yo cinco...”, “pues a mí me falta uno...”. Y yo en la cocina veía el pato en el suelo y le decía: Viçenta, un día nos van a pegar una escopetá a ti y otra a mí. Con aquellos animales cazabas como querías, había mucho de todo: patos, anguilas, pescao... mucho, mucho, pero ahora no.
¿Ahora no? ¿Por qué, Salvadora?
Pues por qué no lo sé. Había mucho pero no se podía pescar ni cazar si no era con los permisos, y sin embargo ahora no hay nada. Yo me paso el invierno pescando, con un frío de María Santísima, aguantando todo el día y sólo he cogido cinco lubinas en las compuertas del Perellonet antes de Navidad. Después, nada. Ahora es el tiempo de la anguila y, para qué si no cojo na. Y ahí llevo los aparejos y las cañas de mi marido en el coche…
Una escopeta “monotiro”
¿Y la escopeta dónde está?
La tiró mi marido al agua.
¿Por qué?
Porque no estaba documentada.
Pero mujer... ¿Y qué escopeta era?
Una antiquísima. Una escopeta mocha –en Valenciano es un arma con las llaves del percutor oculto, que no llevan “perrillos”–, como te digo muy antigua. Era de un tío de mi marido que se la encontró un día “rayando” en La Albufera. Estaba toda oxidada y sólo le servía un cañón, el otro estaba agujereado, así que le pusieron un tapón y nos apañábamos con uno solo. La Guardia Civil me decía: “Anda Salvaora, tira eso al agua que no sirve para nada”. Yo le contestaba: “Dame la tuya, que yo tengo que cazar”. Según a lo que iba a tirar le metía el perdigón. Para la “bequeruda” del diez, el pato del cinco o del seis, según se presentara.
Y con el pato qué hacía, ¿arros en pato?
Sí, buenísimo que a mí me sale, Arros en pato, en perol, y caçoletes, con éste agua que es como ninguna, el agua de La Albufera, que le da a los guisos ese sabor especial. No hay otra comida como ésta en el mundo.
Salvadora Vila hace en sus relatos unas descripciones auténticas y realistas de su Albufera natal. Nació en un ambiente de pescadores y arroçeros donde se crió. Esta mujer cazaba, pescaba y vivía con su marido en una “caseta” en el motor que distribuía el agua por los campos de arroz. El hombre era el mejor pescador del lago y ella la caçadora de La Albufera, de la laguna cerrada por ribazos de fango. Durante los años duros, los años del hambre, comían las ratas que según decían era un bocado delicioso. Las ratas de aquella zona, del marjal, sólo comían arroz y estaban buenas; con ellas y otras alimañas, se alimentaban. Salvadora tiene manos de oro para los guisos de La Albufera, para el arroz y el All i Pebre del que se considera una especialista. Mucho ha hecho esta mujer, pequeña de estatura pero con una energía y fortaleza de espíritu increíble para afrontar la vida y ganarle la batalla a la pobreza, porque hoy Salvadora vive en Catarroja, en un precioso piso ganado con su esfuerzo, trabajo y constancia.
Es un ejemplo esta mujer que cazaba los patos y las bequerudas, las fochas y todo lo que volaba, ayudada de su perro lobo Dick y su gata Viçenta. Una vida para escribirla paso a paso. Pero hay que aprovechar los conocimientos de los lugareños, en este caso de Salvadora, que se conoce el lago palmo a palmo, para preguntarle por el problema de La Albufera. La mujer, que se había mostrado divertida, dicharachera durante nuestra charla, cuando sale a relucir el problema de su agua, de su vida, se dispara como disparaba la escopeta del tío de su marido, a la que sólo le funcionaba un cañón.
Una Albufera contaminada
¿Qué pasa con La Albufera, Salvadora?
¿Que qué pasa? Antes el agua era un cristal, era como la de la botella. Yo lavaba la ropa de mis hijos y con una pastilla de jabón lavábamos una panera de ropa. Ahora hay lavadoras, lavaplatos, fábricas y todo va a parar al agua, y ya no hay remedio. Dicen que hay depuradoras, pero no las ponen en marcha. Es un lago natural que tiene varios nacimientos. Enfrente del Campot hay nacimientos; al salir del puerto de Catarroja también había. Teníamos de todo, gambas, rabosetas y ranas que yo cogía por kilos, las limpiaba y las vendía en el pueblo. Si no cómo me hubiera hecho yo éste piso. Las anguilas las vendía a cinco duros las gordas, las medianas a diez pesetas. Todas las anguilas y ranas que hemos cogido mi marido y yo nos han hecho vivir.
Salvadora, dicen que el lago está perdido por culpa de los cazadores, de los perdigones…
Mentira, eso es mentira. El agua está mal desde que dejaron de prohibir que las fábricas tiraran el agua abajo. Hay plomo, sí que hay, pero se va al fondo y no le pasa nada al agua. Hay una fábrica que produce zumos de fruta que empezó a tirar todos los residuos al agua, productos químicos, de todo. Trituran las naranjas y los desperdicios los tiran al lago, eso se lo comen las anguilas y luego saben a la fruta.
¿Pero no tiene arreglo, no se puede prohibir?
Sí, claro que se podría prohibir, pero por ejemplo una fábrica de aceite que hay en Massanasa también tira todo al agua. La culpa dicen que es de los cazadores, pero eso es una tontería. Hace unos años yo iba con mi marido a perchar y se me enganchaba en la percha la esprella, las matas de hierba que hacen de filtro del agua. Ahora el agua es todo un brillo, pero antes era de hierba, como una alfombra donde los pájaros iban a comer y a hacer sus nidos. Eso filtraba el agua y estaba limpia; ahora las plantas se han muerto, están quemadas y no queda nada. El plomo no tiene nada que ver en eso.
¿No hace daño a las plantas ni a los patos?
A las plantas no les importa el plomo y los patos no lo van a buscar tan abajo, van buscando por los cañaverales algún bicho. No hay nada de lo que comían ellos, por eso emigran a otros sitios y los que hay es porque les dan comida, los tienen en el agua, en alambradas, son criados artificialmente.
¿Se permiten las tiradas de patos?
En los campos de arroz sí; en el agua de La Albufera, no. Los patos se van a los campos a comer lo que cae cuando se siega, y además también se les echa grano artificialmente para que vayan. Los cazadores no tienen la culpa de que La Albufera esté como está, ni es culpa del plomo. Se empeñan en decir de todo menos lo que es, y ellos lo saben. Hace unos años vinieron unos señores de Alemania que eran ingenieros de yo no se qué y se reunieron con los guardas de La Albufera. Les llevaron por todo el lago, pero era demasiado tarde. Hicieron planos, hablaron y dijeron que como no se hiciera una acequia rodeando toda la Albufera, no se salvaría. Tenía que entrar el agua antes por esa canal que ellos decían y luego depurada entrar en el lago. No directamente la de las acequias de pueblos ya sucia y llena de residuos al lago.
O sea, Salvadora, que nos hemos cargado la Albufera.
Nos la hemos cargado y a mí me da mucha pena. Una vez dije que iba a hacer una poesía de La Albufera antes de que se muriera. Y la hice, ya la encontraré y te la daré.
Esta es la vida de “la Salvaora de La Albufera”, así la llaman los lugareños con cariño. Porque ella es la única mujer que cazaba en el lago, caminaba descalza por la acequia, detrás de las tencas, detrás de los animales, detrás de la caza y la pesca. Ella sabe muy bien que al paso de una pareja de patos, hay que tirar a la hembra primero porque el macho vuelve a buscarla, y se le puede tirar también.
¿Había alguna otra mujer que cazaba?
No. Ninguna otra que yo haya visto aquí: no he conocido ninguna.
Focha, colvert, sarset, polleta, garza… han sido sus piezas, las que le han dado de comer a Salvaora, la mujer que más sabe del lago, que cuenta cómo se le ganaba terreno al agua cuando se “soterraba campos”, es decir, cuando se echaba tierra al agua para convertirlo en campo de arroz. Se le ha comido mucho terreno al agua; y se hacía a mano, con espuertas y la ayuda de las barcas, por eso se les llamaba soterraors, enterradores en castellano.
El lago está muerto
¿No se hace limpieza del fondo del lago, no se draga para quitar toda la porquería?
Están diciendo que lo van a hacer, pero no lo hacen. Yo no se por qué. Deberían escuchar a los que han nacido aquí y conocen el lugar palmo a palmo. Si los viejos levantaran la cabeza y la vieran como está, nos dirían mil perrerías. No hay nada, no han dejado nada, ni ranas, ni cotimanes…
¿Qué son cotimanes?
Unos animalitos que había en los campos de arroz que si te picaban hacían un daño horroroso, salías corriendo desesperada. Está muerto, el lago está muerto.
¿Cómo se puede “resucitar”, Salvadora?
Para mí, sólo si se coge todo el agua de la contorná, lo que da la vuelta a La Albufera, y se depura, pero hay que hacer que se pongan en marcha las depuradoras. Si no se hace eso, no hay solución.
Y al final tendrán la culpa los cazadores.
¡Qué cazadores ni que niño muerto! Toda la vida se ha cazado y no ha pasado nada. Antes por ejemplo había unos sesenta puestos, sesenta escopetas. Qué podían tirar, ¿doce kilos de plomo? Por eso no se muere nada. Cuando empecé a coger la esprella con la percha, ya vi el problema. Nos dimos cuenta de que la hierba se estaba muriendo: se ha muerto por el agua contaminada que ha venido de los pueblos. La esprella era la broza que filtraba el agua. Ahora el agua brilla y los animales, si no hay hierba, no pueden vivir. Hace años el agua no brillaba, estaba verde: era la manta de esprella que había en el agua.
Salvadora se considera una mujer privilegiada porque ha vivido en el lago más bonito que hay en el mundo, y ella conoce mucho porque viaja por Europa, organiza viajes y lleva gente. Es una mujer emprendedora, que salió del motor cuando murió su marido y se buscó la vida. Hoy vive con su hijo en un bonito piso, grande y bien situado en Catarroja, al lado de su hija y su nieto.
Salvadora recuerda a Dick y a Viçenta y a sus compañeros de correrías por las acequias; a Miguel Martín, hoy presidente del Club de Vela Latina del puerto de Catarroja y a su marido, ya fallecido, quien le dio la clase de vida que a ella le gustaba.
Sigue pescando continuamente con los aparejos de su marido: a escondidas los cala al fondo del agua y los deja hasta la mañana siguiente. Después los chorra a escondidas para que no la vean los guardas. Sigue haciendo “pillerías”, como ella dice, no por necesidad sino porque en el fondo se siente como todos los habitantes del lago, se siente propietaria de aquel lugar privilegiado. Salvadora ha sido “furtiva”, o como ella dice, “pilla”. Conocía los lugares donde podía ir a cazar sin que los guardas forestales oyeran el tiro o la vieran amagada esperando el paso de los patos. Los años más felices de su vida, cuando utilizaba la escopeta mocha a la que le funcionaba un solo cañón.