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El taco de Tico

Última actualización 01/12/2006@00:00:00 GMT+1
El mexicano Guillermo Arriaga, al que he copiado desaforadamente como el que diseca una cabeza formidable e irrepetible, afirma que la caza es como hacer el amor, que puedes ser un violador o un caballero
Y no soy yo, que sería discutible, sino que es la sabia palabra de ese monstruo de la verdad mediática que es Guillermo Arriaga, autor, entre otras cosas, de aquella película mágica, magnífica y rompedora que se llamó “Amores perros” y que vuelve ahora, con el “Búfalo de la noche”, en novela. También dirigió “Veintiún gramos”, que ya saben que es lo que pesa menos nuestro cuerpo inmediatamente después de que se haya ido la vida de tu ser, o sea, y no es por amargarles la caza de este fin de semana, lo que pesa el alma.

Bueno, pues el mexicano Guillermo Arriaga, que escribiendo donde pone el ojo pone la bala, y que te mira a los ojos, como quien tiene un trofeo enfrente, afirma, y no quito ni una coma ni un punto a su relato:
– Soy un cazador que escribe...
– Ya lo dice el maestro Delibes

– Por eso acepto su definición –dice el escritor, que te mira a los ojos como quien tiene un trofeo enfrente–. Cuando al abrir lo que has cazado sientes el vaho de su entraña, te lo comes con veneración. Porque somos humanos, sí, porque cazamos y comemos carne. Si tus antepasados no hubieran cazado, no existirías.

Un gran tipo. Escuece lo que dice. Y me perdonan por lo que digo. Escribe a tiros, caza cuando escribe. Tengo que intentar que un día me lo presenten, las cosas como son. Cuando le veo en la tele hablando de la caza, y la tele es un aparato de rayos X hablando de literatura, donde no se puede mentir porque si lo haces se te nota y se te ponen los ojos como quien te mira para disparar.

Por eso me viene a la memoria algo que ha dicho el genial fotógrafo Alberto García Alix, cazador de imágenes, hace unos días con motivo de su última exposición en Madrid, esa galería de trofeos en blanco y negro, de trofeos humanos, magnífica.
– Yo donde siento miedo, apunto y disparo.
¡La adrenalina! Como ese homenaje póstumo al último lobero, publicado en el número anterior de TROFEO como acto de memoria, aquel “Tarzán” extremeño, demostrando que los dioses siguen naciendo en Extremadura como en aquel libro inolvidable. O el magnífico retrato gráfico y literario, yo diría que velazqueño, que del galgo hacen en el Diario de Córdoba, tierra de tan buenos cazadores que escriben y escritores que cazan. Es un artículo de Antonio Pineda con fotos de Ramón Azañón, titulado de esta forma: “El galgo, el señor de la campiña”.

Belleza, campo, arte, ciencia, conocimiento. “El perro que forma parte del paisaje cordobés, sobrio, elegante y distante, ese señor que sólo se fía –escriben– de su extraordinaria visión”.

Don Quijote tenía uno. Un día vi un esqueleto de galgo calcinado, en la mitad del campo de la Mancha, entre unas viñas del otoño. Se lo conté al pintor César Manrique cuando vivía en Madrid, y se lo llevó a su isla de Lanzarote, donde lo reunió de nuevo, pieza a pieza, como un rompecabezas de marfil y lo tendió sobre un lecho de piedras negras de volcán. Lo retrataba todo el mundo. Era una escultura maravillosa.

Y dice más don Guillermo:
– La caza es como hacer el amor, que puedes ser un violador o un caballero... Un día convencí a una dama de la sociedad protectora de animales que me acompañara de cacería y cuando empezó a disparar no había quien la parara.

Tremendo el escritor con su cara de cazador de hienas, aunque al que él ama es al coyote, razón de más por lo que aún no ha podido cazarlo, cosa que siempre pasa con la pieza más deseada. Dice Arriaga, al que he copiado desaforadamente como el que diseca una cabeza formidable e irrepetible:
– Mi última pieza, por ahora, ha sido un jabalí.
– ¿Con rifle?
– No, de flecha. A veces cazo con flecha porque me gusta mucho y me devuelve a lo iniciático. Así fue el lance de la lanza: le herí en una pata pero yo no podía y no quería hacerlo sufrir, así que busqué su rastro con mis perros y le di muerte. Matar o cazar es una cosa, hacer sufrir es otra –comenta–. Así que con mi propio cuchillo y ya sí, de verdad, jugándome la vida, lo conseguí.

Sonríe poco, pero afila sus ojos mucho.

Tengo que hacerle saber al valiente torero Esplá que tiene un buen amigo para que le acompañe a la caza del jabalí con cuchillo, que él practica de cuando en cuando en sus brañas de Albacete después de la temporada taurina.
– Sin embargo no fue una vida perdida, ni mal usada, desperdiciada porque lo comimos –continúa–.

Su tesis es que el “amor” es caníbal. Que él no deja nada en el plato de aquello que consigue cazando. Da igual que sea una paloma que un venado, el final del lance es ése, alimentarse de lo que se alcanzó. Y termina con esta verdad, formidable, dura pero pura que les transmito:
– Lo había hecho Dios, “el gran cazador”.

Concluyo contándoles que me invitaron a la berrea en casa de Santiago Peralta, por medio del mejor arquitecto, ese cazador de formas que es Jesús Valle, a su hospitalaria casa de la Sierra Morena, en Andújar. No pude ir, pero gracias, muchas gracias, porque pensaba titular esta crónica: Berrear es una declaración de amor en voz alta pero verdadera.
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