Desde mi postura
Última actualización 01/05/2007@00:00:00 GMT+1
“La sociedad casi no se entera –y, de enterarse, lo toma por normal e inevitable– de que los coches, motos y camiones del Dakar matan a dos participantes por año, sin contar su relativo bajo número, ni sumar los accidentes indirectos o en entrenamientos. Me gustaría ver qué dirían los medios de comunicación y los círculos oficiales “progres” y ecologistas si en la caza (o los toros) saliera ni parecida relación de muertes “
No es corriente ver en esta página un título complejo, por lo que hoy rompo moldes, bien sea cierto que con temas que pueden relacionarse. Y hasta unirse, lo que hago valiéndome de la “imagen” como traílla para formar una collera con la “seguridad” en la caza y la “educación” en el cazador.
Entre los refranes de mi creación hay bastantes sobre seguridad. De ellos entresaco tres: “antes perder un lance que ganar un percance”; “ni el mayor trofeo pone precio al menor contratiempo”; y “las armas bañan en pena [la alegría de] la mejor faena”. Son una muestra de mi preocupación por la seguridad. Y dejan dicho lo que pienso de ella en la caza, así como el peso que doy a la prudencia y elegancia de sus practicantes.
El tema cobró actualidad con la jornada que a finales de 2006 promovieron la ONC y la Fundación MAPFRE, en colaboración con FIDA y la Consejería de Medio Ambiente de Madrid. Me gustó mucho la intervención de José Luis Garrido –que nunca defrauda–, remachada en Federcaza, número 253 de enero último. De las investigaciones de José Luis saco dos conclusiones: lo relativamente “poco peligroso” de la caza, pese a la escandalosa imagen de sus accidentes a tiros; y el descuido que con las medidas de seguridad tenemos los cazadores, y hasta lo “cachondos” y frivolones que nos mostramos usando las armas con una familiaridad que espanta y escalofría.
Nada que ver una y otra nota con esos deportes de alto número de víctimas, pese a las normas de seguridad rigurosamente hechas cumplir, destacando los desarrollados sobre potentes artilugios mecánicos o a gran velocidad, especialmente los que utilizan motos y coches. ¿Qué, si no, hace que nadie ponga el grito en el cielo porque este año el sudafricano Saymonds debutara matándose en la cuarta etapa del Rally Lisboa-Dakar, elevando a 50 los muertos en 29 ediciones? El año pasado le tocó al australiano Andy Caldecott. Y el 10 de enero de 2005 murió el español José Manuel Pérez, un día antes que el bicampeón italiano Fabrizio Meoni. La mayor seguridad impuesta por la organización este año no ha cortado la racha, sin que apenas alguien de fuera del cotarro se haya inmutado ni casi enterado del óbito.
Me gustaría ver qué dirían los medios de comunicación y los círculos oficiales “progres” y ecologistas si en la caza (o los toros) saliera ni parecida relación de muertes (cinco lamentaba el “75 aniversario de Las Ventas”). No quiero imaginar que cada año hubiera un muerto, no ya en el campeonato de caza menor, sino en el conjunto de los que sobre caza, perros, piezas y armas organiza la RFEC. Pero, sin embargo, la sociedad casi no se entera –y, de enterarse, lo toma por normal e inevitable– de que los coches, motos y camiones del Dakar matan a dos participantes por año, sin contar su relativo bajo número, ni sumar los accidentes indirectos o en entrenamientos. Y no pasa nada. Ni se montan zapatiestas, ni se escriben editoriales, ni se organizan marchas de protesta, ni se “exigen” prohibiciones. Y no será porque, además y por añadidura, esa muestra deportiva no es una agresión bárbara y vandálica al campo y su entorno, y una escuela pésima de formación medioambiental. Pero, amigo, no hay armas de fuego, sólo vehículos al gusto europeo y del agrado de la progresía, que no ve morir animales ni huele su sangre.
Por otro lado, en el periódico “20 minutos” de 18 de enero pasado, pág. 14, y bajo el título “Cazadores irresponsables”, leo la carta de quien se declara cazador y narra que un domingo quedó atónito cuando paseaba con sus hijos por Navacerrada y vio a una mujer dirigirse a quienes cazaban en el camino y habían disparado sobre un gavilán, empezando uno de ellos a insultarla y llegando a apuntarle delante de la gente que pasaba, situación de peligro que a su juicio reclama no dar un arma a cualquiera.
De ser verdad lo que escribe Eduardo González –y me basta su palabra de cazador noble para creerlo–, se comenta por sí mismo. Sólo decirle al temerario “cazador” que encañonó con la escopeta en público (supongo que defendiendo sus “derechos” y “razones”) que es un criminal en potencia, amén de un mal educado y un infractor de la legislación de caza. Y mucho más de haber sido también el ducho venador y fino tirador que abatió la rapaz.
Ha echado usted por tierra, enemigo mío y de la caza, horas, días, meses y años del trabajo de muchos grupos y asociaciones. Y ha dejado a cero la labor de tantos otros cazadores sensibles, educados y pacíficos. Pido desde aquí a la correspondiente Federación que tramite su expulsión de ella si está federado, rectificando el error de haberle admitido en ese colectivo; que haga lo posible para que le quiten sus licencias (federativa, de caza y de armas); y que actúe para que las autoridades administrativas sancionen sus infracciones y los jueces castiguen sus amenazas. Lástima que, cuando su armamento se limita a la argumentación frente a las instancias oficiales, no sea usted tan arrojado y bravo, y ampare su impunidad en la ausencia o ineficacia de las investigaciones y en el desconocimiento de sus datos por quienes tienen poder para detenerle y potestad para encerrarle. Debería dar la cara, valiente colega.
Para acabar, anote otros refranes de los que guardo para mí, pero que hoy dedico y brindo de modo especial a su intolerable conducta: “el que con la escopeta encañona tiene su sitio en chirona”; “al que con las armas te apunta, que no le admitan en ninguna junta”; “en disputas de caza, ni abrir la navaja ni encarar el arma”. Confío en no verle.